Todos los lectores debemos a los Libros del Asteroide muchas horas de alegría cierta, y por ello es un poco más preocupante la deriva que, en parte, han tomado en las últimas temporadas, reduciendo de una forma difícilmente discutible sus habituales estándares de calidad textual. Aún no he leído el nuevo título de Jacobo Bergareche, pero en la parte del nuevo catálogo que sí he recorrido hay libros que podrían haber sido muy buenos y muy bonitos, pero que más bien naufragan precisamente por querer someterse a ciertas tendencias narrativas actuales (Última escala), y han publicado también comedias sin la menor gracia (Vamos a comprar un poeta), novelas aceptables pero ultraprocesadas y de una superficialidad muy afectada (Comerás flores) o, en fin, narraciones simplemente sonrojantes que hace solo 15 años no hubieran sido acogidas por ninguna editorial literaria (Punto de araña). En otro orden de cosas, la apresurada nota que lanzaron cuando alguien acusó de no sé qué cosas feas a Julio Iglesias, todo un ejemplo modélico de cómo no reaccionar ante las breaking news, también alarmaba por ser un nuevo síntoma de que en esa editorial, siempre tan razonables, parecen de repente dispuestos a perder seriedad a cambio de lo que piensan que les conviene.
Ahora Eduardo Jordá, muy buen poeta, ha publicado allí un librito sobre Bob Dylan que es también, a conciencia, poca cosa, pero que desde luego tiene encanto y proporciona cuarenta minutos de complicidad. Probablemente haya que ser fan de Dylan para disfrutarlo como lo he hecho yo, pero también para torcer un poco el gesto al terminarlo. Tal vez contenga un pequeño exceso de mitomanía, y aparte hay repeticiones o, mejor, insistencias (algo grave en un libro tan breve), pero está bien enfocado, bien escrito, trae informaciones buenas (yo no sabía que Philip Larkin escribió sobre la gloriosa Desolation Row), recoge anécdotas significativas y, en fin, trata sobre Dylan, lo cual garantiza por definición el interés, el arrobo con el que seguimos leyendo, aunque se hubiera agradecido un poquito (solo un poquito) más de esfuerzo y algo más de profundidad, llegar un poco más adentro.
Aunque para mí es Michael Stype la personificación de todo lo que valoro y me importa, llevo muchos años preparándome para la orfandad que me producirá en su día la muerte de Dylan, con la que concluirá definitivamente el siglo XX, y comparto totalmente la impresión de Jordá (somos millones, en realidad) de que en ese hombre hay algo que, sin necesidad de incurrir en tonterías, es de un simbolismo muy poderoso. Obviamente, no somos de los desquiciados dylanitas que están dispuestos a sacar conclusiones metafísicas sobre el hecho de que no sé qué martes de enero Dylan eligió como guarnición patatas fritas en vez de ensalada, o que son incapaces de entender que Dylan es un señor que también utiliza el cuarto de baño…, pero ese hombre encarna algo muy concreto que, a su vez, da respuestas sobre nuestro tiempo.
Esa intuición está ahí, funcionando, y a mí me gusta pensar que es inconsciente, porque si no se desactivaría. Quiero decir que prefiero no creer que Dylan tenía calculado eso, o que se esfuerza por hacer cosas dirigidas a reforzar esa dimensión paradigmática suya; lo bonito sería más bien que a él le extrañara o incluso le enfadase que le hayamos colocado esa extraña carga sobre los hombros (y eso podría contribuir a explicar su habitual mal humor). Y por todo eso estoy seguro de que la anécdota que explica el título de este opúsculo, Número 0, es totalmente apócrifa.
Ya saben: se supone que una vez, dentro de un coche, Dylan le dijo a Leonard Cohen que él, Cohen, era el número uno de la música norteamericana de aquel momento. «No, Bob, no digas eso», le respondió Cohen, «todo el mundo sabe que el número uno eres tú». «No», concluyó Dylan, «yo soy el número 0». Esa conversación no debió de ocurrir nunca, pero es una de esas supercherías afortunadísimas que arrojan buena luz sobre la verdad, que dan exactamente en el blanco. Porque el número 0 no es el primer número, no va antes: es algo que no está en la línea, que queda fuera, totalmente aparte, imposible de ser entendido o controlado. Nada más desatado o imprevisible que la nada, sobre todo cuando es una nada que sí existe. Nadie más libre que Nadie.
Pero sucede que el hombre invisible es más bien el hombre ubicuo, porque sí dan que pensar esos rumores que, por ejemplo, aseguran que alguien ha visto a Bob Dylan merodeando con una capucha marrón por un suburbio de Oslo, observando las farolas, en días en los que no anda en absoluto de gira por Noruega, etcétera. Hay quienes llevan, por así decirlo, el diario íntimo de Dylan, y anotan todo lo que se va sabiendo de él, incluso los detalles más irrelevantes, señalando la mayor o menor apariencia de veracidad de la fuente y seguros de que ese análisis minucioso de sus pasos proporcionará alguna revelación trascendente.
Es divertido que se lo tomen tan en serio, pero sí: es tentador imaginar a Dylan como representante o delegado de toda la humanidad, alguien sigiloso y prudente, pero omnipresente e inspirado, cuyos movimientos y cuyas palabras, sin él pretenderlo, deciden o explican cosas que nos afectan. Y por eso, también, será su muerte tan traumática. Si todo lo que hace, dice, calla, lee o come Dylan tiene un significado superior y nos proporciona consuelo, entonces ¿qué significará su muerte?
Todos los lectores debemos a los Libros del Asteroide muchas horas de alegría cierta, y por ello es un poco más preocupante la deriva que, en
Todos los lectores debemos a los Libros del Asteroide muchas horas de alegría cierta, y por ello es un poco más preocupante la deriva que, en parte, han tomado en las últimas temporadas, reduciendo de una forma difícilmente discutible sus habituales estándares de calidad textual. Aún no he leído el nuevo título de Jacobo Bergareche, pero en la parte del nuevo catálogo que sí he recorrido hay libros que podrían haber sido muy buenos y muy bonitos, pero que más bien naufragan precisamente por querer someterse a ciertas tendencias narrativas actuales (Última escala), y han publicado también comedias sin la menor gracia (Vamos a comprar un poeta), novelas aceptables pero ultraprocesadas y de una superficialidad muy afectada (Comerás flores) o, en fin, narraciones simplemente sonrojantes que hace solo 15 años no hubieran sido acogidas por ninguna editorial literaria (Punto de araña). En otro orden de cosas, la apresurada nota que lanzaron cuando alguien acusó de no sé qué cosas feas a Julio Iglesias, todo un ejemplo modélico de cómo no reaccionar ante las breaking news, también alarmaba por ser un nuevo síntoma de que en esa editorial, siempre tan razonables, parecen de repente dispuestos a perder seriedad a cambio de lo que piensan que les conviene.
Ahora Eduardo Jordá, muy buen poeta, ha publicado allí un librito sobre Bob Dylan que es también, a conciencia, poca cosa, pero que desde luego tiene encanto y proporciona cuarenta minutos de complicidad. Probablemente haya que ser fan de Dylan para disfrutarlo como lo he hecho yo, pero también para torcer un poco el gesto al terminarlo. Tal vez contenga un pequeño exceso de mitomanía, y aparte hay repeticiones o, mejor, insistencias (algo grave en un libro tan breve), pero está bien enfocado, bien escrito, trae informaciones buenas (yo no sabía que Philip Larkin escribió sobre la gloriosa Desolation Row), recoge anécdotas significativas y, en fin, trata sobre Dylan, lo cual garantiza por definición el interés, el arrobo con el que seguimos leyendo, aunque se hubiera agradecido un poquito (solo un poquito) más de esfuerzo y algo más de profundidad, llegar un poco más adentro.
Aunque para mí es Michael Stype la personificación de todo lo que valoro y me importa, llevo muchos años preparándome para la orfandad que me producirá en su día la muerte de Dylan, con la que concluirá definitivamente el siglo XX, y comparto totalmente la impresión de Jordá (somos millones, en realidad) de que en ese hombre hay algo que, sin necesidad de incurrir en tonterías, es de un simbolismo muy poderoso. Obviamente, no somos de los desquiciados dylanitas que están dispuestos a sacar conclusiones metafísicas sobre el hecho de que no sé qué martes de enero Dylan eligió como guarnición patatas fritas en vez de ensalada, o que son incapaces de entender que Dylan es un señor que también utiliza el cuarto de baño…, pero ese hombre encarna algo muy concreto que, a su vez, da respuestas sobre nuestro tiempo.
Esa intuición está ahí, funcionando, y a mí me gusta pensar que es inconsciente, porque si no se desactivaría. Quiero decir que prefiero no creer que Dylan tenía calculado eso, o que se esfuerza por hacer cosas dirigidas a reforzar esa dimensión paradigmática suya; lo bonito sería más bien que a él le extrañara o incluso le enfadase que le hayamos colocado esa extraña carga sobre los hombros (y eso podría contribuir a explicar su habitual mal humor). Y por todo eso estoy seguro de que la anécdota que explica el título de este opúsculo, Número 0, es totalmente apócrifa.
Ya saben: se supone que una vez, dentro de un coche, Dylan le dijo a Leonard Cohen que él, Cohen, era el número uno de la música norteamericana de aquel momento. «No, Bob, no digas eso», le respondió Cohen, «todo el mundo sabe que el número uno eres tú». «No», concluyó Dylan, «yo soy el número 0». Esa conversación no debió de ocurrir nunca, pero es una de esas supercherías afortunadísimas que arrojan buena luz sobre la verdad, que dan exactamente en el blanco. Porque el número 0 no es el primer número, no va antes: es algo que no está en la línea, que queda fuera, totalmente aparte, imposible de ser entendido o controlado. Nada más desatado o imprevisible que la nada, sobre todo cuando es una nada que sí existe. Nadie más libre que Nadie.
Pero sucede que el hombre invisible es más bien el hombre ubicuo, porque sí dan que pensar esos rumores que, por ejemplo, aseguran que alguien ha visto a Bob Dylan merodeando con una capucha marrón por un suburbio de Oslo, observando las farolas, en días en los que no anda en absoluto de gira por Noruega, etcétera. Hay quienes llevan, por así decirlo, el diario íntimo de Dylan, y anotan todo lo que se va sabiendo de él, incluso los detalles más irrelevantes, señalando la mayor o menor apariencia de veracidad de la fuente y seguros de que ese análisis minucioso de sus pasos proporcionará alguna revelación trascendente.
Es divertido que se lo tomen tan en serio, pero sí: es tentador imaginar a Dylan como representante o delegado de toda la humanidad, alguien sigiloso y prudente, pero omnipresente e inspirado, cuyos movimientos y cuyas palabras, sin él pretenderlo, deciden o explican cosas que nos afectan. Y por eso, también, será su muerte tan traumática. Si todo lo que hace, dice, calla, lee o come Dylan tiene un significado superior y nos proporciona consuelo, entonces ¿qué significará su muerte?
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