María Belmonte encuentra en la rebeldía una forma de celebrar la vida

¿Qué tienen en común Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder? Aunque pertenecieron a épocas y contextos muy distintos, los cuatro compartieron una misma voluntad de libertad y el valor de poner en solfa las normas sociales para vivir según sus propias convicciones.

En su nuevo libro, Almas libres y joviales. Inconformistas, rebeldes y «outsiders» (Acantilado, 2026), María Belmonte (Bilbao, 1953) reconstruye sus vidas y explora qué significa ser libre, desafiar las expectativas ajenas y mantener la curiosidad y la alegría incluso ante las dificultades. A través de estas cuatro figuras, la escritora reivindica la rebeldía, el sentido del humor y el juego como formas de cuestionar las convenciones y abrir nuevas posibilidades de vida.

THE OBJECTIVE ha conversado con Belmonte sobre el precio de la libertad, la importancia de desprenderse de los modelos impuestos y la diferencia entre la rebeldía auténtica y la simple oposición a las normas. Una conversación que también aborda el poder de la jovialidad, nuestra relación con la naturaleza y la necesidad de recuperar la lentitud y la capacidad de asombro en una sociedad marcada por la prisa y la productividad constante.

PREGUNTA- En el prólogo cuenta que la expresión «almas libres y joviales», anotada tiempo atrás en uno de sus cuadernos, fue la semilla de este libro. ¿Qué había en su propia vida o en sus lecturas para que aquellas palabras le calaran tan hondo?

RESPUESTA- Cuando terminas y entregas un libro y deseas comenzar otro, pones tu mente a buscar un tema que te seduzca lo suficiente para dedicarle tus energías en los próximos dos o tres años. Cruzarme con esa expresión, «almas libres y joviales», tomada de un libro sobre Nietzsche, provocó en mí una imagen juguetona y llena de ligereza que me llevó a desentrañarla. Todavía puedo sentir la sensación de energía vital que me transmitía. Me pareció una llamada a mantener la frescura y la rebeldía frente a las rigideces del mundo, algo con lo que me gustaría contar en mi propia vida. Ahora bien, al sentarme a escribir no me propuse el libro como una búsqueda personal de respuestas vitales, sino como un homenaje a esas personas que llevaron —una de ellas lo sigue haciendo— una vida admirable y valiente y a las que considero mis maestros.

P.- El título del libro reúne dos palabras que no siempre asociamos: libertad y jovialidad. Sus protagonistas conocieron el dolor, la soledad y el conflicto, de modo que esa jovialidad no parece equivaler a una felicidad permanente. ¿Cómo se llega a transformar el peso de la existencia en una forma de juego sin trivializar el sufrimiento? ¿Es la jovialidad una manera de reconciliarse con la vida incluso cuando esta no responde a nuestras expectativas?

R.- «Jovialidad» es un término poco utilizado, es verdad, y sin embargo, jovial y jovialidad son palabras muy bellas que desprenden energía. Es un estado de ánimo que denota alegría, apacibilidad, actitud festiva e incluso serenidad; se relaciona con el planeta Júpiter, Jovis para los latinos. Pero la jovialidad para Nietzsche es una alegría ética que proviene de la aceptación dionisíaca de la vida, con sus luces y sus sombras; no es el goce cómodo y satisfactorio, sino, como escribió en El nacimiento de la tragedia, la jovialidad griega entendida como «manchas luminosas para curar la vista lastimada por la noche horripilante». En ese sentido, la jovialidad es una aspiración vital, un principio de celebración, la capacidad de bailar sobre el abismo y de transformar el peso de la existencia en una forma de juego. Y eso es lo que hicieron los personajes de este libro.

P.- Plantea que la libertad no es algo que poseamos de nacimiento, sino algo que se conquista mediante el autoconocimiento y la voluntad. Al leer las vidas de estos cuatro personajes, parece que esa conquista exige primero desprenderse de muchas ideas que uno ha heredado sobre cómo debe vivir. ¿Hasta qué punto ser libre implica dejar de reconocerse en la persona que los demás esperan que seamos?

R.- Ese es precisamente el núcleo de Almas libres y joviales. Mis cuatro personajes se plantearon qué otra forma de existencia era posible, aunque demuestran que la libertad tiene un precio: defraudar las expectativas ajenas al dejar de encajar en el molde que otros diseñaron para nosotros. George Sand rompió radicalmente con el molde de la mujer burguesa del siglo XIX. Edward Lear abrazó el nonsense [lit.: «sinsentido»] y una vida nómada lejos de la rigidez de la sociedad victoriana. Gary Snyder abandonó las expectativas de la América del progreso y el consumo para retirarse a los bosques y vivir bajo los parámetros de la contracultura y la ecología profunda. Y Nietzsche lo dejó claro: la libertad no es un estado cómodo, es una conquista que empieza por el desaprendizaje. Ser libre implica asumir el riesgo de no ser reconocido ni aceptado por los demás porque solo cuando te desprendes de la persona que «debes ser» tienes espacio para descubrir quién eres realmente.

P.- Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder pertenecen a épocas, países y disciplinas muy diferentes. Sin embargo, usted los sienta simbólicamente a la misma mesa. Más allá de su condición de inconformistas, ¿qué hilo invisible los une? ¿Descubrió, al investigar sus vidas, una concepción compartida de la libertad que quizá ellos mismos no habrían sabido formular? ¿Por qué quiso juntarles justamente a ellos?

R.- Es cierto que habitan mapas y épocas distintas, pero el hilo invisible que los une —creo— es su forma de estar en el mundo: una frescura de espíritu ganada a pulso. Su libertad fue una conquista frente a la enfermedad, el exilio, la rigidez social o la incomprensión; para ellos era una práctica diaria de desapego, curiosidad y juego. Quise sentarlos a la misma mesa precisamente por eso, para demostrar que esa «jovialidad del alma» no entiende de fronteras ni de siglos y que un poeta zen del siglo XX y una escritora romántica en el XIX pueden ser, en esencia, almas gemelas.

P.- La ruptura de Nietzsche con Wagner no fue solo un desacuerdo personal o intelectual: formó parte de un proceso de separación respecto a una figura que había ejercido una enorme influencia sobre él. A ello se suma su experiencia en el sur de Italia, que ocupa un lugar significativo en su camino hacia la independencia. ¿Hasta qué punto necesitamos cuestionar o incluso abandonar a nuestros maestros y referentes para empezar a pensar por nosotros mismos?

R.- Es indispensable. De hecho, el propio Nietzsche lo dejó escrito en Así habló Zaratustra: «Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo». La ruptura con Wagner y la huida hacia el sur de Italia representan el tránsito de la sumisión al autodescubrimiento. Bajo la luz mediterránea, Nietzsche cambió la pesadez germánica por la jovialidad. Allí encontró la fuerza necesaria para matar simbólicamente al maestro y encontrar, al fin, su propia voz.

P.- George Sand no se limitó a defender la libertad en sus escritos: la llevó a su manera de vestir, de amar y de ejercer una profesión que le permitió conquistar independencia. En su caso, la rebeldía afectaba a la propia identidad y a las normas que determinaban qué podía hacer una mujer. ¿Qué nos dice su experiencia sobre la diferencia entre proclamar la libertad y poder ejercerla realmente?

R.- Lo que más me impresionó al reconstruir su vida fue el peso de su esfuerzo cotidiano y su negativa radical a pedir disculpas por ser libre. Mantener el desafío a las convenciones día tras día, frente a la familia, la crítica y la sociedad, exige una resistencia casi sobrehumana. Sand nos enseña que la libertad no es una proclama teórica, sino física, que exige coraje; lo demostró en la disciplina de escribir cada noche hasta la madrugada para ganar el dinero que le permitía ser independiente, vestir pantalones para moverse libremente por París o en la valentía de amar sin pedir permiso a nadie.

P.- En Edward Lear, un personaje muy interesante, el nonsense parece invertir la lógica del mundo adulto: lo disparatado, lo ilógico y lo aparentemente inútil abren un espacio de libertad frente a la solemnidad y las convenciones. ¿Puede el humor revelar verdades que el pensamiento serio, precisamente por tomarse demasiado en serio, deja escapar?

R.- Sin ninguna duda; a veces el humor es el único camino para llegar a ciertas verdades. El pensamiento serio y solemne tiende a construir muros, categorías e instituciones rígidas que nos encorsetan. El nonsense de Edward Lear dinamita de forma lúdica esas estructuras. Al invertir la lógica del mundo adulto, nos demuestra que muchas de las reglas que consideramos sagradas son, en realidad, ficciones absurdas. El humor y el disparate revelan la verdad de nuestra vulnerabilidad, de nuestra soledad y de nuestra necesidad de juego. Tomarse demasiado en serio es una forma de ceguera; la jovialidad de Lear, en cambio, utiliza el absurdo como una linterna para alumbrar lo que la seriedad y la pompa de su época victoriana preferían esconder bajo la alfombra. Nietzsche decía que la madurez del hombre es «volver a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño». Edward Lear llevó esto al extremo con su nonsense.

P.- Gary Snyder representa una forma de libertad que no pasa únicamente por emanciparse de las convenciones sociales, sino también por revisar nuestra relación con la naturaleza y con el lugar que ocupamos en el mundo. En una sociedad que identifica con frecuencia el progreso con el dominio del entorno, ¿qué significa para Snyder recuperar el contacto con lo salvaje? ¿Se trata de escapar de la civilización o de aprender a vivir en ella sin perder nuestra pertenencia al mundo natural?

R.- Para Gary Snyder, recuperar el contacto con lo salvaje nunca ha significado escapar de la civilización, sino aprender a vivir en ella con una conciencia completamente distinta. Él no propone una huida ingenua al bosque, sino un arraigo profundo: recordar que formamos parte de una red de vida interconectada. Lo salvaje para Snyder es el orden natural en su estado más puro y sabio. Frente a una sociedad obsesionada con el progreso basado en el dominio y la explotación de la tierra, la propuesta de Snyder es un acto de humildad y de cordura que invita a redescubrir nuestra pertenencia al mundo. La jovialidad en su caso nace de esa libertad de sabernos en casa, integrados en el paisaje y no como meros consumidores o explotadores de él. Y su definición de contracultura es precisamente eso: «decrecimiento».

P.- En el libro, la jovialidad parece estar ligada a la capacidad de jugar, experimentar y no aceptar como inamovibles las reglas del mundo. Esa disposición adopta formas distintas en Nietzsche y Lear, pero en ambos invita a desconfiar de la rigidez. ¿Qué puede enseñarnos el juego sobre nosotros mismos que no aprendemos mediante el razonamiento o la disciplina? ¿Y por qué cree que, al hacernos adultos, tendemos a relegarlo a algo secundario, como si jugar fuese incompatible con tomarse la vida en serio?

R.- El juego nos enseña algo fundamental: que las reglas del mundo no son verdades absolutas, sino construcciones que podemos transformar. Mientras que la disciplina y el razonamiento nos adaptan a la realidad tal y como es, el juego nos da el superpoder de imaginar cómo podría ser. Nos devuelve la flexibilidad. Al hacernos adultos, tendemos a relegarlo porque la sociedad identifica la madurez con la productividad, el control y la gravedad. Nos enseñan que para ser respetables debemos ser solemnes. Sin embargo, es un tremendo error confundir la seriedad con la rigidez: se puede tomar la vida muy en serio y, precisamente por eso, abordarla desde el juego. El juego es el espacio donde el adulto ensaya su libertad y mantiene el espíritu joven, recordándonos que la vida es un territorio abierto a la experimentación y no un guion ya escrito.

P.- Al recorrer estas cuatro vidas, uno podría pensar que la libertad consiste en desafiar las normas. Pero ser inconformista no significa necesariamente tener razón, y la rebeldía también puede convertirse en otra forma de dependencia: la de necesitar oponerse siempre a alguien. ¿Cómo distinguiría usted la rebeldía que nace de una convicción profunda de aquella que acaba siendo una pose? ¿Puede llegar un momento en que la verdadera libertad consista, precisamente, en dejar de rebelarse?

R.- Esa distinción es fundamental. La rebeldía que es solo una pose o una necesidad obsesiva de llevar la contraria sigue estando encadenada al otro; depende de lo que dicte la norma para reaccionar en su contra, lo cual no es verdadera libertad. En cambio, la rebeldía genuina de la que hablo no nace del odio o del resentimiento hacia las reglas, sino del amor irrenunciable a una verdad interior. No busca epatar ni provocar por sistema, sino proteger un espacio de autenticidad. Por eso, respondiendo a su pregunta, la verdadera libertad llega precisamente cuando dejas de rebelarte contra el mundo para empezar a vivir desde ti mismo. Cuando tu brújula es tu propia alegría ética y tu creatividad, y no la simple oposición a lo establecido, la rebeldía deja de ser necesaria porque ya has conquistado tu propia soberanía.

P.- En este libro se ha convertido casi en una detective de viajes, siguiendo las pistas de sus protagonistas. ¿Hubo algún viaje en el que una anécdota, un paisaje o algún imprevisto le hiciera pensar: «Ahora entiendo por qué este personaje era así»?

R.- En mi primer libro, Peregrinos de la belleza, cada capítulo concluía con un viaje a los lugares en los que los personajes habían vivido, sufrido, disfrutado y amado; todos ellos lugares mediterráneos. Después de pasar meses sumergida en sus vidas, sentía la necesidad de hacerlo y era una manera de poner un broche a sus biografías. En Almas libres y joviales he repetido la fórmula y también esos viajes tras sus huellas me han deparado momentos muy gozosos. Fui a Sorrento un mes de noviembre siguiendo la estela de Nietzsche y tuve una experiencia maravillosa bañándome en una villa romana cantada por el poeta Estacio, o la visita que hice a la casa de George Sand en Nohant culminó con una auténtica grande bouffe en un restaurante local rodeada de admiradores de la escritora. Esos viajes son el premio que me concedo a mí misma al terminar el libro y procuro transmitir al lector todo el placer que me procuran.

P.- Si Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder compartieran hoy nuestra mesa, ¿qué aspectos de nuestra forma de vivir cree que cuestionarían primero? Y, después de acompañarlos durante la escritura de este libro, ¿qué cree que nos pedirían que cambiáramos en nuestra propia vida?

R.- Creo que lo primero que cuestionarían sería nuestra desconexión de la naturaleza y nuestra prisa. Les llamaría la atención cómo nos hemos convertido en esclavos de las pantallas, de la productividad constante y de una hiperconectividad que, paradójicamente, nos aísla de la naturaleza y de nosotros mismos. Después de pasar tanto tiempo habitando sus biografías, estoy segura de que no nos pedirían grandes revoluciones políticas, sino un cambio de escala en nuestra vida cotidiana. Nos pedirían que recuperáramos la lentitud, la capacidad de asombro ante las cosas pequeñas y el coraje de defender nuestros propios espacios de libertad. En definitiva, nos invitarían a cultivar el silencio para volver a escuchar nuestra propia música interior.

 ¿Qué tienen en común Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder? Aunque pertenecieron a épocas y contextos muy distintos, los cuatro compartieron una misma voluntad  

¿Qué tienen en común Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder? Aunque pertenecieron a épocas y contextos muy distintos, los cuatro compartieron una misma voluntad de libertad y el valor de poner en solfa las normas sociales para vivir según sus propias convicciones.

En su nuevo libro, Almas libres y joviales. Inconformistas, rebeldes y «outsiders» (Acantilado, 2026), María Belmonte (Bilbao, 1953) reconstruye sus vidas y explora qué significa ser libre, desafiar las expectativas ajenas y mantener la curiosidad y la alegría incluso ante las dificultades. A través de estas cuatro figuras, la escritora reivindica la rebeldía, el sentido del humor y el juego como formas de cuestionar las convenciones y abrir nuevas posibilidades de vida.

THE OBJECTIVE ha conversado con Belmonte sobre el precio de la libertad, la importancia de desprenderse de los modelos impuestos y la diferencia entre la rebeldía auténtica y la simple oposición a las normas. Una conversación que también aborda el poder de la jovialidad, nuestra relación con la naturaleza y la necesidad de recuperar la lentitud y la capacidad de asombro en una sociedad marcada por la prisa y la productividad constante.

PREGUNTA- En el prólogo cuenta que la expresión «almas libres y joviales», anotada tiempo atrás en uno de sus cuadernos, fue la semilla de este libro. ¿Qué había en su propia vida o en sus lecturas para que aquellas palabras le calaran tan hondo?

RESPUESTA- Cuando terminas y entregas un libro y deseas comenzar otro, pones tu mente a buscar un tema que te seduzca lo suficiente para dedicarle tus energías en los próximos dos o tres años. Cruzarme con esa expresión, «almas libres y joviales», tomada de un libro sobre Nietzsche, provocó en mí una imagen juguetona y llena de ligereza que me llevó a desentrañarla. Todavía puedo sentir la sensación de energía vital que me transmitía. Me pareció una llamada a mantener la frescura y la rebeldía frente a las rigideces del mundo, algo con lo que me gustaría contar en mi propia vida. Ahora bien, al sentarme a escribir no me propuse el libro como una búsqueda personal de respuestas vitales, sino como un homenaje a esas personas que llevaron —una de ellas lo sigue haciendo— una vida admirable y valiente y a las que considero mis maestros.

P.- El título del libro reúne dos palabras que no siempre asociamos: libertad y jovialidad. Sus protagonistas conocieron el dolor, la soledad y el conflicto, de modo que esa jovialidad no parece equivaler a una felicidad permanente. ¿Cómo se llega a transformar el peso de la existencia en una forma de juego sin trivializar el sufrimiento? ¿Es la jovialidad una manera de reconciliarse con la vida incluso cuando esta no responde a nuestras expectativas?

R.- «Jovialidad» es un término poco utilizado, es verdad, y sin embargo, jovial y jovialidad son palabras muy bellas que desprenden energía. Es un estado de ánimo que denota alegría, apacibilidad, actitud festiva e incluso serenidad; se relaciona con el planeta Júpiter, Jovis para los latinos. Pero la jovialidad para Nietzsche es una alegría ética que proviene de la aceptación dionisíaca de la vida, con sus luces y sus sombras; no es el goce cómodo y satisfactorio, sino, como escribió en El nacimiento de la tragedia, la jovialidad griega entendida como «manchas luminosas para curar la vista lastimada por la noche horripilante». En ese sentido, la jovialidad es una aspiración vital, un principio de celebración, la capacidad de bailar sobre el abismo y de transformar el peso de la existencia en una forma de juego. Y eso es lo que hicieron los personajes de este libro.

P.- Plantea que la libertad no es algo que poseamos de nacimiento, sino algo que se conquista mediante el autoconocimiento y la voluntad. Al leer las vidas de estos cuatro personajes, parece que esa conquista exige primero desprenderse de muchas ideas que uno ha heredado sobre cómo debe vivir. ¿Hasta qué punto ser libre implica dejar de reconocerse en la persona que los demás esperan que seamos?

R.- Ese es precisamente el núcleo de Almas libres y joviales. Mis cuatro personajes se plantearon qué otra forma de existencia era posible, aunque demuestran que la libertad tiene un precio: defraudar las expectativas ajenas al dejar de encajar en el molde que otros diseñaron para nosotros. George Sand rompió radicalmente con el molde de la mujer burguesa del siglo XIX. Edward Lear abrazó el nonsense [lit.: «sinsentido»] y una vida nómada lejos de la rigidez de la sociedad victoriana. Gary Snyder abandonó las expectativas de la América del progreso y el consumo para retirarse a los bosques y vivir bajo los parámetros de la contracultura y la ecología profunda. Y Nietzsche lo dejó claro: la libertad no es un estado cómodo, es una conquista que empieza por el desaprendizaje. Ser libre implica asumir el riesgo de no ser reconocido ni aceptado por los demás porque solo cuando te desprendes de la persona que «debes ser» tienes espacio para descubrir quién eres realmente.

P.- Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder pertenecen a épocas, países y disciplinas muy diferentes. Sin embargo, usted los sienta simbólicamente a la misma mesa. Más allá de su condición de inconformistas, ¿qué hilo invisible los une? ¿Descubrió, al investigar sus vidas, una concepción compartida de la libertad que quizá ellos mismos no habrían sabido formular? ¿Por qué quiso juntarles justamente a ellos?

R.- Es cierto que habitan mapas y épocas distintas, pero el hilo invisible que los une —creo— es su forma de estar en el mundo: una frescura de espíritu ganada a pulso. Su libertad fue una conquista frente a la enfermedad, el exilio, la rigidez social o la incomprensión; para ellos era una práctica diaria de desapego, curiosidad y juego. Quise sentarlos a la misma mesa precisamente por eso, para demostrar que esa «jovialidad del alma» no entiende de fronteras ni de siglos y que un poeta zen del siglo XX y una escritora romántica en el XIX pueden ser, en esencia, almas gemelas.

P.- La ruptura de Nietzsche con Wagner no fue solo un desacuerdo personal o intelectual: formó parte de un proceso de separación respecto a una figura que había ejercido una enorme influencia sobre él. A ello se suma su experiencia en el sur de Italia, que ocupa un lugar significativo en su camino hacia la independencia. ¿Hasta qué punto necesitamos cuestionar o incluso abandonar a nuestros maestros y referentes para empezar a pensar por nosotros mismos?

R.- Es indispensable. De hecho, el propio Nietzsche lo dejó escrito en Así habló Zaratustra: «Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo». La ruptura con Wagner y la huida hacia el sur de Italia representan el tránsito de la sumisión al autodescubrimiento. Bajo la luz mediterránea, Nietzsche cambió la pesadez germánica por la jovialidad. Allí encontró la fuerza necesaria para matar simbólicamente al maestro y encontrar, al fin, su propia voz.

P.- George Sand no se limitó a defender la libertad en sus escritos: la llevó a su manera de vestir, de amar y de ejercer una profesión que le permitió conquistar independencia. En su caso, la rebeldía afectaba a la propia identidad y a las normas que determinaban qué podía hacer una mujer. ¿Qué nos dice su experiencia sobre la diferencia entre proclamar la libertad y poder ejercerla realmente?

R.- Lo que más me impresionó al reconstruir su vida fue el peso de su esfuerzo cotidiano y su negativa radical a pedir disculpas por ser libre. Mantener el desafío a las convenciones día tras día, frente a la familia, la crítica y la sociedad, exige una resistencia casi sobrehumana. Sand nos enseña que la libertad no es una proclama teórica, sino física, que exige coraje; lo demostró en la disciplina de escribir cada noche hasta la madrugada para ganar el dinero que le permitía ser independiente, vestir pantalones para moverse libremente por París o en la valentía de amar sin pedir permiso a nadie.

P.- En Edward Lear, un personaje muy interesante, el nonsense parece invertir la lógica del mundo adulto: lo disparatado, lo ilógico y lo aparentemente inútil abren un espacio de libertad frente a la solemnidad y las convenciones. ¿Puede el humor revelar verdades que el pensamiento serio, precisamente por tomarse demasiado en serio, deja escapar?

R.- Sin ninguna duda; a veces el humor es el único camino para llegar a ciertas verdades. El pensamiento serio y solemne tiende a construir muros, categorías e instituciones rígidas que nos encorsetan. El nonsense de Edward Lear dinamita de forma lúdica esas estructuras. Al invertir la lógica del mundo adulto, nos demuestra que muchas de las reglas que consideramos sagradas son, en realidad, ficciones absurdas. El humor y el disparate revelan la verdad de nuestra vulnerabilidad, de nuestra soledad y de nuestra necesidad de juego. Tomarse demasiado en serio es una forma de ceguera; la jovialidad de Lear, en cambio, utiliza el absurdo como una linterna para alumbrar lo que la seriedad y la pompa de su época victoriana preferían esconder bajo la alfombra. Nietzsche decía que la madurez del hombre es «volver a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño». Edward Lear llevó esto al extremo con su nonsense.

P.- Gary Snyder representa una forma de libertad que no pasa únicamente por emanciparse de las convenciones sociales, sino también por revisar nuestra relación con la naturaleza y con el lugar que ocupamos en el mundo. En una sociedad que identifica con frecuencia el progreso con el dominio del entorno, ¿qué significa para Snyder recuperar el contacto con lo salvaje? ¿Se trata de escapar de la civilización o de aprender a vivir en ella sin perder nuestra pertenencia al mundo natural?

R.- Para Gary Snyder, recuperar el contacto con lo salvaje nunca ha significado escapar de la civilización, sino aprender a vivir en ella con una conciencia completamente distinta. Él no propone una huida ingenua al bosque, sino un arraigo profundo: recordar que formamos parte de una red de vida interconectada. Lo salvaje para Snyder es el orden natural en su estado más puro y sabio. Frente a una sociedad obsesionada con el progreso basado en el dominio y la explotación de la tierra, la propuesta de Snyder es un acto de humildad y de cordura que invita a redescubrir nuestra pertenencia al mundo. La jovialidad en su caso nace de esa libertad de sabernos en casa, integrados en el paisaje y no como meros consumidores o explotadores de él. Y su definición de contracultura es precisamente eso: «decrecimiento».

P.- En el libro, la jovialidad parece estar ligada a la capacidad de jugar, experimentar y no aceptar como inamovibles las reglas del mundo. Esa disposición adopta formas distintas en Nietzsche y Lear, pero en ambos invita a desconfiar de la rigidez. ¿Qué puede enseñarnos el juego sobre nosotros mismos que no aprendemos mediante el razonamiento o la disciplina? ¿Y por qué cree que, al hacernos adultos, tendemos a relegarlo a algo secundario, como si jugar fuese incompatible con tomarse la vida en serio?

R.- El juego nos enseña algo fundamental: que las reglas del mundo no son verdades absolutas, sino construcciones que podemos transformar. Mientras que la disciplina y el razonamiento nos adaptan a la realidad tal y como es, el juego nos da el superpoder de imaginar cómo podría ser. Nos devuelve la flexibilidad. Al hacernos adultos, tendemos a relegarlo porque la sociedad identifica la madurez con la productividad, el control y la gravedad. Nos enseñan que para ser respetables debemos ser solemnes. Sin embargo, es un tremendo error confundir la seriedad con la rigidez: se puede tomar la vida muy en serio y, precisamente por eso, abordarla desde el juego. El juego es el espacio donde el adulto ensaya su libertad y mantiene el espíritu joven, recordándonos que la vida es un territorio abierto a la experimentación y no un guion ya escrito.

P.- Al recorrer estas cuatro vidas, uno podría pensar que la libertad consiste en desafiar las normas. Pero ser inconformista no significa necesariamente tener razón, y la rebeldía también puede convertirse en otra forma de dependencia: la de necesitar oponerse siempre a alguien. ¿Cómo distinguiría usted la rebeldía que nace de una convicción profunda de aquella que acaba siendo una pose? ¿Puede llegar un momento en que la verdadera libertad consista, precisamente, en dejar de rebelarse?

R.- Esa distinción es fundamental. La rebeldía que es solo una pose o una necesidad obsesiva de llevar la contraria sigue estando encadenada al otro; depende de lo que dicte la norma para reaccionar en su contra, lo cual no es verdadera libertad. En cambio, la rebeldía genuina de la que hablo no nace del odio o del resentimiento hacia las reglas, sino del amor irrenunciable a una verdad interior. No busca epatar ni provocar por sistema, sino proteger un espacio de autenticidad. Por eso, respondiendo a su pregunta, la verdadera libertad llega precisamente cuando dejas de rebelarte contra el mundo para empezar a vivir desde ti mismo. Cuando tu brújula es tu propia alegría ética y tu creatividad, y no la simple oposición a lo establecido, la rebeldía deja de ser necesaria porque ya has conquistado tu propia soberanía.

P.- En este libro se ha convertido casi en una detective de viajes, siguiendo las pistas de sus protagonistas. ¿Hubo algún viaje en el que una anécdota, un paisaje o algún imprevisto le hiciera pensar: «Ahora entiendo por qué este personaje era así»?

R.- En mi primer libro, Peregrinos de la belleza, cada capítulo concluía con un viaje a los lugares en los que los personajes habían vivido, sufrido, disfrutado y amado; todos ellos lugares mediterráneos. Después de pasar meses sumergida en sus vidas, sentía la necesidad de hacerlo y era una manera de poner un broche a sus biografías. En Almas libres y joviales he repetido la fórmula y también esos viajes tras sus huellas me han deparado momentos muy gozosos. Fui a Sorrento un mes de noviembre siguiendo la estela de Nietzsche y tuve una experiencia maravillosa bañándome en una villa romana cantada por el poeta Estacio, o la visita que hice a la casa de George Sand en Nohant culminó con una auténtica grande bouffe en un restaurante local rodeada de admiradores de la escritora. Esos viajes son el premio que me concedo a mí misma al terminar el libro y procuro transmitir al lector todo el placer que me procuran.

P.- Si Nietzsche, George Sand, Edward Lear y Gary Snyder compartieran hoy nuestra mesa, ¿qué aspectos de nuestra forma de vivir cree que cuestionarían primero? Y, después de acompañarlos durante la escritura de este libro, ¿qué cree que nos pedirían que cambiáramos en nuestra propia vida?

R.- Creo que lo primero que cuestionarían sería nuestra desconexión de la naturaleza y nuestra prisa. Les llamaría la atención cómo nos hemos convertido en esclavos de las pantallas, de la productividad constante y de una hiperconectividad que, paradójicamente, nos aísla de la naturaleza y de nosotros mismos. Después de pasar tanto tiempo habitando sus biografías, estoy segura de que no nos pedirían grandes revoluciones políticas, sino un cambio de escala en nuestra vida cotidiana. Nos pedirían que recuperáramos la lentitud, la capacidad de asombro ante las cosas pequeñas y el coraje de defender nuestros propios espacios de libertad. En definitiva, nos invitarían a cultivar el silencio para volver a escuchar nuestra propia música interior.

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