Dolor y superación: Morante se sobrepone a todo en Málaga  

Hay tardes en las que el toreo sucede y otras en las que se revela. Málaga vivió una de estas últimas. Morante llegó a la corrida del 150 aniversario de La Malagueta con el cuerpo ya castigado y salió de ella convertido en una especie de argumento moral del toreo que abraza la belleza no como ornamento, sino como respuesta al dolor, planteando el arte no como evasión del peligro, sino como una forma de atravesarlo.

Cuarenta y ocho horas antes, en el mismo escenario de la Costa del Sol, el genio había sufrido un serio percance en la corrida de Núñez del Cuvillo. La voltereta fue áspera, seca, incómoda, de esas que dejan memoria en los músculos aunque el torero se levante fingiendo normalidad. Morante regresó al ruedo y siguió buscando. No fue una anécdota, sino el prólogo de la tragedia que habría de venir. Porque, siendo indudablemente un torero de arte, el de La Puebla es también un valiente capaz de desbordar la razón en busca de un ideal que sigue persiguiendo y cultivando. 

En la víspera, La Malagueta había vivido otra de esas tardes destinadas a permanecer en la memoria de la afición. El regreso de los toros de Victorino Martín después de doce años encontró una plaza prácticamente llena y una terna (Manuel Escribano, Fortes y Emilio de Justo) que asumió la corrida desde la responsabilidad y la verdad que exige una ganadería semejante. Escribano pagó el compromiso con una cornada de quince centímetros que no le impidió matar a su segundo oponente antes de ir a la enfermería; Fortes y De Justo alcanzaron el triunfo ante una corrida exigente y emocionante. No fue solamente un festejo importante, sino una de esas jornadas que explican por qué una feria puede adquirir categoría histórica cuando el toro conserva su poder de poner a prueba al hombre. 

La gran tarde de la Victorinada había elevado, por tanto, la temperatura moral del aniversario. Veinticuatro horas después no bastaba con cerrar una feria de ciento cincuenta años mediante un gran cartel. Morante, Roca Rey y David de Miranda comparecían ante un lleno de «no hay billetes». Las reses, de Garcigrande, Núñez del Cuvillo y Torrealta.

Morante hacía el paseíllo magullado y castigado y cayó herido de nuevo en el cuarto toro de la tarde. La corrida del aniversario estaba concebida como una celebración, pero el ritual de los toros mantiene esa misteriosa capacidad para sabotear cualquier ceremonial prefabricado e imponer su imprevisibilidad. El toro introduce siempre una objeción, nos recuerda que en este arte no hay guion y que, puesto que la belleza no está garantizada, para llegar hasta ella alguien tiene que exponerse de verdad.

El percance sufrido por Morante tuvo violencia suficiente para modificar el ánimo de la plaza. Durante unos segundos desapareció la estética y quedó solamente la evidencia física del hombre arrojado al suelo tras una violenta voltereta. Ahí permaneció, sobre la arena, a merced del animal, y los segundos se hicieron horas mientras el burel buscaba hacer aún más daño. Todo espectador recordó entonces una de esas revelaciones incómodas que encierra el toreo, donde cada muletazo hermoso ha nacido siempre y en todo caso de una negociación con el miedo.

Morante se levantó y continuó, pero lo extraordinario no consistió simplemente en permanecer delante. Lo excepcional fue que, después del golpe, siguiera intentando dar forma a su particular creación. Hay en él una ética del valor que consiste en aguantar, pero no por masoquismo, sino por una convicción más autoexigente que lo obliga a impedir que el sufrimiento envilezca la forma. Morante podía haberse defendido, abreviado o reducido aquellos minutos y haber sacado pecho por una demostración legítima de coraje, pero eligió volver a buscar la cadencia, el temple, la colocación exacta y esa hondura suya que parece necesitar siempre que el tiempo corra más despacio.

No quiso únicamente vencer al dolor. Quiso darle forma. Ahí se encuentra una de las claves de su tauromaquia. Morante nunca ha sido solamente un torero estético, porque la estética entendida como mera belleza resulta insuficiente para explicarlo. En sus mejores tardes existe una moral de la forma, una convicción casi antigua según la cual no basta con hacer las cosas, sino que importa cómo se hacen. Incluso bajo presión permanece una frontera entre resolver y crear, entre sobrevivir y expresarse, y en Málaga esa frontera se hizo visible.

Cada muletazo posterior al percance adquirió entonces una densidad distinta. Ya no podía contemplarse inocentemente, porque el público sabía que aquel cuerpo dolía y que acumulaba el castigo recibido dos días antes. Por eso el temple parecía más lento, la quietud más improbable y la búsqueda de la belleza más costosa. El mérito no procedía solamente del resultado, sino de la conciencia del precio que se estaba pagando para alcanzarlo. La belleza necesitaba entonces una explicación moral y esa explicación era el sacrificio, entendido no en el sentido melodramático de la palabra, sino en el más antiguo. Sacrificar significa separar algo de lo ordinario, otorgarle un valor porque exige una renuncia. El toreo conserva todavía esa intuición: la belleza que no compromete nada puede agradar, mientras que la belleza conquistada bajo amenaza pertenece a una categoría emocional distinta.

Morante consiguió así que el dolor no fuera el contrario del arte, sino su sombra. Hay en ello algo profundamente clásico, porque la tragedia nunca entendió belleza y sufrimiento como universos separados. Lo hermoso alcanza otra plenitud cuando aparece bajo la conciencia de la fragilidad y el toreo se alimenta precisamente de esa contradicción: el pase emociona porque el cuerpo que lo ejecuta no es invulnerable.

Las embestidas, alargadas por una muleta abarcadora. Y el dolor, superado también con el sentido desplante que inventó el cigarrero al sacar del interior de su chaquetilla un pañuelo con el que limpió su rostro para despejarlo de sangre, lágrimas y tierra. 

Roca Rey y De Miranda, arrollando y arreando 

Roca Rey representó otra concepción del oficio y de la autoridad. Su tauromaquia posee una expresión más rotunda, apoyada en la capacidad para someter las embestidas, administrar las distancias y convertir la cercanía del peligro en dominio escénico. En una tarde que podía haber quedado monopolizada emocionalmente por el episodio de Morante, el peruano volvió a sostener el peso que corresponde a su jerarquía, mientras David de Miranda compareció con la disposición de quien entiende que un cartel semejante no admite actitudes secundarias. El onubense volvió a reivindicar esa mezcla de firmeza, serenidad y hambre que explica su crecimiento en las grandes plazas. La presencia de ambos ayudó a que la corrida conservara categoría y tensión, incluso aunque el relato sentimental de la tarde terminara inclinándose inevitablemente hacia Morante.

Por eso sería injusto interpretar el cierre del aniversario como un episodio aislado. La Malagueta había ido construyendo en apenas tres tardes una pequeña narración sobre el toreo mismo: primero, el compromiso de Morante ante los de Cuvillo y aquel primer aviso físico; después, la corrida de Victorino, con la épica de un Escribano herido y las muy acertadas actuaciones de Fortes y Emilio de Justo; y finalmente, la explosión del fin de ciclo con un Morante que volvió a encontrar en el dolor una fuente de la que beber para seguir explorando los límites de la tauromaquia.

Una oreja puede ordenar una estadística, pero no puede explicar una tarde así. Lo sucedido pertenece a ese territorio más impreciso en el que las faenas se recuerdan no solamente por aquello que el torero hizo, sino por aquello que estuvo dispuesto a pagar para hacerlo. Morante pagó con el cuerpo, con la incertidumbre y con esa decisión de permanecer cuando la carne recomienda prudencia y la razón aconsejaría distancia. Precisamente porque pagó, el toreo posterior adquirió una autoridad diferente. No era ya solamente bello. Era verdadero.

Quizá sea esa la palabra que mejor conviene a Morante cuando alcanza esas cotas, no porque su toreo carezca de artificio —todo arte lo necesita—, sino porque detrás de la forma aparece algo irreductible: un hombre que acepta las consecuencias de aquello que pretende expresar. La estética deja entonces de ser decoración y se convierte en conducta.

Eso logró Morante en Málaga. No es un artista que ignora el dolor o que lo tolera, que es un creador que incorpora esa precaria y doliente circunstancia a su obra; no hablamos de un héroe invulnerable, sino de un hombre vulnerable que elige la creación y la inspiración como respuesta al sufrimiento. Y acaso ahí, mucho más que en cualquier definición técnica, se encuentren juntas la ética y la estética del toreo: en la obligación íntima de buscar la belleza cuando hacerlo tiene un precio.

 Hay tardes en las que el toreo sucede y otras en las que se revela. Málaga vivió una de estas últimas. Morante llegó a la corrida  

Hay tardes en las que el toreo sucede y otras en las que se revela. Málaga vivió una de estas últimas. Morante llegó a la corrida del 150 aniversario de La Malagueta con el cuerpo ya castigado y salió de ella convertido en una especie de argumento moral del toreo que abraza la belleza no como ornamento, sino como respuesta al dolor, planteando el arte no como evasión del peligro, sino como una forma de atravesarlo.

Cuarenta y ocho horas antes, en el mismo escenario de la Costa del Sol, el genio había sufrido un serio percance en la corrida de Núñez del Cuvillo. La voltereta fue áspera, seca, incómoda, de esas que dejan memoria en los músculos aunque el torero se levante fingiendo normalidad. Morante regresó al ruedo y siguió buscando. No fue una anécdota, sino el prólogo de la tragedia que habría de venir. Porque, siendo indudablemente un torero de arte, el de La Puebla es también un valiente capaz de desbordar la razón en busca de un ideal que sigue persiguiendo y cultivando. 

En la víspera, La Malagueta había vivido otra de esas tardes destinadas a permanecer en la memoria de la afición. El regreso de los toros de Victorino Martín después de doce años encontró una plaza prácticamente llena y una terna (Manuel Escribano, Fortes y Emilio de Justo) que asumió la corrida desde la responsabilidad y la verdad que exige una ganadería semejante. Escribano pagó el compromiso con una cornada de quince centímetros que no le impidió matar a su segundo oponente antes de ir a la enfermería; Fortes y De Justo alcanzaron el triunfo ante una corrida exigente y emocionante. No fue solamente un festejo importante, sino una de esas jornadas que explican por qué una feria puede adquirir categoría histórica cuando el toro conserva su poder de poner a prueba al hombre. 

La gran tarde de la Victorinada había elevado, por tanto, la temperatura moral del aniversario. Veinticuatro horas después no bastaba con cerrar una feria de ciento cincuenta años mediante un gran cartel. Morante, Roca Rey y David de Miranda comparecían ante un lleno de «no hay billetes». Las reses, de Garcigrande, Núñez del Cuvillo y Torrealta.

Morante hacía el paseíllo magullado y castigado y cayó herido de nuevo en el cuarto toro de la tarde. La corrida del aniversario estaba concebida como una celebración, pero el ritual de los toros mantiene esa misteriosa capacidad para sabotear cualquier ceremonial prefabricado e imponer su imprevisibilidad. El toro introduce siempre una objeción, nos recuerda que en este arte no hay guion y que, puesto que la belleza no está garantizada, para llegar hasta ella alguien tiene que exponerse de verdad.

El percance sufrido por Morante tuvo violencia suficiente para modificar el ánimo de la plaza. Durante unos segundos desapareció la estética y quedó solamente la evidencia física del hombre arrojado al suelo tras una violenta voltereta. Ahí permaneció, sobre la arena, a merced del animal, y los segundos se hicieron horas mientras el burel buscaba hacer aún más daño. Todo espectador recordó entonces una de esas revelaciones incómodas que encierra el toreo, donde cada muletazo hermoso ha nacido siempre y en todo caso de una negociación con el miedo.

Morante se levantó y continuó, pero lo extraordinario no consistió simplemente en permanecer delante. Lo excepcional fue que, después del golpe, siguiera intentando dar forma a su particular creación. Hay en él una ética del valor que consiste en aguantar, pero no por masoquismo, sino por una convicción más autoexigente que lo obliga a impedir que el sufrimiento envilezca la forma. Morante podía haberse defendido, abreviado o reducido aquellos minutos y haber sacado pecho por una demostración legítima de coraje, pero eligió volver a buscar la cadencia, el temple, la colocación exacta y esa hondura suya que parece necesitar siempre que el tiempo corra más despacio.

No quiso únicamente vencer al dolor. Quiso darle forma. Ahí se encuentra una de las claves de su tauromaquia. Morante nunca ha sido solamente un torero estético, porque la estética entendida como mera belleza resulta insuficiente para explicarlo. En sus mejores tardes existe una moral de la forma, una convicción casi antigua según la cual no basta con hacer las cosas, sino que importa cómo se hacen. Incluso bajo presión permanece una frontera entre resolver y crear, entre sobrevivir y expresarse, y en Málaga esa frontera se hizo visible.

Cada muletazo posterior al percance adquirió entonces una densidad distinta. Ya no podía contemplarse inocentemente, porque el público sabía que aquel cuerpo dolía y que acumulaba el castigo recibido dos días antes. Por eso el temple parecía más lento, la quietud más improbable y la búsqueda de la belleza más costosa. El mérito no procedía solamente del resultado, sino de la conciencia del precio que se estaba pagando para alcanzarlo. La belleza necesitaba entonces una explicación moral y esa explicación era el sacrificio, entendido no en el sentido melodramático de la palabra, sino en el más antiguo. Sacrificar significa separar algo de lo ordinario, otorgarle un valor porque exige una renuncia. El toreo conserva todavía esa intuición: la belleza que no compromete nada puede agradar, mientras que la belleza conquistada bajo amenaza pertenece a una categoría emocional distinta.

Morante consiguió así que el dolor no fuera el contrario del arte, sino su sombra. Hay en ello algo profundamente clásico, porque la tragedia nunca entendió belleza y sufrimiento como universos separados. Lo hermoso alcanza otra plenitud cuando aparece bajo la conciencia de la fragilidad y el toreo se alimenta precisamente de esa contradicción: el pase emociona porque el cuerpo que lo ejecuta no es invulnerable.

Las embestidas, alargadas por una muleta abarcadora. Y el dolor, superado también con el sentido desplante que inventó el cigarrero al sacar del interior de su chaquetilla un pañuelo con el que limpió su rostro para despejarlo de sangre, lágrimas y tierra. 

Roca Rey representó otra concepción del oficio y de la autoridad. Su tauromaquia posee una expresión más rotunda, apoyada en la capacidad para someter las embestidas, administrar las distancias y convertir la cercanía del peligro en dominio escénico. En una tarde que podía haber quedado monopolizada emocionalmente por el episodio de Morante, el peruano volvió a sostener el peso que corresponde a su jerarquía, mientras David de Miranda compareció con la disposición de quien entiende que un cartel semejante no admite actitudes secundarias. El onubense volvió a reivindicar esa mezcla de firmeza, serenidad y hambre que explica su crecimiento en las grandes plazas. La presencia de ambos ayudó a que la corrida conservara categoría y tensión, incluso aunque el relato sentimental de la tarde terminara inclinándose inevitablemente hacia Morante.

Por eso sería injusto interpretar el cierre del aniversario como un episodio aislado. La Malagueta había ido construyendo en apenas tres tardes una pequeña narración sobre el toreo mismo: primero, el compromiso de Morante ante los de Cuvillo y aquel primer aviso físico; después, la corrida de Victorino, con la épica de un Escribano herido y las muy acertadas actuaciones de Fortes y Emilio de Justo; y finalmente, la explosión del fin de ciclo con un Morante que volvió a encontrar en el dolor una fuente de la que beber para seguir explorando los límites de la tauromaquia.

Una oreja puede ordenar una estadística, pero no puede explicar una tarde así. Lo sucedido pertenece a ese territorio más impreciso en el que las faenas se recuerdan no solamente por aquello que el torero hizo, sino por aquello que estuvo dispuesto a pagar para hacerlo. Morante pagó con el cuerpo, con la incertidumbre y con esa decisión de permanecer cuando la carne recomienda prudencia y la razón aconsejaría distancia. Precisamente porque pagó, el toreo posterior adquirió una autoridad diferente. No era ya solamente bello. Era verdadero.

Quizá sea esa la palabra que mejor conviene a Morante cuando alcanza esas cotas, no porque su toreo carezca de artificio —todo arte lo necesita—, sino porque detrás de la forma aparece algo irreductible: un hombre que acepta las consecuencias de aquello que pretende expresar. La estética deja entonces de ser decoración y se convierte en conducta.

Eso logró Morante en Málaga. No es un artista que ignora el dolor o que lo tolera, que es un creador que incorpora esa precaria y doliente circunstancia a su obra; no hablamos de un héroe invulnerable, sino de un hombre vulnerable que elige la creación y la inspiración como respuesta al sufrimiento. Y acaso ahí, mucho más que en cualquier definición técnica, se encuentren juntas la ética y la estética del toreo: en la obligación íntima de buscar la belleza cuando hacerlo tiene un precio.

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