No está claro que fuera inevitable que se encontraran. Pero el caso es que lo hicieron y nadie se arrepintió de ello. Ni los propios protagonistas ni, apurando, la humanidad entera. Stanley se dio de bruces con Livingstone a orillas del lago Tanganica y para el recuerdo quedó el verdadero significado del verbo «Supongo». Cortés visitó a Moctezuma y, masacres a un lado, Bernal Díaz del Castillo nos legó una crónica de lo más entretenida. La lista es larga. Los surrealistas imaginaron el encuentro fortuito sobre una mesa de disección entre una máquina de coser y un paraguas y de ello surgió…. no queda claro qué. Y uno más: Javier Bardem y Rodrigo Sorogoyen se vieron un buen día de un año no tan lejano y ahí que quedó El ser querido, un monumento, una de las películas de la temporada que tras pasar por Cannes con todos los honores, dentro de poco llegará a la cartelera y… me darán la razón. Es la historia de un director de cine como el segundo al que da vida el primero. Es el relato de un reencuentro, otro, entre un padre y su hija (Victoria Luengo como nunca antes) abandonada hace mucho. El padre, ya se ha dicho, es director de cine y la hija es intérprete, como el primero. Es la historia del rodaje de una película dirigida por el padre y protagonizada por la hija; una película como tantas donde habitualmente hay actores y directores de cine. Actores como Bardem y directores como Sorogoyen. Parece lioso y, en verdad, es solo cine. Cine que se encuentra de manera inevitable con la misma vida.
El actor y el director, que trabajan por primera vez juntos en El ser querido, hablan del sentido del éxito, del abandono, algo de política, del odio y, llegado el caso, hasta de fútbol
No está claro que fuera inevitable que se encontraran. Pero el caso es que lo hicieron y nadie se arrepintió de ello. Ni los propios protagonistas ni, apurando, la humanidad entera. Stanley se dio de bruces con Livingstone a orillas del lago Tanganica y para el recuerdo quedó el verdadero significado del verbo deductivo «Supongo». Cortés visitó a Moctezuma y, masacres a un lado, Bernal Díaz del Castillo nos legó una crónica de lo más entretenida. La lista es larga. Los surrealistas imaginaron el encuentro fortuito sobre una mesa de disección entre una máquina de coser y un paraguas y de ello surgió…. no queda claro qué. Y uno más: Javier Bardem y Rodrigo Sorogoyen se vieron un buen día de un año no tan lejano y ahí que quedó El ser querido, un monumento, una de las películas de la temporada que tras pasar por Cannes con todos los honores, dentro de poco llegará a la cartelera y… me darán la razón. Es la historia de un director de cine como el segundo al que da vida el primero. Es el relato de un reencuentro, otro, entre un padre y su hija (Victoria Luengo como nunca antes) abandonada hace mucho. El padre, ya se ha dicho, es director de cine y la hija es intérprete, como el primero. Es la historia del rodaje de una película dirigida por el padre y protagonizada por la hija; una película como tantas donde habitualmente hay actores y directores de cine. Actores como Bardem y directores como Sorogoyen. Parece lioso y, en verdad, es solo cine. Cine que se encuentra de manera inevitable con la misma vida.
«Imagino que, como el propio protagonista, uno se da cuenta de lo que quiere realmente contar con el paso del tiempo», comenta entre críptico y cauteloso Sorogoyen si se le pregunta por el ejercicio en algún modo terapéutico de representarse a sí mismo por primera vez en una película. Desde el otro lado del espejo, Bardem se ve de repente en la piel de cualesquiera de los directores con los que ha trabajo en más de 80 películas desde que debutara delante de la cámara en 1974 con apenas cinco años cumplidos. «Un buen director», dice el actor si se le reclama un balance de esta experiencia, «es un guía que marca el viaje creativo sin dejar de cuidar el trayecto personal del actor. Es un colaborador que suma en la inspiración y en el juego sin dejar de ser sensible a los obstáculos y los miedos. El actor, sin descuidar su aportación específica, debe estar solo al servicio de lo que quiere contar el director». Y añade: «Confieso que estoy feliz de trabajar con cualquier director o directora, sea del tipo que sea, siempre y cuando no me diga cómo tengo que decir mis frases literalmente». Y se ríe.
En el centro de la película se encontraría, para discutirla y enmendarla, la idea misma de masculinidad encarnada por el director como gran figura patriarcal que todo lo controla, que todo lo puede y que a todo tiene derecho. Y ahí las fronteras entre el cine y lo que no es el cine se diluyen. «¿Cuánto hay del personaje en mí?, me preguntas», se dice Sorogoyen. «Nada», se responde. Y sigue: «Nunca he sido una figura dominante. No me gusta. No me sale. Necesito llevarme bien con la gente. Tampoco huyo del conflicto ni me vuelvo pequeño cuando surge, pero me hace sentir muy incómodo… Pero lo cierto es que la figura masculina que nos han inculcado desde pequeños, sin que esto quiera decir que culpe a mi padre de nada, es que el hombre siempre es el poderoso, el que impone su criterio. También creo que en los últimos años han pasado muchas cosas empezando por el movimiento Metoo y estamos, por así decirlo, muy deconstruidos». Pausa. «Por otro lado», sigue el director, «mi relación con la violencia, con esa violencia que comentamos, es muy especial. Por mi educación cinematográfica siempre me ha fascinado. Si veo una pelea en la calle, soy de los que ese acercan. Obviamente para separar a los que se pegan, pero no puedo mirar para otro lado. Me fascina. No dejo de preguntarme por qué ese empeño del ser humano en hacerse daño y por qué lo permitimos. Por qué seguimos permitiendo que Netanyahu haga lo que hace desde años».
Sobre lo de Israel, luego volverá Bardem. De momento, la urgencia es decir la suya sobre la masculinidad de antes. «Insistiría», dice el actor, «en que se trata de un tipo de hombre concreto, no el hombre en general; un tipo de hombre aupado en su egoísmo desde una educación machista y de valores trasnochados con olor a naftalina». Recientemente, el actor hablaba de tener la suerte de haber sido criado por su madre más que por su padre y de cómo ella en casa siempre cortó de raíz «determinadas actitudes tóxicas». Y sigue: «El director de la película pertenece a esa generación, igual que yo. Hablamos de los años 70 u 80 en los que se configuraron tipos de pensar y actuar basados en el puro patriarcado dominante. Era un tiempo en el que se daba por buenos y normales los desequilibrios sociales o el trato injusto a la mujer. Crecimos en un corral de gallos peleones a los que se les premiaba la agresividad y la sumisión de los demás. En esa ecuación testosterónica y violenta, la mujer quedaba relegada. Afortunadamente las sensibilidades y las actitudes cambian…». Pausa. «Pero eso no quiere decir que debamos bajar la guardia y dejar de denunciar a los que niegan la violencia machista. Es prioritario educar a los chavales desde el respeto y la igualdad para que aprendan a reconocer a los que frivolizan con un asunto tan grave. Es fundamental la educación en casa y en las escuelas para que no germine el negacionismo machista, para que no crezca lo que la parte más rancia de la derecha y de la injustificable extrema derecha pretenden implantar en la cabeza de los más jóvenes». Queda claro.
«Me fascina la violencia. Siempre que veo una pelea no puedo resistirme a intervenir para detenerla»
Rodrigo Sorogoyen
De Bardem, Sorogoyen se queda con el talento, el carácter abierto y extremadamente cercano y «con ese empeño constante para que te encuentres bien a su lado». Sobre lo de que sea, además, una estrella planetaria, la contestación no es tan rápida. «En verdad, y no es que yo viva ajeno al mundo, su verdadera dimensión la he descubierto después, cuando he empezado a viajar y a tener que hablar de la película. Su capacidad y poder de atracción es apabullante. Suscribo todo lo que dice y la manera en que lo dice. Y creo que su poder no es otro que la honestidad. No sé si su posicionamiento en cuestiones sociales, morales y políticas le acarreará consecuencias negativas, pero sin duda eso es preferible mil veces a la hipocresía que parece empaparlo todo ahora mismo».
De Sorogoyen, al que el actor describe como un trabajador incansable, Bardem se queda con la confianza y libertad que crea y que regala a los actores. «Este es un oficio hermoso de colaboración. El único poder digno de ejercer es el de tratar de inspirar a los demás. El resto es una perdida de tiempo y energía». ¿Y no es verdad eso de que solo desde el sufrimiento surge lo mejor? «Eso es una absoluta tontería y un peligro porque puede justificar el abuso y el maltrato emocional y psicológico. En mi experiencia, siempre que me he encontrado en una situación incómoda por sentirme manipulado o forzado, una situación desagradable o simplemente injustificada, me he sentido tan poco respetado que me he bloqueado. El abuso y la violencia hacia el actor es todo lo contrario al espíritu creativo… Si algo he aprendido es que toda discusión creativa se soluciona con un acuerdo. Si es una discusión personal, solo gana el que la abandona a tiempo. Ya se sabe, la violencia daña a todos los que la sufren empezando por el que la practica».
Al hilo de lo comentado por el director sobre la posición y exhibición pública del actor, lo cierto es que pocos actores se han significado tanto o, mejor, ha sido significado tanto por los demás como Bardem.
- ¿Cómo se lleva ser parte del escrutinio público a cada paso que da?
- Javier Bardem. Ya es parte de mí y de mi circunstancia. Y no peleo contra ello a no ser que sea ilegal y/o denunciable. En ese caso pongo todo lo que esté en mi poder para que se haga justicia. Y he de decir que hasta ahora siempre he ganado. Para todo lo demás, la solución es muy sencilla: no leer ni escuchar a nadie que no sea la gente, mi gente, a la que respeto, admiro y agradezco todo. Ellos son al fin y al cabo los que realmente me conocen y los que me quieren bien. Por eso mismo me dicen la verdad… Por lo demás, he de reconocer que no recibo más que cariño y agradecimiento. Por cada uno que se muestra molesto, aparecen 100 que me apoyan.
«Soy feliz de trabajar con cualquier director siempre que no me diga qué tengo que decir literalmente»
Javier Bardem
- El hecho de tener un altavoz por ser una figura pública, ¿a qué obliga?
- Rodrigo Sorogoyen. Sinceramente, no creo que obligue a nada. Nunca lo he pensado en términos de responsabilidad. Creo simplemente que lo honesto es contestar, decir y manifestar lo que crees. Pero no por responsabilidad de nada, sino por honestidad. No sé si sirve para ilustrar mi posición, pero desde hace dos años me propuse aparecer en todas mis comparecencias públicas con un símbolo de Palestina. Estaba seguro de que pasado un tiempo ya nadie se acordaría de lo que aún sigue pasando ahí. Hace poco estuve en el Festival de Sarajevo y me costó bastante encontrar algo para cumplir con la promesa que me había autoimpuesto. Esta es una decisión tomada no por ser una persona responsable con mi imagen pública, sino porque creo que es lo que hay que hacer, creo que es lo justo.
- ¿Pero no llega un momento en que, visto como va todo, dan ganas de renunciar? Las protestas contra el genocidio no parece que lo hayan detenido, la extrema derecha gana elección tras elección y no solo en Sudamérica, el feminismo es cuestionado mientras los asesinatos de mujeres se suceden…
- Javier Bardem. Pero sí que ha habido cambios y muy positivos. Sobre todo a nivel de la calle, de la opinión pública. Todo el mundo sabe ya, por ejemplo, que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza y sabe de la brutalidad que ejerce en Cisjordania. Ahora ya nadie se cree las mentiras que el Estado de Israel ha estado contando durante décadas a través de su maquinaria mediática. Hablar ha servido, sin duda. Las nuevas generaciones han dicho ¡Basta! Y creo que es el momento de que el gabinete genocida del Gobierno de Israel pague con cárcel sus delitos para que empiece un proceso de reparación. Y todo eso es nuestra responsabilidad y es precisamente ahora cuando no podemos dejar de denunciar para que los criminales de guerra paguen por tanto horror. Y para que eso ocurra todas las voces son necesarias.
Rodrigo Sorogoyen. Por otro lado, siempre se puede decir que el machismo, por ejemplo, se ha endurecido mucho, pero nadie puede negar los avances del feminismo. En la misma medida, nunca antes la gente se ha sentido más libre que ahora a la hora de criticar, e incluso insultar, al mismísimo presidente de Estados Unidos. Quizá vivamos en una sociedad acobardada, pero ha habido avances muy claros y el problema no es nuevo, sino que viene de mucho antes.
- Pero otros en vuestra posición han preferido callar…
- Javier Bardem. Entiendo a compañeros que decidan callar porque estén empezando y sean mas vulnerables a una posible represalia. Pero aquellos que pudiendo hablar prefieren no decir nada por puro cálculo económico o del tipo que sea me parecen unos egoístas. Son muy cobardes. Tienen que ser conscientes de que su cobardía y su silencio solo da fuerza a los asesinos, a los abusadores, a los criminales y a los que asesinan a niños de seis años por diversión. A todos ésos lo único que les digo es: «Suerte que tenéis de poder dormir con vuestra conciencia». La historia les pondrá en su sitio. Es cuestión de tiempo.
Los dos hablan de Palestina y la película que les ha unido lo hace del Sáhara. En verdad, como reconoce el director es un argumento que discurre por la parte de atrás del conflicto principal, pero ahí está. «Teníamos claro que tenía que ser una película histórica porque el protagonista está obsesionado con el pasado, con su pasado. No elegimos el Sáhara para convencer a Bardem, puesto que conocemos su vinculación personal con el conflicto. Fue más bien una decisión lógica. Pensamos en el pasado colonial español y entre Cuba, Filipinas, Guinea y el Sáhara lo que mejor encajaba con la idea de abandono que preside la relación entre el padre y su hija es definitivamente el Sáhara», razona puntilloso el director. Y continúa: «La película habla del perdón sobre todo, pero ¿cómo perdonar algo que ni siquiera pasó que es lo que ocurre cuando se deja a una persona? Explorar ese terreno difuso es lo interesante», afirma y le creemos.
El ser querido, ya se ha dicho, habla de padres y de hijos. Los dos, director y actor, crecieron con sus madres, mientras los padres se mantenían en la distancia. Los dos, pese a todo y en la misma medida, manifiestan que se sintieron siempre queridos. Sorogoyen habla de que el tema en cuestión ha aparecido recientemente en sus sesiones de terapia. Bardem, por su parte, cambia el foco y habla no de su padre, sino de su hijo, al que llevó al Mundial. «Con la excusa de hacer lo que sea por un hijo, acabé ahí. Y el resultado es que entablamos una relación hermosa con gente como el jugador Borja Iglesias (¡qué tío más maravilloso!) y con parte del equipo técnico de la selección española. Qué lujo, qué calidad deportiva y ética, y qué orgullo que ese grupo de jóvenes de diferentes sitios, colores y religiones sea nuestro mensaje al resto del mundo de unidad, colaboración y empatía».
- ¿Y la polémica de la camiseta de la selección en el Mundial? Si no se la ponía, mal; si se la ponía, peor…
- Javier Bardem. Me lo tomo con humor. No tiene ninguna importancia. Lo vivo como una oportunidad para compartir con los demás lo que para mí significan esos colores, los colores de España: el sentido de la inclusión en nuestra hermosa diversidad y complejidad histórica y social. No hay españoles buenos y antiespañoles como dicen los que van repartiendo carnés por ahí.
Y hasta aquí. Rodrigo Sorogoyen y Javier Bardem, un encuentro algo más que fortuito y, visto lo visto, inevitable.
Noticias de Cultura


