“Tengo resaca de Rosalía”. Así comienza la poeta canadiense Anne Carson, Premio Princesa de Asturias 2020, un artículo que se publicará en el próximo número de la prestigiosa revista London Review of Books donde disecciona un concierto de la artista global española celebrado en Chicago el pasado 20 de junio. Es un texto con aire poético, claro, pero también un interesante análisis de lo que sucede en un show de la cantante, de sus referentes comunes y de cómo los fans acérrimos —los 20.000 fans presentes— se relacionan con su ídolo. Su visión reconoce la excelencia del arte de Rosalía, pero también deja algunas inquietantes reflexiones sobre lo que la rodea.
La autora canadiense, Premio Princesa de Asturias, ha publicado un artículo donde disecciona el fenómeno de la artista catalana y señala algunas cuestiones inquietantes que lo rodean
“Tengo resaca de Rosalía”. Así comienza la poeta canadiense Anne Carson, Premio Princesa de Asturias 2020, un artículo que se publicará en el próximo número de la prestigiosa revista London Review of Books donde disecciona un concierto de la artista global española celebrado en Chicago el pasado 20 de junio. Es un texto con aire poético, claro, pero también un interesante análisis de lo que sucede en un show de la cantante, de sus referentes comunes y de cómo los fans acérrimos —los 20.000 fans presentes— se relacionan con su ídolo. Su visión reconoce la excelencia del arte de Rosalía, pero también deja algunas inquietantes reflexiones sobre lo que la rodea.
Describe Carson a Rosalía como una hechicera que maneja con su hechizo al público hasta lo más físico. Lo que más le llamó la atención fueron, sin duda, los chillidos. “A cada inhalación, todo el público gritaba como si ella estuviera recorriendo con la uña la columna vertebral de cada uno”, escribe Carson. “Esa voz puede hacer cualquier cosa”.
El arte de Rosalía es prodigioso, sobre todo su voz, aspecto que, por cierto, parece haber pasado a un segundo plano tras el megaespectáculo de sus conciertos, la interpretación de sus vídeos o el significado oculto de sus letras. No para Carson: “La voz es un prodigio. Es un lugar común decir que el flamenco exige edad en la voz; su voz, todavía de algún modo luminosa como la de una adolescente, podría pasar de maravillosa a milagrosa en unos pocos años”. La describe como una “flecha plateada” que se dispara entre el bullicio circundante (el “demencial” sistema de sonido) y que hace que el público la aúpe con su frenesí: “Ellos gritan, y ella se eleva, y ellos gritan, y ella se eleva”.
Otra vez los gritos: “Durante las dos horas que dura el concierto, todas y cada una de estas personas (excepto C. y yo) permanecen de pie en sus asientos y chillan sin parar. Nunca había oído un sonido semejante”, añade la autora de La belleza del marido. Es curioso imaginarse a todo el mundo en pie durante todo el concierto… excepto a la laureada poeta y su acompañante.

El gran asunto de la última Rosalía es la mística y también eso que ella ha definido como postreligión, es decir, una religiosidad personalizada, al gusto del consumidor, muy al estilo contemporáneo, que elige los elementos que a cada uno le sirven y desecha las partes sobrantes. Un regreso a lo espiritual que coincidió con otras expresiones culturales como las películas Sîrat de Oliver Laxe o Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa. Y con cierto resurgir de la religiosidad entre algunos sectores de la juventud.
Carson tampoco ha sido ajena a estos elementos: juzga “inquietante” la manera en la que Rosalía mezcla los mimbres del pop global (el hyperpop, en la terminología de Julie Ackermann) con los de la mística tradicional. Todos los poetas tienen algo que ver con la experiencia mística, pero Carson ha estado especialmente interesada en algunos aspectos concretos: “Me ha interesado el misticismo como una manera de trascender los límites de la filosofía”, dijo en una entrevista con este periódico.
Observa Carson, pues, el interés de Rosalía por esta espiritualidad y también observa, muy finamente, que algunas letras de Rosalía parecen citar literalmente a la pensadora Simone Weil, que es también una de las grandes referentes de la poeta. No sabemos si Carson sabe que la propia Rosalía se ha declarado lectora rendida de Weil y que en algunas fotos de su cuenta de Instagram aparecen los libros de la pensadora francesa, entre otras de sus pasiones literarias, desplegados en sus escenas domésticas cotidianas.
Rosalía cita en el concierto a Dios, a Jesús, el sacrificio, la redención. ¿Es Rosalía creyente? Para Carson, tampoco tiene demasiada importancia. “Lo que la gente quiere contemplar es el recipiente religioso de ella misma, asaltado y casi vencido por mares de sentimiento”, escribe antes de comentar los aspectos sadomasoquistas del espectáculo y la sexualización de los bailes.

Carson admite envidiar a Rosalía: “Es una encarnación, a sus 33 años, del glamur y la fuerza femeninos. Sabe hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: esto es el nuevo feminismo. Me fascina. A diferencia de Björk, que desaparece de la feminidad adentrándose en otras especies, Rosalía se hunde más profundamente en lo femenino mismo, perforándolo hacia abajo”, escribe.
Carson forma parte de una larga lista de grandes figuras de la cultura global que se interesan por Rosalía. La catalana ha colaborado con artistas como Björk, Bad Bunny, The Weeknd o Billie Eilish. Pero una colaboración es, al fin y al cabo, un asunto de negocios. Más interesante es chequear los artistas que, motu proprio, han asistido como público a un concierto de Rosalía: Pedro Pascal, Robert Pattison, Dua Lipa, Drake, Bella Hadid o Kylie Jenner.
Acaba Carson con una nota triste en torno a la relación de los fans —esos que no paran de chillar— con la artista. “El público de Rosalía: en general, esta gente no me ofrece ningún consuelo”, escribe. Extraña la camaradería, la sensación de que “aquí estamos todos juntos remando arriba y abajo por las olas de este genio”. Juzga la actitud de los allí congregados como individualista, como si cada uno se relacionara muy intensamente con su estrella sobre el escenario, pero no hubiera ninguna conexión con el que vibra al lado. Tras el concierto, esperando el tren, no ve “exaltación compartida, ninguna herida colectiva. La noche está plana, doblada y guardada. Cada persona se hunde en su ensueño, ajustándose los auriculares”.
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