Ariana Harwicz, la inquisición social y la hoguera de la cultura   

Uno de los síntomas más perversos de los tiempos que vivimos, en los que atreverse a pensar y a decir cosas por libre se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo, es la facilidad con la que la discrepancia, y no digamos ya la disidencia, mueve al escándalo general. No se trata de ninguna novedad. La guerra entre las distintas ortodoxias y sus correspondientes heterodoxias es cuento viejo, como diría Günter Grass, que también vivió los seductores demonios del horror y la comodidad de pensar que militaba en el lado correcto de la Historia (que siempre escriben los vencedores de la batalla).

El novelista alemán, conciencia durante décadas de la izquierda alemana, desveló hace ahora 20 años exactos que una vez formó parte de las juventudes nazis, hecho que siempre le causó una honda vergüenza pero que tampoco podía negar y enterrar. La verdad siempre debe prevalecer sobre la mentira y la libertad —de pensamiento, creativa y social— sobre la repugnancia moral. No importa si es numerosa, o incluso masiva, la reprobación de cualquier mayoría. En cualquier democracia, las minorías, aunque sean de un único individuo, tienen derecho a decir lo que creen y a escandalizar a sus semejantes. El caso de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), vetada en un festival —el Cultur-alh— de la Universidad de Granada, y la salida de la empresa Allianz de la lista de patrocinadores (privados) del Certamen de las Ideas que organizan el Círculo de Bellas Artes y la agencia cultural La Factoría en Madrid, son síntomas de hasta qué punto el sectarismo, la hipocresía y la vileza se han apoderado de la agenda cultural, convertida últimamente en un devastado campo de batalla entre los activistas ideológicos habituales. Cada vez existen menos foros de controversia literaria y más actos de adhesiones y asentimientos.

Harwicz, que reside en Francia, es una de las escritoras en español más arriesgadas de su generación. No es dada al lugar común. Y asegura haber sido vetada por su ascendencia judía. Siete de las participantes en el certamen han defendido —ante el pasmo general— que sus reparos a la canonización de la causa palestina que tramita, en régimen de monopolio, la izquierda europea —del mismo modo que parte del sentido crítico de la derecha queda en suspenso cuando brota la cuestión israelí, que no es exactamente la judía— invalidan la posibilidad de sentarse a discutir con ella.

En Madrid se ha producido a la inversa: un grupo de participantes —casi 30— del Festival de las Ideas, financiado con ayudas procedentes de presupuestos públicos y patrocinadores privados, ha obligado a la empresa Allianz a retirarse como mecenas tras ser acusada de favorecer «intereses sionistas». Entre ambos episodios existe un elemento común: el pánico ante la mera posibilidad de sufrir una demonización social y ser cancelado, lo que convierte estos actos en un coro de eunucos monocordes donde todo el mundo cobra —porque en los festivales culturales, igual que en todos sitios, lo importante es el dinero— por no salirse nunca del tiesto.

Es lo de menos —aunque no venga de más recordarlo— si los organizadores del encuentro cultural de Granada han cedido al chantaje de los activistas palestinos que operan en su universidad o, como ha sucedido en Madrid, el Círculo de Bellas Artes y sus socios temían tanto quedarse sin estrellas (de cine) que han renunciado a defender esa libertad que consiste en enfadar a los biempensantes. Lo más inquietante es que, como ha explicado Harwicz, a quien invitaron y después purgaron —hasta que 350 escritores salieron en su defensa—, la ideología (y sus simulacros e hipocresías) se ha adueñado por completo de las reuniones literarias. Ya no existen lugares seguros.

Los aquelarres culturales son más numerosos que nunca. Y nos devuelven de forma súbita a un pretérito que creíamos superado. Salta a la vista que no: quienes animan y participan en estos boicots prefieren hacer visible su hegemonía, o acaso teman los efectos de la reprobación social. Da lo mismo. Perciben como una anomalía el hecho de discutir con aquellos que no piensan igual que ellos. Hablamos de fetuas profesionales. Y colectivas, porque estas cosas se hacen generalmente en grupos, igual que las tribus.

De hecho, para averiguar quién tiene la razón bastaría —como pasa en el caso Harwicz— con reparar en quién está solo y quién acompañado. La mayoría de estos festivales son industrias y franquicias vacías de contenido o fatuamente trascendentes. A nadie le interesa de verdad lo que digan los presbíteros que participan —y abrevan— en muchos de estos rituales. Pero del escepticismo, un ejercicio sano y recomendable, a convertirlos en un auto de fe de la Inquisición hay un trecho enorme.

La cultura es una hoguera donde lo que debe arder no son los libros, ni las ideas, ni las personas, sino los sambenitos. España vive desde hace medio siglo una involución cultural que ha discurrido en paralelo a su progreso económico, detenido en seco tras la crisis de 2008. Nadie se atreve a sentarse a discutir con alguien que no simpatice con su causa. Pocos osan cuestionar los dogmas de su colectivo. Menos aún reparan en que ni todos los catalanes son independentistas, ni los judíos apoyan en bloque las decisiones militares de Israel, ni los palestinos son inequívocamente santos, ni los hombres —por el hecho de serlo— son violentos y machistas.

Todo el mundo exige al semejante una pureza de conducta, pensamiento y acción que rara vez se practica. La España de hace medio siglo era más pobre y mucho más limitada culturalmente, pero existía un cierto debate intelectual porque sus actores, fueran del signo que fueran, no concebían la cultura solo como un acto de frivolidad o una escalera de ascenso social. Se discutía, se cuestionaba al contrario y se convivía con el adversario, pero no por el estúpidamente celebrado rencor de clase o por la ambición perversa de obtener réditos sociales a través de posicionamientos morales.

La controversia cultural, equivocada o no, nacía de una ingenuidad o de la convicción personal. Los libros aún no se habían convertido en catecismos. Aquello que se pensaba (en privado) y se defendía (en público) no era contradictorio, sino matizado. Carecíamos de la patológica obsesión de caer simpáticos a todo el mundo o conceder a los otros el tiránico poder de juzgarnos. El caso Harwicz, que ha escrito a tumba abierta sobre la familia, el incesto, el infanticidio o la maternidad, y el episodio Allianz evidencian que ya no sabemos escucharnos. Y la cultura no grita. Seduce y persuade. Vetar a una escritora por lo que es —o lo que piensa— no es solidarizarse con la tragedia de Palestina ni enfrentarse a Israel. Es vetar a una escritora.

 Uno de los síntomas más perversos de los tiempos que vivimos, en los que atreverse a pensar y a decir cosas por libre se ha convertido  

Uno de los síntomas más perversos de los tiempos que vivimos, en los que atreverse a pensar y a decir cosas por libre se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo, es la facilidad con la que la discrepancia, y no digamos ya la disidencia, mueve al escándalo general. No se trata de ninguna novedad. La guerra entre las distintas ortodoxias y sus correspondientes heterodoxias es cuento viejo, como diría Günter Grass, que también vivió los seductores demonios del horror y la comodidad de pensar que militaba en el lado correcto de la Historia (que siempre escriben los vencedores de la batalla).

El novelista alemán, conciencia durante décadas de la izquierda alemana, desveló hace ahora 20 años exactos que una vez formó parte de las juventudes nazis, hecho que siempre le causó una honda vergüenza pero que tampoco podía negar y enterrar. La verdad siempre debe prevalecer sobre la mentira y la libertad —de pensamiento, creativa y social— sobre la repugnancia moral. No importa si es numerosa, o incluso masiva, la reprobación de cualquier mayoría. En cualquier democracia, las minorías, aunque sean de un único individuo, tienen derecho a decir lo que creen y a escandalizar a sus semejantes. El caso de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), vetada en un festival —el Cultur-alh— de la Universidad de Granada, y la salida de la empresa Allianz de la lista de patrocinadores (privados) del Certamen de las Ideas que organizan el Círculo de Bellas Artes y la agencia cultural La Factoría en Madrid, son síntomas de hasta qué punto el sectarismo, la hipocresía y la vileza se han apoderado de la agenda cultural, convertida últimamente en un devastado campo de batalla entre los activistas ideológicos habituales. Cada vez existen menos foros de controversia literaria y más actos de adhesiones y asentimientos.

Harwicz, que reside en Francia, es una de las escritoras en español más arriesgadas de su generación. No es dada al lugar común. Y asegura haber sido vetada por su ascendencia judía. Siete de las participantes en el certamen han defendido —ante el pasmo general— que sus reparos a la canonización de la causa palestina que tramita, en régimen de monopolio, la izquierda europea —del mismo modo que parte del sentido crítico de la derecha queda en suspenso cuando brota la cuestión israelí, que no es exactamente la judía— invalidan la posibilidad de sentarse a discutir con ella.

En Madrid se ha producido a la inversa: un grupo de participantes —casi 30— del Festival de las Ideas, financiado con ayudas procedentes de presupuestos públicos y patrocinadores privados, ha obligado a la empresa Allianz a retirarse como mecenas tras ser acusada de favorecer «intereses sionistas». Entre ambos episodios existe un elemento común: el pánico ante la mera posibilidad de sufrir una demonización social y ser cancelado, lo que convierte estos actos en un coro de eunucos monocordes donde todo el mundo cobra —porque en los festivales culturales, igual que en todos sitios, lo importante es el dinero— por no salirse nunca del tiesto.

Es lo de menos —aunque no venga de más recordarlo— si los organizadores del encuentro cultural de Granada han cedido al chantaje de los activistas palestinos que operan en su universidad o, como ha sucedido en Madrid, el Círculo de Bellas Artes y sus socios temían tanto quedarse sin estrellas (de cine) que han renunciado a defender esa libertad que consiste en enfadar a los biempensantes. Lo más inquietante es que, como ha explicado Harwicz, a quien invitaron y después purgaron —hasta que 350 escritores salieron en su defensa—, la ideología (y sus simulacros e hipocresías) se ha adueñado por completo de las reuniones literarias. Ya no existen lugares seguros.

Los aquelarres culturales son más numerosos que nunca. Y nos devuelven de forma súbita a un pretérito que creíamos superado. Salta a la vista que no: quienes animan y participan en estos boicots prefieren hacer visible su hegemonía, o acaso teman los efectos de la reprobación social. Da lo mismo. Perciben como una anomalía el hecho de discutir con aquellos que no piensan igual que ellos. Hablamos de fetuas profesionales. Y colectivas, porque estas cosas se hacen generalmente en grupos, igual que las tribus.

De hecho, para averiguar quién tiene la razón bastaría —como pasa en el caso Harwicz— con reparar en quién está solo y quién acompañado. La mayoría de estos festivales son industrias y franquicias vacías de contenido o fatuamente trascendentes. A nadie le interesa de verdad lo que digan los presbíteros que participan —y abrevan— en muchos de estos rituales. Pero del escepticismo, un ejercicio sano y recomendable, a convertirlos en un auto de fe de la Inquisición hay un trecho enorme.

La cultura es una hoguera donde lo que debe arder no son los libros, ni las ideas, ni las personas, sino los sambenitos. España vive desde hace medio siglo una involución cultural que ha discurrido en paralelo a su progreso económico, detenido en seco tras la crisis de 2008. Nadie se atreve a sentarse a discutir con alguien que no simpatice con su causa. Pocos osan cuestionar los dogmas de su colectivo. Menos aún reparan en que ni todos los catalanes son independentistas, ni los judíos apoyan en bloque las decisiones militares de Israel, ni los palestinos son inequívocamente santos, ni los hombres —por el hecho de serlo— son violentos y machistas.

Todo el mundo exige al semejante una pureza de conducta, pensamiento y acción que rara vez se practica. La España de hace medio siglo era más pobre y mucho más limitada culturalmente, pero existía un cierto debate intelectual porque sus actores, fueran del signo que fueran, no concebían la cultura solo como un acto de frivolidad o una escalera de ascenso social. Se discutía, se cuestionaba al contrario y se convivía con el adversario, pero no por el estúpidamente celebrado rencor de clase o por la ambición perversa de obtener réditos sociales a través de posicionamientos morales.

La controversia cultural, equivocada o no, nacía de una ingenuidad o de la convicción personal. Los libros aún no se habían convertido en catecismos. Aquello que se pensaba (en privado) y se defendía (en público) no era contradictorio, sino matizado. Carecíamos de la patológica obsesión de caer simpáticos a todo el mundo o conceder a los otros el tiránico poder de juzgarnos. El caso Harwicz, que ha escrito a tumba abierta sobre la familia, el incesto, el infanticidio o la maternidad, y el episodio Allianz evidencian que ya no sabemos escucharnos. Y la cultura no grita. Seduce y persuade. Vetar a una escritora por lo que es —o lo que piensa— no es solidarizarse con la tragedia de Palestina ni enfrentarse a Israel. Es vetar a una escritora.

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