Deconstrucción en primera persona de la idea romántica de la adopción: “El abandono es nuestra primera piel”

Fue el primer bebé ruso adoptado por una familia española, en 1991. Ese mismo año, mientras se derrumbaba la Unión Soviética, salió de Moscú rumbo a Santander. En el papel, parecía el final perfecto para rematar la épica de este viaje. La historia de Iván Gastañaga González (Moscú, 36 años), sin embargo, es la de un niño que tuvo una infancia feliz en España pero que desde que era muy pequeño sintió “la necesidad visceral de buscar a las personas” que le dieron la vida, escribe en La genealogía del abandono (Debate). Por eso, su épica se redirigió hacia una búsqueda que le ha llevado dos décadas hasta dar con su madre biológica y un hermano más pequeño, al que le pusieron su mismo nombre en Moscú; y un padre armenio que cumplía condena en una cárcel rusa, pero que le ha dejado otra familia.

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 Iván Gastañaga publica ‘La genealogía del abandono’, un ensayo en el que narra la búsqueda durante dos décadas de su familia biológica para tratar de superar el trauma y la pérdida de identidad  

Fue el primer bebé ruso adoptado por una familia española, en 1991. Ese mismo año, mientras se derrumbaba la Unión Soviética, salió de Moscú rumbo a Santander. En el papel, parecía el final perfecto para rematar la épica de este viaje. La historia de Iván Gastañaga González (Moscú, 36 años), sin embargo, es la de un niño que tuvo una infancia feliz en España pero que desde que era muy pequeño sintió “la necesidad visceral de buscar a las personas” que le dieron la vida, escribe en La genealogía del abandono (Debate). Por eso, su épica se redirigió hacia una búsqueda que le ha llevado dos décadas hasta dar con su madre biológica y un hermano más pequeño, al que le pusieron su mismo nombre en Moscú; y un padre armenio que cumplía condena en una cárcel rusa, pero que le ha dejado otra familia.

Gastañaga deconstruye en este ensayo la idea romántica de la adopción para ofrecer un contundente relato en primera persona sobre la pérdida de la identidad y el trauma. “El abandono es nuestra primera piel, nos delimita”, dice, “porque la mayoría de las personas adoptadas nos preguntamos de dónde venimos, quiénes somos, quién era nuestra madre biológica porque el padre, como no suele estar en los documentos, no lo solemos tener presente. Es un impulso por saber a quién te pareces”.

Él lo tuvo a los 12 años, recuerda, cuando llegó su hermano, también adoptado, a casa. “No hubo un quiebre”, explica por videollamada desde su residencia en Chicago, “simplemente fue verle y pensar que, si a ese niño tan pequeño sus padres no lo habían querido al nacer o no habían podido cuidarlo, ¿qué pasó conmigo?”.

Gastañaga comenzó la búsqueda solo, sin decírselo a su familia. Primero se puso a investigar los papeles que encontró en la vivienda familiar. Siguió con visitas a instituciones. Pasaron los años, estudió en universidades de Bilbao y Granada, mientras que dedicaba gran parte de su tiempo a tratar de encontrar a su madre biológica. “Era un crío, ni siquiera en aquel momento internet era maravilloso, no había bases de datos, tampoco existía forma de hacerse análisis de ADN. Las redes sociales eran muy precarias, sobre todo las rusas. Tuve suerte porque los contactos que hice no me estafaron, algo muy habitual, que te pidan dinero a cambio de información”.

En 2014, tres semanas antes de subirse a un avión destino a encontrarse con su madre biológica en Moscú, se lo dijo a sus padres con estas palabras: “He encontrado pistas, me voy”. “Mal hecho”, dice ahora y pide que se incluya en la entrevista, “siempre hay que apoyarse en profesionales de la salud mental porque si no, los encuentros posteriores con la familia biológica pueden ser muy duros, un desastre”. Gastañaga lo sabe por experiencia propia, como también narra en el libro, y por los años que lleva trabajando con otras personas adoptadas. Primero, desde el voluntariado, ahora se ha profesionalizado en Chicago, donde vive con su familia, y lo ha convertido en su trabajo, su medio de vida y casi en su misión.

Cuando sus padres se enteraron de esta búsqueda en secreto y solitario, le apoyaron, cuenta. “Lo que tenían era miedo de que un chico de 23 años se fuera solo a Moscú, a un país donde no había estado nunca, sin saber lo que podía encontrarse, si era peligroso, las consecuencias que podía tener para mi salud física y emocional”, recuerda, y reconoce que tal vez sí sintieron que no había contado con ellos desde el principio, pero que finalmente se mostraron comprensivos. “Por otro lado, tengo que reconocer que la juventud y esa inconsciencia me permitieron encontrar a mi familia biológica. A lo mejor no hubiera pasado si no lo hago así”, reflexiona.

Su padre y su madre no fueron los únicos en España que se preocuparon. Su tía se sentía igual, a fin de cuentas: ella fue clave en la adopción de su sobrino. “Cuando me dijo que se iba a Moscú me asusté”, cuenta Berna González Harbour, su tía, periodista de EL PAÍS y en aquel momento corresponsal en la Unión Soviética. “Tenía información sobre esa madre biológica y sabía por el orfanato que debía tener algún problema. Conocía muy bien ese país, sabía cómo vivían quienes quedaban fuera de las élites. Tenían una vida absolutamente depauperada por el alcohol y por la mala alimentación. Pero le apoyé”, continúa con mucha emoción. En este relato en primera persona, el autor entrevera también la historia de todos los países que tuvo que estudiar y visitar para encontrar respuestas: la Unión Soviética, Armenia y también varios capítulos sobre España.

A inicios de los noventa, González Harbour recibió una llamada de su familia pidiéndole ayuda para adoptar un niño en la antigua Unión Soviética. No era el primer intento, y ella sabía la ilusión con la que esperaban un hijo. “Al principio sentí mucha responsabilidad, era un estado en destrucción, implosionó en aquel momento, pero luego cambié la angustia por la ilusión”, recuerda, “nos lo adjudicaron, fui a conocerlo y entonces vino el golpe de Estado”. Gracias a sus años de experiencia como periodista, consiguió sortear la burocracia, la corrupción y “de forma casi milagrosa” consiguió completar la adopción.

Los encuentros con su madre biológica que Gastañaga describe están atravesados por los nervios, la ilusión, la decepción y al final la asunción de que aquella otra madre no tenía por qué quererle como él esperaba o, más bien, como se presupone que debe querer una madre biológica.

“Todo cambió cuando me fui a buscar a mi padre biológico, en mi casa ya lo sabían y el apoyo fue más directo, la conversación más fluida”, añade. A él no lo ha conocido en persona: cuando lo encontró estaba en la cárcel, pero fue gracias a su investigación que conoció a la familia de su progenitor, con la que aun sigue en contacto. Su hermana biológica acudió a su boda en Santander.

Han pasado 20 años desde que comenzó esta búsqueda. En este tiempo, también empezó a escribir La genealogía del abandono. Mantiene el contacto con una parte de su familia biológica, y una buena relación con su familia española, que ha descubierto parte de esta historia al leer el libro. Y hace aproximadamente un mes ha sido padre.

—¿Cómo se siente?, ¿es como cerrar el círculo?

—He tenido un hijo cuando ya estaba preparado y la adopción ya dejaba de doler o todos los traumas de la adopción dejaban de doler. Pero hay otras personas que tienen un hijo y todo el trauma de la adopción aparece justamente cuando se están preparando. Sobre todo las mujeres adoptadas cuando se quedan embarazadas. Creo que la explosión del sentimiento de abandono desde el trauma aparece y es insoportable.

—Es padre, tiene un hijo y ha terminado su búsqueda, ¿ha alcanzado algo de paz y alivio?

—La paz nunca se llega a alcanzar, porque si no seríamos todos seres humanos completamente aburridos. Pero sí tengo una paz a nivel emocional y de identidad con algo de descontento y reivindicación, que es lo que me hace ayudar a otras personas.

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