Lionel, cine contra los estereotipos del cine marginal: «No se trata de contar nada, sino de colocar en el centro a los que siempre están fuera de foco»

Lionel es cine que no deja indemne. Es cine que irrita ligeramente las retinas, nubla la vista, y cuyo propósito no es otro que ensuciar la mirada. La idea es salir de la sala de otra manera, distinto, dispuesto a mirar el mundo del revés si es preciso. Parece algo malo y, en verdad, ésa es la gracia y hasta el sentido mismo del cine, del arte y de básicamente todo lo que importa. Se diría que, como teoría general, hay un cine que mancha, que se empeña en mezclarse con el lodo de lo real; cine que hace suyo ese barro hasta transformarlo en material noble desde el que moldear y dar sentido a precisamente la realidad. Hablamos de un cine que no busca ni ser simplemente espejo costumbrista ni experimentar cerca del límite, sino dar con el mecanismo emancipador de la representación. Tal cual.

 Tras un recorrido triunfal por festivales desde la Seminci al Atlántida pasando por los certámenes de Timisoara y Beijing, la película de Carlos Saiz, es ya la joya oculta del cine español de este año  

Lionel es cine que no deja indemne. Es cine que irrita ligeramente las retinas, nubla la vista, y cuyo propósito no es otro que ensuciar la mirada. La idea es salir de la sala de otra manera, distinto, dispuesto a mirar el mundo del revés si es preciso. Parece algo malo y, en verdad, ésa es la gracia y hasta el sentido mismo del cine, del arte y de básicamente todo lo que importa. Se diría que, como teoría general, hay un cine que mancha, que se empeña en mezclarse con el lodo de lo real; cine que hace suyo ese barro hasta transformarlo en material noble desde el que moldear y dar sentido a precisamente la realidad. Hablamos de un cine que no busca ni ser simplemente espejo costumbrista ni experimentar cerca del límite, sino dar con el mecanismo emancipador de la representación. Tal cual.

«Me preguntan por el argumento o por el asunto de mi película y no, no trabajo desde ahí. Prefiero pensar que lo que me motiva es el lugar, el territorio desde el que parto. Eso y los personajes que nunca son protagonistas. Mi obsesión no es contar nada, sino colocar en el centro de la pantalla a las personas que siempre están fuera de foco», dice Carlos Saiz director de, precisamente, Lionel, la película que mancha. Y sigue: «Me irrita esa forma de hablar y retratar la cosa marginal siempre desde el cliché tal como hace la tele en programas como Callejeros. No es que tenga nada en contra. Yo mismo me trago esa mierda. Pero se nota mucho la poca sensibilidad, las prisas…».

El que habla es un director debutante. Su estreno en el largometraje tras el corto La hoguera tardó apenas nada -lo que dura su protagonista en explotar delante de la cámara- en convertirse la sensación del festival de Seminci donde se estrenó. De entonces a ahora, pocos son los certámenes cinematográficos que no se han rendido a su estruendo. Desde Transilvania a Beijing pasando por el Atlántida Film Fest en Mallorca, todo han sido premios, menciones, halagos y, ya se ha dicho, miradas manchadas. Algunas de manera indeleble. Para situarse, la película cuenta el viaje de un hijo y un padre, por este orden, desde Totana en Murcia hasta Marsella, allá en Francia, donde vive la hermana del primero y la hija del segundo. Tan sencillo.

Sin embargo, nada es sencillo cuando se habla de un individuo tan irascible, volcánico y a su modo indescifrable como Lionel padre y nada es cotidiano o vulgar cuando el mentado es un tipo tan peculiar, sensible y talentoso como Lionel hijo. Así, apenas la película da sus primeros pasos, todo vibra, todo se acerca peligrosamente a la verdad, todo adquiere eco, misterio y herida. Y de repente, ese argumento que el director no quiere no puede o no se atreve a definir se materializa. Y, ya se ha dicho, deja mancha. En verdad, Lionel habla de asuntos tan a mano, tan familiares en sentido riguroso y, si se quiere, sucios como el perdón, el abandono, la culpa o, ya que estamos, los lazos de sangre. Y claro, las retinas se irritan ligeramente.

«En mi vida pensé que pudiera hacer cine. Lo pienso y creo que empecé con ocho o nuevo años gracias a un videojuego que se llamaba 3D Movie Maker. Luego mis padres me regalaron una cámara y me dedicaba a grabar a mis amigos. Tras dar varios tumbos sin saber muy bien qué quería, me presenté a la escuela de cine de Cuba y nada. Lo que sí pasó es que la prueba que realicé para la solicitud hizo que me dieran una beca en una escuela privada en Madrid, una escuela que no habría podido pagar en mi vida… Ahí descubrí que se podía hacer cine de otra manera. Descubrí a Isaki Lacuesta y La leyenda del tiempo…», cuenta en lo más parecido a una autobiografía improvisada.

Lionel a su modo resume todo ese periplo. Los protagonistas son un amigo, un amigo que quedó huérfano de madre y que vivió a partir de entonces con la ayuda del Estado, y el padre que le abandonó primero para recuperarle más tarde. Uno y otro se dan vida a sí mismos pero desde la consciencia plena de ser actores. Y es ahí, en ese extraño espacio (o lugar, como dice Saiz) entre lo cierto y lo fabulado, entre lo guionizado y el más luminoso accidente, donde la película se hace grande y, lo más importante, se hace barro. Todo lo que sucede en la epopeya a ninguna parte que es Lionel importa por parecerse, pese a su peculiaridad, exageradamente a cualquiera de nosotros. «Todo parte de una situación planeada. Pero la idea no es dirigirse a ningún lado. Mi labor como director no es decir a cada uno lo que tiene que hacer o decir, sino provocar un estado de ánimo. Lo que me interesa y busco es abrazar el accidente. A veces, demasiado, la verdad», confiesa y se ríe.

Mil veces el padre Lionel amenazó con irse y mil veces volvió. Mil veces la película estuvo a punto de naufragar y ahí está. Y es esa sensación de fragilidad la que la señala como el mejor y más bello secreto del cine español en un año inundado de cine español. Mancha, decíamos, como la misma vida mancha.

 Noticias de Cultura 

Noticias Similares