Hace 30 años Alicia Giménez Bartlett alumbró un personaje que cambiaría la historia de la ficción criminal en español. Al igual que su creadora, la inspectora Petra Delicado es “peleona, sarcástica, protestona y tocapelotas”; también está dolida y enfadada con el mundo, rota por el dolor de una muerte, la del hombre de su vida. Así nos la presentan en Bajo el cielo infernal (Destino) decimotercera entrega de esta serie policíaca (a la que hay que sumar dos volúmenes de relatos), un libro lleno de rabia y estilo, una obra donde se observan todas las virtudes de una escritora que es mucho más que la creadora de la primera inspectora de policía de la novela negra europea. La entrevista tiene lugar en Vinaroz (Castellón) durante el último fin de semana de agosto. Su casa, el refugio ideado para envejecer junto a su añorado Carlos, ha sido escenario de la tradicional fiesta con la que Giménez Bartlett (Almansa, 75 años) despide el verano. En la piscina, dos labradores espléndidos se dan el primer chapuzón, ajenos a todo. Algunos rezagados parten, no sin antes compartir un último cigarro, una charla, una cerveza. “La amistad para mí es muy importante. Los amigos te entienden o no te entienden, pero hablas con ellos a calzón quitado y sin ningún rol estipulado”, confiesa en los primeros compases de una charla que se prolongará durante dos días, en el despacho donde escribe, en el jardín, por las calles y restaurantes de un pueblo en el que, por encima de una celebridad reconocida, los paisanos la saludan y la aprecian como la amiga de la panadera Mariló o del médico Bismark.

Bajo el cielo infernal
Alicia Giménez Bartlett
Destino, 2026
448 páginas. 22,90 euros La autora celebra los 30 años de la creación de su mítica Petra Delicado con ‘Bajo el cielo infernal’, la mejor novela de la serie. Repasamos en su casa en Vinaroz inquietudes, reflexiones y esperanzas de la gran figura de la ficción criminal española
Hace 30 años Alicia Giménez Bartlett alumbró un personaje que cambiaría la historia de la ficción criminal en español. Al igual que su creadora, la inspectora Petra Delicado es “peleona, sarcástica, protestona y tocapelotas”; también está dolida y enfadada con el mundo, rota por el dolor de una muerte, la del hombre de su vida. Así nos la presentan en Bajo el cielo infernal (Destino) decimotercera entrega de esta serie policíaca (a la que hay que sumar dos volúmenes de relatos), un libro lleno de rabia y estilo, una obra donde se observan todas las virtudes de una escritora que es mucho más que la creadora de la primera inspectora de policía de la novela negra europea. La entrevista tiene lugar en Vinaroz (Castellón) durante el último fin de semana de agosto. Su casa, el refugio ideado para envejecer junto a su añorado Carlos, ha sido escenario de la tradicional fiesta con la que Giménez Bartlett (Almansa, 75 años) despide el verano. En la piscina, dos labradores espléndidos se dan el primer chapuzón, ajenos a todo. Algunos rezagados parten, no sin antes compartir un último cigarro, una charla, una cerveza. “La amistad para mí es muy importante. Los amigos te entienden o no te entienden, pero hablas con ellos a calzón quitado y sin ningún rol estipulado”, confiesa en los primeros compases de una charla que se prolongará durante dos días, en el despacho donde escribe, en el jardín, por las calles y restaurantes de un pueblo en el que, por encima de una celebridad reconocida, los paisanos la saludan y la aprecian como la amiga de la panadera Mariló o del médico Bismark.
Hija de un ferroviario represaliado por el franquismo, Giménez Bartlett lleva la rebeldía y las letras en el código vital. “Siempre he escrito. Escribir es una manera de vivir sin la que mi equilibrio mental zozobraría bastante. Cuando yo no sabía escribir, le decía a mi padre: ‘Escribe esto’. Y le contaba algo que debía ser espantoso. Y él lo escribía. Cuando me preguntaban en el colegio ‘¿qué quieres ser?’ respondía: ‘Escritora’. Así. Nunca dije otra cosa; estaba en mi cabeza desde que tengo uso de razón”, rememora en el despacho donde trabaja, acompañada por la respiración de Pistacho y Banana, tirados en el suelo, disfrutando de sus privilegios caninos. Una tenue luz mediterránea entra por las ventanas; al fondo, el mar y los naranjos. Y el silencio.

Durante la charla enciende algún cigarro, esporádico; fuma dos o tres al día, casi siempre cuando trabaja, alguno después de cenar. En la sala pesa la ausencia de Carlos, su segundo marido, su pareja durante cuatro décadas, fallecido hace tres años. En la mirada de Alicia, en algunas respuestas, también. “Nadie comprende nada. ¿Cómo pretenderlo siquiera? Yo misma ignoraba qué estaba sucediéndome. Oleadas de dolor insoportable, accesos de ira, indiferencia hacia todo, ganas de desaparecer, deseo de soledad absoluta, culpabilidad por seguir viva”, escupe Petra Delicado en Bajo el cielo infernal cuando recuerda a Marcos, su tercer marido, otro eje vital que la une con su creadora. “Sigo enfadada y eso demuestra hasta qué punto soy insensible y bestia. Porque tendría que haber pasado una época de dolor y no seguir cabreada contra el mundo. Decir, ‘vale, que se muera, pero que se muera en un accidente’. Que no veas que él se estaba dando cuenta de que moría. Eso es horrible. Y eso me cabrea. No se lo merecía. Ya sé que se muere gente en mil circunstancias peores y que una persona de 73 años muera de un cáncer tampoco es una injusticia de la vida. Pero me genera lo que me ha generado siempre la vida, rebeldía e ir a la contra”, cuenta con la mirada clara, la voz firme.
Desde que debutara en 1996 con Ritos de muerte, Petra Delicado y Alicia Giménez Bartlett han recorrido caminos paralelos que se han cruzado en multitud de ocasiones. Quien quiera reseñar todas las coincidencias solo tiene que leer Sin muertos, la biografía del personaje que es también, sobre todo en sus tiempos de juventud, la de la autora. Una biografía que la emparenta con Maigret, la creación del prolífico y genial Georges Simenon, que dedicó a su mítico policía un libro (Las memorias de Maigret) en el que seguramente filtró parte de su vida, aunque no hay biógrafo que acierte a discernirlo del todo. Aquí parece más sencillo. En su última aventura, Petra recurre a grupos de duelo y se centra en el trabajo como si fuera un último asidero, a la desesperada. Alicia recurrió a medidas similares. A ninguna de las dos les funcionó.
Los caminos de la literatura son inescrutables y los que llevaron a Giménez Bartlett a la novela negra pasan por Virginia Woolf. “Soy licenciada en Filología Inglesa, y me habían machacado en la facultad con ella toda la vida. En un momento dado, me llamó la atención una cita en la que asegura que si ella fuera su asistenta escribiría un libro sobre su relación. Y dije, ‘pues ese lo voy a hacer yo”. El resultado es Una habitación ajena (Premio Femenino Lumen en 1997). Un primer aldabonazo que iba a definir su carrera, pero en dirección opuesta. “Fue un trabajo duro, muy académico, tuve que sacar mil fichas; aún no manejaba el ordenador como ahora, ni había programas tan avanzados. Entonces, acabé un poco hasta las narices. Y dije, pues voy a hacer algo que me divierta. ¿Y por qué no una novela negra? Así de banal”. O no tanto. “Una novela negra que esté protagonizada por una mujer, porque estaba harta de ver que todas eran adláteres, ayudantes de alguien, víctimas, esposas de policía. Como se supone que las mujeres somos ángeles de bondad, y un policía siempre tiene un lado tirando a chungo, pues no había. Y entonces sí que lo pensé, y dije, ‘es un puntazo’. Pero ni se me ocurrió que la cosa funcionaría”.
Se está haciendo mucha basura. Sí. Sí. Y no hay que olvidar que el género negro es literario y tiene que estar forzosamente, por lo menos, cuidado en la forma. Un libro tiene que estar bien escrito. Si no, déjalo.
A partir de ahí, las traducciones, primero en Alemania, donde triunfó: “Veía que la gente se reía con las paridas de Petra y que les gustaba. Me llamó la atención, es decir, joder, el humor alemán tiene fama de no ser humor. Fue bonito”. Luego llegó Italia, un idilio con la editorial Sellerio y cientos de miles de lectores que dura hasta hoy. Es donde más a gusto se siente, confiesa. Los libros de Petra Delicado se sucedían a buen ritmo, y los premios también: el Nadal en 2011, el Planeta en 2015 (ambos con novelas fuera de la serie) o el Pepe Carvalho de la BCNegra (2015) y el Raymond Chandler en Italia (2008), dos auténticas cumbres para cualquier autor del género. “Los premios son un estímulo y en algunos casos una pasta, como en el Planeta. Y luego, aunque no tengan la más mínima dotación, soy agradecida. De repente, un ayuntamiento de Casa Dios te organiza un premio y te da el trofeo. Llegas allí y ves que les hace ilusión y dices, ‘yo de qué voy, ¿qué soy aquí, la estrella?’, pues es un premio y me hace ilusión. Es así”.
Oído afinado
Lo del nombre fue más sencillo. Giménez Bartlett quería algo que sonara bien en cualquier idioma —“algo muy internacional, aunque no tenía la más mínima intención de continuar”— y un apellido que contrastara con esa fuerza: “Petra Delicado. Parecía un oxímoron. Es bonito, ¿eh?”. Queda, un clásico del género, el compañero. En este caso, Fermín Garzón, un hombretón de Salamanca que en Bajo el cielo infernal se encuentra también al límite. “Es muy tradicional, pero es un tío bueno hasta el tuétano”, define su creadora. Los dos juntos, placa de la Policía Nacional en ristre, resuelven casos, se frustran, se retan, bromean, corren peligros y suelen terminar en la Jarra de Oro, bar y refugio. Siempre, o casi siempre, en esa Barcelona que ha cambiado al ritmo de las novelas y ha dotado a las tramas de un escenario deslumbrante y oscuro a la vez, muy estratificado.
En sus aventuras, Delicado y Garzón protagonizan algunos de los mejores diálogos de la literatura española. ¿Dónde está el truco? “Escucho bastante. Soy más auditiva que visual. ¿Tú has visto alguna descripción en una novela mía? La cara de la gente me patina y, sin embargo, la voz de las personas con las que he hablado se me queda”.

Hay mucha literatura en la obra de Giménez Bartlett, que se revuelve contra los prejuicios que siempre ha despertado el género. “Nunca renegué de la novela negra. Eso creo que es básico. Es un error de bulto decir ‘no, es que yo hago otro tipo de libros’. Oye, tía, escribes lo que escribes. Ya está. Y no digas que es un género menor. Ni pensarlo”. Pero también tiene balas para los excesos de un género multifacético que ha optado en muchas ocasiones por el lado más comercial y violento. “Se está haciendo mucha basura. Sí. Sí. Y no hay que olvidar que el género negro es literario y tiene que estar forzosamente, por lo menos, cuidado en la forma. Un libro tiene que estar bien escrito. Si no, déjalo. La sociedad se ha infantilizado y digamos que la novela negra se ha estupidizado. Y ya sé que me pondrán a parir porque dirán: ‘Mira, ella es más mona que ninguna’. Pues no, digo lo que me parece, se ha estupidizado. Y los asesinatos cruentos, pues a mí me joden. Un asesinato está bien. Pero ¿por qué la tortura de una víctima?»
Una salida del infierno
De ideas claras, más “bohemia que revolucionaria”, siempre ha defendido el ideario progresista y eso se observa en sus novelas. Así concreta su postura: “Ningún libro está exento de crítica social. Ninguno. Las palabras que escoges. El giro que le das, dónde la ubicas, cómo reaccionan los personajes. Siempre hay una crítica en un buen libro. Siempre. En Petra no es evidente; no dice ‘ay, es que los ricos no sé qué’, pero va lanzando los detalles en los que tú te das cuenta de que hay cosas tremendamente injustas”.
Otro asunto es el feminismo de su heroína: “Yo creo que son novelas protagonizadas por una mujer con un par. Ni más ni menos. Si eso es feminista, pues son feministas. Ahora, no han ido a más, solo han mostrado la realidad”. Se refiere a la progresiva incorporación de la mujer a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que ha seguido de cerca gracias a Margarita, una comisaria ahora jubilada, fuente de inspiración para Petra Delicado y la puerta para Giménez Bartlett a un universo, el policial, que le era ajeno. ¿Y qué hay de los hombres en un género dominado hasta hace poco por su mirada y su relato? “Sinceramente, te diré que no tengo una mala imagen de los hombres. Y me gustan los guapos. Los reivindico. Todas, diciendo ‘no, de un hombre me gusta que me haga reír y las manos’. ¡Qué demonio! Me gusta que esté lustroso y que sea atractivo. Y reivindicar la belleza masculina no se ha hecho en los libros de mujeres. Y mira que en la de hombres… Al revés. Hasta el aburrimiento”.
Ningún libro está exento de crítica social. Ninguno. Las palabras que escoges. El giro que le das, dónde la ubicas, cómo reaccionan los personajes. Siempre hay una crítica en un buen libro
Hay algo que, sin embargo, separa a la autora de su personaje y hace posible la existencia de ambas. “Petra y yo tenemos una diferencia básica. Yo nunca hubiera sido policía”. ¿Por qué? “Pues porque no soy valiente para enfrentarme a la realidad. Porque mi tendencia a la compasión es grande. Un policía no puede tener compasión en ciertos momentos. Esto es así”. Y la inspectora Delicado lo demuestra con una mirada crítica hacia las víctimas, una dureza de carácter y un amor por su trabajo que la hacen única.
El grado de implicación de nuestra heroína en los casos la diferencia de sus congéneres masculinos. Todos se dejan la piel, claro, pero a ella le afecta de manera casi física, visceral. En Bajo el cielo infernal, a la caza del asesino de un jesuita, con la Iglesia católica utilizando su poder para bloquear la investigación, lejos de hundirse o bucear en la autocompasión, lo utiliza como acicate para no rendirse. Aquejada de lo que su fiel Garzón define como “el síndrome de Sherlock Holmes”, no está tranquila si queda algún fleco suelto. De ahí que las tramas de sus novelas tengan siempre un giro donde ya no se espera, pero sin artificios. A las dos les salva el humor y no tomarse demasiado en serio. Giménez Bartlett lo utiliza como forma de respeto al lector. “Tengo una autoimposición hacia ellos. No los destroces. Dales una salida, aunque les hayas enseñado el infierno”. Eso la mantiene fuera de la tragedia vital y literaria. Eso y un personaje como la joven Natalia, estela brillante que aparece en Bajo el cielo infernal para demostrar que la historia, y la vida, siguen. Y, sin embargo, hay cierto poso pesimista en su mirada, y ahí se vuelve contundente, como Delicado en un interrogatorio: “Soy pesimista, metafísicamente pesimista. Me gusta la gente, pero siempre me ha dado la sensación de que vamos hacia algún tipo de abismo y que venimos de otro”.

Empingorotado, cicatero, de raigambre montaraz, zarandajas, empifonarse, domeñar, curapio mamón… en una literatura que tiende a la fotocopia (o al exceso oral disfrazado de localismo) en estas historias acontece un festival de palabras extraídas de su formación clásica y nada petulantes, y menos en boca de Petra Delicado, un ejercicio que Giménez Bartlett confiesa la divierte, dentro y fuera de los libros.
En un momento antes de la comida del sábado, la autora imagina cómo será el mes que la espera, la promoción incansable a la que está obligada. Sonríe con resignación y recuerda a Javier Marías, cuya mujer era muy aficionada a Petra Delicado, y con quien habló mucho sobre el mundo literario. “No dejes la promoción, no lo hagas, aguanta”, le dijo. No lo lleva mal —“al final, conozco a todos los periodistas, les pregunto por sus hijos, me divierte ver cómo cada uno lee la novela a su manera”—, pero, como Petra, se niega a conjurar penas y soledades con el trabajo.
Hace cinco años dio un giro a su carrera y publicó en Alfaguara La presidenta, una novela que ponía en juego a dos jóvenes policías que investigaban la muerte de una famosa política valenciana. Se lo pasó muy bien, confiesa, pero por ahora no puede volver a aquello: “Cuando yo escribí La presidenta, era muy feliz. Y ahora ya no. Es simplemente eso”. Le queda una opción, siempre en el código Giménez Bartlett, ácida y nunca del todo en serio, sin que sepamos de quién habla o si habla por las dos: el convento, que conoce bien por El silencio de los claustros. “Por lo menos sabes lo que es correcto y lo que no. Te dan un cometido. El trabajo no suele ser descornante como en una mina. Cuando eres viejo, te cuidan en las residencias. Y al final, teóricamente, vas al cielo. Un chollo. Por eso lo estoy pensando”. Cuesta creer que las protagonistas de esta gran historia del género negro en español encuentren su final aparcadas en los pasillos silenciosos de un convento. A juzgar por lo visto y leído, queda Petra Delicado para rato.

Bajo el cielo infernal
Alicia Giménez Bartlett
Destino, 2026
448 páginas. 22,90 euros
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