En la viñeta, los albañiles levantan dos torres con un techo a la altura de la barriga. Una familia se acerca y pregunta, esperanzada: “¿Se alquila?”. Se publicó en el diario Pueblo de los años cincuenta y de esa época son también otras parecidas bajo el epígrafe “los problemas de la vivienda”. Como si fuera 2026. Otras hablan de comercios cerrando, llenazos en los transportes públicos, protestas contra el ruido o la contaminación junto a la “playa de Madrid”. Las firma Rafael Azcona, y aunque el guionista no ha llegado a los 100 años que cumpliría el 23 de octubre, podrían ser publicadas hoy mismo.
La SGAE presenta una exposición sobre las numerosas vidas del guionista más influyente de la historia del cine español, acompañado por un montaje de David Trueba sobre su cine
En la viñeta, los albañiles levantan dos torres con un techo a la altura de la barriga. Una familia se acerca y pregunta, esperanzada: “¿Se alquila?”. Se publicó en el diario Pueblo de los años cincuenta y de esa época son también otras parecidas bajo el epígrafe “los problemas de la vivienda”. Como si fuera 2026. Otras hablan de comercios cerrando, llenazos en los transportes públicos, protestas contra el ruido o la contaminación junto a la “playa de Madrid”. Las firma Rafael Azcona, y aunque el guionista no ha llegado a los 100 años que cumpliría el 23 de octubre, podrían ser publicadas hoy mismo.
“Maricarmen [la mujer de 87 años desahuciada la semana pasada que ha empujado un movimiento social por la vivienda] tiene algo del protagonista anciano y arrinconado dela película El cochecito (1960) y también de quienes en la obra de Azcona buscan un piso”, explica el guionista y dramaturgo Bernardo Sánchez Salas, comisario de la exposición Vidas de Rafael Azcona, que recala en la sede de la SGAE en Madrid desde el 29 de septiembre al 30 de octubre. “En su primera vida como viñetista retrataba un humor municipal, lo que le chocaba de una urbe como Madrid viniendo de Logroño”. No es casualidad que el primer trabajo en cine de Azcona fuera adaptar su libro El pisito. Novela de amor e inquilinato para Marco Ferreri, donde una pareja trataba de hacerse con un piso esperando a que la anciana dueña muriera. El pisito (1958) de esa España que intentaba salir del subdesarrollo no es solo hoy aspiracional; es una utopía.

Azcona, seguramente el guionista más influyente y famoso de la historia de España, escribió más de 100 guiones: las sátiras berlanguianas Plácido (1961) y La escopeta nacional (1978); El bosque animado (1987), de José Luis Cuerda; la oscarizada Belle Époque (1992), de Fernando Trueba… e incluso un par de spaghetti westerns de los que también deja constancia la exposición, con fotografías de Bud Spencer en En el oeste se puede hacer… amigo (1972). “Era un trabajador. El cine era su modus vivendi”, recuerda Sánchez, que en 2001 ganó un premio Max por su adaptación de El verdugoal teatro y que ha escrito libros y ensayos sobre el autor. Porque Azcona sigue vivo en la memoria, como muestra la reciente adaptación teatral deLa escopeta nacional, de Juan Echanove.
La muestra, dividida en dos pasillos, se completa con un pequeño cine, que incluye butacas de la sala Coliseum, donde se proyecta una pieza audiovisual de 35 minutos titulada Rafael Azcona, dos o tres cosas que sabemos de él, en la que David Trueba ha utilizado algunas de las secuencias del cine del homenajeado para describir su impronta: “Se consideraba un empleado que organizaba las fantasías de los directores, pero hay temas recurrentes que definían sus teorías de la vida, como la contradicción entre amor y pareja; el concepto de clase entre pobres y ricos, que el mundo siempre es de los poderosos y pisotea al pobre, y una, más controvertida, sobre la desesperación vital que ve el suicidio como el final lógico. Sus conceptos siguen vigentes porque son conflictos sin resolver, como su visión del mundo desolador”.

“De chaval ni siquiera era un aficionado al cine. Contradijo los destinos previstos. Tenemos expuesta la matrícula para ser perito mercantil”, recuerda Sánchez. La exhibición que repasa las vidas más desconocidas de Azcona: era humorista, novelista, artista, logroñés e incluso poeta, que se descubre aquí a través de 16 cartillas originales de 1951 con sus escritos. Y también torero fugaz, con unas fotos como novillero: “Tenía esa ilusión de joven, porque su padre capeaba y formaba una cuadrilla de toreros cojos. Fue una afición de poca duración, pero los toros también tuvieron influencia en alguna novela y guiones como La vaquilla (1985)”. Sobre todo era un “narrador”, explica la exposición: “Primero fue un lector con mucha imaginación. Hacía mucha vida de calle acompañando a su madre, que limpiaba casas, y su padre, un sastre modesto y de ideas republicanas. Es un niño de la guerra, y se nota en su cine. Igual que trasciende su humor, su narración, la lucha de clases desde abajo y la lucha por la vida, marcada por la filosofía de Baroja, Machado y Valle-Inclán”, explica Sánchez.
En esta oda literaria, la exposición la vigila el cuadro que creó Pedro Gros en 1957 para los 79 poetas que convivían en el Café Varela (lugar de reunión retratado por Azcona en la novela Los ilusos), y en el que el guionista aparece junto a Antonio Mingote, Manuel Alcántara o Gloria Fuertes. “De ahí viene la coralidad de las películas. Vivían en las reuniones, escuchando, sin redes, sin individualismos, sin aspiraciones… en una España carencial donde había que juntarse y hablar, que es lo único que te dejaban”, recuerda Sánchez. Cada detalle de su vida sirve también para entender sus películas.

Como parte del centenario, la SGAE ha colaborado además en la restauración de El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, que se proyectará en su cumpleaños en la madrileña Sala Berlanga junto con ciclo de ocho películas. David Trueba dirigirá dos mesas redondas el 19 y 26 de octubre en la propia SGAE con actores y directores que conocieron al autor. “Pienso mucho en él a nivel cotidiano, cuando nos reuníamos y hablábamos de las noticias. Hablar con él era un gusto porque no tenía nada pomposo, nada de trascendencia, no hablaba con sentencias, escuchaba, no tenía ego, no mitificaba el trabajo y se reía”, recuerda el cineasta. “Cuando lo conocí, era muy doloroso ver que estaba incluso mal visto, aunque ahora sorprenda. Una parte de la crítica lo acusaba de tremendista, oscuro, que siempre hablaba de curas o guardias civiles cuando la modernidad iba por otro lado. Era importantísimo reivindicarle, fue calando, se rescataron sus primeras novelas y cuentos y se le ubicó como uno de los grandes retratistas de la segunda mitad del siglo XX, dejó una nota de lo que le había tocado vivir, como La Celestina, Shakespeare o Cervantes, que tanto admiraba”.
El influjo de Azcona no se limita a las diversas generaciones de cine y guionistas posteriores. Si Luis García Berlanga, compañero de batallas, trasciende en el diccionario de la RAE con la expresión berlanguiano (una que debe mucho también al humor de Azcona), Azcona dejó huella en el lenguaje a través de El repelente niño Vicente, creado para las viñetas de La Codorniz en 1952 y hoy una expresión popular para describir una persona pedante y sabelotodo. El niño de pelo negro azabache con raya y un libro a cuestas también está presente en las paredes de la exposición.

La muestra mira sus éxitos, con el Goya de ¡Ay, Carmela! (1990) presente, pero también sus frustraciones, con guiones de proyectos inéditos. “El que quiso hacer toda su vida, su ilusión, fue El castillo, de Kafka. Plácido o El verdugo tienen un poco de K. Un tipo que vive en un laberinto, que llega hasta el final y lucha para nada. Azcona creía que el ser humano vivía en ese laberinto. Hoy también vivimos en un laberinto invisible, y por eso es atemporal. Su cine ya no es que ilustrara lo que pasaba, sino que forma parte de nuestra propia historia del siglo XX y XXI. Todo desde un punto de vista cercano, comprensivo y carente de cinismo. Él podría ser cualquiera de los personajes que escribió y estaba siempre apegado a lo real y el sonido de las conversaciones, de la vida popular que aprendió durante 25 años en Logroño”, señala Sánchez.
¿Cómo vería Azcona la época actual? Responde Trueba: “Diría lo mismo que entonces, que no tiene remedio, que los abusones no dejan de abusar, pero que hay correcciones con leyes y poder popular que eliminan algunas obsesiones de pisotear a los otros. Él era muy optimista, no había desánimo, y recordaba que la sociedad mejoraba, pero que de vez en cuando enseñaba sus garras. Lo definiría perfectamente como una regresión provocada por el progreso. Cuando progresan ciertos derechos y libertades, se produce una resistencia brutal. Eso obliga a resistir y tal vez a avanzar. Él siempre llamaba a mirar con perspectiva. Decía que la vida es espantosa, pero dame más”.
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