Karl quiere mucho a su mujer y quedó abatido cuando hace dos años la tuvo que ingresar en una residencia porque sufría alzhéimer, y él solo en casa, a sus casi 90, no la podía atender. Sólo salía a la calle para ir a verla. Alicia ya no lo conocía pero él igualmente iba, le tomaba la mano, le hablaba, le daba besitos. Y así cada día, aunque no obtuviera ninguna respuesta. Luego volvía a encerrarse en su pozo de soledad y tristeza. Pasó así semanas, sin responder a las llamadas ni mensajes de sus hijos y amigos.Al principio de este verano, todavía le costaba salir de casa, cada paso era un esfuerzo, avanzaba lento y torpe. Uno de los últimos días de junio, en La Farineta, el bar en el que solía desayunar, vio que había ensaimadas y compró una para llevársela a su esposa, que es menorquina, y de pequeña tanto le gustaban. Y enseguida Alicia devoró la ensaimada, y sonrió por primera vez en muchos meses. Una sonrisa amplia y luminosa como las de antes, y a través de esta luz su marido se reenganchó a la vida.Al llegar a casa, encendió las luces en lugar de mantenerlas apagadas y contestó los mensajes de sus amigos. Al día siguiente fue a desayunar más pronto que de costumbre, andando deprisa, casi dando saltitos pese a su artrosis en la rodilla. Sentía la impaciencia, el nervio de ir a comprar la ensaimada, feliz de saber que volvería a ver sonreír a su mujer.Los amigos lo pasaron a recoger a la residencia a la hora que él solía salir y lo llevaron a jugar a golf; sólo nueve agujeros, por ser el primer día. Cuando hubieron terminado, lo invitaron a comer a Yashima, porque sabían que era su restaurante preferido. Por la noche, sus nietos lo llevaron a Cañete, y aunque no tenía hambre y no comió casi nada, fue feliz de estar de nuevo con ellos.A Karl le bastaron aquellas horas para recobrar el vigor, la imaginación con que siempre había tratado a su mujer como una princesa. Y pensando en cómo podía conectar con ella a través de emociones compartidas, de entre todas las piezas musicales que tanto les habían gustado, eligió la Casta Diva que Montserrat Caballé interpretó en el Teatro Romano de Orange el 20 de julio de 1974. Cuando se la puso a través de un altavoz que le compró para que lo tuviera siempre en su habitación, Alicia, que no conocía nada ni a nadie, que no sabía ni su nombre y apenas hablaba, supo perfectamente seguir con su voz a la señora Caballé y su marido regresó de su mano a las noches que compartieron en el Liceo y en la Scala durante los siete años que su compañía lo destinó a Milán. Hacía años que nos conocíamos de saludarnos levemente en los restaurantes. Pero nunca habíamos hablado hasta que una vez recuperada su alegría coincidimos en Yashima y quedamos a comer el siguiente sábado.Hablamos de su infancia, de política y por supuesto de Alicia y de la tristeza que lo consumió cuando no tuvo más remedio que ingresarla. —Es difícil remontar esta tristeza, me alegro de que hayas podido hacerlo.—Lo más difícil de estar triste, Salvador, es saber de quién es la tristeza. Yo al principio creí que estaba triste por ella, pero el día que la vi comiendo ensaimada, tan feliz, me di cuenta de que estaba triste por mí. La tristeza era toda mía. Alicia no está triste. Ella simplemente no está. Con Casta Diva, por unos instantes, hasta pudimos volver juntos al Liceu.—Tú creías que tenías que ayudarla y fue ella quien te ayudó.—Exactamente: con su dulzura, con su sonrisa, ella siendo feliz me ha ayudado a recuperar mi vida.—Si no la hubieras querido mucho, no te habría podido ayudar.—Es que si no quieres mucho, nadie puede hacer nada por ti. Karl quiere mucho a su mujer y quedó abatido cuando hace dos años la tuvo que ingresar en una residencia porque sufría alzhéimer, y él solo en casa, a sus casi 90, no la podía atender. Sólo salía a la calle para ir a verla. Alicia ya no lo conocía pero él igualmente iba, le tomaba la mano, le hablaba, le daba besitos. Y así cada día, aunque no obtuviera ninguna respuesta. Luego volvía a encerrarse en su pozo de soledad y tristeza. Pasó así semanas, sin responder a las llamadas ni mensajes de sus hijos y amigos.Al principio de este verano, todavía le costaba salir de casa, cada paso era un esfuerzo, avanzaba lento y torpe. Uno de los últimos días de junio, en La Farineta, el bar en el que solía desayunar, vio que había ensaimadas y compró una para llevársela a su esposa, que es menorquina, y de pequeña tanto le gustaban. Y enseguida Alicia devoró la ensaimada, y sonrió por primera vez en muchos meses. Una sonrisa amplia y luminosa como las de antes, y a través de esta luz su marido se reenganchó a la vida.Al llegar a casa, encendió las luces en lugar de mantenerlas apagadas y contestó los mensajes de sus amigos. Al día siguiente fue a desayunar más pronto que de costumbre, andando deprisa, casi dando saltitos pese a su artrosis en la rodilla. Sentía la impaciencia, el nervio de ir a comprar la ensaimada, feliz de saber que volvería a ver sonreír a su mujer.Los amigos lo pasaron a recoger a la residencia a la hora que él solía salir y lo llevaron a jugar a golf; sólo nueve agujeros, por ser el primer día. Cuando hubieron terminado, lo invitaron a comer a Yashima, porque sabían que era su restaurante preferido. Por la noche, sus nietos lo llevaron a Cañete, y aunque no tenía hambre y no comió casi nada, fue feliz de estar de nuevo con ellos.A Karl le bastaron aquellas horas para recobrar el vigor, la imaginación con que siempre había tratado a su mujer como una princesa. Y pensando en cómo podía conectar con ella a través de emociones compartidas, de entre todas las piezas musicales que tanto les habían gustado, eligió la Casta Diva que Montserrat Caballé interpretó en el Teatro Romano de Orange el 20 de julio de 1974. Cuando se la puso a través de un altavoz que le compró para que lo tuviera siempre en su habitación, Alicia, que no conocía nada ni a nadie, que no sabía ni su nombre y apenas hablaba, supo perfectamente seguir con su voz a la señora Caballé y su marido regresó de su mano a las noches que compartieron en el Liceo y en la Scala durante los siete años que su compañía lo destinó a Milán. Hacía años que nos conocíamos de saludarnos levemente en los restaurantes. Pero nunca habíamos hablado hasta que una vez recuperada su alegría coincidimos en Yashima y quedamos a comer el siguiente sábado.Hablamos de su infancia, de política y por supuesto de Alicia y de la tristeza que lo consumió cuando no tuvo más remedio que ingresarla. —Es difícil remontar esta tristeza, me alegro de que hayas podido hacerlo.—Lo más difícil de estar triste, Salvador, es saber de quién es la tristeza. Yo al principio creí que estaba triste por ella, pero el día que la vi comiendo ensaimada, tan feliz, me di cuenta de que estaba triste por mí. La tristeza era toda mía. Alicia no está triste. Ella simplemente no está. Con Casta Diva, por unos instantes, hasta pudimos volver juntos al Liceu.—Tú creías que tenías que ayudarla y fue ella quien te ayudó.—Exactamente: con su dulzura, con su sonrisa, ella siendo feliz me ha ayudado a recuperar mi vida.—Si no la hubieras querido mucho, no te habría podido ayudar.—Es que si no quieres mucho, nadie puede hacer nada por ti. Karl quiere mucho a su mujer y quedó abatido cuando hace dos años la tuvo que ingresar en una residencia porque sufría alzhéimer, y él solo en casa, a sus casi 90, no la podía atender. Sólo salía a la calle para ir a verla. Alicia ya no lo conocía pero él igualmente iba, le tomaba la mano, le hablaba, le daba besitos. Y así cada día, aunque no obtuviera ninguna respuesta. Luego volvía a encerrarse en su pozo de soledad y tristeza. Pasó así semanas, sin responder a las llamadas ni mensajes de sus hijos y amigos.Al principio de este verano, todavía le costaba salir de casa, cada paso era un esfuerzo, avanzaba lento y torpe. Uno de los últimos días de junio, en La Farineta, el bar en el que solía desayunar, vio que había ensaimadas y compró una para llevársela a su esposa, que es menorquina, y de pequeña tanto le gustaban. Y enseguida Alicia devoró la ensaimada, y sonrió por primera vez en muchos meses. Una sonrisa amplia y luminosa como las de antes, y a través de esta luz su marido se reenganchó a la vida.Al llegar a casa, encendió las luces en lugar de mantenerlas apagadas y contestó los mensajes de sus amigos. Al día siguiente fue a desayunar más pronto que de costumbre, andando deprisa, casi dando saltitos pese a su artrosis en la rodilla. Sentía la impaciencia, el nervio de ir a comprar la ensaimada, feliz de saber que volvería a ver sonreír a su mujer.Los amigos lo pasaron a recoger a la residencia a la hora que él solía salir y lo llevaron a jugar a golf; sólo nueve agujeros, por ser el primer día. Cuando hubieron terminado, lo invitaron a comer a Yashima, porque sabían que era su restaurante preferido. Por la noche, sus nietos lo llevaron a Cañete, y aunque no tenía hambre y no comió casi nada, fue feliz de estar de nuevo con ellos.A Karl le bastaron aquellas horas para recobrar el vigor, la imaginación con que siempre había tratado a su mujer como una princesa. Y pensando en cómo podía conectar con ella a través de emociones compartidas, de entre todas las piezas musicales que tanto les habían gustado, eligió la Casta Diva que Montserrat Caballé interpretó en el Teatro Romano de Orange el 20 de julio de 1974. Cuando se la puso a través de un altavoz que le compró para que lo tuviera siempre en su habitación, Alicia, que no conocía nada ni a nadie, que no sabía ni su nombre y apenas hablaba, supo perfectamente seguir con su voz a la señora Caballé y su marido regresó de su mano a las noches que compartieron en el Liceo y en la Scala durante los siete años que su compañía lo destinó a Milán. Hacía años que nos conocíamos de saludarnos levemente en los restaurantes. Pero nunca habíamos hablado hasta que una vez recuperada su alegría coincidimos en Yashima y quedamos a comer el siguiente sábado.Hablamos de su infancia, de política y por supuesto de Alicia y de la tristeza que lo consumió cuando no tuvo más remedio que ingresarla. —Es difícil remontar esta tristeza, me alegro de que hayas podido hacerlo.—Lo más difícil de estar triste, Salvador, es saber de quién es la tristeza. Yo al principio creí que estaba triste por ella, pero el día que la vi comiendo ensaimada, tan feliz, me di cuenta de que estaba triste por mí. La tristeza era toda mía. Alicia no está triste. Ella simplemente no está. Con Casta Diva, por unos instantes, hasta pudimos volver juntos al Liceu.—Tú creías que tenías que ayudarla y fue ella quien te ayudó.—Exactamente: con su dulzura, con su sonrisa, ella siendo feliz me ha ayudado a recuperar mi vida.—Si no la hubieras querido mucho, no te habría podido ayudar.—Es que si no quieres mucho, nadie puede hacer nada por ti. 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