Morante vuelve a nacer entre la incomprensión; triunfan Roca Rey y Miranda en Málaga

La corrida extraordinaria del 150 aniversario de La Malagueta concluyó triunfal con Roca Rey, apabullante, y David de Miranda, infalible, por la puerta grande. Pero la noticia estuvo en Morante, no sólo porque se marchase inexplicablemente a pie con una sola oreja -y preocupantemente dolorido-, sino porque volvió a rozar la tragedia. Van dos tardes consecutivas de durísimas volteretas; dos tardes incomprendidas, de magisterio y absoluta entrega, en esta plaza de Málaga que no hay Dios que la entienda.

 El maestro, cogido e incomprendido, se marcha a pie y dolorido con una sola oreja frente a una apabullante tarde del peruano; infalible en el triunfo el onubense  

La corrida extraordinaria del 150 aniversario de La Malagueta concluyó triunfal con Roca Rey, apabullante, y David de Miranda, infalible, por la puerta grande. Pero la noticia estuvo en Morante, no sólo porque se marchase inexplicablemente a pie con una sola oreja -y preocupantemente dolorido-, sino porque volvió a rozar la tragedia. Van dos tardes consecutivas de durísimas volteretas; dos tardes incomprendidas, de magisterio y absoluta entrega, en esta plaza de Málaga que no hay Dios que la entienda.

Morante de la Puebla volvió a nacer para demostrar, una vez más, la inmortalidad de su arte. La voltereta se mascaba en el ambiente, en cada natural portentoso, en los que el toro de Garcigrande reponía, gateando, por dentro, siempre con la cara suelta, tan informal. Eran las 20.42, cuando la trágica cogida brotó, cantada como el agónico ¡ay! de la plaza. El miedo de verlo colgado del pitón se multiplicó abajo en el suelo, a merced de los pitones, que escaneaban su cuerpo como cuchillos, bisbiseando por el pecho como culebras, rozando el cuello y el corazón. Acudieron las cuadrillas sin conseguir quitarle el toro. Cuando lo incorporaron y palparon, descartando la cornada, Morante como un ecce homo, descalzo, hecho de valor y coraje, volvió a ponerse en la cara del toro. Como se pone él, con ese asiento, en ese sitio. Desatados los machos de la taleguilla, desatado de raza, le arrancó aún una serie de derechazos absolutamente sensacionales, no sólo por la emotividad del ambiente, sino en sí mismos. Y allí mismo, con su pañuelo, se limpió el rostro de la arena, el sudor y el dolor. Que iba por dentro. El garcigrande, flexible de cuerpo, sacudido de carnes, siempre llevó el cuello suelto, ya en los hermosos esbozos de las verónicas de saludo y en el garboso galleo por chicuelinas, cuando lo desarmó. Ahora estaba listo para morir con la misma informalidad. Tardó el maestro en cuadrar al animal que escarbaba y se descuadraba continuamente. Cuando lo consiguió, hundió la espada con rabia. Estalló la pañolada. Pensaba, sinceramente, que La Malagueta pediría las dos orejas. Pero se frenó en una, que MdlP ni siquiera pudo pasear, tan dolorido. No le cojo el punto a esta plaza. Ya le sucedió el otro día también, rácana con su sensacional actuación. Cuando ya sobrevoló el drama. El miedo empieza a a sentirse en esta temporada prodigiosa del maestro. A sus casi 47 años y 30 de alternativa, el cuerpo duele mucho.

A continuación, Roca Rey se montó encima del otro toro de Garcigrande que había quedado en la corrida, de comportamiento casi gemelo al anterior. La autoridad, el valor desbocado y el dominio del peruano fueron asombrosos, un ejercicio acojonante de poder. A sus casi 30 años de edad -los mismos que lleva Morante de alternativa- volteó la plaza como el amo del calabozo, con su tauromaquia apabullante. El gentío enloqueció con el valor aparatoso (RR) que entiende frente al valor silente que no comprende (MdlP). No le quito un ápice de mérito a la figura que vino del Perú, a su absoluta e indiscutible gloria, cobrada a ley tras la estocada inapelable: dos orejas. Esto ocurría en el quinto.

La tarde trepidante. Ya desde el minuto uno, fue como dicen los modernos. La corrida partía del planteamiento de dos ganaderías -Torrealta y Garcigrande-, que por circunstancias accidentales de las cuernas, según la empresa, hubo de ser remendada por un toro de Núñez del Cuvillo, sobrero en su día. Y armó un conjunto muy desigual.

Roca Rey y David de Miranda salen a hombros de la plaza de La Malagueta
Roca Rey y David de Miranda salen a hombros de la plaza de La MalaguetaEfe

A las 19.10 saltó el primer torrealta, un dije muy guapo por fuera y muy feo por dentro. Salió ya al paso, frenándose en el capote de Morante de la Puebla, sin pasar, anunciando prematuramente su escondida condición. La cara del maestro era un poema cuando cortó el banderillero Juan José Domínguez. Aquella cosita era un dechado de mansedumbre oscura, reservón y geniudo. De los toros que hieren. Lo sangró bien en el caballo, del que se escupiría. Esa forma de arrollar que seguiría en el prólogo por alto. Fueron tres series exactas -y fueron muchas- las que tragó un asentado Morante, que en los pases de pecho sufrió los calambres nervudos del bicho infame. Un traguito mientras lo pasaba dibujando redondos imposibles. Tras el último trallazo, agarró la espada y enterró una habilidosa estocada.

Le sucedió otro toro de trazas mansas de Torrealta, pero con diferentes fondo y estilo, pacífico en esencia, grandón y hechurado, aparente. Roca Rey lo mimó en el peto -apenas nada el castigo-, pero la lidia se eternizó con un capotazo mal orientado de Agustín de Espartinas hacia chiqueros, allí donde habitaba su querencia, en el sitio exacto donde luego iría a morir. RR usó su turno de quites por saltilleras y respondió David de Miranda por tafalleras. Está siendo dura la temporada con la profusión de este tipo de quites, fundamentados en la quietud y el valor. Atrapó pronto Roca al público con el inicio por cambiado de rodillas y, sobre todo, lo que es más importante, ya en pie atrapó al toro sobre su derecha. Inteligente para entender la mano y administrarla en tandas cortas: largo, reunido y bien trazado el muletazo. Lo esperó siempre. A la única tanda zurda se resistió el torrealta, y el peruano la resolvió a pulso y con uno de esos cambios de mano por la espalda y por delante, sin la ayuda y tal. Cuando retomó la mejor senda, acortadas las distancias, metido entre los pitones, por circulares invertidos y respirando en esos terrenos, La Malagueta se puso en pie. Un pinchazo y una estocada dejaron la historia en una oreja, aunque yo creo que siempre fue de una oreja. Y ya.

Dos orejas cortó con fuerza David de Miranda -número 1 del escalafón en rendimiento, infalible en el triunfo- después de firmar una estocada monumental que decantó la balanza de la presidencia hacia el segundo trofeo. Realmente, Miranda había estado impecable en su estilo con aquel basturrón y buen jabonero de Núñez del Cuvillo desde que abrió la faena con el cartucho y la izquierda, que siempre es su mano y además era la del toro. Suelta la muñeca, abriéndose el toro. Los derechazos mantuvieron el son de la obra, más rígida en ese tramo. Ya apuntaba el cuvillo con rajarse. Apuró por bernadinas y amarró la puerta grande con el público desbocado.

El último de Torrealta, de buen porte, se apagó antes de hora. David de Miranda se arrimó mucho, como suele. Incluso cobró una voltereta -afortunadamente incruenta- en el final por manoletinas. Un pinchazo, una estocada y hubo una increíble petición… Subió a hombros con Roca Rey en la fotografía última en la que también debió estar Morante. La frase de Bayort volvió a cobrar vigencia: «La gente va a verlo pero no sabe verlo».

Plaza de La Malagueta. Sábado, 22 de agosto de 2026. Última de feria. Corrida del 150 aniversario de la plaza. «No hay billetes». Toros de Torrealta -1º,2º y 6º-; Garcigrande (4º y 5º); y Núñez del Cuvillo (3º); de desigual presentación; complejos los garcigrandes; bueno el cuvillo; geniudo el manso 1º; mansón y noblote el 2º; desfondado el 6º

Morante de la Puebla, de tabaco y oro. Estocada habilidosa y tres descabellos (silencio); estocada arriba. Aviso (oreja).

Roca Rey, de azul pastel y oro. Pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas). Salió a hombros con David de Miranda.

David de Miranda, de teja y oro. Gran estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (petición y silencio).

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