Amanda de la Garza, subdirectora del Reina Sofía: “Lo peor del arte es cuando usa el lenguaje para no decir nada”

La subdirectora del Museo Reina Sofía, Amanda de la Garza, la semana pasada en un despacho de la institución, en Madrid.

Amanda de la Garza (Monclova, México, 44 años) lleva algo más de dos años como subdirectora artística del Museo Reina Sofía. Primera mexicana en ocupar el cargo y segunda latinoamericana en la historia de una institución que estos días cumple 40 años, esta socióloga y antropóloga dejó las ciencias sociales para dedicarse al arte contemporáneo. Desde su despacho, en medio de un desorden razonable formado por un sinfín de papeles, catálogos e invitaciones, la número dos de Manuel Segade habla de su obsesión: crear un museo exigente, pero menos excluyente. Luce dos tatuajes en los antebrazos: una flor de lavanda y otro que reza “poesía concreta”, recuerdo de una pasión juvenil por esa corriente que convirtió las palabras en imágenes.

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Amanda de la Garza, subdirectora del Reina Sofía, la semana pasada en el museo, en Madrid. La número dos del museo madrileño, alérgica a la jerga vacía del arte contemporáneo, defiende el peso de lo público y alerta contra los peligros de la injerencia política  

Amanda de la Garza (Monclova, México, 44 años) lleva algo más de dos años como subdirectora artística del Museo Reina Sofía. Primera mexicana en ocupar el cargo y segunda latinoamericana en la historia de una institución que estos días cumple 40 años, esta socióloga y antropóloga dejó las ciencias sociales para dedicarse al arte contemporáneo. Desde su despacho, en medio de un desorden razonable formado por un sinfín de papeles, catálogos e invitaciones, la número dos de Manuel Segade habla de su obsesión: crear un museo exigente, pero menos excluyente. Luce dos tatuajes en los antebrazos: una flor de lavanda y otro que reza “poesía concreta”, recuerdo de una pasión juvenil por esa corriente que convirtió las palabras en imágenes.

Pregunta. Me chivan que está haciendo su trabajo y el de otras tres personas. ¿Es adicta al trabajo o al Reina Sofía le faltan manos?

Respuesta. Han coincidido una jubilación, un nombramiento fuera del museo y una baja médica. Se van a sustituir, pero son procesos largos. Lo llevo bien, aunque a veces me despierto en plena noche pensando en algo que no debo olvidar al día siguiente. Otra clave es trabajar delegando. De lo contrario, no sería viable.

P. ¿Qué quería cambiar cuando llegó y se ha dado cuenta de que era mejor no tocar?

R. Al principio tenía muchas ideas, a partir de mis experiencias anteriores. Luego entendí que primero tenía que observar. Hay que saber accionar cambios, pero también adaptarse a los códigos del lugar.También hay una cuestión cultural: he aprendido a ser más directa, a decir que no, a resolver conflictos tras un debate. Eso no es tan común en América Latina.

P. He preguntado por usted a sus compañeros. Todos contestaron: “Tiene un gran espíritu crítico”.

R. Sí, me reconozco en eso. Tengo una parte muy analítica que tal vez viene de mi formación en Sociología y de haber trabajado durante años en un museo universitario con un programa muy crítico. La revisión histórica desde esa perspectiva ha sido una parte integral de mi trayectoria y de mi forma de ver el arte. Seguirá siéndolo en el Reina Sofía.

P. También debe de venir de su educación: creció en un ambiente académico y es hija de militantes de izquierda.

R. Sí, en casa se hablaba mucho de política. Mi hermana y yo participábamos en la discusión desde niñas, nos enseñaron a hacerlo. Mi padre era sociólogo del trabajo, había tenido una vida dedicada a la militancia y trabajaba con sindicatos en México. Cuando estudié Sociología, discutíamos lo que yo leía en la universidad. Sé que tuve un enorme privilegio.

P. Se llama Amanda por la canción de Víctor Jara. ¿Eso deja marca?

R. Por supuesto. Todavía la escucho, sobre todo con mi madre, que a veces la pone y vuelve a contarme la historia otra vez… [risas]. Es una canción militante, pero también llena de ternura. Me gusta mucho.

“El capital privado se vuelve necesario en la cultura, pero debe predominar lo público. Es fundamental pensar la cultura como un bien común”

P. Como nueva madrileña, ¿cómo ve Madrid?

R. Está en un momento de transformación muy interesante. Se ha vuelto una ciudad mucho más multicultural. En nuestro ámbito han llegado colecciones latinoamericanas, galeristas, fortunas y artistas, y eso ha transformado la ciudad.

P. Esa llegada dinamiza el mercado, pero también despierta suspicacias sobre un arte demasiado condicionado por la élite económica. ¿Ve peligros?

R. La entrada de capital privado en la cultura se está volviendo necesaria en un contexto de reducción de lo público. Es un cambio de paradigma que tiene lugar en todas partes, no solo en España. Aun así, sigo pensando que es importante que predomine lo público, porque garantiza condiciones de igualdad y acceso. Es fundamental pensar la cultura como un bien común.

P. Dice que los museos son entidades sociales y que deben asumir riesgos. ¿Qué riesgo debería asumir el Reina Sofía?

R. Hoy la tarea es preservar un mundo plural y un espacio donde todavía puedan decirse cosas que quizá en otras esferas no sea posible decir. Vivimos un momento en el que cuestiones que dábamos por sentadas han demostrado no estarlo, como determinados derechos sociales, los derechos de ciertos grupos y algunos consensos que considerábamos establecidos. Todo se ha vuelto frágil.

P. Habrá elecciones en 2027. ¿Le preocupa que, según el resultado, cambie la situación de los museos públicos?

R. Más que un partido en concreto, me preocupa la injerencia política en la cultura. Hemos observado los efectos nocivos que puede tener: rompe espacios de discusión abierta, de libertad de expresión y ciertos valores éticos que deben preservarse por encima de la ideología. Pero tampoco creo que sea una fatalidad. En realidad, las instituciones son muy resilientes.

P. Me cuentan que no le gusta nada la jerga del arte contemporáneo. ¿Qué palabra prohibiría?

R. Más que una palabra en concreto, lo que odio es cuando se utiliza el lenguaje para no decir nada. Eso es lo peor. Para mí, el reto sigue siendo construir un museo cercano, pero sin perder densidad intelectual. Que alguien que no esté familiarizado con el arte contemporáneo pueda leer el texto introductorio de una exposición y entenderlo. O que, mediante iniciativas educativas y de mediación, sienta alguna conexión con lo que está viendo y no se sienta excluido de inmediato.

P. Es la primera mexicana en su cargo y solo la segunda latinoamericana en 40 años de historia del Reina Sofía. ¿Son nombramientos que llegan tarde en un museo tan vinculado a América Latina?

R. Llegan tarde, aunque esa relación es muy sólida después de cuatro décadas de trabajo. Aun así, hay que llenar huecos. Por ejemplo, hay muy poca obra de artistas mexicanos en la colección. No lo digo por nacionalismo, sino porque la relación con México es una de las más significativas que España ha tenido y es sorprendente que esa historia no esté más representada.

P. Fuera del museo ocurre algo parecido: la población de origen latinoamericano tiene un peso considerable en España, pero su presencia en cargos de poder sigue siendo muy reducida. ¿Cómo lo interpreta?

R. La representación es importante porque genera efectos, mayor pluralidad y nuevas miradas. No es lo único relevante: también importa qué haces una vez nombrado y desde qué perspectiva trabajas. Pero en el mundo del arte y los museos, igual que en muchos otros ámbitos, siguen existiendo divisiones norte-sur muy claras. Hay que trabajar para superarlas.

P. ¿Ve a este museo en plena crisis de los 40?

R. No. Ya sabes que dicen que los 40 son los nuevos 30. Yo, por lo menos, me acojo a esa teoría.

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