Todo empezó con la pesca de un pez pequeño. El 26 de diciembre de 1606, recién pasada la Navidad, fue detenido Alonso Ramírez de Prado, secretario del Consejo de Hacienda. Esta medida era consecuencia de una auditoría secreta en dicho Consejo —los consejos equivalían a los actuales ministerios— que había mandado realizar el propio rey Felipe III.
El asunto era muy raro: resultaba insólito que el rey tomase una iniciativa de ese calado a espaldas de su valido, el duque de Lerma, porque desde el primer día de su reinado en 1598, Felipe III había puesto todo el poder en manos de Lerma. Sin duda, alguien muy próximo al monarca lo había manipulado, quizás su esposa, la reina, o su tía, la monja-infanta. Ambas coincidían no solo en el nombre, Margarita de Austria, sino también en su odio al favorito Lerma y a la mafia política que a su sombra saqueaba a España.
Nunca se ha sabido qué le dirían a Felipe III para empujarlo a tomar esa decisión, pero en las escaleras del convento de San Felipe, en la Puerta del Sol, lugar llamado «el mentidero de Madrid», se hablaba incluso de un complot para asesinar al rey. El caso es que la detención de Ramírez de Prado provocó el pánico de su jefe inmediato, amparador y cómplice, don Pedro Franqueza.
Franqueza ya no era un pez pequeño, sino muy gordo. Digamos que, como Santos Cerdán en el PSOE de Pedro Sánchez, era el número tres de aquel sistema de corrupción en el que Lerma y don Rodrigo Calderón eran el número uno y el número dos (véase El mayor ladrón de España y Don Rodrigo en la Horca, en Historias de la Historia de los pasados 31 y 24 de mayo). Cuando Franqueza se enteró de que la justicia había registrado la casa de Ramírez de Prado, decidió limpiar la suya propia.
Según averiguarían los jueces posteriormente, Franqueza envió a Valencia, donde tenía propiedades y amigos, siete acémilas cargadas de monedas, además de un gran paquete de joyas, con los sellos de la Inquisición para hacerlo inviolable, que le encomendó a su amigo el inquisidor de Valencia. A Toledo también hizo llegar muchas alhajas para que fuesen fundidas en los talleres de orfebrería, y envió dos grandes cofres llenos de monedas de oro y plata fuera de España.
Aun así, era tanto lo que había acumulado que no había forma material de deshacerse de ello a tiempo. Cuando los agentes de la ley entraron en su domicilio, encontraron que todavía quedaban «200 arrobas de plata labrada», es decir, ¡2.300 kilos de plata! Pero lo que mayor conmoción causó fue la cama de don Pedro Franqueza, un mueble construido con ámbar, material precioso y muy raro, que fue tasado en la friolera de 250.000 ducados.
Esa valoración de un simple mueble resultaba exorbitante, téngase en cuenta que la plata que anualmente venía de América, principal fuente de riqueza de la monarquía española, suponía entre uno y dos millones de ducados. Ante tanta desmesura el ingenio popular creo un dicho que expresaba su rechazo a la corrupción de los gobernantes: «Más quiero mi pobreza que la hacienda de Franqueza». ¿Pero de dónde había salido este Franqueza que parecía uno de los hombres más ricos del mundo?
Hombre de baja calidad
Pedro Franqueza era un catalán, miembro de una familia hidalga dedicada a la función pública, que a los 16 años, en tiempos de Felipe II, se había venido a Madrid para entrar en la administración central. Hizo un matrimonio muy conveniente con una joven de buena familia de Alcalá de Henares, lo que le permitió naturalizarse castellano, requisito para optar a ciertos puestos muy ambicionados. Pero lo que supuso su fortuna fue que en la década final del siglo XVI, en los últimos años del reinado de Felipe II, ocupó la secretaría de Valencia en el Consejo de Aragón, y eso le llevó a conocer e intimar con el virrey de Valencia, un tal don Francisco de Sandoval y Rojas, que ha pasado a la Historia como duque de Lerma.
Se entendieron a las mil maravillas porque ambos eran de la misma ralea. Si el duque de Lerma tuvo a don Rodrigo Calderón como mano derecha, Pedro Franqueza sería su mano izquierda, a la que fue encomendando puestos de Gobierno cada vez más importantes. El primero de estos sería la Secretaría de Estado de Italia, y de lo que hizo allí tenemos el testimonio de un famoso político y diplomático veneciano, Simón Contarini: «Es hombre de baja calidad, pero de buena cabeza, tan extremadamente codicioso que no es menester buscar otro camino para negociar con él».
Siguió ascendiendo en el aparato del Estado como secretario del Consejo Real, del de la Inquisición, de Hacienda, hasta alcanzar la secretaría del Consejo de Estado. Cabrera de Córdoba, secretario de la reina Margarita de Austria y acreditado historiador de aquella época, decía que se había «apoderado de la máquina de todos los negocios importantes con el favor que le hace el duque de Lerma».
Paralelamente, se produjo su ascenso social desde la hidalguía o baja nobleza hasta la nobleza titulada. Tras ser admitido por la Orden de Montesa como caballero, el rey le otorgó en 1603 el condado de Villalonga. Pero lo más llamativo de Franqueza sería el complejo y extensísimo sistema de corrupción que fue capaz de montar con la ayuda de su esposa, sus hijos y su secretario, el mencionado Ramírez del Prado.
En la documentación de su proceso hay un pasaje en el que se enumera a las personalidades implicadas en sus sobornos que comienza: «Príncipes extranjeros, siete. Ministros, diecinueve…» y así una larga lista de eclesiásticos, militares, funcionarios, hombres de negocios y particulares. Franqueza recibió sobornos del Concejo Municipal madrileño para hacer que la capitalidad regresara de Valladolid a Madrid o de los judíos portugueses que querían instalarse en Castilla sin que la Inquisición los molestase, por citar solo dos ejemplos.
Vendía al mejor postor todo tipo de puestos en la administración, títulos de nobleza, encomiendas de las órdenes militares, cargos eclesiásticos, embajadas y mandos en el ejército o la marina, aparte, naturalmente, de contratos públicos y concesiones de servicios. Montó un sistema para apoderarse a precio de ganga de las propiedades urbanas o rústicas que resultaban embargadas, convirtiéndose en uno de los principales propietarios de España, con palacios y fincas desde Guadalajara a Lisboa, desde Ávila a Valencia o Granada. Extorsionaba a los embajadores extranjeros o a los banqueros de cuyos créditos dependía la monarquía, incluyendo al banquero genovés Spínola, que, reconvertido en militar, es el protagonista de la famosa Rendición de Breda de Velázquez.
Las actuaciones judiciales establecieron que la fortuna amasada por Franqueza por esos métodos ilícitos superaba los 5 millones de ducados, es decir, el equivalente de las rentas anuales de la corona de España, en esos momentos el mayor imperio y la primera potencia del mundo. Los jueces, uno por parte de Hacienda y otro por la Inquisición, le acusarían de 474 delitos de fraude, cohecho y falsificación.
Para mayor sarcasmo del caso, la detención de Franqueza, el número tres, la llevaría a cabo don Rodrigo Calderón, número dos, que años después sería ejecutado, como ya relatamos en la primera de estas tres historias sobre la corrupción gubernamental en la España del Siglo de Oro. Su primera prisión en enero de 1607 fue la cárcel de Torrelodones, mientras que su familia y criados serían puestos en arresto domiciliario y luego desterrados a Torrejón de Ardoz.
Franqueza fingiría que se había vuelto loco, pero esta maniobra no le sirvió de nada. Los jueces decretaron la prisión incomunicada, y pasaría 8 años en situación de aislamiento, hasta el punto de que los abogados catalanes que había contratado renunciaron a la defensa por no poder comunicarse con su cliente. En 1608 murió en la cárcel Ramírez de Prado, el secretario y principal cómplice de Franqueza, que un año después, en 1609, sería condenado a cadena perpetua, pérdida de todos sus honores y pago de 1.400.000 ducados.
Franqueza fallecería en 1614 en el castillo de la ciudad de León, cuyos muros de 7 metros de espesor parecerían adecuados a su situación de aislamiento, pues seguía incomunicado casi 8 años después de su detención. El duque de Lerma tomó nota de esta lección y, como vimos la semana pasada, hizo las maniobras necesarias ante la Santa Sede para que el Papa le nombrase cardenal «para no morir ahorcado».
Todo empezó con la pesca de un pez pequeño. El 26 de diciembre de 1606, recién pasada la Navidad, fue detenido Alonso Ramírez de Prado, secretario
Todo empezó con la pesca de un pez pequeño. El 26 de diciembre de 1606, recién pasada la Navidad, fue detenido Alonso Ramírez de Prado, secretario del Consejo de Hacienda. Esta medida era consecuencia de una auditoría secreta en dicho Consejo —los consejos equivalían a los actuales ministerios— que había mandado realizar el propio rey Felipe III.
El asunto era muy raro: resultaba insólito que el rey tomase una iniciativa de ese calado a espaldas de su valido, el duque de Lerma, porque desde el primer día de su reinado en 1598, Felipe III había puesto todo el poder en manos de Lerma. Sin duda, alguien muy próximo al monarca lo había manipulado, quizás su esposa, la reina, o su tía, la monja-infanta. Ambas coincidían no solo en el nombre, Margarita de Austria, sino también en su odio al favorito Lerma y a la mafia política que a su sombra saqueaba a España.
Nunca se ha sabido qué le dirían a Felipe III para empujarlo a tomar esa decisión, pero en las escaleras del convento de San Felipe, en la Puerta del Sol, lugar llamado «el mentidero de Madrid», se hablaba incluso de un complot para asesinar al rey. El caso es que la detención de Ramírez de Prado provocó el pánico de su jefe inmediato, amparador y cómplice, don Pedro Franqueza.
Franqueza ya no era un pez pequeño, sino muy gordo. Digamos que, como Santos Cerdán en el PSOE de Pedro Sánchez, era el número tres de aquel sistema de corrupción en el que Lerma y don Rodrigo Calderón eran el número uno y el número dos (véase El mayor ladrón de España y Don Rodrigo en la Horca, en Historias de la Historia de los pasados 31 y 24 de mayo). Cuando Franqueza se enteró de que la justicia había registrado la casa de Ramírez de Prado, decidió limpiar la suya propia.
Según averiguarían los jueces posteriormente, Franqueza envió a Valencia, donde tenía propiedades y amigos, siete acémilas cargadas de monedas, además de un gran paquete de joyas, con los sellos de la Inquisición para hacerlo inviolable, que le encomendó a su amigo el inquisidor de Valencia. A Toledo también hizo llegar muchas alhajas para que fuesen fundidas en los talleres de orfebrería, y envió dos grandes cofres llenos de monedas de oro y plata fuera de España.
Aun así, era tanto lo que había acumulado que no había forma material de deshacerse de ello a tiempo. Cuando los agentes de la ley entraron en su domicilio, encontraron que todavía quedaban «200 arrobas de plata labrada», es decir, ¡2.300 kilos de plata! Pero lo que mayor conmoción causó fue la cama de don Pedro Franqueza, un mueble construido con ámbar, material precioso y muy raro, que fue tasado en la friolera de 250.000 ducados.
Esa valoración de un simple mueble resultaba exorbitante, téngase en cuenta que la plata que anualmente venía de América, principal fuente de riqueza de la monarquía española, suponía entre uno y dos millones de ducados. Ante tanta desmesura el ingenio popular creo un dicho que expresaba su rechazo a la corrupción de los gobernantes: «Más quiero mi pobreza que la hacienda de Franqueza». ¿Pero de dónde había salido este Franqueza que parecía uno de los hombres más ricos del mundo?
Pedro Franqueza era un catalán, miembro de una familia hidalga dedicada a la función pública, que a los 16 años, en tiempos de Felipe II, se había venido a Madrid para entrar en la administración central. Hizo un matrimonio muy conveniente con una joven de buena familia de Alcalá de Henares, lo que le permitió naturalizarse castellano, requisito para optar a ciertos puestos muy ambicionados. Pero lo que supuso su fortuna fue que en la década final del siglo XVI, en los últimos años del reinado de Felipe II, ocupó la secretaría de Valencia en el Consejo de Aragón, y eso le llevó a conocer e intimar con el virrey de Valencia, un tal don Francisco de Sandoval y Rojas, que ha pasado a la Historia como duque de Lerma.
Se entendieron a las mil maravillas porque ambos eran de la misma ralea. Si el duque de Lerma tuvo a don Rodrigo Calderón como mano derecha, Pedro Franqueza sería su mano izquierda, a la que fue encomendando puestos de Gobierno cada vez más importantes. El primero de estos sería la Secretaría de Estado de Italia, y de lo que hizo allí tenemos el testimonio de un famoso político y diplomático veneciano, Simón Contarini: «Es hombre de baja calidad, pero de buena cabeza, tan extremadamente codicioso que no es menester buscar otro camino para negociar con él».
Siguió ascendiendo en el aparato del Estado como secretario del Consejo Real, del de la Inquisición, de Hacienda, hasta alcanzar la secretaría del Consejo de Estado. Cabrera de Córdoba, secretario de la reina Margarita de Austria y acreditado historiador de aquella época, decía que se había «apoderado de la máquina de todos los negocios importantes con el favor que le hace el duque de Lerma».
Paralelamente, se produjo su ascenso social desde la hidalguía o baja nobleza hasta la nobleza titulada. Tras ser admitido por la Orden de Montesa como caballero, el rey le otorgó en 1603 el condado de Villalonga. Pero lo más llamativo de Franqueza sería el complejo y extensísimo sistema de corrupción que fue capaz de montar con la ayuda de su esposa, sus hijos y su secretario, el mencionado Ramírez del Prado.
En la documentación de su proceso hay un pasaje en el que se enumera a las personalidades implicadas en sus sobornos que comienza: «Príncipes extranjeros, siete. Ministros, diecinueve…» y así una larga lista de eclesiásticos, militares, funcionarios, hombres de negocios y particulares. Franqueza recibió sobornos del Concejo Municipal madrileño para hacer que la capitalidad regresara de Valladolid a Madrid o de los judíos portugueses que querían instalarse en Castilla sin que la Inquisición los molestase, por citar solo dos ejemplos.
Vendía al mejor postor todo tipo de puestos en la administración, títulos de nobleza, encomiendas de las órdenes militares, cargos eclesiásticos, embajadas y mandos en el ejército o la marina, aparte, naturalmente, de contratos públicos y concesiones de servicios. Montó un sistema para apoderarse a precio de ganga de las propiedades urbanas o rústicas que resultaban embargadas, convirtiéndose en uno de los principales propietarios de España, con palacios y fincas desde Guadalajara a Lisboa, desde Ávila a Valencia o Granada. Extorsionaba a los embajadores extranjeros o a los banqueros de cuyos créditos dependía la monarquía, incluyendo al banquero genovés Spínola, que, reconvertido en militar, es el protagonista de la famosa Rendición de Breda de Velázquez.
Las actuaciones judiciales establecieron que la fortuna amasada por Franqueza por esos métodos ilícitos superaba los 5 millones de ducados, es decir, el equivalente de las rentas anuales de la corona de España, en esos momentos el mayor imperio y la primera potencia del mundo. Los jueces, uno por parte de Hacienda y otro por la Inquisición, le acusarían de 474 delitos de fraude, cohecho y falsificación.
Para mayor sarcasmo del caso, la detención de Franqueza, el número tres, la llevaría a cabo don Rodrigo Calderón, número dos, que años después sería ejecutado, como ya relatamos en la primera de estas tres historias sobre la corrupción gubernamental en la España del Siglo de Oro. Su primera prisión en enero de 1607 fue la cárcel de Torrelodones, mientras que su familia y criados serían puestos en arresto domiciliario y luego desterrados a Torrejón de Ardoz.
Franqueza fingiría que se había vuelto loco, pero esta maniobra no le sirvió de nada. Los jueces decretaron la prisión incomunicada, y pasaría 8 años en situación de aislamiento, hasta el punto de que los abogados catalanes que había contratado renunciaron a la defensa por no poder comunicarse con su cliente. En 1608 murió en la cárcel Ramírez de Prado, el secretario y principal cómplice de Franqueza, que un año después, en 1609, sería condenado a cadena perpetua, pérdida de todos sus honores y pago de 1.400.000 ducados.
Franqueza fallecería en 1614 en el castillo de la ciudad de León, cuyos muros de 7 metros de espesor parecerían adecuados a su situación de aislamiento, pues seguía incomunicado casi 8 años después de su detención. El duque de Lerma tomó nota de esta lección y, como vimos la semana pasada, hizo las maniobras necesarias ante la Santa Sede para que el Papa le nombrase cardenal «para no morir ahorcado».
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