En el invierno de 1981, el Metropolitan de Nueva York se quedó sin Violetta. La soprano contratada para la nueva producción de La traviata abandonó los ensayos al comprobar que no podía asumir el planteamiento escénico de John Dexter y solo regresó cuando la dirección pasó a Colin Graham. El episodio tenía todos los ingredientes del capricho de diva y ninguno de sus resultados: el estreno, el 17 de marzo, primera Traviata de James Levine en la casa, con Plácido Domingo y Cornell MacNeil, acabó siendo uno de los pocos triunfos indiscutibles de una temporada mutilada por la huelga. Donal Henahan escribió en The New York Times que difícilmente habría entonces en ningún escenario del mundo una Violetta mejor que Ileana Cotrubaș. Describió su primer acto como una curva perfecta, desde el desconcierto de las primeras notas hasta el brillo casi delirante de la cabaletta. Y reparó en algo aún más revelador: no convertía la tisis en espectáculo. Tosía lo justo y se desmayaba cuando tocaba.
La rumana, una de las grandes Violettas y Mimìs del siglo XX, fallece a los 87 años en Bucarest. Se retiró en 1990, en plenas facultades, y dedicó el resto de su vida a explicar por qué
En el invierno de 1981, el Metropolitan de Nueva York se quedó sin Violetta. La soprano contratada para la nueva producción de La traviata abandonó los ensayos al comprobar que no podía asumir el planteamiento escénico de John Dexter y solo regresó cuando la dirección pasó a Colin Graham. El episodio tenía todos los ingredientes del capricho de diva y ninguno de sus resultados: el estreno, el 17 de marzo, primera Traviata de James Levine en la casa, con Plácido Domingo y Cornell MacNeil, acabó siendo uno de los pocos triunfos indiscutibles de una temporada mutilada por la huelga. Donal Henahan escribió en The New York Times que difícilmente habría entonces en ningún escenario del mundo una Violetta mejor que Ileana Cotrubaș. Describió su primer acto como una curva perfecta, desde el desconcierto de las primeras notas hasta el brillo casi delirante de la cabaletta. Y reparó en algo aún más revelador: no convertía la tisis en espectáculo. Tosía lo justo y se desmayaba cuando tocaba.
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