En el polígono industrial de Palmeira, a las afueras de la ciudad portuguesa de Braga, operarios y jefes dedican una hora de su jornada laboral a la lectura y reciben clases gratuitas de filosofía, pintura o teatro. La cultura es una parte más del horario de trabajo en estas 80 hectáreas de fábricas, oficinas y maquinaria pesada, sede del gigante de la construcción DST, con medio centenar de empresas y 4.000 empleados. Los trabajadores realizan sus tareas arropados por 40.000 libros, obras de arte allá donde miren y citas literarias que les interpelan desde cualquier muro con letras bien grandes.
El constructor y mecenas portugués, que de niño trabajó picando piedra, abre en Braga el Muzeu, un centro para pensar e intentar transformar el mundo
En el polígono industrial de Palmeira, a las afueras de la ciudad portuguesa de Braga, operarios y jefes dedican una hora de su jornada laboral a la lectura y reciben clases gratuitas de filosofía, pintura o teatro. La cultura es una parte más del horario de trabajo en estas 80 hectáreas de fábricas, oficinas y maquinaria pesada, sede del gigante de la construcción DST, con medio centenar de empresas y 4.000 empleados. Los trabajadores realizan sus tareas arropados por 40.000 libros, obras de arte allá donde miren y citas literarias que les interpelan desde cualquier muro con letras bien grandes.
Palmeira encarna el sueño de José Teixeira (Braga, 1960), un hombre rico nacido pobre que, según cuenta, fue salvado por la cultura cuando era niño. Solo posee una casa y un coche, aseguran en su entorno, y buena parte de la fortuna que ha amasado con su grupo constructor la ha invertido en una colección artística que alcanza las 1.500 obras.
En abril Teixeira inauguró el Muzeu, un centro de pensamiento y arte contemporáneo, el primero de su ciudad natal, de 212.000 habitantes. Exhibe una selección de un centenar de obras de artistas como Alex Katz, Artur Lescher, Candida Höfer, Anselm Kiefer, Isabel Muñoz, José Pedro Croft, Nan Goldin, Pedro Cabrita Reis o Picasso, pero no pretende ser un mero contenedor de cuadros, fotos y esculturas. “No quiero un museo neutro, el Muzeu quiere provocar”, advierte su fundador, que ha destinado 40 millones al proyecto.
Lo de bautizarlo como centro de pensamiento fue idea de su directora, Helena Mendes. “Es un museo para intervenir en la polis, para educar, para movilizar”, explica ella. “He trabajado con muchas colecciones, conozco el mercado y puedo decir que Teixeira es una personalidad distinta. Además de mecenas, coleccionista y propietario de la galería ZET, con sedes en Braga y Lisboa, tiene una infinidad de proyectos que inventa él mismo. Le mueve cambiar las cosas y ha comprendido que el poder que da el dinero es hacer lo que uno quiere”.

Por eso, incide Mendes, el Muzeu incluye una “inversión fuerte” en una programación diversa y cambiante que ofrece hasta sesiones de filosofía para niños. “Aprender a hacer preguntas es esencial”, propugna el presidente de DST.
La semana pasada se inauguró en el Muzeu la instalación Handle with Care, del artista libanés afincado en Canadá Elias Nafaa y EL PAÍS fue invitado a una visita junto a otros medios. La obra reproduce los diferentes tipos de bombas utilizadas por Israel en sus repetidos ataques a Líbano desde 2023. Para diseñarla, su autor ha buceado en los archivos bélicos. “Como mucha gente en el exilio, vivo en un constante vacío: la distancia física no me protege del peso emocional, ni de la sensación de impotencia”, expresaba Nafaa.

La utopía de Teixeira afloró en una cantera en los años sesenta del siglo pasado, con Portugal hundido en la pobreza económica y cultural de la dictadura. Con solo siete años, trabajaba picando piedra. En su casa no había ni un libro, recuerda. Sus primeras lecturas llegaron gracias a una fundación benéfica que repartía ejemplares por la calle. Esas páginas le abrieron al pequeño Teixeira una puerta por la que escapar. “El niño pobre pasaba a ser el héroe que escogía en el libro que estaba leyendo”, rememora.
La liberación y el consuelo que le brindó la lectura al niño Teixeira se ampliaron cuando empezó a hacer teatro en los scouts, mientras los años iban pasando y su familia dejaba atrás la pobreza levantando la empresa de construcción que él gestiona ahora. “Me di cuenta de que el arte es instrumental, que me hacía mucho bien. Y pensé que si funcionaba conmigo, tenía que funcionar con otros”, explica. Esa biografía está hoy presente en el polígono de Palmeira, donde el artista José Pedro Croft firma un memorial contra el trabajo infantil que sufrió el propio Teixeira.
“Las cosas bonitas funcionan mejor”
Entre las fábricas, una instalación artística provista de un megáfono emite arengas emancipadoras en boca de Nelson Mandela. La sede de DST es un museo al aire libre, con más obras de mujeres que de hombres. Cuenta con un estudio de sonido y fotografía y talleres para acoger a artistas residentes que en breve habitarán unas viviendas aún en construcción que han sido diseñadas por Norman Foster.
De vez en cuando, el polígono recibe a creadores que buscan residuos industriales para transformarlos en obras de arte. Los vestuarios de las operarias recrean los camerinos de un teatro. DST defiende que “la cercanía a la cultura es productiva” y que es posible “trabajar con exigencia y crecer como persona” mientras se cumple con la jornada laboral.
“Gano mucho dinero porque tengo a los trabajadores conmigo”, sostiene su presidente, que se encoge de hombros cuando se le pregunta por qué entonces sus colegas empresarios no replican su modelo. “Las empresas tienen deberes comunitarios más allá de pagar impuestos; tienen un contrato social, moral y ético”, defiende. Él dice no temer que unos subordinados críticos le lleven la contraria, ni tampoco que su discurso a favor de los derechos laborales irrite a sus colegas o a los políticos que adjudican las contratas.
Hace solo unos días se celebró una fiesta de empresa en DST. Uno de los obreros se acercó a Teixeira para desvelarle algo. Le confesó que había estado en prisión y que había asistido a una conferencia suya en la cárcel. Escucharlo, aseguró su ahora empleado, le había “cambiado la vida”. El constructor cuenta lo mucho que le impresionó aquello mientras acaricia el vello de punta de sus brazos. “Las cosas bonitas funcionan mejor”, proclama.
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