Ritos funerarios

El hermano de la princesa Diana sabe escoger los tiempos. Ha lanzado su ataque contra el rey Carlos de Inglaterra (véase La guerra entre el hermano de Lady Di, Charles Spencer, y el rey Carlos sacude Inglaterra, en THE OBJECTIVE del 22 de septiembre) en septiembre, cuando se celebra la efeméride del entierro de Diana, un espectáculo que fue contemplado por 2.500 millones de personas en todo el mundo, la mayor audiencia televisiva quitando alguna final del Mundial de Fútbol. Sus llamativas declaraciones han servido de lanzamiento para su último libro sobre Diana, El canto del cisne.

Los ritos mortuorios son un buen instrumento para entender la Historia. Las construcciones más duraderas que jamás ha levantado el hombre, las pirámides de Egipto, eran la culminación del complejo ritual fúnebre que acompañaba el tránsito de los faraones. Contemplar estos gigantes de piedra, donde el trabajo brutal de miles de obreros y el ingenio de los mayores sabios de la Antigüedad servían para satisfacer a un solo hombre muerto, nos explica lo que fue el Imperio egipcio tan bien como cualquier libro de Historia.

La monarquía británica, una institución difícilmente comprensible desde fuera, maneja como nadie el ceremonial funerario. Entre las cosas que el hermano de Diana remueve en el plan de promoción de su libro está el enfrentamiento con Carlos, entonces príncipe de Gales, sobre los detalles del funeral de Diana. Charles Spencer dice que él se opuso a que sus sobrinos, los príncipes Guillermo y Harry, desfilasen detrás del féretro de su madre.

Los huérfanos tenían 15 y 13 años, y su tío pensó que la prueba sería demasiado dura para unos niños, pero su padre se empeñó en que lo hicieran. Los mitificadores conspiranoicos, que nunca descansan, sostienen que las autoridades temían que Carlos fuese atacado por el buen pueblo británico en el cortejo fúnebre por las calles de Londres, y que los dos patéticos huerfanitos fueron utilizados como escudos humanos de su padre.

La polémica sobre si Guillermo y Harry debían participar se resolvió dándole un puesto junto a ellos a Charles Spencer. El hermano de Diana, que hasta ese momento era un personaje frívolo de la alta sociedad conocido como Champagne Charlie, logró así un papel relevante en el funeral; él pronunciaría el «elogio de la difunta», que fue una auténtica andanada contra toda la Familia Real. Desde aquella intervención en la Abadía de Westminster, Charles Spencer pasó de señorito juerguista a paladín que defendía a «la princesa del pueblo» frente a los royals, y ha publicado varios libros dándole vueltas al asunto.

Los ritos funerarios para Diana fueron una auténtica prueba para la monarquía británica. En principio la Familia Real decidió aplicar el protocolo, según el cual, al divorciarse, Diana había perdido su título de Alteza Real, dejando de ser de los suyos. La reina y el príncipe de Gales estaban de veraneo en Balmoral, y decidieron mantener un perfil discreto, no regresar a Londres ni manifestar hacia fuera señales de duelo. Pero la prensa sensacionalista y las masas habían entrado en un estado de histeria con la muerte de la famosa más famosa (todavía no se decía influencer), y las críticas cayeron sobre los royals y su falta de empatía con la fallecida.

Se hizo evidente que tendrían que tragarse el sapo y mostrarse compungidos por una persona a la que todos ellos detestaban. La reina tuvo que dirigir un mensaje a la nación expresando lo estupenda que era Diana y, en el colmo de la humillación, cuando el féretro de la princesa pasó por delante de Buckingham Palace, Isabel II, acompañada de la reina madre y otros royals, salió a la puerta del palacio, como si fuera una vecina cualquiera, e incluso hizo una inclinación de cabeza al paso del cadáver.

«Un entierro especial»

Aun así mantuvieron algunos principios, como el de no otorgarle un funeral de Estado, reservado para los monarcas reinantes y algún estadista histórico, como Winston Churchill en 1962. Ni siquiera un «funeral real», exclusivo para los que ostentan el título de Alteza Real. Un portavoz de palacio, acosado por los periodistas para que explicase qué ceremonial se iba a aplicar, dijo que sería «un entierro especial para una persona especial». Los organizadores, presionados por la necesidad de preparar ese «entierro especial» en muy poco tiempo, sacaron del cajón un guion que llevaba allí 22 años, bajo el nombre en clave de Operation Tay Bridge. Era el protocolo para el entierro de la Reina Madre, que en 1997 tenía 97 años y viviría hasta 2002.

Se introdujeron una serie de modificaciones para rebajar el carácter de «funeral real», sobre todo manipulando la lista de invitados. El simple hecho de no estar en la primera categoría de «funeral de Estado» permitió no invitar a jefes de Estado extranjeros. Así, Estados Unidos y Francia enviaron a sus primeras damas, Hillary Clinton y Madame Chirac, lo mismo que hicieron el presidente egipcio Mubarak o el rey de Jordania, representado este por la reina consorte Noor. De Holanda vino una hermana de la reina Beatriz. Aunque en estos momentos de empoderamiento femenino resulte insólito, en el 97 una representación de mujeres estaba considerada de segunda categoría.

Solamente acudieron dos jefes de Estado que tenían cierta relación personal con la princesa Diana: Nelson Mandela, presidente de Sudáfrica, y el rey de España. Don Juan Carlos mantenía con la Familia Real británica una relación más íntima que cualquier otro monarca europeo por su parentesco —llamaba a la reina Isabel II «prima Lilibet»—, pero además en los medios de cotilleo se especulaba con que había tenido un romance con Diana. Don Juan Carlos no solo ha desmentido esto, sino que ha expresado un juicio nada favorable sobre Diana: «Era fría, taciturna y distante, salvo con los paparazis».

La exigua representación de la realeza se completó con un rey sin corona, Constantino de Grecia, y el heredero del Japón, que así pretendía sacarse la espina que se le había clavado en el anterior gran funeral, el de lord Mountbatten, al que se le prohibió la asistencia. Enseguida volveremos sobre este evento, pero antes hay que completar la agenda de asistentes al funeral de Diana, que es significativa.

En una maniobra maquiavélica, la Familia Real le permitió a Champagne Charlie que interviniese en la lista de invitados. Como una «maruja» intoxicada por la prensa del corazón, el hermano de Diana se lanzó a invitar a cualquier famoso del espectáculo que hubiera saludado alguna vez a la princesa, considerándolos «amigos de Diana». Así llegaron a la Abadía de Westminster Tom Cruise y Nicole Kidman, Pavarotti, Mariah Carey, Tom Hanks, Elton John, Cliff Richard o Spielberg.

Los royals sonreían para sus adentros, habían logrado degradar un funeral real a la categoría de alfombra roja del famoseo. Sobre todo porque ellos y los suyos, la élite nobiliaria británica, recordaban muy bien cómo de grandioso había sido el último funeral real, hacía justo 18 años.

El 5 de septiembre de 1979 se celebró, en efecto, el entierro de lord Mountbatten, un miembro sui géneris de la Familia Real. Nacido como príncipe Luís de Battenberg (de la misma familia de la esposa de Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia de Battenberg), era primo de Isabel II, tío de su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo, y el príncipe Carlos le llamaba abuelo. Había sido un héroe de la Segunda Guerra Mundial del que incluso se hicieron películas, fue el jefe de los comandos, las fuerzas especiales inventadas por Churchill para subir la moral de los ingleses, porque cuando los alemanes imperaban en todos los frentes, los comandos ejecutaban operaciones arriesgadas en territorio enemigo. Como jefe supremo aliado en el sureste de Asia, había reconquistado Birmania, ganando así su título, conde Mountbatten de Birmania, con la espada, como los caballeros de la Edad Media. En el mundo de la política había desempeñado el ingrato y difícil puesto de último virrey de la India, a entera satisfacción de todos, indios o ingleses.

Para culminar esa vida de glorias, a los 79 años había muerto frente al enemigo, asesinado por terroristas del IRA junto a su nieto de 14 años y otro chico de 15. Sus honras fúnebres reunieron al más numeroso grupo de personas reales desde el entierro del rey Jorge VI, incluyendo cinco soberanos reinantes y cuatro reyes destronados; España estuvo representada por el Conde de Barcelona, jefe de la Casa Real de Borbón.

Su féretro fue escoltado por un impresionante desfile militar, en el que no solo estaban todas las ramas de las Fuerzas Armadas británicas, sino contingentes de Estados Unidos, Francia, Canadá, la India y Birmania. Pero sobre todo recibió el máximo honor funerario que se puede conceder en Gran Bretaña: su féretro, colocado sobre un armón de artillería, no era arrastrado por caballos como el de Diana, sino por 118 marineros, un privilegio para reyes de Inglaterra establecido en el entierro de la reina Victoria, y que hemos vuelto a ver en el de Isabel II. La monarquía inglesa sabe despedir a los suyos cuando quiere.

 El hermano de la princesa Diana sabe escoger los tiempos. Ha lanzado su ataque contra el rey Carlos de Inglaterra (véase La guerra entre el hermano  

El hermano de la princesa Diana sabe escoger los tiempos. Ha lanzado su ataque contra el rey Carlos de Inglaterra (véase La guerra entre el hermano de Lady Di, Charles Spencer, y el rey Carlos sacude Inglaterra, en THE OBJECTIVE del 22 de septiembre) en septiembre, cuando se celebra la efeméride del entierro de Diana, un espectáculo que fue contemplado por 2.500 millones de personas en todo el mundo, la mayor audiencia televisiva quitando alguna final del Mundial de Fútbol. Sus llamativas declaraciones han servido de lanzamiento para su último libro sobre Diana, El canto del cisne.

Los ritos mortuorios son un buen instrumento para entender la Historia. Las construcciones más duraderas que jamás ha levantado el hombre, las pirámides de Egipto, eran la culminación del complejo ritual fúnebre que acompañaba el tránsito de los faraones. Contemplar estos gigantes de piedra, donde el trabajo brutal de miles de obreros y el ingenio de los mayores sabios de la Antigüedad servían para satisfacer a un solo hombre muerto, nos explica lo que fue el Imperio egipcio tan bien como cualquier libro de Historia.

La monarquía británica, una institución difícilmente comprensible desde fuera, maneja como nadie el ceremonial funerario. Entre las cosas que el hermano de Diana remueve en el plan de promoción de su libro está el enfrentamiento con Carlos, entonces príncipe de Gales, sobre los detalles del funeral de Diana. Charles Spencer dice que él se opuso a que sus sobrinos, los príncipes Guillermo y Harry, desfilasen detrás del féretro de su madre.

Los huérfanos tenían 15 y 13 años, y su tío pensó que la prueba sería demasiado dura para unos niños, pero su padre se empeñó en que lo hicieran. Los mitificadores conspiranoicos, que nunca descansan, sostienen que las autoridades temían que Carlos fuese atacado por el buen pueblo británico en el cortejo fúnebre por las calles de Londres, y que los dos patéticos huerfanitos fueron utilizados como escudos humanos de su padre.

La polémica sobre si Guillermo y Harry debían participar se resolvió dándole un puesto junto a ellos a Charles Spencer. El hermano de Diana, que hasta ese momento era un personaje frívolo de la alta sociedad conocido como Champagne Charlie, logró así un papel relevante en el funeral; él pronunciaría el «elogio de la difunta», que fue una auténtica andanada contra toda la Familia Real. Desde aquella intervención en la Abadía de Westminster, Charles Spencer pasó de señorito juerguista a paladín que defendía a «la princesa del pueblo» frente a los royals, y ha publicado varios libros dándole vueltas al asunto.

Los ritos funerarios para Diana fueron una auténtica prueba para la monarquía británica. En principio la Familia Real decidió aplicar el protocolo, según el cual, al divorciarse, Diana había perdido su título de Alteza Real, dejando de ser de los suyos. La reina y el príncipe de Gales estaban de veraneo en Balmoral, y decidieron mantener un perfil discreto, no regresar a Londres ni manifestar hacia fuera señales de duelo. Pero la prensa sensacionalista y las masas habían entrado en un estado de histeria con la muerte de la famosa más famosa (todavía no se decía influencer), y las críticas cayeron sobre los royals y su falta de empatía con la fallecida.

Se hizo evidente que tendrían que tragarse el sapo y mostrarse compungidos por una persona a la que todos ellos detestaban. La reina tuvo que dirigir un mensaje a la nación expresando lo estupenda que era Diana y, en el colmo de la humillación, cuando el féretro de la princesa pasó por delante de Buckingham Palace, Isabel II, acompañada de la reina madre y otros royals, salió a la puerta del palacio, como si fuera una vecina cualquiera, e incluso hizo una inclinación de cabeza al paso del cadáver.

Aun así mantuvieron algunos principios, como el de no otorgarle un funeral de Estado, reservado para los monarcas reinantes y algún estadista histórico, como Winston Churchill en 1962. Ni siquiera un «funeral real», exclusivo para los que ostentan el título de Alteza Real. Un portavoz de palacio, acosado por los periodistas para que explicase qué ceremonial se iba a aplicar, dijo que sería «un entierro especial para una persona especial». Los organizadores, presionados por la necesidad de preparar ese «entierro especial» en muy poco tiempo, sacaron del cajón un guion que llevaba allí 22 años, bajo el nombre en clave de Operation Tay Bridge. Era el protocolo para el entierro de la Reina Madre, que en 1997 tenía 97 años y viviría hasta 2002.

Se introdujeron una serie de modificaciones para rebajar el carácter de «funeral real», sobre todo manipulando la lista de invitados. El simple hecho de no estar en la primera categoría de «funeral de Estado» permitió no invitar a jefes de Estado extranjeros. Así, Estados Unidos y Francia enviaron a sus primeras damas, Hillary Clinton y Madame Chirac, lo mismo que hicieron el presidente egipcio Mubarak o el rey de Jordania, representado este por la reina consorte Noor. De Holanda vino una hermana de la reina Beatriz. Aunque en estos momentos de empoderamiento femenino resulte insólito, en el 97 una representación de mujeres estaba considerada de segunda categoría.

Solamente acudieron dos jefes de Estado que tenían cierta relación personal con la princesa Diana: Nelson Mandela, presidente de Sudáfrica, y el rey de España. Don Juan Carlos mantenía con la Familia Real británica una relación más íntima que cualquier otro monarca europeo por su parentesco —llamaba a la reina Isabel II «prima Lilibet»—, pero además en los medios de cotilleo se especulaba con que había tenido un romance con Diana. Don Juan Carlos no solo ha desmentido esto, sino que ha expresado un juicio nada favorable sobre Diana: «Era fría, taciturna y distante, salvo con los paparazis».

La exigua representación de la realeza se completó con un rey sin corona, Constantino de Grecia, y el heredero del Japón, que así pretendía sacarse la espina que se le había clavado en el anterior gran funeral, el de lord Mountbatten, al que se le prohibió la asistencia. Enseguida volveremos sobre este evento, pero antes hay que completar la agenda de asistentes al funeral de Diana, que es significativa.

En una maniobra maquiavélica, la Familia Real le permitió a Champagne Charlie que interviniese en la lista de invitados. Como una «maruja» intoxicada por la prensa del corazón, el hermano de Diana se lanzó a invitar a cualquier famoso del espectáculo que hubiera saludado alguna vez a la princesa, considerándolos «amigos de Diana». Así llegaron a la Abadía de Westminster Tom Cruise y Nicole Kidman, Pavarotti, Mariah Carey, Tom Hanks, Elton John, Cliff Richard o Spielberg.

Los royals sonreían para sus adentros, habían logrado degradar un funeral real a la categoría de alfombra roja del famoseo. Sobre todo porque ellos y los suyos, la élite nobiliaria británica, recordaban muy bien cómo de grandioso había sido el último funeral real, hacía justo 18 años.

El 5 de septiembre de 1979 se celebró, en efecto, el entierro de lord Mountbatten, un miembro sui géneris de la Familia Real. Nacido como príncipe Luís de Battenberg (de la misma familia de la esposa de Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia de Battenberg), era primo de Isabel II, tío de su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo, y el príncipe Carlos le llamaba abuelo. Había sido un héroe de la Segunda Guerra Mundial del que incluso se hicieron películas, fue el jefe de los comandos, las fuerzas especiales inventadas por Churchill para subir la moral de los ingleses, porque cuando los alemanes imperaban en todos los frentes, los comandos ejecutaban operaciones arriesgadas en territorio enemigo. Como jefe supremo aliado en el sureste de Asia, había reconquistado Birmania, ganando así su título, conde Mountbatten de Birmania, con la espada, como los caballeros de la Edad Media. En el mundo de la política había desempeñado el ingrato y difícil puesto de último virrey de la India, a entera satisfacción de todos, indios o ingleses.

Para culminar esa vida de glorias, a los 79 años había muerto frente al enemigo, asesinado por terroristas del IRA junto a su nieto de 14 años y otro chico de 15. Sus honras fúnebres reunieron al más numeroso grupo de personas reales desde el entierro del rey Jorge VI, incluyendo cinco soberanos reinantes y cuatro reyes destronados; España estuvo representada por el Conde de Barcelona, jefe de la Casa Real de Borbón.

Su féretro fue escoltado por un impresionante desfile militar, en el que no solo estaban todas las ramas de las Fuerzas Armadas británicas, sino contingentes de Estados Unidos, Francia, Canadá, la India y Birmania. Pero sobre todo recibió el máximo honor funerario que se puede conceder en Gran Bretaña: su féretro, colocado sobre un armón de artillería, no era arrastrado por caballos como el de Diana, sino por 118 marineros, un privilegio para reyes de Inglaterra establecido en el entierro de la reina Victoria, y que hemos vuelto a ver en el de Isabel II. La monarquía inglesa sabe despedir a los suyos cuando quiere.

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