Apenas sin darnos cuenta, llegamos a una edad en la que el tiempo no fluye sino que se acumula. Antes, el tiempo era una escalada —una de las protagonistas de esta obra es alpinista, precisamente— pero llega un momento en que los años no se conquistan, sino que nos caen encima y debemos acarrearlos como fardos pesados. Se convierten en estratos, capas de memoria que a veces iluminan el presente y otras lo sepultan. De eso trata la última novela de Beatriz Rivas, El último viaje (editorial Alfaguara), un relato que trasciende el manido tema de la reflexión existencial cuando se llega a cierta edad para convertirse de manera suave, sin necesidad de levantar la voz ni usar recursos impostados, en un convincente fresco de cómo aborda una familia —sus cuatro miembros, padre, madre y dos hijos, todos entre los sesenta y pico y los ochenta y pico— el otoño o, casi ya, el invierno de sus trayectorias vitales.
El viaje, claro está, convertido en metáfora con múltiples significados. No en vano todos saben que es el último. Y no es la menor de las paradojas que cuatro personas que llevan juntas o en estrechas relaciones toda la vida deban ponerse en marcha para constatar que ya no disponen de camino que transitar, es decir, de futuro. Solo queda mirar al pasado o, como mucho, a ese futuro incierto e inaprensible que dibujan los nietos. La propia nostalgia carece de sentido cuando ya apenas queda siquiera la posibilidad de revivir el pasado.
Antonia y Gaspar son un matrimonio de más de seis décadas. Ella, filósofa y profesora jubilada, descubre que el cuerpo puede convertirse en un interlocutor bastante menos razonable que la inteligencia; él, empresario de éxito, empieza a perder algo más importante que el vigor físico: la memoria, la persistencia de sí mismo. Sus hijos, Nicolás y Roberta, se hallan en una madurez con heridas que supuran: el primero, arrastra un trauma lejano y el duelo no del todo cerrado por su esposa; ella, la hija, tiene una perspectiva inmediata mucho más inquietante. Lo que parece una plácida excursión familiar por la costa este de los Estados Unidos adquiere pronto la condición de testamento.
El viaje en la literatura, desde la Odisea hasta El corazón de las tinieblas, implica desplazarse por un territorio donde se desvanecen las certezas. Rivas no presenta peripecias extraordinarias: le basta con meter a sus cuatro personajes en un automóvil y hacer que cada parada remueva un recuerdo, una culpa, una omisión. El paisaje funciona como detonador de la memoria y la carretera como cinta transportadora hacia el pasado. Mientras Gaspar pierde recuerdos, los demás parecen recuperarlos. Es ahí donde la memoria se convierte en protagonista silente: los recuerdos, lejos de ser anécdotas, constituyen nuestra esencia, lo que nos permite seguir siendo quienes queremos y creemos ser. Recordar es establecer una continuidad del yo.
Aunque en principio da la impresión de que el matrimonio mayor, Antonia y Gaspar, serán los que demanden mayor atención de Rivas, a medida que avanza el relato comprobamos, para bien y para mal, que esa preponderancia se diluye en el conjunto familiar. Ello permite a la novelista tocar muchos temas y exhibir una variada gama de matices, siempre más otoñales que primaverales, como el propio paisaje que atraviesan. La deliberada búsqueda de sencillez provoca así un efecto ambivalente, de cercanía pero también de una cierta insatisfacción por la renuncia a dar un paso más. Rivas no quiere incurrir en excesos melodramáticos ni sensibleros. Sortea de manera muy consciente tanto la solemnidad funeraria como la parábola metafísica, a pesar de que sus materiales son siempre palabras mayores: la memoria y la identidad (o más bien la privación de ambas), el crepúsculo de la vida, las pérdidas, el duelo y hasta el vacío existencial.
Aprender a envejecer
Hay humor, ironía, pequeñas mezquindades y momentos de ternura que humanizan a los personajes y los hacen verosímiles. Quizá en algunos momentos demasiado cotidianos en sus afanes e impulsos, impregnados de un cierto buenismo que no termina de funcionar del todo como urdimbre de sus vidas. En el fondo, todos parecen aceptar sin una gran conmoción interior un destino que no deja de presentar aristas afiladas. Hasta Gaspar, situado en la antesala del no-ser, se nos muestra apacible y confiado, a ratos incluso ingenuo en una ternura que dispensa sin criterio. Antonia, su mujer, en cierta medida su reverso, busca en la razón lo que el cuerpo le empieza a negar.
No se trata tan solo del conjunto de pequeñas humillaciones que trae consigo el paso del tiempo y el cumplimiento de años. Hay algo más sutil que flota en el ambiente y que no concierne tan solo al matrimonio de los padres, o sea, los que tienen más avanzada edad. Al fin y al cabo, los hijos ya empiezan casi a vislumbrar la llegada a esa última etapa. En particular, la cruel ironía del proceso tiene en Antonia su paradigma: su formación filosófica se revela del todo inútil para afrontar su vulgar condición de anciana. La vejez como elucubración teórica no se parece en casi nada al hecho de vivirla en sus propias carnes. Montaigne se quedó corto al sostener que filosofar era aprender a morir. Antes hay que aprender a envejecer, y ambas tareas tienen poco de heroico. Consisten más bien en aceptar una sucesión de renuncias sin convertirlas necesariamente en derrotas.
Los hijos, Nicolás y Roberta, se hallan en ese delicado momento en que, teniendo sus propios vástagos, empiezan a sentirse padres de sus propios padres. El orden familiar se invierte silenciosamente. El padre que enseñaba a conducir necesita que alguien vigile su conducción; la madre que aconsejaba sobre la vida empieza a requerir ayuda para ciertas cosas elementales. Y los hijos, entretanto, descubren que tampoco ellos están a salvo del desgaste. Aunque nos guste contemplar la familia como refugio, lo cierto es que no puede impedir -ni siquiera disimular- las grietas que abre la propia vida. Incluso en ese ámbito de protección caben múltiples silencios, omisiones, deudas, frustraciones y viejas heridas.
El último viaje se desarrolla casi en su totalidad lejos de México, en un recorrido por Estados Unidos. Pero resulta difícil leer hoy a una escritora mexicana sin que aparezca, aunque sea como ruido de fondo, el país real: la violencia, la inseguridad, la polarización, el deterioro de determinadas instituciones, la creciente crispación del debate público y la dificultad para mantener intacta una idea compartida de ciudadanía. El México contemporáneo ofrece, en este sentido, una paradoja inquietante: una sociedad moderna, culta y sumamente vital conviviendo con formas de degradación pública que hace unas décadas habrían parecido excepcionales. No hace falta convertir la novela en alegoría política para advertir que también las sociedades envejecen y pierden memoria.
Degradación de la convivencia
Y aquí aparece, para un lector español, una posibilidad de lectura que con seguridad la autora no ha buscado deliberadamente, como una advertencia. Ahora sabemos que las democracias no suelen morir de un día para otro: envejecen mal cuando pierden memoria, cuando empiezan a considerar normales comportamientos que antes les parecían intolerables, cuando la polarización convierte al adversario en enemigo y las instituciones dejan de ser espacios compartidos para convertirse en armas de facción. México no es España, ni su historia política puede trasladarse a nuestro país.
Pero conviene por eso mismo mirar allí sin superioridad. La reciente crispación de la vida política mexicana -incluidas las acusaciones cruzadas de corrupción, narcotráfico, censura e injerencia y, por supuesto, los continuos episodios de violencia- muestra hasta qué punto puede degradarse la convivencia cuando desaparecen ciertos límites. La democracia también necesita memoria: recordar qué cosas no deberían volver a considerarse aceptables.
Considérese lo anterior una simple nota al margen. Sería distorsionador contemplar o leer El último viaje como el relato político que en ningún momento pretende ser. Su territorio es otro: la intimidad, esa pequeña república familiar donde también existen constituciones no escritas, mayorías, minorías, pactos, traiciones y amnistías. El viaje de Antonia, Gaspar, Nicolás y Roberta importa porque todos ellos comprenden, de maneras diferentes, que no pueden modificar el destino, pero sí la manera de llegar hasta él.
La vejez no aparece entonces como una simple enfermedad de los años, sino como una modificación radical de nuestra relación con el tiempo. Cuando queda menos futuro que pasado, cada recuerdo pesa de otro modo. Quizá esa sea la verdadera razón de que el último viaje no sea necesariamente el viaje de la muerte, sino el viaje hacia una memoria compartida antes de que deje de ser posible. Rivas nos recuerda algo elemental y difícil: envejecer consiste también en aprender a despedirse sin dejar de vivir.
Apenas sin darnos cuenta, llegamos a una edad en la que el tiempo no fluye sino que se acumula. Antes, el tiempo era una escalada —una
Apenas sin darnos cuenta, llegamos a una edad en la que el tiempo no fluye sino que se acumula. Antes, el tiempo era una escalada —una de las protagonistas de esta obra es alpinista, precisamente— pero llega un momento en que los años no se conquistan, sino que nos caen encima y debemos acarrearlos como fardos pesados. Se convierten en estratos, capas de memoria que a veces iluminan el presente y otras lo sepultan. De eso trata la última novela de Beatriz Rivas, El último viaje (editorial Alfaguara), un relato que trasciende el manido tema de la reflexión existencial cuando se llega a cierta edad para convertirse de manera suave, sin necesidad de levantar la voz ni usar recursos impostados, en un convincente fresco de cómo aborda una familia —sus cuatro miembros, padre, madre y dos hijos, todos entre los sesenta y pico y los ochenta y pico— el otoño o, casi ya, el invierno de sus trayectorias vitales.
El viaje, claro está, convertido en metáfora con múltiples significados. No en vano todos saben que es el último. Y no es la menor de las paradojas que cuatro personas que llevan juntas o en estrechas relaciones toda la vida deban ponerse en marcha para constatar que ya no disponen de camino que transitar, es decir, de futuro. Solo queda mirar al pasado o, como mucho, a ese futuro incierto e inaprensible que dibujan los nietos. La propia nostalgia carece de sentido cuando ya apenas queda siquiera la posibilidad de revivir el pasado.
Antonia y Gaspar son un matrimonio de más de seis décadas. Ella, filósofa y profesora jubilada, descubre que el cuerpo puede convertirse en un interlocutor bastante menos razonable que la inteligencia; él, empresario de éxito, empieza a perder algo más importante que el vigor físico: la memoria, la persistencia de sí mismo. Sus hijos, Nicolás y Roberta, se hallan en una madurez con heridas que supuran: el primero, arrastra un trauma lejano y el duelo no del todo cerrado por su esposa; ella, la hija, tiene una perspectiva inmediata mucho más inquietante. Lo que parece una plácida excursión familiar por la costa este de los Estados Unidos adquiere pronto la condición de testamento.
El viaje en la literatura, desde la Odisea hasta El corazón de las tinieblas, implica desplazarse por un territorio donde se desvanecen las certezas. Rivas no presenta peripecias extraordinarias: le basta con meter a sus cuatro personajes en un automóvil y hacer que cada parada remueva un recuerdo, una culpa, una omisión. El paisaje funciona como detonador de la memoria y la carretera como cinta transportadora hacia el pasado. Mientras Gaspar pierde recuerdos, los demás parecen recuperarlos. Es ahí donde la memoria se convierte en protagonista silente: los recuerdos, lejos de ser anécdotas, constituyen nuestra esencia, lo que nos permite seguir siendo quienes queremos y creemos ser. Recordar es establecer una continuidad del yo.
Aunque en principio da la impresión de que el matrimonio mayor, Antonia y Gaspar, serán los que demanden mayor atención de Rivas, a medida que avanza el relato comprobamos, para bien y para mal, que esa preponderancia se diluye en el conjunto familiar. Ello permite a la novelista tocar muchos temas y exhibir una variada gama de matices, siempre más otoñales que primaverales, como el propio paisaje que atraviesan. La deliberada búsqueda de sencillez provoca así un efecto ambivalente, de cercanía pero también de una cierta insatisfacción por la renuncia a dar un paso más. Rivas no quiere incurrir en excesos melodramáticos ni sensibleros. Sortea de manera muy consciente tanto la solemnidad funeraria como la parábola metafísica, a pesar de que sus materiales son siempre palabras mayores: la memoria y la identidad (o más bien la privación de ambas), el crepúsculo de la vida, las pérdidas, el duelo y hasta el vacío existencial.
Hay humor, ironía, pequeñas mezquindades y momentos de ternura que humanizan a los personajes y los hacen verosímiles. Quizá en algunos momentos demasiado cotidianos en sus afanes e impulsos, impregnados de un cierto buenismo que no termina de funcionar del todo como urdimbre de sus vidas. En el fondo, todos parecen aceptar sin una gran conmoción interior un destino que no deja de presentar aristas afiladas. Hasta Gaspar, situado en la antesala del no-ser, se nos muestra apacible y confiado, a ratos incluso ingenuo en una ternura que dispensa sin criterio. Antonia, su mujer, en cierta medida su reverso, busca en la razón lo que el cuerpo le empieza a negar.
No se trata tan solo del conjunto de pequeñas humillaciones que trae consigo el paso del tiempo y el cumplimiento de años. Hay algo más sutil que flota en el ambiente y que no concierne tan solo al matrimonio de los padres, o sea, los que tienen más avanzada edad. Al fin y al cabo, los hijos ya empiezan casi a vislumbrar la llegada a esa última etapa. En particular, la cruel ironía del proceso tiene en Antonia su paradigma: su formación filosófica se revela del todo inútil para afrontar su vulgar condición de anciana. La vejez como elucubración teórica no se parece en casi nada al hecho de vivirla en sus propias carnes. Montaigne se quedó corto al sostener que filosofar era aprender a morir. Antes hay que aprender a envejecer, y ambas tareas tienen poco de heroico. Consisten más bien en aceptar una sucesión de renuncias sin convertirlas necesariamente en derrotas.
Los hijos, Nicolás y Roberta, se hallan en ese delicado momento en que, teniendo sus propios vástagos, empiezan a sentirse padres de sus propios padres. El orden familiar se invierte silenciosamente. El padre que enseñaba a conducir necesita que alguien vigile su conducción; la madre que aconsejaba sobre la vida empieza a requerir ayuda para ciertas cosas elementales. Y los hijos, entretanto, descubren que tampoco ellos están a salvo del desgaste. Aunque nos guste contemplar la familia como refugio, lo cierto es que no puede impedir -ni siquiera disimular- las grietas que abre la propia vida. Incluso en ese ámbito de protección caben múltiples silencios, omisiones, deudas, frustraciones y viejas heridas.
El último viaje se desarrolla casi en su totalidad lejos de México, en un recorrido por Estados Unidos. Pero resulta difícil leer hoy a una escritora mexicana sin que aparezca, aunque sea como ruido de fondo, el país real: la violencia, la inseguridad, la polarización, el deterioro de determinadas instituciones, la creciente crispación del debate público y la dificultad para mantener intacta una idea compartida de ciudadanía. El México contemporáneo ofrece, en este sentido, una paradoja inquietante: una sociedad moderna, culta y sumamente vital conviviendo con formas de degradación pública que hace unas décadas habrían parecido excepcionales. No hace falta convertir la novela en alegoría política para advertir que también las sociedades envejecen y pierden memoria.
Y aquí aparece, para un lector español, una posibilidad de lectura que con seguridad la autora no ha buscado deliberadamente, como una advertencia. Ahora sabemos que las democracias no suelen morir de un día para otro: envejecen mal cuando pierden memoria, cuando empiezan a considerar normales comportamientos que antes les parecían intolerables, cuando la polarización convierte al adversario en enemigo y las instituciones dejan de ser espacios compartidos para convertirse en armas de facción. México no es España, ni su historia política puede trasladarse a nuestro país.
Pero conviene por eso mismo mirar allí sin superioridad. La reciente crispación de la vida política mexicana -incluidas las acusaciones cruzadas de corrupción, narcotráfico, censura e injerencia y, por supuesto, los continuos episodios de violencia- muestra hasta qué punto puede degradarse la convivencia cuando desaparecen ciertos límites. La democracia también necesita memoria: recordar qué cosas no deberían volver a considerarse aceptables.
Considérese lo anterior una simple nota al margen. Sería distorsionador contemplar o leer El último viaje como el relato político que en ningún momento pretende ser. Su territorio es otro: la intimidad, esa pequeña república familiar donde también existen constituciones no escritas, mayorías, minorías, pactos, traiciones y amnistías. El viaje de Antonia, Gaspar, Nicolás y Roberta importa porque todos ellos comprenden, de maneras diferentes, que no pueden modificar el destino, pero sí la manera de llegar hasta él.
La vejez no aparece entonces como una simple enfermedad de los años, sino como una modificación radical de nuestra relación con el tiempo. Cuando queda menos futuro que pasado, cada recuerdo pesa de otro modo. Quizá esa sea la verdadera razón de que el último viaje no sea necesariamente el viaje de la muerte, sino el viaje hacia una memoria compartida antes de que deje de ser posible. Rivas nos recuerda algo elemental y difícil: envejecer consiste también en aprender a despedirse sin dejar de vivir.
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