Como todos los años por estas fechas, Pamplona se desangra en su propio éxito. Buena parte de la culpa la tiene un escritor estadounidense llamado Ernest Hemingway, que globalizó su semana mayor, los Sanfermines, antes de que se empezara a hablar de globalización. Este año se cumple, además, un siglo justo de su primera novela, Fiesta, que retrata el evento como una peculiar caída a los infiernos de la autenticidad.
La editorial Lumen celebra el aniversario con una nueva edición en español que se postula como necesaria por varias razones. Por un lado, el espléndido prólogo de Amor Towles recuerda que Fiesta se escribió «antes de un gran número de acontecimientos que podrían interferir en nuestra aproximación a la obra de su autor». Hemingway empezó a escribir la novela el 21 de julio de 1925, el día de su vigésimo sexto cumpleaños. Básicamente, antes de que «se hiciera famoso», cuando era solo un «corresponsal extranjero expatriado en París». Esta nueva edición nos invita a poner entre paréntesis todo lo que sabemos sobre lo que sucedió después con Hemingway. El experimento es apasionante.
Nos enfrenta a la primera aproximación a la novela de un joven escritor que cuenta sus andanzas sin esconderse demasiado tras el velo de la ficción. El protagonista y narrador en primera persona, Jake Barnes, es un trasunto casi transparente del autor, si acaso su distancia respecto al resto de personajes, afilada por la impotencia que le inventa, fruto de una herida sufrida en la Primera Guerra Mundial. El resto de personajes apenas se distinguen de los de la pandilla de Hemingway, como desvela convenientemente el prólogo.
La trama se desliza con una fluidez asombrosa. La difícil facilidad de la prosa de Hemingway aparece ya madura desde el primer momento. El traductor de esta edición, Miguel Temprano García, explica en una sucinta nota de dos páginas la necesidad de actualizar un texto que se lee demasiado a menudo en español con traducciones deficientes. Por un lado, al no estar aún bien comprendido el estilo del autor, que después le valdría el Nobel, los traductores «suavizaron, interpretaron o pasaron por alto rasgos esenciales». Además, se «atenuaron o censuraron sin más» aspectos relacionados con «la masculinidad herida» y las «tensiones sexuales».
El resultado es óptimo, aunque el celo del traductor puede haber sido incluso excesivo. En una cata al azar, descubro que el término harlot de la página 50 es traducido aquí con un seco «puta», mientras que una versión de los años 80 de M. Solá para Seix Barral utilizaba un «fulana» bastante más apropiado para el tono irónicamente afectado que despliega el turista de altos vuelos que pronuncia el término para celebrar su incursión en el glamuroso lumpen parisino. «There is an actual harlot», dice entusiasmado. Nada parecido al seco whore.
Generación perdida
Más irónicos o más brutales, los conocidos del protagonista le proporcionan un fascinante arranque a la novela. Aunque se asocie la novela con Pamplona, todo comienza en el París exprimido por los ganadores de la reciente Primera Guerra Mundial. Estadounidenses y británicos hacen del encanto de la Ciudad de la Luz su patio de recreo. Cultos y sofisticados, la mayoría brillantes y todos adictos al hedonismo, quedan retratados por la cita que antecede al texto de la novela: «Sois una generación perdida», atribuida a «Gertrude Stein en una conversación». La protectora de aquellos artistas de tremendo potencial estalló en cierta ocasión ante la insoportable inmadurez de la mayoría de ellos, empeñados en autodestruirse en una borrachera sin fin.
Como explica Towles, el viaje a España se concibe como una búsqueda de autenticidad. Antes de llegar a Pamplona, Jack pasa unos días con su amigo Bill pescando en el Pirineo navarro, en unos capítulos que recibieron importantes críticas en su momento. Algunos los consideraron anticlimáticos, cuando precisamente por eso se convierten en el verdadero corazón, oculto como todo lo valioso, de la historia. Towles subraya el pasaje en el que ambos caminan por el campo «sin apenas cruzar palabra. De pronto, toda la frenética actividad de París queda olvidada. No hay amigos con los que encontrarse, ni música, ni luces, ni celos, ni envidia, ni deseos». Y sostiene que «este interludio es el centro moral de la novela y proporciona a Jake, a Bill y a nosotros un recordatorio de la profunda satisfacción que puede obtenerse de la belleza de la naturaleza, el silencio, una comida sencilla y la compañía de un viejo amigo». Para concluir: «Todo lo cual sirve para que lo que viene después parezca mucho más trágico».
Pamplona en Sanfermines es el desenfreno. Alegría brutal, sin margen para ironías. Towles elige una frase de Jake —«todo acababa volviéndose bastante irreal y parecía como si nada pudiera tener consecuencias», para explicar que «todas las maldades, los peores instintos que se habían reprimido en París —ya fuese por inhibición, convención o negación de uno mismo— por fuerza van a encontrar expresión en Pamplona». Allí se encuentra Jake con el resto de sus amigos. Towles, fascinado por la eficacia de Hemingway en la creación de inmediatez, señala que, de los 19 capítulos de la novela, seis empiezan al despertar el día con una frase similar y cinco de esos capítulos suceden en España. Los personajes se ven atrapados en un laberíntico presente continuo de siete días: «Tuve la sensación de estar en una pesadilla en la que algo se repetía, algo que había vivido y que ahora tenía que volver a vivir», dice Jake tras una noche de juerga.
Y en el centro del laberinto, por supuesto, el minotauro. Hemingway y los toros. Jake presenta los síntomas de esa presunción que conformaba el lado menos amable del escritor. Encantado de conocerse, desprecia a todo el que no es, como él, un «aficionado». Soba el término hasta que empieza a sonar a excusatio non petita. Sin distinguir al «mero» o «simple» aficionado del aficionado «experto», por ejemplo, nos cuenta que, tras «una especie de examen oral espiritual», los aficionados españoles le perdonaban su extranjería y lo hacían uno de los suyos «con la misma mano avergonzada en el hombro, o con un ‘buen hombre’». Desde fuera del legendario narcisismo hemingwayano –con tantos lamentables epígonos entre los más «auténticos» (o sea, pesados) de sus compatriotas–, suena más a vergüenza ajena que otra cosa.
Búsqueda de la autenticidad
Lo que no quita que el escritor detectara la esencia narrativa (de eso sí sabía Hemingway) de la tauromaquia. Towles culmina su prólogo con el apartado Los terrenos del toro. A medida que avanza la semana de San Fermín, el ambiente entre los amigos de Jake se vuelve más irrespirable. Los dados verbales se convierten en puñetazos y la realidad de sus miserias se agiganta. Dice Towles: «Una de las paradojas centrales de Fiesta es que los personajes se vuelven cada vez más sinceros respecto a sus peores impulsos; en realidad, se van acercando al ideal moral de Jake: la autenticidad». Y ahí surge la gran metáfora taurina. Dice Jake: «Siempre que el torero esté en su propio terreno, está relativamente a salvo. Cada vez que entra en los terrenos del toro, corre un gran peligro. Belmonte, en sus mejores días, toreaba siempre en los terrenos del toro».
Esa autenticidad que buscaba Hemingway con la obsesión de un adicto, continúa Towles, consiste en «ponerse en un peligro mortal mientras intentas controlar con valor y elegancia una fuerza de la naturaleza. Jake nos describe una generación de toreros que han aprendido trucos para que parezca que están en los terrenos del toro sin estarlo. Esos toreros ‘se retorcían como sacacorchos, con los codos levantados, y se inclinaban hacia el costado del toro cuando habían pasado los cuernos, para que pareciera más peligroso. Después, todo lo que era falso resultaba malo y producía una sensación desagradable».
A Jake y a Hemingway, sus brillantes amigos les dan bastante asco. La autenticidad era la prueba del nueve de su miseria. El prólogo de esta edición menciona una carta de Hemingway a su madre unos meses después de la publicación de Fiesta. En ella, reconoce que sus personajes se basaban en varios amigos y conocidos que «sin duda estaban devastados, vacíos y rotos por dentro […] y así es como he intentado mostrarlos». Nueve meses antes, se lo había resumido así a su colega mejor dotado tanto para la literatura como para la autodestrucción, Francis Scott Fitzgerald: «La única moraleja es cómo la gente se va al diablo».
Los Sanfermines de la globalización, con una Pamplona a reventar de turistas, tienen menos encanto que los de Fiesta. Las historias de gente que se va al diablo cuando su miseria toca los terrenos del toro siguen atrapadas en un presente continuo: además del centenario de Fiesta, se cumplen 10 años de la violación múltiple de aquella manada.
Como todos los años por estas fechas, Pamplona se desangra en su propio éxito. Buena parte de la culpa la tiene un escritor estadounidense llamado Ernest
Como todos los años por estas fechas, Pamplona se desangra en su propio éxito. Buena parte de la culpa la tiene un escritor estadounidense llamado Ernest Hemingway, que globalizó su semana mayor, los Sanfermines, antes de que se empezara a hablar de globalización. Este año se cumple, además, un siglo justo de su primera novela, Fiesta, que retrata el evento como una peculiar caída a los infiernos de la autenticidad.
La editorial Lumen celebra el aniversario con una nueva edición en español que se postula como necesaria por varias razones. Por un lado, el espléndido prólogo de Amor Towles recuerda que Fiesta se escribió «antes de un gran número de acontecimientos que podrían interferir en nuestra aproximación a la obra de su autor». Hemingway empezó a escribir la novela el 21 de julio de 1925, el día de su vigésimo sexto cumpleaños. Básicamente, antes de que «se hiciera famoso», cuando era solo un «corresponsal extranjero expatriado en París». Esta nueva edición nos invita a poner entre paréntesis todo lo que sabemos sobre lo que sucedió después con Hemingway. El experimento es apasionante.
Nos enfrenta a la primera aproximación a la novela de un joven escritor que cuenta sus andanzas sin esconderse demasiado tras el velo de la ficción. El protagonista y narrador en primera persona, Jake Barnes, es un trasunto casi transparente del autor, si acaso su distancia respecto al resto de personajes, afilada por la impotencia que le inventa, fruto de una herida sufrida en la Primera Guerra Mundial. El resto de personajes apenas se distinguen de los de la pandilla de Hemingway, como desvela convenientemente el prólogo.
La trama se desliza con una fluidez asombrosa. La difícil facilidad de la prosa de Hemingway aparece ya madura desde el primer momento. El traductor de esta edición, Miguel Temprano García, explica en una sucinta nota de dos páginas la necesidad de actualizar un texto que se lee demasiado a menudo en español con traducciones deficientes. Por un lado, al no estar aún bien comprendido el estilo del autor, que después le valdría el Nobel, los traductores «suavizaron, interpretaron o pasaron por alto rasgos esenciales». Además, se «atenuaron o censuraron sin más» aspectos relacionados con «la masculinidad herida» y las «tensiones sexuales».
El resultado es óptimo, aunque el celo del traductor puede haber sido incluso excesivo. En una cata al azar, descubro que el término harlot de la página 50 es traducido aquí con un seco «puta», mientras que una versión de los años 80 de M. Solá para Seix Barral utilizaba un «fulana» bastante más apropiado para el tono irónicamente afectado que despliega el turista de altos vuelos que pronuncia el término para celebrar su incursión en el glamuroso lumpen parisino. «There is an actual harlot», dice entusiasmado. Nada parecido al seco whore.
Más irónicos o más brutales, los conocidos del protagonista le proporcionan un fascinante arranque a la novela. Aunque se asocie la novela con Pamplona, todo comienza en el París exprimido por los ganadores de la reciente Primera Guerra Mundial. Estadounidenses y británicos hacen del encanto de la Ciudad de la Luz su patio de recreo. Cultos y sofisticados, la mayoría brillantes y todos adictos al hedonismo, quedan retratados por la cita que antecede al texto de la novela: «Sois una generación perdida», atribuida a «Gertrude Stein en una conversación». La protectora de aquellos artistas de tremendo potencial estalló en cierta ocasión ante la insoportable inmadurez de la mayoría de ellos, empeñados en autodestruirse en una borrachera sin fin.
Como explica Towles, el viaje a España se concibe como una búsqueda de autenticidad. Antes de llegar a Pamplona, Jack pasa unos días con su amigo Bill pescando en el Pirineo navarro, en unos capítulos que recibieron importantes críticas en su momento. Algunos los consideraron anticlimáticos, cuando precisamente por eso se convierten en el verdadero corazón, oculto como todo lo valioso, de la historia. Towles subraya el pasaje en el que ambos caminan por el campo «sin apenas cruzar palabra. De pronto, toda la frenética actividad de París queda olvidada. No hay amigos con los que encontrarse, ni música, ni luces, ni celos, ni envidia, ni deseos». Y sostiene que «este interludio es el centro moral de la novela y proporciona a Jake, a Bill y a nosotros un recordatorio de la profunda satisfacción que puede obtenerse de la belleza de la naturaleza, el silencio, una comida sencilla y la compañía de un viejo amigo». Para concluir: «Todo lo cual sirve para que lo que viene después parezca mucho más trágico».
Pamplona en Sanfermines es el desenfreno. Alegría brutal, sin margen para ironías. Towles elige una frase de Jake —«todo acababa volviéndose bastante irreal y parecía como si nada pudiera tener consecuencias», para explicar que «todas las maldades, los peores instintos que se habían reprimido en París —ya fuese por inhibición, convención o negación de uno mismo— por fuerza van a encontrar expresión en Pamplona». Allí se encuentra Jake con el resto de sus amigos. Towles, fascinado por la eficacia de Hemingway en la creación de inmediatez, señala que, de los 19 capítulos de la novela, seis empiezan al despertar el día con una frase similar y cinco de esos capítulos suceden en España. Los personajes se ven atrapados en un laberíntico presente continuo de siete días: «Tuve la sensación de estar en una pesadilla en la que algo se repetía, algo que había vivido y que ahora tenía que volver a vivir», dice Jake tras una noche de juerga.
Y en el centro del laberinto, por supuesto, el minotauro. Hemingway y los toros. Jake presenta los síntomas de esa presunción que conformaba el lado menos amable del escritor. Encantado de conocerse, desprecia a todo el que no es, como él, un «aficionado». Soba el término hasta que empieza a sonar a excusatio non petita. Sin distinguir al «mero» o «simple» aficionado del aficionado «experto», por ejemplo, nos cuenta que, tras «una especie de examen oral espiritual», los aficionados españoles le perdonaban su extranjería y lo hacían uno de los suyos «con la misma mano avergonzada en el hombro, o con un ‘buen hombre’». Desde fuera del legendario narcisismo hemingwayano –con tantos lamentables epígonos entre los más «auténticos» (o sea, pesados) de sus compatriotas–, suena más a vergüenza ajena que otra cosa.
Lo que no quita que el escritor detectara la esencia narrativa (de eso sí sabía Hemingway) de la tauromaquia. Towles culmina su prólogo con el apartado Los terrenos del toro. A medida que avanza la semana de San Fermín, el ambiente entre los amigos de Jake se vuelve más irrespirable. Los dados verbales se convierten en puñetazos y la realidad de sus miserias se agiganta. Dice Towles: «Una de las paradojas centrales de Fiesta es que los personajes se vuelven cada vez más sinceros respecto a sus peores impulsos; en realidad, se van acercando al ideal moral de Jake: la autenticidad». Y ahí surge la gran metáfora taurina. Dice Jake: «Siempre que el torero esté en su propio terreno, está relativamente a salvo. Cada vez que entra en los terrenos del toro, corre un gran peligro. Belmonte, en sus mejores días, toreaba siempre en los terrenos del toro».
Esa autenticidad que buscaba Hemingway con la obsesión de un adicto, continúa Towles, consiste en «ponerse en un peligro mortal mientras intentas controlar con valor y elegancia una fuerza de la naturaleza. Jake nos describe una generación de toreros que han aprendido trucos para que parezca que están en los terrenos del toro sin estarlo. Esos toreros ‘se retorcían como sacacorchos, con los codos levantados, y se inclinaban hacia el costado del toro cuando habían pasado los cuernos, para que pareciera más peligroso. Después, todo lo que era falso resultaba malo y producía una sensación desagradable».
A Jake y a Hemingway, sus brillantes amigos les dan bastante asco. La autenticidad era la prueba del nueve de su miseria. El prólogo de esta edición menciona una carta de Hemingway a su madre unos meses después de la publicación de Fiesta. En ella, reconoce que sus personajes se basaban en varios amigos y conocidos que «sin duda estaban devastados, vacíos y rotos por dentro […] y así es como he intentado mostrarlos». Nueve meses antes, se lo había resumido así a su colega mejor dotado tanto para la literatura como para la autodestrucción, Francis Scott Fitzgerald: «La única moraleja es cómo la gente se va al diablo».
Los Sanfermines de la globalización, con una Pamplona a reventar de turistas, tienen menos encanto que los de Fiesta. Las historias de gente que se va al diablo cuando su miseria toca los terrenos del toro siguen atrapadas en un presente continuo: además del centenario de Fiesta, se cumplen 10 años de la violación múltiple de aquella manada.
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