
El azar, que tanto alimentó la ficción de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947 – Brooklyn, Nueva York, 2024), regala un extraño viaje al punto de partida a la escritora Siri Hustvedt (Northfield, Minnesota, 1955) esta calurosa mañana de miércoles. Se encuentra sentada en una sala del madrileño Círculo de Bellas Artes, conversando con EL PAÍS sobre su último libro, Historias de fantasmas, un conmovedor texto dedicado a la memoria de Auster, su marido, y al duelo que siguió a su pérdida víctima de un cáncer.
La escritora estadounidense disecciona en ‘Historias de fantasmas’ su vida con el autor de ‘La trilogía de Nueva York’, sus gozos y sus tragedias, y el duelo que siguió a su muerte en 2024
El azar, que tanto alimentó la ficción de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947 – Brooklyn, Nueva York, 2024), regala un extraño viaje al punto de partida a la escritora Siri Hustvedt (Northfield, Minnesota, 1955) esta calurosa mañana de miércoles. Se encuentra sentada en una sala del madrileño Círculo de Bellas Artes, conversando con EL PAÍS sobre su último libro, Historias de fantasmas, un conmovedor texto dedicado a la memoria de Auster, su marido, y al duelo que siguió a su pérdida víctima de un cáncer.
Se conocieron cuando la autora acababa de cumplir 26 años. Acudió con un amigo a un recital de poesía en Manhattan y, a la salida, se encontraron con “un hombre atractivo con una cazadora de cuero negro, los hombros encorvados y la mirada perdida”. “Es Paul Auster, el poeta”, le dijo su amigo. “La atracción que sentí fue como un golpe seco en la nuca”, recuerda Hustvedt. Le pidió a su amigo que se lo presentara. Lo hizo. Se fueron los tres a una fiesta. Ahí olió por primera vez el humo de sus cigarrillos Schimmelpenninck. El mismo que asegura seguir oliendo ahora en la casa de Brooklyn que compartieron, como si el fantasma de Paul le echara una bocanada de vez en cuando. El amigo desaparece sin despedirse. Paul y Siri se quedan solos. Él la acompaña a un taxi. La besa. Una aspirante a poeta que besa a otro poeta en West Broadway. Se van a casa de ella. Se acuestan. Es la noche del 23 de febrero de 1981.
Pregunta. ¿Sabe lo que pasó a una manzana de aquí, en el Congreso de los Diputados, aquella misma noche en que se acostaron por primera vez?
Respuesta. ¡Sí, lo sé, porque nos despertamos con ello! Y podría haberlo puesto en el libro. El rey de España se convirtió en un héroe para los dos, porque nos hizo levantarnos. Fue increíblemente impresionante. Y estábamos felices de que el día se hubiera salvado. Ahora estoy recordando cosas que no es que hubiera olvidado, pero no me salían. En el libro me pregunto qué hicimos aquella mañana, y esa es una de las cosas que hicimos. Paul seguro que se acordaría.
Los recuerdos de un vida en común pasan en Historias de fantasmas por los filtros de la neurociencia y la filosofía, campos en los que Hustvedt ha desarrollado una obra literaria que le valió el premio Princesa de Asturias en 2019 (Auster lo ganó 13 años antes), pero también por el tamiz de la experiencia íntima de una mujer enamorada. Dos meses después de aquella primera noche de febrero, Paul se despidió. Dijo que tenía que regresar con la mujer de la que se había separado y con su bebé. Siri esperó, Paul volvió, y no se separaron nunca más hasta la muerte de él 43 años después. Vivieron juntos los éxitos y los fracasos. El despegue de las carreras de ambos. La trágica muerte en 2022 de la pequeña Ruby, la nieta de Auster, intoxicada a los 10 meses de vida por ingerir los opioides que consumía su padre adicto, que murió de sobredosis poco después de quedar libre bajo fianza acusado de homicidio negligente. El nacimiento de Sophie, hija de Siri y Paul, al que se le caía la baba con sus éxitos en el mundo de la música y la interpretación. Y, por fin, la llegada de Miles, hijo de Sophie, que nació cuando ya Paul llevaba dos años diagnosticado de cáncer de pulmón, y al que dedicó sus últimos esfuerzos literarios: unas enternecedoras cartas en las que le habla a Miles de su familia, que su abuela reproduce en el libro.
P. Dos semanas después de la muerte de Paul usted se sentó y escribió: “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto”. ¿Qué le hizo comprender que necesitaba dejar de lado la novela en la que estaba trabajando y escribir sobre él?
R. Creo que él pensaba que simplemente volvería a la novela. Era una novela que le gustaba mucho, por cierto, había escuchado la mitad. Pero cuando murió supe que lo único sobre lo que podía escribir en ese momento era sobre él, su muerte, nosotros. El final.

P. Dijo que, tras su muerte, vivía en una casa embrujada por un fantasma. No el fantasma de Paul, sino un fantasma que ustedes dos habían creado juntos. Que el duelo no era exactamente por Paul, sino por Paul y Siri. En concreto, por la conjunción “y”.
R. Llevo trabajando en esta posición filosófica desde hace muchos años. Así que cuando se me ocurrió el “y”, pensé: esta es una forma muy buena y simple de que mucha gente entienda de qué estoy hablando. Los antecedentes de esto son, por ejemplo, Martin Buber, que hablaba del “entre” (“Zwischen”) como una realidad ontológica: una tercera cosa literal creada entre dos personas. En psicoanálisis está la idea de la transferencia. En fenomenología, Edmund Husserl y Maurice Merleau-Ponty hablan de una intersubjetividad creada entre personas. Este libro quería que fuera sencillo y contundente, no cargarlo con material teórico. Pero sentí que casi toda persona en duelo entiende que no se trata simplemente de una persona eliminada del mundo. Se trata de la relación intersubjetiva que habían creado entre ambos.
P. La idea de ser un fantasma también fue expresada por él. Dijo que le gustaría volver a la casa y ver cómo les iba a ustedes.
R. Paul y yo habíamos pensado y usado la metáfora de los fantasmas muchas veces antes. Mucho antes de enfermar, él decía a menudo que cuanto más envejecía, más en comunión estaba con los fantasmas de su vida. Y eso es cierto para todas las personas mayores. La gente muere y acabas teniendo todo un grupo de seres queridos que ya no están en el mundo.
P. No pretendo que revele el secreto de un matrimonio exitoso, pero cuando murió le dijo a Paul: “Nos divertimos, ¿verdad?”. Asegura que nunca se aburrieron juntos. Se enfadaron, pero nunca se aburrieron. ¿En serio?
R. Nunca nos aburrimos. Creo que eso puede ser parte del secreto. ¿Qué es el aburrimiento en un matrimonio? Supongo que es cuando sientes que puedes predecir lo que la otra persona va a hacer. Y si el otro cumple constantemente esas predicciones, entonces aparece el aburrimiento. Paul y yo nos sorprendíamos mutuamente con bastante frecuencia. Y no intento presentar una relación utópica; sí tuvimos conflictos y discutíamos. Pero nunca nos aburrimos.

P. El libro también ofrece una ventana a la intimidad de un matrimonio literario que fascinaba al mundo. Dos grandes escritores, atractivos, en Nueva York… ¿Era consciente de eso cuando estaba con Paul y mientras escribía el libro?
R. La vida en tercera persona y la vida en primera y segunda persona son cosas distintas. La fama, por definición, es un fenómeno en tercera persona. Es la persona como objeto, también como mercancía. La cultura en la que vivimos nos aleja cada vez más de valorar esa primera y segunda persona. Incluso quienes no son famosos proyectan personajes hacia el mundo, por ejemplo en redes sociales: “Aquí estoy en mi cocina con mi bebé perfecto”, ese tipo de cosas. O el selfie, que también es interesante.
P. Usted siempre utiliza esa primera persona.
R. Sí, incluso escribo mis artículos científicos en primera persona. La voz en tercera persona es una voz de autoridad. Lees un artículo científico con siete autores y todo está planteado así: “El experimento fue realizado”. No: “Nosotros realizamos un experimento”.
P. Ser dos escritores puede implicar el riesgo de competir entre ustedes, especialmente cuando, en cierto momento, la carrera de Paul se dispara…
R. Sí, se volvió muy famoso muy rápido.
P. Incluso le preguntaban a usted en entrevistas cómo era vivir con un genio de la literatura. ¿Cómo lo llevaba?
R. Siempre me la hacían. Luego llegó un momento en que la hacían menos y yo pasaba la entrevista esperando que apareciera. Y Paul decía algo muy gracioso, aunque yo nunca lo repetí excepto en este libro. Decía: “Tienes que contarles lo increíble que soy en la cama”. Y yo respondía: “Sí, claro, eso seguro que ayuda, Paul”. Volvemos a lo mismo: este era el hombre con el que vivía y del que estaba enamorada, pero no era el Paul Auster convertido en mercancía de tercera persona.
P. Este es el primer texto suyo que él no leyó antes de publicarse.
R. Sí. Lo extrañé mucho. Nos leíamos todo. La gente olvida que prácticamente toda la carrera literaria en prosa de Paul coincide con nuestro matrimonio. Yo edité todos esos libros también. Desde Ciudad de cristal en adelante. Caminábamos juntos.

P. Este libro no trata solo sobre la relación, sino también sobre el duelo. ¿Le ayudó a sobrellevarlo?
R. Siempre he creído que la escritura tiene un valor terapéutico, aunque no queramos reducir la literatura solo a terapia. Este libro, en particular, me ayudó a avanzar. Una de las razones es que escribir es algo activo, no pasivo. El duelo es un estado pasivo: sufres esa ausencia. Convertir eso en algo, crear algo a partir de ello, me ayudó.
P. Describe su estado en ese momento como una “fragmentación cognitiva”. Elabore.
R. Sentía que mi percepción del tiempo estaba rota. Me costaba seguirme a mí misma. Mi memoria no era lo que había sido. Leí mucho sobre neurociencia. Hay investigaciones que muestran que una parte del cerebro vinculada a la memoria, el hipocampo, se atrofia durante el duelo. Lo positivo es que, a diferencia de otras enfermedades de la memoria, esas neuronas vuelven a regenerarse con el tiempo. Ahora recuerdo mejor que entonces. No se habla lo suficiente del hecho de que el duelo es una experiencia fisiológica, corporal.
P. El propio libro está compuesto de piezas distintas: cartas, notas… ¿Es una manera de representar esa fragmentación?
R. Exactamente. Pero no quería que fuera incomprensible. No quería un texto donde de repente aparecieran cosas sin contexto. Quería que el lector se acostumbrara al ritmo del libro. Ese ritmo quizá era lo más importante. Y refleja uno de los temas del libro: organizamos nuestras vidas a través de ritmos corporales. En el duelo, al menos para mí, ese ritmo se rompe por la ausencia del otro. Cuando vives con alguien durante tanto tiempo, esa persona se convierte en parte de tu realidad perceptiva. Y cuando desaparece de la noche a la mañana, aunque sepas que va a morir y estés allí cuando muere, el “cuerpo habituado” —como diría Merleau-Ponty— entra en shock. Puedes tener pensamientos perfectamente racionales, pero el cuerpo no sabe cómo seguir viviendo. Tienes que encontrar otra forma de vivir.
P. En el libro escribe por primera vez sobre la tragedia de Daniel y Ruby. Dice que sus vidas y muertes fueron una parte crucial de la historia familiar y que quería, en cierto modo, sacarlo a la luz.
R. Lo que Paul llamaba “las cosas horribles”, lo que vivimos, era casi imposible de expresar para mí. Claro que podía hablarlo con Paul, con Sophie, con Spencer [el marido de Sophie], con mis hermanas y personas cercanas. Fuera de ese círculo íntimo, decir esas cosas me resultaba imposible. Pero entendí que escribir sobre Paul sin escribir sobre Daniel habría sido un fraude. Quise limitarme a mis historias personales con Daniel. La muerte de Ruby siempre será horrible. No hay excusa posible, Paul estaba destrozado y furioso por la negligencia. Yo quería contarlo, pero tampoco quería que eso se convirtiera en la historia principal del libro, que fácilmente podía pasar. Quería mostrar cuánto sufrió Paul durante mucho tiempo. Y luego el horror de perder a nuestra nieta. Y ni siquiera saber cómo había muerto hasta que Daniel fue arrestado. Todo eso es verdaderamente espantoso. Y sí, hablo también de si aquello pudo influir en su cáncer. Él lo creía. La ciencia no tiene un consenso claro, pero el sistema inmunológico es muy vulnerable al estrés, y él vivió un estrés enorme.
P. Después de todo el sufrimiento y de todo lo que vivieron, morir de cáncer parecía una historia mala. Él odiaba las malas historias, las predecibles.
R. No le gustaba esa idea de “y luego el anciano muere de cáncer”. Lo veía como una trama aburrida y predecible. Pero el mundo real no siempre es tan ingenioso como los polos narrativos… [se ríe] Dios mío, ¿cómo puedo reírme de esto?

P. ¿Cómo están las cosas ahora? ¿Todavía huele el humo de su tabaco?
R. Todavía huelo el humo, pero mucho menos. Y eso también es interesante. Es como si hubiera un arco en esas alucinaciones olfativas. Espero que no desaparezcan del todo. Me gustaría llegar a la tumba con una pequeña bocanada de su humo. No creo literalmente que el fantasma de Paul esté soplando humo en mi nariz. Pero es una forma de consuelo. Una especie de regreso inmediato del muerto al cuerpo. Sea lo que sea que lo provoque, ese pequeño fallo del sistema nervioso sigue siendo reconfortante. Desde que publiqué el libro, muchísima gente me ha contado experiencias parecidas. Las estadísticas dicen que entre un 30% y un 60% de las personas en duelo experimentan alguna forma de presencia.
P. ¿Ha retomado la novela que estaba escribiendo? ¿Es verdad que trata sobre alguien que termina un libro que un muerto dejó a medias?
R. Sí, más o menos. Algunos periodistas lo entendieron de forma graciosa. Uno me escribió diciendo: “Entonces la nueva novela trata de una esposa terminando el libro de su marido”. Y yo: “No, no, no”. Es sobre un padre que muere antes de terminar un libro sobre la historia de la eugenesia. El hijo, que es novelista, promete terminarlo. Así que el libro es tanto un problema emocional como un texto lleno de historia de la eugenesia. Y ahora, con la nueva administración Trump y el regreso de ciertas ideas eugenésicas en Estados Unidos, eso también entra en la novela. Como he vivido para ver esta segunda encarnación del trumpismo, esa realidad se convertirá también en parte de la segunda mitad del libro. Además, yo ya no soy exactamente la misma persona, así que estoy reescribiendo la novela desde la primera página.
P. Antes de la victoria de Biden estuvieron ambos muy implicados políticamente contra Trump. ¿Cómo cree que habría vivido esta situación actual tras el regreso del republicano?
R. Paul murió antes de que Biden abandonara la carrera, así que no vio a Kamala Harris como candidata ni el resultado posterior. Meses después el nuevo régimen protofascista ya estaba instalado. Hay una metáfora brillante de Paul donde decía algo así como: “¿Y si las instituciones estuvieran hechas de jabón y no de granito? Entonces bastaría con abrir las mangueras y todo desaparecería”. Y eso es exactamente lo que ha pasado. Las instituciones se han derrumbado. La ley se está derrumbando. Hay cierta resistencia, sí, pero la imagen que Paul vio es lo que está ocurriendo ahora.
P. Una de las partes más emocionantes del libro son las cartas que Paul escribió a su nieto Miles. ¿Cómo piensa hablarle usted a Miles de su abuelo?
R. Paul quería publicar esas cartas como un pequeño libro. Lo que existe son treinta y cinco páginas de un proyecto interrumpido. Paul sabía que algún día él las leería, quizá a los 15 o 16 años [ahora tiene dos], dependiendo de quién fuera y en quién se convirtiera. Sus padres decidirán cuándo. Ahora esas cartas están dentro de mi libro, así que Miles las leerá cuando llegue el momento. Pero creo que no hay ninguna duda en esta familia de que el abuelo de Miles era una persona profundamente querida.
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