Tal vez esté feo que yo lo diga, porque he publicado allí dos o tres cosas, pero La Veleta es, sin posibilidad aceptable de discusión, la colección de poesía más bonita de España, aparte de, de nuevo sin duda, la más extraña, la más especial, la más insólita por intermitente y por paciente, la más misteriosa incluso para quienes estamos muy implicados.
Andrés Trapiello cuenta en El tejado de vidrio, el tercer volumen de su Salón de Pasos Perdidos, cómo se puso en contacto con él un juez de Granada, Miguel Ángel del Arco Torres, para proponerle fundar en su editorial, Comares, especializada en temas de Derecho, una serie de libros de poesía que continuase lo que Trapiello y Valentín Zapatero habían ido haciendo en la por entonces recién clausurada Trieste. La negociación fue extraña pero rápida, y pronto Trapiello pudo aparcar Sterling, un proyecto que no llegó a dar ningún fruto, es decir, ningún libro, para trasladar sus demostrados talentos tipográficos y editoriales al polígono de Comares, en un lugar estrafalariamente llamado Peligros.
Existe documentación efímera (que suele ser la que más dura) que contiene sobres, tarjetas con membrete y, sobre todo, pequeños catálogos en los que ya se anunciaban los primeros libros de La Veleta (y que incluían títulos que jamás salieron). Desde el número 1, que rescató en 1990 las poesías completas de Luis Pimentel, hasta hoy, cuando se ha publicado el número 100 de la colección —una antología de la selección y «versión» que Carlos Pujol hizo de los sublimes poemas de Emily Dickinson—, en La Veleta se han publicado verdaderos acontecimientos minoritarios, como la recuperación de La España negra, de José Gutiérrez Solana; Café des exilés, de Juan Manuel Bonet; Praga, del checo Pavel Hrádok, o la primera reunión de los poemas del pintor Ramón Gaya. Y para quienes adoramos los detalles de buen gusto que mejoran los libros sin empantanarlos, conviene recordar que, si bien la serie de prosa (en la que han salido 43 libros hasta hoy) no los luce, en la de poesía todos los números traen en la página 4 una veleta dibujada por nombres tan principales como los del citado Gaya, Miquel Barceló, Carmen Laffon, Carlos García Alix, Miguel Galano, Dis Berlín, Alejandro Corujeira, Ginés Liébana, Alvar Haro, Cristina Almodóvar, Juan Navarro Baldeweg, Javier Pagola o Carmen Bueno. Algún día habría que hacer una exposición que reuniera los originales de todas ellas, junto a los diferentes materiales relacionados con la colección y, por supuesto, los libros.
Yo tengo en casa media Billy dedicada a custodiar, juntos y por orden, los libros de La Veleta, y han sido muchos los amigos que, al ver aquello allí, han exclamado: «¿Y eso? Pero qué bonito es eso…». Es una reacción inevitable en cualquiera que tenga un poco de sensibilidad libresca. Y no es que en España la poesía se haya editado generalmente mal, como sostiene Trapiello: es que, por muchos antecedentes admirables que haya, La Veleta siempre destacará enseguida como algo llamativamente diferente.
Alguna vez han llegado a pasar tres o cuatro años sin que aparezca ninguna veleta, y algunos amigos me preguntaban si la colección era ya cosa acabada, arrumbada por la cantidad de distracciones y obligaciones que nos apartan de lo que probablemente más nos gusta. Pero no: La Veleta siempre ha estado allí, activa o agazapada, hibernando o en circulación, secreta pero accesible para quienes sepan buscarla y la merezcan. Y antes de que termine este 2026 se publicarán los poemas de Ugo Foscolo, traducidos por Victoria León, y después, nuevos libros de Francisco Sánchez Bellón, Rafael Adolfo Téllez o Fermín Herrero… Y se siguen tramando nuevas posibilidades, tanteando nuevos tomos de poemas reunidos, ojeando poetas jóvenes que compartan el espíritu no viejo, sino intemporal, del asunto.
No se sabe hasta cuándo, pero sí que, de momento, La Veleta sigue girando con los nuevos aires, y es de verdad bonito que exista algo así: tan cuidado, tan distinto, tan gratuito en el mejor sentido, hecho por placer y por amor, con tiempo y sin demasiados beneficios que no sean los de la satisfacción por el trabajo bien hecho y el gusto de que siga existiendo algo así en un mundo que vive tan exageradamente de espaldas a la poesía cocinada muy despacio, con mimo, con gestos de otro tiempo.
Tal vez esté feo que yo lo diga, porque he publicado allí dos o tres cosas, pero La Veleta es, sin posibilidad aceptable de discusión, la
Tal vez esté feo que yo lo diga, porque he publicado allí dos o tres cosas, pero La Veleta es, sin posibilidad aceptable de discusión, la colección de poesía más bonita de España, aparte de, de nuevo sin duda, la más extraña, la más especial, la más insólita por intermitente y por paciente, la más misteriosa incluso para quienes estamos muy implicados.
Andrés Trapiello cuenta en El tejado de vidrio, el tercer volumen de su Salón de Pasos Perdidos, cómo se puso en contacto con él un juez de Granada, Miguel Ángel del Arco Torres, para proponerle fundar en su editorial, Comares, especializada en temas de Derecho, una serie de libros de poesía que continuase lo que Trapiello y Valentín Zapatero habían ido haciendo en la por entonces recién clausurada Trieste. La negociación fue extraña pero rápida, y pronto Trapiello pudo aparcar Sterling, un proyecto que no llegó a dar ningún fruto, es decir, ningún libro, para trasladar sus demostrados talentos tipográficos y editoriales al polígono de Comares, en un lugar estrafalariamente llamado Peligros.
Existe documentación efímera (que suele ser la que más dura) que contiene sobres, tarjetas con membrete y, sobre todo, pequeños catálogos en los que ya se anunciaban los primeros libros de La Veleta (y que incluían títulos que jamás salieron). Desde el número 1, que rescató en 1990 las poesías completas de Luis Pimentel, hasta hoy, cuando se ha publicado el número 100 de la colección —una antología de la selección y «versión» que Carlos Pujol hizo de los sublimes poemas de Emily Dickinson—, en La Veleta se han publicado verdaderos acontecimientos minoritarios, como la recuperación de La España negra, de José Gutiérrez Solana; Café des exilés, de Juan Manuel Bonet; Praga, del checo Pavel Hrádok, o la primera reunión de los poemas del pintor Ramón Gaya. Y para quienes adoramos los detalles de buen gusto que mejoran los libros sin empantanarlos, conviene recordar que, si bien la serie de prosa (en la que han salido 43 libros hasta hoy) no los luce, en la de poesía todos los números traen en la página 4 una veleta dibujada por nombres tan principales como los del citado Gaya, Miquel Barceló, Carmen Laffon, Carlos García Alix, Miguel Galano, Dis Berlín, Alejandro Corujeira, Ginés Liébana, Alvar Haro, Cristina Almodóvar, Juan Navarro Baldeweg, Javier Pagola o Carmen Bueno. Algún día habría que hacer una exposición que reuniera los originales de todas ellas, junto a los diferentes materiales relacionados con la colección y, por supuesto, los libros.
Yo tengo en casa media Billy dedicada a custodiar, juntos y por orden, los libros de La Veleta, y han sido muchos los amigos que, al ver aquello allí, han exclamado: «¿Y eso? Pero qué bonito es eso…». Es una reacción inevitable en cualquiera que tenga un poco de sensibilidad libresca. Y no es que en España la poesía se haya editado generalmente mal, como sostiene Trapiello: es que, por muchos antecedentes admirables que haya, La Veleta siempre destacará enseguida como algo llamativamente diferente.
Alguna vez han llegado a pasar tres o cuatro años sin que aparezca ninguna veleta, y algunos amigos me preguntaban si la colección era ya cosa acabada, arrumbada por la cantidad de distracciones y obligaciones que nos apartan de lo que probablemente más nos gusta. Pero no: La Veleta siempre ha estado allí, activa o agazapada, hibernando o en circulación, secreta pero accesible para quienes sepan buscarla y la merezcan. Y antes de que termine este 2026 se publicarán los poemas de Ugo Foscolo, traducidos por Victoria León, y después, nuevos libros de Francisco Sánchez Bellón, Rafael Adolfo Téllez o Fermín Herrero… Y se siguen tramando nuevas posibilidades, tanteando nuevos tomos de poemas reunidos, ojeando poetas jóvenes que compartan el espíritu no viejo, sino intemporal, del asunto.
No se sabe hasta cuándo, pero sí que, de momento, La Veleta sigue girando con los nuevos aires, y es de verdad bonito que exista algo así: tan cuidado, tan distinto, tan gratuito en el mejor sentido, hecho por placer y por amor, con tiempo y sin demasiados beneficios que no sean los de la satisfacción por el trabajo bien hecho y el gusto de que siga existiendo algo así en un mundo que vive tan exageradamente de espaldas a la poesía cocinada muy despacio, con mimo, con gestos de otro tiempo.
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