‘Mi niñera de la KGB’: la española que fue espía de Stalin en Uruguay

En el intento de sostener y expandir internacionalmente la revolución soviética, se utilizaron peones de diverso tipo. Estaban, por un lado, los intelectuales —los llamados, con mucha propiedad, tontos útiles—, que se dedicaron a intoxicar a la juventud occidental con ideales, dogmas y mentiras. Estos eran captados para la causa por personajes como el periodista Ilya Ehrenburg, cuyas interesantes memorias, Gente, años, vida, publicó la editorial Acantilado. Y estaban, por otro lado, los más fanáticos y desaprensivos, a los que se reclutaba para labores de espionaje y sicariato. Uno de los más célebres fue el catalán Ramón Mercader, adoctrinado por su madre Caridad del Río en la fe inquebrantable en Stalin y enviado a abrirle la cabeza con un piolet al traidor Trotski.

La camarada Caridad —cuyo fanatismo sin escrúpulos era equiparable al de La Pasionaria— también formó en esos menesteres a otra española, África de las Heras, protagonista de Mi niñera de la KGB, que acaba de publicar Lumen. La autora es Laura Ramos, a quien debemos el sugestivo ensayo Infernales: la hermandad Brönte (también en Lumen), sobre las famosas hermanas. Su nuevo libro arranca cuando descubre quién era en realidad «la modista María Luisa», que cuidaba de ella y su hermano cuando eran pequeños. El nombre era uno de los muchos alias que utilizó África de las Heras, una gallega (o sea, española), que frecuentaba los círculos de los intelectuales de izquierdas de Montevideo, a los que pertenecían los padres de la escritora.

África de las Heras, nacida en Ceuta, fue reclutada durante la guerra civil por la NKVD (después KGB). En concreto, por uno de los comisarios soviéticos que llegó a España a «asesorar» a la República, el famoso Alexander Orlov (el que organizó el traslado del oro de Moscú), que después, cuando supo que iba a ser purgado por Stalin, desertó y pidió asilo en Estados Unidos.

África pasó por Madrid como modista y la guerra civil la pilló en Barcelona, donde conoció a Caridad y Ramón Mercader. Diversos testimonios la sitúan como miembro de una de las siniestras Patrullas de Control comunistas y de la checa de San Elías, donde ejercía de interrogadora. Según esos mismos testimonios, al parecer la excitación de ejercer la violencia con impunidad vino acompañada del descubrimiento del amor libre, porque mantenía relaciones poliamorosas con todos sus compañeros de patrulla.

Acabada la guerra civil, abandonó España y participó en la primera tentativa de asesinato de Trotski, cuando este vivía refugiado en la famosa Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera. Y durante la Segunda Guerra Mundial, convertida en partisana soviética con el nombre de Patria, se lanzó en paracaídas tras las líneas alemanas en Ucrania.

Telaraña de seducción

¿Cómo y por qué acabó esta heroína del pueblo en Montevideo, ejerciendo de espía de Stalin? Allí no había gran cosa que espiar, pero montó una estación de radio desde la que reportar a Moscú y ayudaba en su tránsito hacia Estados Unidos a agentes soviéticos que se infiltraban en ese país enemigo. Su misión era proveerlos de identidades falsas. ¿Cómo lo hacía? El método era un poco macabro: visitaba —con otra mujer a la que había reclutado— cementerios provinciales, en busca de tumbas de niños que hubieran muerto en las fechas adecuadas. Anotaba los nombres y, a partir de ahí, se creaban los documentos para el agente.

La historia de cómo llegó a Uruguay no tiene desperdicio y presenta una jugosa conexión literaria. África fue enviada a París para captar allí a algún uruguayo incauto con el que casarse y así poder entrar en el país sin levantar sospechas. El incauto al que atrapó en su telaraña de seducción no fue otro que el gran Felisberto Hernández. Un bicho raro, pianista y autor de enigmáticas narraciones de corte fantástico como Las hortensias y Nadie encendía las lámparas (si no lo han leído, se lo recomiendo). Felisberto estaba en París con una beca de estudios musicales que apenas le daba para sobrevivir. Reunía colillas para poder fumar. Toda su vida fue un bohemio y un hombre con una relación complicada con las mujeres (se casó cuatro veces y en sus textos se entreven sus conflictos emocionales con el sexo femenino). Una víctima perfecta para una espía en modo femme fatale.

Una vez en Montevideo, el matrimonio duró apenas un año, pero África ya se podía mover por la ciudad sin crear suspicacias. Felisberto se libró de una buena, porque el siguiente marido que se echó la agente soviética —el también espía Giovanni Antonio Bertoni, con el que montó, como tapadera, una tienda de antigüedades— murió en extrañas circunstancias, y todos los indicios apuntan a que ella lo envenenó.

La historia de África de las Heras ya era conocida, pero Mi niñera de la KGB aporta una mirada personal y detalles íntimos del personaje. Es lo que los anglosajones llaman una quest, una indagación siguiendo pesquisas detectivescas. Para escribir el libro, la autora viajó a Ceuta en busca de familiares y a Cambridge en busca de archivos, entre otros lugares. El resultado se lee como una novela… de espías, claro.

Concluida su misión en Latinoamérica, África de las Heras regresó a la URSS en 1967 y la pusieron a formar nuevos agentes en la Lubianka. Le concedieron varias condecoraciones y hasta le dedicaron un sello por los servicios prestados. Lo del sello la emparenta con Kim Philby, que también tuvo el suyo. El sello dedicado a Philby dio pie a un magistral ensayo del poeta Joseph Brodsky, titulado Pieza de coleccionista (incluido en el libro Del dolor y la razón). En él, el premio Nobel reflexiona con deliciosa maldad sobre cómo ese ser infame que fue Philby —el más letal traidor de los llamados Cinco de Cambridge— acabó convertido en un sellito, destino compartido por África de las Heras. Héroes de una causa abyecta ya fracasada, que en el mundo actual han quedado reducidos a meras piezas de coleccionista para filatélicos.

 En el intento de sostener y expandir internacionalmente la revolución soviética, se utilizaron peones de diverso tipo. Estaban, por un lado, los intelectuales —los llamados, con  

En el intento de sostener y expandir internacionalmente la revolución soviética, se utilizaron peones de diverso tipo. Estaban, por un lado, los intelectuales —los llamados, con mucha propiedad, tontos útiles—, que se dedicaron a intoxicar a la juventud occidental con ideales, dogmas y mentiras. Estos eran captados para la causa por personajes como el periodista Ilya Ehrenburg, cuyas interesantes memorias, Gente, años, vida, publicó la editorial Acantilado. Y estaban, por otro lado, los más fanáticos y desaprensivos, a los que se reclutaba para labores de espionaje y sicariato. Uno de los más célebres fue el catalán Ramón Mercader, adoctrinado por su madre Caridad del Río en la fe inquebrantable en Stalin y enviado a abrirle la cabeza con un piolet al traidor Trotski.

La camarada Caridad —cuyo fanatismo sin escrúpulos era equiparable al de La Pasionaria— también formó en esos menesteres a otra española, África de las Heras, protagonista de Mi niñera de la KGB, que acaba de publicar Lumen. La autora es Laura Ramos, a quien debemos el sugestivo ensayo Infernales: la hermandad Brönte (también en Lumen), sobre las famosas hermanas. Su nuevo libro arranca cuando descubre quién era en realidad «la modista María Luisa», que cuidaba de ella y su hermano cuando eran pequeños. El nombre era uno de los muchos alias que utilizó África de las Heras, una gallega (o sea, española), que frecuentaba los círculos de los intelectuales de izquierdas de Montevideo, a los que pertenecían los padres de la escritora.

África de las Heras, nacida en Ceuta, fue reclutada durante la guerra civil por la NKVD (después KGB). En concreto, por uno de los comisarios soviéticos que llegó a España a «asesorar» a la República, el famoso Alexander Orlov (el que organizó el traslado del oro de Moscú), que después, cuando supo que iba a ser purgado por Stalin, desertó y pidió asilo en Estados Unidos.

África pasó por Madrid como modista y la guerra civil la pilló en Barcelona, donde conoció a Caridad y Ramón Mercader. Diversos testimonios la sitúan como miembro de una de las siniestras Patrullas de Control comunistas y de la checa de San Elías, donde ejercía de interrogadora. Según esos mismos testimonios, al parecer la excitación de ejercer la violencia con impunidad vino acompañada del descubrimiento del amor libre, porque mantenía relaciones poliamorosas con todos sus compañeros de patrulla.

Acabada la guerra civil, abandonó España y participó en la primera tentativa de asesinato de Trotski, cuando este vivía refugiado en la famosa Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera. Y durante la Segunda Guerra Mundial, convertida en partisana soviética con el nombre de Patria, se lanzó en paracaídas tras las líneas alemanas en Ucrania.

¿Cómo y por qué acabó esta heroína del pueblo en Montevideo, ejerciendo de espía de Stalin? Allí no había gran cosa que espiar, pero montó una estación de radio desde la que reportar a Moscú y ayudaba en su tránsito hacia Estados Unidos a agentes soviéticos que se infiltraban en ese país enemigo. Su misión era proveerlos de identidades falsas. ¿Cómo lo hacía? El método era un poco macabro: visitaba —con otra mujer a la que había reclutado— cementerios provinciales, en busca de tumbas de niños que hubieran muerto en las fechas adecuadas. Anotaba los nombres y, a partir de ahí, se creaban los documentos para el agente.

La historia de cómo llegó a Uruguay no tiene desperdicio y presenta una jugosa conexión literaria. África fue enviada a París para captar allí a algún uruguayo incauto con el que casarse y así poder entrar en el país sin levantar sospechas. El incauto al que atrapó en su telaraña de seducción no fue otro que el gran Felisberto Hernández. Un bicho raro, pianista y autor de enigmáticas narraciones de corte fantástico como Las hortensias y Nadie encendía las lámparas (si no lo han leído, se lo recomiendo). Felisberto estaba en París con una beca de estudios musicales que apenas le daba para sobrevivir. Reunía colillas para poder fumar. Toda su vida fue un bohemio y un hombre con una relación complicada con las mujeres (se casó cuatro veces y en sus textos se entreven sus conflictos emocionales con el sexo femenino). Una víctima perfecta para una espía en modo femme fatale.

Una vez en Montevideo, el matrimonio duró apenas un año, pero África ya se podía mover por la ciudad sin crear suspicacias. Felisberto se libró de una buena, porque el siguiente marido que se echó la agente soviética —el también espía Giovanni Antonio Bertoni, con el que montó, como tapadera, una tienda de antigüedades— murió en extrañas circunstancias, y todos los indicios apuntan a que ella lo envenenó.

La historia de África de las Heras ya era conocida, pero Mi niñera de la KGB aporta una mirada personal y detalles íntimos del personaje. Es lo que los anglosajones llaman una quest, una indagación siguiendo pesquisas detectivescas. Para escribir el libro, la autora viajó a Ceuta en busca de familiares y a Cambridge en busca de archivos, entre otros lugares. El resultado se lee como una novela… de espías, claro.

Concluida su misión en Latinoamérica, África de las Heras regresó a la URSS en 1967 y la pusieron a formar nuevos agentes en la Lubianka. Le concedieron varias condecoraciones y hasta le dedicaron un sello por los servicios prestados. Lo del sello la emparenta con Kim Philby, que también tuvo el suyo. El sello dedicado a Philby dio pie a un magistral ensayo del poeta Joseph Brodsky, titulado Pieza de coleccionista (incluido en el libro Del dolor y la razón). En él, el premio Nobel reflexiona con deliciosa maldad sobre cómo ese ser infame que fue Philby —el más letal traidor de los llamados Cinco de Cambridge— acabó convertido en un sellito, destino compartido por África de las Heras. Héroes de una causa abyecta ya fracasada, que en el mundo actual han quedado reducidos a meras piezas de coleccionista para filatélicos.

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