Enjambre: La contradictoria pesadilla de la vida en el campo (***)

El problema del campo, como bien sabía Woody Allen, es que no hay donde sentarse. Eso por no mencionar lo extravagante que resulta ver correr a las gallinas crudas por ahí. Hay un inconveniente más, la sombra de la luz del Sol (salvo muy de atardecer) no alcanza al presagio triste de la sombra de las farolas ni es posible obtener del césped los reflejos existencialmente sucios que procura el asfalto. Es decir, un drama rural, sin problema; un noir rural, cuesta trabajo. Por todo ello, Enjambre, el primer largometraje de Óscar Bernàcer, se puede considerar de entrada todo un problema. Es campestre y es thriller. Y por añadir sal a la herida, además está ambientado en una atmósfera tan aparentemente idílica que, a poco que uno se deje llevar por los prejuicios, no queda otra que rendirse a la evidencia: no hay donde dejar el culo un momento siquiera.

 El debutante en el largo Óscar Bernàcer completa un thriller tan intenso como deliciosa y cruelmente (las dos cosas) contradictorio  

El problema del campo, como bien sabía Woody Allen, es que no hay donde sentarse. Eso por no mencionar lo extravagante que resulta ver correr a las gallinas crudas por ahí. Hay un inconveniente más, la sombra de la luz del Sol (salvo muy de atardecer) no alcanza al presagio triste de la sombra de las farolas ni es posible obtener del césped los reflejos existencialmente sucios que procura el asfalto. Es decir, un drama rural, sin problema; un noir rural, cuesta trabajo. Por todo ello, Enjambre, el primer largometraje de Óscar Bernàcer, se puede considerar de entrada todo un problema. Es campestre y es thriller. Y por añadir sal a la herida, además está ambientado en un ambiente tan aparentemente idílico que, a poco que uno se deje llevar por los prejuicios, no queda otra que rendirse a la evidencia: no hay donde dejar el culo un momento siquiera.

Y sin embargo, y posiblemente por todas las dificultades que se autoimpone (como las restricciones de Georges Perec), es precisamente ahí, en su firma voluntad de llevar la contraria a los lugares comunes, donde la película se hace grande. Se cuenta la historia de un hombre que, por accidente de la vida desordenada, acaba en una comunidad autosuficiente en medio de ninguna parte. Cultivan tomates muy gordos, ordeñan vacas muy lustrosas, pasean por campos muy verdes y no saben nada ni de pantallas ni de ruidos ni de farmear aura. Pero, como suele pasar en estos casos, no todo es tan armónico y bonito como parece. Un oscuro secreto rige y determina la existencia de los allí residentes con una voluntad de abismo. Y es entonces como por arte de magia, surgen las sombras, unas sombras tristes y oscuras que nada tienen que envidiar a las que nacen de las farolas y se reflejan en el asfalto.

Bernàcer, de la mano de un reparto trágico y ajustado a razones y aún más a sinrazones comandado por Pablo Molinero, se entrega al sano ejercicio de llevarse la contraria. La idea es buscar esquinas donde no las hay, tragedias donde brilla el Sol y amarguras donde las abejas confeccionan dulce miel. El resultado es una ríspida contradicción que, pese a algún que otro resbalón por eso tan de cine español de construir dramas psicológicos donde solo debería haber dolores de cabeza, alcanza plenamente el objetivo de desorientar, incomodar y no dejar en ninguna circunstancia que el espectador tome asiento. Estamos en el campo.

Director: Óscar Bernàcer. Intérpretes: Pablo Molinero, Cristina Fernández Pintado, Pablo Derqui. Duración: 100 minutos. Nacionalidad: España.

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