Esplendor, saber y guerra: la fascinante actualidad de la civilización asiria

«Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás». A principios de la semana pasada, Donald Trump soltó semejante barbaridad para intentar doblegar a las autoridades iraníes. De momento, sigue sin conseguirlo. Entre otras cosas, porque esa civilización que amenaza de muerte hunde sus raíces en una cultura profundamente aguerrida, forjada en la guerra y la violencia.

El día siguiente, CaixaForum Madrid presentó su exposición estrella para esta primavera. Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria despliega 158 objetos de la valiosa colección del British Museum que recorren la vida y el legado de Asurbanipal (669 – c. 631 a. C.), último gran soberano del gigantesco Imperio asirio: desde Nínive, en el actual Irak, a las costas del Mediterráneo… y las montañas de Irán.

La directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes, el director del British Museum, Dr. Nicholas Cullinan, y el comisario del Departamento de la Antigua Mesopotamia en Medio Oriente del British Museum, Sébastien Rey, situaron la muestra en su contexto histórico. El reinado de Asurbanipal fue el punto álgido de un imperio fascinante; bajo su  mandato floreció la economía, se expandieron estilos artísticos y surgieron nuevas corrientes de pensamiento. El propio Asurbanipal incluso albergó en su palacio una biblioteca de tabletas cuneiformes con la ambición de reunir todo el conocimiento existente.

Rey, sin embargo, no rehuyó la realidad central de «un mundo formado por la violencia», aunque advirtió que la muestra describe que, «a pesar de los conflictos y la guerra, era también un mundo conectado, con un intercambio de gente e ideas a enormes distancias». Globalización. Guerra. El epicentro de aquel mundo era la capital, Nínive, situada en la actual ciudad iraquí de Mosul. Y los organizadores de la muestra subrayaron que, «hoy en día, el Gobierno y el pueblo iraquíes trabajan con organizaciones de todo el mundo para proteger y reconstruir el rico patrimonio de Irak, que ha sido parcialmente destruido tras ser objeto de ataques durante años de conflicto».

El problema ahora es el vecino Irán. El elefante en la habitación.

Influencia en el arte persa

La cultura asiria es parte fundamental de la historia iraní. Y de su presente. Por un lado, una pequeña comunidad asiria sobrevive en el noroeste, aunque también tiene presencia en Teherán; mantiene como puede su identidad, que derivó a un cristianismo poco del gusto de los ayatolás. Pero, más allá de esa resistencia puntual, la influencia asiria resulta evidente en el arte y la arquitectura persa, por no hablar del modelo de Gobierno y Administración, con su burocracia imperial y centralizada.

Además, la inmediata actualidad está corroborando la permanencia de un carácter rastreable a lo largo de los siglos. El asirio fue el pueblo guerrero por excelencia de aquella fascinante Mesopotamia de la que surgió la civilización como hoy la entendemos. Mientras sumerios y babilonios se enfrascaban en la escritura, el derecho y el comercio, los asirios construyeron su identidad y poder en torno a una maquinaria militar implacable.

El catálogo de la exposición reconoce que Asurbanipal «mantuvo un férreo control sobre sus territorios y vasallos, y no dudó en emplear, además de la estrategia y la diplomacia, también la violencia y el terror», y advierte que «la exposición descubre sus demostraciones de fuerza y la humillación a la que sometía a sus enemigos derrotados (incluso si el enemigo era su propio hermano), y su capacidad igualmente relevante para la estrategia y la diplomacia».

En la presentación, la actualidad sobrevolaba como un fantasma. De las ocho secciones en que se estructura la exposición, la última se titula Epílogo: preservar el pasado de Irak para el futuro, y explica que «varias organizaciones de todo el mundo, entre las que se incluye el British Museum, colaboran con la Junta Estatal de Antigüedades y Patrimonio de Irak para ayudar a reconstruir, para las generaciones presentes y futuras, un patrimonio que es fundamental tanto para el pueblo iraquí como para el conocimiento compartido de la historia de la humanidad». La pregunta era inevitable. ¿Qué pasa con la parte iraní? ¿Abre la baladronada de Trump un segundo «epílogo»?

Patrimonio de Irak

La incomodidad entre los ponentes de la presentación es obvia. Rey reconoció que el asunto «es importante», pero prefirió relativizar: «Esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo que puedo decir es que, regionalmente, la relación entre Irak y Irán en materia de patrimonio cultural, que es de lo que sé, es muy buena. Teherán tiene uno de los más importantes cursos de gestión de patrimonio en su universidad, y sé que muchos de mis colegas en Irak han estudiado allí».

No negó el trasfondo bélico entre Irán e Irak, cuyas raíces pueden rastrearse «hasta la guerra entre el Imperio Neoasirio y el reino de Elam”, pero insistió en que «esta exhibición muestra que en la parte occidental de Irán, a pesar del conflicto, también hubo muchos intercambios». Hoy percibe una obvia «oposición de ideas» y, «en definitiva, una situación compleja», que hace «aún más complicado trabajar en esta región». Su conclusión, sin embargo, fue positiva: «El ejemplo de las diferentes guerras en Irak debería darnos un poco de esperanza. Hablo con iraquíes de mi edad que solo han conocido la guerra y ahora los veo muy optimistas».

Pasado el mal trago, Rey guió a los asistentes a la presentación por una interesante visita.  Antes del mencionado epílogo, la exposición recrea la figura de El rey Asurbanipal, describe el poderío de Nínive, una ciudad sin rival, se solaza en los Jardines de recreo, analiza la profundidad de El rey erudito, explora El imperio de Asurbanipal, analiza los detalles del Conflicto y caída, y realiza una especie de making of del Redescubrimiento de Asiria por los arqueólogos-aventureros del siglo XIX.

Aunque, por supuesto, los 158 valiosos objetos arqueológicos marcan el camino, el recorrido incluye una docena de puntos de mediación interactiva, entre ellos uno que permite al visitante escribir con el complejo alfabeto cuneiforme. Destacan también dos audiovisuales narrativos que dan voz a figuras como Eshar Rahmat, madre de Asurbanipal, o una sirvienta anónima artista del Palacio, mediante monólogos ficcionados construidos a partir de fuentes históricas.

Rey erudito

Una de esas extensiones del contenido arqueológico pone en movimiento, en una intervención amena pero elegante y respetuosa, la pieza estrella de la muestra, que ha servido para elaborar el cartel: una impresión sobre arcilla de un rey asirio cumpliendo con el ritual de apuñalar a un león. Sébastien Rey se tomó su tiempo para explicar que «no se trataba de algo meramente simbólico, sino de la culminación de un verdadero festival. Los habitantes de Nínive veían cómo el rey mataba realmente a un león en cumplimiento de su deber, como representante del dios supremo Asur, de mantener el orden cósmico. Porque el león es el emblema del caos no domado, de la fuerza bruta de la que el pueblo debe ser protegido».

Rey matizó que Asurbanipal quería trascender a esa metáfora: «Se puede ver en el grabado que en el cinturón guarda dos estiletes de escritura. Quería ser recordado no solo como un guerrero, sino también como un erudito». El arqueólogo se extendió entonces sobre la ambición de su «extraordinaria colección de textos, decenas de miles de tablillas cuneiformes que fueron adquiridas de todo el imperio, porque el conocimiento era para él una forma de poder». Y concluyó: «Esa dualidad es el corazón de la exhibición. Un mundo de contrastes sorprendentes, una historia de brillantez y brutalidad». Una dualidad, y esto ya lo digo yo, de la que brotó la decadencia y caída del imperio.

 «Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás». A principios de la semana pasada, Donald Trump soltó semejante barbaridad para intentar doblegar a las  

«Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás». A principios de la semana pasada, Donald Trump soltó semejante barbaridad para intentar doblegar a las autoridades iraníes. De momento, sigue sin conseguirlo. Entre otras cosas, porque esa civilización que amenaza de muerte hunde sus raíces en una cultura profundamente aguerrida, forjada en la guerra y la violencia.

El día siguiente, CaixaForum Madrid presentó su exposición estrella para esta primavera. Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria despliega 158 objetos de la valiosa colección del British Museum que recorren la vida y el legado de Asurbanipal (669 – c. 631 a. C.), último gran soberano del gigantesco Imperio asirio: desde Nínive, en el actual Irak, a las costas del Mediterráneo… y las montañas de Irán.

La directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes, el director del British Museum, Dr. Nicholas Cullinan, y el comisario del Departamento de la Antigua Mesopotamia en Medio Oriente del British Museum, Sébastien Rey, situaron la muestra en su contexto histórico. El reinado de Asurbanipal fue el punto álgido de un imperio fascinante; bajo su  mandato floreció la economía, se expandieron estilos artísticos y surgieron nuevas corrientes de pensamiento. El propio Asurbanipal incluso albergó en su palacio una biblioteca de tabletas cuneiformes con la ambición de reunir todo el conocimiento existente.

Rey, sin embargo, no rehuyó la realidad central de «un mundo formado por la violencia», aunque advirtió que la muestra describe que, «a pesar de los conflictos y la guerra, era también un mundo conectado, con un intercambio de gente e ideas a enormes distancias». Globalización. Guerra. El epicentro de aquel mundo era la capital, Nínive, situada en la actual ciudad iraquí de Mosul. Y los organizadores de la muestra subrayaron que, «hoy en día, el Gobierno y el pueblo iraquíes trabajan con organizaciones de todo el mundo para proteger y reconstruir el rico patrimonio de Irak, que ha sido parcialmente destruido tras ser objeto de ataques durante años de conflicto».

El problema ahora es el vecino Irán. El elefante en la habitación.

La cultura asiria es parte fundamental de la historia iraní. Y de su presente. Por un lado, una pequeña comunidad asiria sobrevive en el noroeste, aunque también tiene presencia en Teherán; mantiene como puede su identidad, que derivó a un cristianismo poco del gusto de los ayatolás. Pero, más allá de esa resistencia puntual, la influencia asiria resulta evidente en el arte y la arquitectura persa, por no hablar del modelo de Gobierno y Administración, con su burocracia imperial y centralizada.

Además, la inmediata actualidad está corroborando la permanencia de un carácter rastreable a lo largo de los siglos. El asirio fue el pueblo guerrero por excelencia de aquella fascinante Mesopotamia de la que surgió la civilización como hoy la entendemos. Mientras sumerios y babilonios se enfrascaban en la escritura, el derecho y el comercio, los asirios construyeron su identidad y poder en torno a una maquinaria militar implacable.

El catálogo de la exposición reconoce que Asurbanipal «mantuvo un férreo control sobre sus territorios y vasallos, y no dudó en emplear, además de la estrategia y la diplomacia, también la violencia y el terror», y advierte que «la exposición descubre sus demostraciones de fuerza y la humillación a la que sometía a sus enemigos derrotados (incluso si el enemigo era su propio hermano), y su capacidad igualmente relevante para la estrategia y la diplomacia».

En la presentación, la actualidad sobrevolaba como un fantasma. De las ocho secciones en que se estructura la exposición, la última se titula Epílogo: preservar el pasado de Irak para el futuro, y explica que «varias organizaciones de todo el mundo, entre las que se incluye el British Museum, colaboran con la Junta Estatal de Antigüedades y Patrimonio de Irak para ayudar a reconstruir, para las generaciones presentes y futuras, un patrimonio que es fundamental tanto para el pueblo iraquí como para el conocimiento compartido de la historia de la humanidad». La pregunta era inevitable. ¿Qué pasa con la parte iraní? ¿Abre la baladronada de Trump un segundo «epílogo»?

La incomodidad entre los ponentes de la presentación es obvia. Rey reconoció que el asunto «es importante», pero prefirió relativizar: «Esto no es nuevo, siempre ha sido así. Lo que puedo decir es que, regionalmente, la relación entre Irak y Irán en materia de patrimonio cultural, que es de lo que sé, es muy buena. Teherán tiene uno de los más importantes cursos de gestión de patrimonio en su universidad, y sé que muchos de mis colegas en Irak han estudiado allí».

No negó el trasfondo bélico entre Irán e Irak, cuyas raíces pueden rastrearse «hasta la guerra entre el Imperio Neoasirio y el reino de Elam”, pero insistió en que «esta exhibición muestra que en la parte occidental de Irán, a pesar del conflicto, también hubo muchos intercambios». Hoy percibe una obvia «oposición de ideas» y, «en definitiva, una situación compleja», que hace «aún más complicado trabajar en esta región». Su conclusión, sin embargo, fue positiva: «El ejemplo de las diferentes guerras en Irak debería darnos un poco de esperanza. Hablo con iraquíes de mi edad que solo han conocido la guerra y ahora los veo muy optimistas».

Pasado el mal trago, Rey guió a los asistentes a la presentación por una interesante visita.  Antes del mencionado epílogo, la exposición recrea la figura de El rey Asurbanipal, describe el poderío de Nínive, una ciudad sin rival, se solaza en los Jardines de recreo, analiza la profundidad de El rey erudito, explora El imperio de Asurbanipal, analiza los detalles del Conflicto y caída, y realiza una especie de making of del Redescubrimiento de Asiria por los arqueólogos-aventureros del siglo XIX.

Aunque, por supuesto, los 158 valiosos objetos arqueológicos marcan el camino, el recorrido incluye una docena de puntos de mediación interactiva, entre ellos uno que permite al visitante escribir con el complejo alfabeto cuneiforme. Destacan también dos audiovisuales narrativos que dan voz a figuras como Eshar Rahmat, madre de Asurbanipal, o una sirvienta anónima artista del Palacio, mediante monólogos ficcionados construidos a partir de fuentes históricas.

Una de esas extensiones del contenido arqueológico pone en movimiento, en una intervención amena pero elegante y respetuosa, la pieza estrella de la muestra, que ha servido para elaborar el cartel: una impresión sobre arcilla de un rey asirio cumpliendo con el ritual de apuñalar a un león. Sébastien Rey se tomó su tiempo para explicar que «no se trataba de algo meramente simbólico, sino de la culminación de un verdadero festival. Los habitantes de Nínive veían cómo el rey mataba realmente a un león en cumplimiento de su deber, como representante del dios supremo Asur, de mantener el orden cósmico. Porque el león es el emblema del caos no domado, de la fuerza bruta de la que el pueblo debe ser protegido».

Rey matizó que Asurbanipal quería trascender a esa metáfora: «Se puede ver en el grabado que en el cinturón guarda dos estiletes de escritura. Quería ser recordado no solo como un guerrero, sino también como un erudito». El arqueólogo se extendió entonces sobre la ambición de su «extraordinaria colección de textos, decenas de miles de tablillas cuneiformes que fueron adquiridas de todo el imperio, porque el conocimiento era para él una forma de poder». Y concluyó: «Esa dualidad es el corazón de la exhibición. Un mundo de contrastes sorprendentes, una historia de brillantez y brutalidad». Una dualidad, y esto ya lo digo yo, de la que brotó la decadencia y caída del imperio.

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