Cuando Ceuta resistió un sitio marroquí de 33 años 

El pasado 30 de julio, la entrada masiva de 80.000 inmigrantes en Ceuta provocó una crisis de seguridad sin precedentes en la ciudad autónoma. Esa cifra de 80.000 ha ido variando durante las semanas transcurridas desde la crisis, lo que nos da una idea, ya que este es un podcast de historia, de lo certeros que pueden ser los guarismos de episodios ocurridos hace siglos. En cualquier caso, miles de esos asaltantes continúan aún en Ceuta casi dos meses después.

Este asalto —hay quienes no dudan en calificarlo de invasión en toda regla— ha supuesto un hito crítico en el pulso que Marruecos mantiene con España por la soberanía de Ceuta y Melilla. Una soberanía española que solo los marroquíes —bueno, y Google Maps— ponen en duda, pero que nos habla de un conflicto latente que se remonta a siglos atrás. Hoy hablaremos de uno de los episodios que más a las claras hablan de esta pugna, el llamado sitio de los Treinta y Tres Años.

De los fenicios al reino de Granada

Antes, unos trazos de contexto. Ceuta ha ocupado durante siglos una posición estratégica como vigía de la unión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. No es extraño, por tanto, que el enclave llamase la atención de fenicios, griegos, cartagineses o romanos. Por cierto, es muy significativo que en el siglo IV estos últimos hicieran depender Ceuta —y también Melilla— de Hispania. Era la llamada Hispania Transfretana, señal de que los romanos también entendían que Ceuta estaba geográficamente en África, pero dependía de alguna forma de Hispania.

Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Ceuta pasó por manos bizantinas, con Justiniano el Grande, y más tarde quedó enmarcada en el reino visigodo. Llegamos entonces a comienzos del siglo VIII y a un personaje que transita entre la historia y la leyenda. Se trata de don Julián, gobernador visigodo de Ceuta que traicionó al rey Witiza para facilitar la invasión bereber de la península en el año 711. 

Desde entonces, y durante ocho siglos, Ceuta estuvo en manos musulmanas. Ojo, aquí se hace necesario un matiz. Aún no podemos hablar con propiedad de Marruecos, sino de imperios hasta cierto punto precursores, como los mencionados bereberes, el califato omeya, el califato de Córdoba, los almorávides, los almohades, los hafsíes, los benimerines, las taifas de Málaga, Ceuta, Murcia o el emirato de Granada.

De Portugal a España

Saltamos ahora a un año clave. En 1415, Enrique el Navegante de Portugal, entonces todavía príncipe, toma la plaza para el reino cristiano. Así, Ceuta permaneció en manos lusas durante los siguientes 165 años, hasta que en 1580 Felipe II se anexionó Portugal. El enclave pasaba así a formar parte de los dominios de la Monarquía Hispánica.

Pero, como ustedes saben, la unión ibérica no duró demasiado. En 1640, Portugal recuperó su independencia de España. Pero hubo un dominio que no cambió de bando; en efecto, los ceutíes escogieron seguir siendo españoles, por lo que Felipe IV concedió a la ciudad el título de «fidelísima». Este estatus terminó de consolidarse en el Tratado de Lisboa de 1668.

El sitio de los Treinta y Tres Años

Sin embargo, la soberanía española sobre Ceuta aún habría de afrontar una amenaza mucho mayor que la portuguesa. En 1694, el sultán Muley Ismaíl de Marruecos puso los ojos en la ciudad después de tomar varias plazas del norte de África, como la Mamora, Larache o Tánger. Su intención no era otra que hacer lo propio con Ceuta.

Dio comienzo así un asedio que se prolongaría durante más de tres décadas, aunque lógicamente no con igual intensidad. Eso sí, uno de los momentos más críticos llegó unos meses después de iniciarse el cerco, cuando las tropas marroquíes aprovecharon un cambio de guardia para hacerse con la Plaza de Armas, uno de los principales baluartes de las imponentes Murallas Reales de la ciudad. Con todo, los españoles lograron retomar el fuerte.

La situación para la población ceutí se agravó unos años después, en 1704, cuando, en el contexto de la Guerra de Sucesión, los británicos tomaron Gibraltar. El Peñón era el origen de gran parte de las armas, víveres y hombres que la Corona enviaba a Ceuta desde la península, por lo que la pérdida de ese enclave dificultó el abastecimiento a la ciudad. Es más, los británicos empezaron a avituallar a los marroquíes desde Gibraltar, en un intento por debilitar la posición española. Los ingleses incluso llegaron a amagar con sumarse al sitio con una flota.

El último hito reseñable en el asedio fue la entrada en escena del marqués de Lede, militar flamenco al servicio de la Corona española, que comandó un ejército de más de 15.000 hombres para romper el cerco marroquí. Los norteafricanos se vieron obligados a retirarse hacia Tetuán, pero, cuando el marqués sacó a su ejército de Ceuta, ahuyentados por la peste, los alauitas volvieron a apostarse frente a los muros de Ceuta.

El sitio no terminaría hasta la muerte del sultán Muley en 1727, cuando Marruecos caería en una serie de disputas internas por la sucesión. Ceuta se sacudió así de una amenaza que había afectado a varias generaciones de vecinos, que habían aprendido a convivir con la sombra marroquí. Pese al abandono que sufren, si los actuales caballas conservan la mitad de entereza que sus antepasados, de seguro que lograrán capear la crisis presente.

 El pasado 30 de julio, la entrada masiva de 80.000 inmigrantes en Ceuta provocó una crisis de seguridad sin precedentes en la ciudad autónoma. Esa cifra  

El pasado 30 de julio, la entrada masiva de 80.000 inmigrantes en Ceuta provocó una crisis de seguridad sin precedentes en la ciudad autónoma. Esa cifra de 80.000 ha ido variando durante las semanas transcurridas desde la crisis, lo que nos da una idea, ya que este es un podcast de historia, de lo certeros que pueden ser los guarismos de episodios ocurridos hace siglos. En cualquier caso, miles de esos asaltantes continúan aún en Ceuta casi dos meses después.

Este asalto —hay quienes no dudan en calificarlo de invasión en toda regla— ha supuesto un hito crítico en el pulso que Marruecos mantiene con España por la soberanía de Ceuta y Melilla. Una soberanía española que solo los marroquíes —bueno, y Google Maps— ponen en duda, pero que nos habla de un conflicto latente que se remonta a siglos atrás. Hoy hablaremos de uno de los episodios que más a las claras hablan de esta pugna, el llamado sitio de los Treinta y Tres Años.

Antes, unos trazos de contexto. Ceuta ha ocupado durante siglos una posición estratégica como vigía de la unión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. No es extraño, por tanto, que el enclave llamase la atención de fenicios, griegos, cartagineses o romanos. Por cierto, es muy significativo que en el siglo IV estos últimos hicieran depender Ceuta —y también Melilla— de Hispania. Era la llamada Hispania Transfretana, señal de que los romanos también entendían que Ceuta estaba geográficamente en África, pero dependía de alguna forma de Hispania.

Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Ceuta pasó por manos bizantinas, con Justiniano el Grande, y más tarde quedó enmarcada en el reino visigodo. Llegamos entonces a comienzos del siglo VIII y a un personaje que transita entre la historia y la leyenda. Se trata de don Julián, gobernador visigodo de Ceuta que traicionó al rey Witiza para facilitar la invasión bereber de la península en el año 711. 

Desde entonces, y durante ocho siglos, Ceuta estuvo en manos musulmanas. Ojo, aquí se hace necesario un matiz. Aún no podemos hablar con propiedad de Marruecos, sino de imperios hasta cierto punto precursores, como los mencionados bereberes, el califato omeya, el califato de Córdoba, los almorávides, los almohades, los hafsíes, los benimerines, las taifas de Málaga, Ceuta, Murcia o el emirato de Granada.

Saltamos ahora a un año clave. En 1415, Enrique el Navegante de Portugal, entonces todavía príncipe, toma la plaza para el reino cristiano. Así, Ceuta permaneció en manos lusas durante los siguientes 165 años, hasta que en 1580 Felipe II se anexionó Portugal. El enclave pasaba así a formar parte de los dominios de la Monarquía Hispánica.

Pero, como ustedes saben, la unión ibérica no duró demasiado. En 1640, Portugal recuperó su independencia de España. Pero hubo un dominio que no cambió de bando; en efecto, los ceutíes escogieron seguir siendo españoles, por lo que Felipe IV concedió a la ciudad el título de «fidelísima». Este estatus terminó de consolidarse en el Tratado de Lisboa de 1668.

Sin embargo, la soberanía española sobre Ceuta aún habría de afrontar una amenaza mucho mayor que la portuguesa. En 1694, el sultán Muley Ismaíl de Marruecos puso los ojos en la ciudad después de tomar varias plazas del norte de África, como la Mamora, Larache o Tánger. Su intención no era otra que hacer lo propio con Ceuta.

Dio comienzo así un asedio que se prolongaría durante más de tres décadas, aunque lógicamente no con igual intensidad. Eso sí, uno de los momentos más críticos llegó unos meses después de iniciarse el cerco, cuando las tropas marroquíes aprovecharon un cambio de guardia para hacerse con la Plaza de Armas, uno de los principales baluartes de las imponentes Murallas Reales de la ciudad. Con todo, los españoles lograron retomar el fuerte.

La situación para la población ceutí se agravó unos años después, en 1704, cuando, en el contexto de la Guerra de Sucesión, los británicos tomaron Gibraltar. El Peñón era el origen de gran parte de las armas, víveres y hombres que la Corona enviaba a Ceuta desde la península, por lo que la pérdida de ese enclave dificultó el abastecimiento a la ciudad. Es más, los británicos empezaron a avituallar a los marroquíes desde Gibraltar, en un intento por debilitar la posición española. Los ingleses incluso llegaron a amagar con sumarse al sitio con una flota.

El último hito reseñable en el asedio fue la entrada en escena del marqués de Lede, militar flamenco al servicio de la Corona española, que comandó un ejército de más de 15.000 hombres para romper el cerco marroquí. Los norteafricanos se vieron obligados a retirarse hacia Tetuán, pero, cuando el marqués sacó a su ejército de Ceuta, ahuyentados por la peste, los alauitas volvieron a apostarse frente a los muros de Ceuta.

El sitio no terminaría hasta la muerte del sultán Muley en 1727, cuando Marruecos caería en una serie de disputas internas por la sucesión. Ceuta se sacudió así de una amenaza que había afectado a varias generaciones de vecinos, que habían aprendido a convivir con la sombra marroquí. Pese al abandono que sufren, si los actuales caballas conservan la mitad de entereza que sus antepasados, de seguro que lograrán capear la crisis presente.

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