‘Los demonios’: cuando Ken Russell rodó unas monjas masturbándose con un gigantesco cristo crucificado

El Vaticano la atacó cuando se proyectó en el festival de Venecia y pidió la dimisión del director del certamen. La censura británica eliminó una secuencia impactante. Y con todo, en 1971, Los demonios, de Ken Russell, fue un éxito y encumbró al director británico como maestro del barroquismo, como cineasta que arrollaba al espectador. En esta ocasión, además, usando un hecho real ocurrido en la Francia del siglo XVII que provocó arrebatos místicos-sexuales, torturas y quemas en la hoguera. El viernes 16 de octubre, Los demonios retorna a las salas en Reino Unido y España en una versión íntegra y remasterizada tras su paso por los festivales de Cannes y Sitges, y admirada y defendida por una nueva generación de cineastas, como Guillermo del Toro.

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 La censura británica cortó un minuto del drama histórico en 1971 que protagonizaron Vanessa Redgrave y Oliver Reed. Ahora, tras su pase en Sitges, se estrena íntegra en salas comerciales  

El Vaticano la atacó cuando se proyectó en el festival de Venecia y pidió la dimisión del director del certamen. La censura británica eliminó una secuencia impactante. Y con todo, en 1971, Los demonios, de Ken Russell, fue un éxito y encumbró al director británico como maestro del barroquismo, como cineasta que arrollaba al espectador. En esta ocasión, además, usando un hecho real ocurrido en la Francia del siglo XVII que provocó arrebatos místicos-sexuales, torturas y quemas en la hoguera. El viernes 16 de octubre, Los demonios retorna a las salas en Reino Unido y España en una versión íntegra y remasterizada tras su paso por los festivales de Cannes y Sitges, y admirada y defendida por una nueva generación de cineastas, como Guillermo del Toro.

Para comprender Los demonios hay que recordar que Russell basó su guion en la novela de 1952 The Devils of Loudun, de Aldous Huxley, y en la obra de teatro de 1960 The Devils, de John Whiting. A su vez, ilustraban una historia real ocurrida en 1634 en la pequeña ciudad de Loudun, donde el sacerdote Urbain Grandier fue torturado y ejecutado en la hoguera tras ser acusado de brujería y de haber hechizado a las monjas ursulinas del convento de la localidad, lideradas por la madre superiora Juana de los Ángeles, en el caso más famoso de la historia de posesión demoníaca colectiva.

Como muy bien cuenta Russell, había algo más detrás de aquella posesión demoníaca. Loudun era una ciudad-estado, bien fortificada, como otras muchas en aquella época en Francia. Luis XIII había permitido su existencia, lo que exacerbaba a su poderoso primer ministro, el cardenal Richelieu, ansioso por centralizar el poder. Grandier se opuso públicamente al designio de Richelieu de demoler su fortaleza de Loudun e incluso, supuestamente, escribió un libro contra él: Richelieu decidió destruirlo. Claro, que Grandier se lo puso fácil: siempre antepuso las mujeres a su sacerdocio, predicando que en la Biblia nada se decía del celibato. Según la novela de Huxley, Grandier se negó a ser el director espiritual del convento, sin saber que Juana de los Ángeles se había obsesionado con él, tras haberlo visto de lejos y haber escuchado los rumores de sus hazañas sexuales. Ese rechazo también jugó en contra del sacerdote.

En la película de Russell, Oliver Reed encarna con brillantez y carisma a Grandier, y Vanessa Redgrave, una de las pocas supervivientes, junto a la actriz Gemma Jones, que debutaba en el cine, de aquel rodaje. En este reestreno, Redgrave no ha concedido entrevistas, pero en sus memorias elegía Los demonios, junto a La última carga, entre sus mejores trabajos. Su Juana de los Ángeles, obtusa, jorobada y deforme, obsesionada con Grandier, fascina. Glenda Jackson, la primera opción para encarnar a la madre superiora, rechazó el proyecto porque sentía que ya había dado vida a papeles similares con Russell.

Ken Russell ya era un cineasta popular a inicios de los setenta, por su cine excesivo, su ambición artística, su barroquismo, sus desnudos y su violencia gráfica. No en vano fue el director de La pasión por vivir, Tommy, Viaje alucinante al fondo de la mente, Mujeres enamoradas, Valentino, Gothic, Una sombra del pasado, La pasión de China Blue o La guarida del gusano blanco. Y por ello, y porque a inicios de los setenta los grandes estudios de Hollywood estaban perdidos, sin saber qué podía o no funcionar, Warner la produjo, como cuenta el crítico de cine Richard Crouse en el libro Raising Hell: Ken Russell and the Unmaking of The Devils. Ahí subraya que Russell filmó lo que estaba en el guion. No sorprendió al estudio añadiendo material nuevo. No buscaba generar polémica. La censura británica, aunque se estrenó en Reino Unido y en EE UU con la calificación de X, ordenó retirar una secuencia que no llega al minuto, en la que las monjas, en un frenesí orgiástico y enloquecido, derriban un enorme crucifijo y profanan sexualmente la figura esculpida de Jesús, masturbándose con su cuerpo.

Curiosamente, Russell tenía una muy buena relación con el director de la Junta Británica de Censura Cinematográfica (BBFC), John Trevelyan, que deseaba que la visión de Russell se mantuviera en la medida de lo posible. En las cartas que se intercambiaron, Russell le aclaró que muchas secuencias controvertidas se basaban en hechos reales. Incluso rebajó la precisión histórica en otros momentos para pasar la criba de Trevelyan. En EE UU fue peor: la MPAA, la asociación de los grandes estudios que también otorga las calificaciones por edad, la cortó aún más y eliminó el final, en el que, tras la tortura y ejecución de Grandier, le entregan de manera burlona a Juana de los Ángeles parte de su fémur carbonizado, que lo usa para masturbarse.

Hoy, todo eso puede verse en la gran pantalla después de un proceso larguísimo. La restauración se basa en un montaje reconstruido en 2004 bajo la supervisión de Russell, que falleció en 2011. La famosa secuencia del crucifijo se ha salvado por la perseverancia de un periodista de cine, Mark Kermode. El reportero entrevistó al cineasta para la revista Sight and Sound en 1995, y él le habló de aquel metraje desaparecido. “Pero no la encontrarás”, le explicó Russell. “Probablemente la hayan destruido”.

Kermode contactó con varias filmotecas, archivos y con Warner Bros. Años después encontró en un almacén de la distribuidora una ficha este texto: “C Cut 89″, que correspondía a una lata. Logró que un empleado la recuperara. Al abrirla, salió un olor desagradable, ya que la película en su interior comenzaba a descomponerse. Ahí estaba la secuencia que faltaba. En The Hollywood Reporter, Kermode explicaba hace unos días: “Había una lista de latas de película, y una de ellas figuraba como C Cut 89. Tengo una memoria prodigiosa, y recordé que 89 segundos [la suma de esa secuencia y otros cortes] era lo que la BBFC había recortado oficialmente de la película Los demonios”. Y subraya: “Lo más increíble fue que era exactamente como Ken lo había descrito. No se estaba inventando nada”.

Al inicio de la restauración, hasta Warner se opuso al proyecto. Tim Everett, que trabaja en la filial británica del estudio, cuenta en The Hollywood Reporter que pasó un año colaborando con el departamento de almacenamiento, solicitando lata tras lata. Posteriormente, gestionó la transferencia del vídeo para que las imágenes pudieran visualizarse de forma segura. Sin embargo, recuerda que su recuperación encontró resistencia por parte de sus colegas en la sede central en Burbank (California): “No estaban nada contentos conmigo por haber hecho esto”. Por eso, Russell aprobó el montaje reconstruido, pero no vivió para ver la restauración completa ni su salida a salas. Han pasado 22 años desde el inicio del proyecto, y solo se ha logrado cuando hubo un cambio de directivos en Warner y el estudio creó un sello, Warner Clockwork, para relanzar su archivo histórico.

Para Kermode, “al reincorporar esas secuencias, la película cobra sentido. Cuenta la historia que debe contar. Aquí no hay demonios, salvo los demonios humanos. Trata sobre la impía unión entre la Iglesia y el Estado y la instrumentalización de la religión con fines políticos”, que era lo que de verdad quería contar Ken Russell en 1971.

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