¿Era necesaria otra adaptación de ‘Sentido y sensibilidad’? La respuesta es sí

Si siempre volvemos a los clásicos, es porque están vivos. Si cada época los reinterpreta, es porque tienen el poder de decirnos cosas nuevas. Un verdadero clásico no es nunca una pieza arqueológica, sino un artefacto cultural activo, que no deja de apelarnos y sugerirnos nuevos significados. Por eso Nolan ha rodado La Odisea homérica, por eso las obras de Shakespeare no dejan de subir a los escenarios, y por eso llega hoy a los cines una nueva versión de Sentido y sensibilidad de Jane Austen.

A algunos despistados —y a algunos sobrados— Jane Austen puede parecerles una antigualla prerromántica que gusta a las chicas soñadoras. Una escritora de melodramas femeninos, con muchachas enamoradizas, elegantes mansiones en la bucólica campiña y tacitas de té. Pero si se lee con la debida atención, es una escritora monumental. Bajo la coqueta capa de enredos amorosos y pinceladas de humor, su escritura de apariencia liviana borda un discurso profundo sobre el amor y un perspicaz retrato sociológico del mundo en el que se movió.

Ese mundo era el de la gentry británica, la aristocracia terrateniente de la época georgiana —retratada en los lienzos de Gainsborough—, que vivía de las rentas de sus propiedades. Aunque la familia Austen era más humilde, porque el padre era un modesto párroco anglicano. Más allá del contexto concreto en el que están ambientadas sus novelas y de los giros en ocasiones folletinescos de sus tramas, la vivaz pluma de Austen tiene la capacidad de atrapar dos cosas esenciales. Por un lado, muestra que el dinero —su posesión o su carencia— tiene un papel fundamental en las relaciones sociales. Y por otro, que el matrimonio puede ser un modo de ascenso social, pero el verdadero amor puede ser una fuerza disruptiva.

El reto de cualquier adaptación al cine de las obras literarias de Jane Austen es no quedarse en la simple postal de la campiña británica, ni en el puro melodrama sentimental, sino plasmar en la pantalla estas corrientes de fondo que hacen que la escritora no sea una mera autora de folletines, sino un clásico.

Sentido y sensibilidad (título al que alguna traducción propone la alternativa de Juicio y sentimiento) fue la primera novela que publicó. La firmó simplemente como A Lady, es decir, una dama, sin que constara por ningún lado su nombre. En ella ya está conformado su universo literario, que llegará a la cima en la siguiente, Orgullo y prejuicio.

Razón y pasión

Sentido y sensibilidad cuenta la historia de las Dashwood, una madre y sus tres jóvenes hijas. Al fallecer el marido y padre pierden la mansión campestre en la que viven, porque el progenitor se la deja en herencia a su hijo varón, hermanastro de las chicas. Lo hace a condición de que las mantenga económicamente, pero la harpía que tiene por esposa el heredero lo anima a sacarlas de la casa y pasarles una asignación económica ridícula.

Por ello, la idílica y ociosa vida en Sussex llega a su fin de forma abrupta y se ven obligadas a aceptar la invitación de una pariente lejana, la chismosa y divertidísima señora Jennings, que les ofrece un modesto cottage en Devonshire, una región rural mucho más rústica. La narración se centra en las dos hermanas mayores, Elinor y Marianne —la tercera es todavía menor de edad— y sus amoríos, marcados por el modo en que cada una de ellas afronta la vida. Elinor, la primogénita, representa el sentido —la razón, la sensatez, la bondad, la resignación…—, mientras que Marianne es la encarnación de la sensibilidad —el corazón, la pasión, el inconformismo…—. Pero conforme avanza la trama, estas dos posturas vitales se reequilibrarán y de este modo las dos hermanas accederán finalmente a la felicidad.

Por el camino, y como parte fundamental de la novela, hay varios personajes masculinos, tan inolvidables como las dos hermanas. Edward Ferrars —hermano menor de la esposa del heredero que las ha expulsado de su casa—, que es el objeto del deseo de Elinor, y los dos pretendientes de Marianne: el turbio y seductor Willoughby y el circunspecto coronel Brandon.

Sentido y sensibilidad cuenta con varias versiones televisivas, pero la adaptación que se convirtió en canónica y favorita del público fue la de 1995, dirigida por Ang Lee, con guion de Emma Thompson, que también interpretaba a Elinor, acompañada por un reparto estelar en el que destacaban Kate Winslet (Marianne), Alan Rickman (el coronel Brandon) y Hugh Grant (Edward Ferrars).

Retos

De modo que el reto al que se enfrentaba la directora Georgia Oakley con esta nueva adaptación era doble: no banalizar a Jane Austen y medirse con la versión de 1995, con la que, inevitablemente, todo el mundo la va a comparar. De entrada, el proyecto podía generar cierta inquietud: por un lado, es el debut como guionista de la desconocida Diana Reid y, por otro, la directora tiene un único largometraje anterior, Blue Jean, un sólido drama ambientado en la Inglaterra thatcherista, sobre una profesora de instituto lesbiana y la compleja relación que establece con una alumna que amenaza con revelar su orientación sexual.

Había dos peligrosas derivas que podían hacer naufragar la película: endilgarnos una versión woke y didáctica de Sentido y sensibilidad o, casi peor, una adaptación ramplona y vacua (cosa que acaba de suceder con la desastrosa versión, estrenada hace unos meses, de Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, que es algo así como Emily Brontë para instagrammers, cursis y oligofrénicos).

Sin embargo, a Dios gracias, la guionista Reid y la cineasta Oakley no han caído en la tentación ni del adoctrinamiento ni de la extravagancia, y presentan una notabilísima versión muy pegada al original de Sentido y sensibilidad, que aporta matices diferentes a la ya clásica de 1995. No necesariamente la supera, pero sí puede ponerse a su altura sin avergonzarse de nada.

La de 1995 era luminosa y dotaba de un punto de artificio literario a los personajes; la de 2026 tiene un clima más borrascoso, es más sensual y telúrica, y los personajes son más imperfectamente humanos. La versión de Ang Lee idealizaba el pasado y la campiña británica, mientras que en la nueva el cottage de Devonshire no es cozy, sino una granja destartalada. Y se nos transmite la sensación de que los caminos son más polvorientos, que los viajes en carruaje son lentos y aburridos, y que los habitantes de la región son tirando a rudos. El amigo aristócrata de la señora Jennings que les cede el cottage es un noble muy rústico y las piezas de caza que les regala —conejos, aves— son casi tangibles en la pantalla.

Los actores, clave

Aunque algunos episodios pueden estar resueltos con excesiva precipitación y se sintetizan demasiado, la esencia de la historia no se pierde. Y algunos aspectos, como los obstáculos en la relación entre Marianne y Edward, están aquí explicados de una forma mucho más inteligible para un espectador contemporáneo. Es además significativo que el final de esta nueva versión, siendo el mismo happy ending, esquiva el exceso de azúcar de la doble boda que cerraba la precedente.

Sin duda, uno de los elementos clave en la comparativa entre ambas versiones está en los actores. En la nueva, Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed Miles están imponentes como las dos hermanas; recatada y meditabunda la primera, apasionada y desatada la segunda. Fiona Shaw está apoteósica como la chismosa y casamentera señora Jennings (un papel en el que Elisabeth Spriggs había dejado el listón muy alto en la anterior adaptación); George McCay es un estupendo Edward Ferrars, que hace olvidar a Hugh Grant; el noruego Herbert Nordrum compone un coronel Brandon notable (aunque superar a Alan Rickman es misión imposible) y Frank Dillane interpreta a un Willoughby turbio y un punto siniestro, que parece salido de una novela de las Brontë.

El único error de casting es Eliot Sumner como el antipático señor Palmer (un papel que en la anterior versión bordó Hugh Laurie, el doctor House). No es grave, porque es un papel muy secundario, que aquí está todavía más reducido, pero es evidente que algo no funciona. Eliot Sumner es la hija de Sting, que se define como no binaria y ha transicionado a varón. Su aspecto es ostentosamente andrógino y del todo inadecuado para el cascarrabias señor Palmer. No es su primer papel, quizá la recuerden en la serie Ripley de Netflix, en la que interpretaba al pijo Freddie Miles (al que en la película de Anthony Minghella con Matt Damon daba vida el gran Philip Seymour Hoffman). Allí sí que la peculiar fisonomía de Sumner aportaba algo interesante e inquietante, que enriquecía al personaje.

Este asunto no deja de ser una minucia en una adaptación de Sentido y sensibilidad que cuenta con una refinada banda sonora y una preciosista fotografía que saca todo el partido a los paisajes (por momentos recuerda a aquella maravilla que fue la Tess de Roman Polanski, sobre la novela de Thomas Hardy). La directora Georgia Oakley demuestra su talento para atrapar la vida en pequeños detalles, como el plano de los pies de Marianne en el agua que fluye en un arroyo, o el modo en que la hermana pequeña se mancha los labios y el vestido al comer una mora silvestre. O la prodigiosa forma en que resuelve la confesión de Edward Ferrars, manteniendo un largo plano del rostro de Elinor, que va mostrando su dolor y desconcierto. Porque en estos instantes emerge en la pantalla el espíritu de Jane Austen.

 Si siempre volvemos a los clásicos, es porque están vivos. Si cada época los reinterpreta, es porque tienen el poder de decirnos cosas nuevas. Un verdadero  

Si siempre volvemos a los clásicos, es porque están vivos. Si cada época los reinterpreta, es porque tienen el poder de decirnos cosas nuevas. Un verdadero clásico no es nunca una pieza arqueológica, sino un artefacto cultural activo, que no deja de apelarnos y sugerirnos nuevos significados. Por eso Nolan ha rodado La Odisea homérica, por eso las obras de Shakespeare no dejan de subir a los escenarios, y por eso llega hoy a los cines una nueva versión de Sentido y sensibilidad de Jane Austen.

A algunos despistados —y a algunos sobrados— Jane Austen puede parecerles una antigualla prerromántica que gusta a las chicas soñadoras. Una escritora de melodramas femeninos, con muchachas enamoradizas, elegantes mansiones en la bucólica campiña y tacitas de té. Pero si se lee con la debida atención, es una escritora monumental. Bajo la coqueta capa de enredos amorosos y pinceladas de humor, su escritura de apariencia liviana borda un discurso profundo sobre el amor y un perspicaz retrato sociológico del mundo en el que se movió.

Ese mundo era el de la gentry británica, la aristocracia terrateniente de la época georgiana —retratada en los lienzos de Gainsborough—, que vivía de las rentas de sus propiedades. Aunque la familia Austen era más humilde, porque el padre era un modesto párroco anglicano. Más allá del contexto concreto en el que están ambientadas sus novelas y de los giros en ocasiones folletinescos de sus tramas, la vivaz pluma de Austen tiene la capacidad de atrapar dos cosas esenciales. Por un lado, muestra que el dinero —su posesión o su carencia— tiene un papel fundamental en las relaciones sociales. Y por otro, que el matrimonio puede ser un modo de ascenso social, pero el verdadero amor puede ser una fuerza disruptiva.

El reto de cualquier adaptación al cine de las obras literarias de Jane Austen es no quedarse en la simple postal de la campiña británica, ni en el puro melodrama sentimental, sino plasmar en la pantalla estas corrientes de fondo que hacen que la escritora no sea una mera autora de folletines, sino un clásico.

Sentido y sensibilidad (título al que alguna traducción propone la alternativa de Juicio y sentimiento) fue la primera novela que publicó. La firmó simplemente como A Lady, es decir, una dama, sin que constara por ningún lado su nombre. En ella ya está conformado su universo literario, que llegará a la cima en la siguiente, Orgullo y prejuicio.

Sentido y sensibilidad cuenta la historia de las Dashwood, una madre y sus tres jóvenes hijas. Al fallecer el marido y padre pierden la mansión campestre en la que viven, porque el progenitor se la deja en herencia a su hijo varón, hermanastro de las chicas. Lo hace a condición de que las mantenga económicamente, pero la harpía que tiene por esposa el heredero lo anima a sacarlas de la casa y pasarles una asignación económica ridícula.

Por ello, la idílica y ociosa vida en Sussex llega a su fin de forma abrupta y se ven obligadas a aceptar la invitación de una pariente lejana, la chismosa y divertidísima señora Jennings, que les ofrece un modesto cottage en Devonshire, una región rural mucho más rústica. La narración se centra en las dos hermanas mayores, Elinor y Marianne —la tercera es todavía menor de edad— y sus amoríos, marcados por el modo en que cada una de ellas afronta la vida. Elinor, la primogénita, representa el sentido —la razón, la sensatez, la bondad, la resignación…—, mientras que Marianne es la encarnación de la sensibilidad —el corazón, la pasión, el inconformismo…—. Pero conforme avanza la trama, estas dos posturas vitales se reequilibrarán y de este modo las dos hermanas accederán finalmente a la felicidad.

Por el camino, y como parte fundamental de la novela, hay varios personajes masculinos, tan inolvidables como las dos hermanas. Edward Ferrars —hermano menor de la esposa del heredero que las ha expulsado de su casa—, que es el objeto del deseo de Elinor, y los dos pretendientes de Marianne: el turbio y seductor Willoughby y el circunspecto coronel Brandon.

Sentido y sensibilidad cuenta con varias versiones televisivas, pero la adaptación que se convirtió en canónica y favorita del público fue la de 1995, dirigida por Ang Lee, con guion de Emma Thompson, que también interpretaba a Elinor, acompañada por un reparto estelar en el que destacaban Kate Winslet (Marianne), Alan Rickman (el coronel Brandon) y Hugh Grant (Edward Ferrars).

De modo que el reto al que se enfrentaba la directora Georgia Oakley con esta nueva adaptación era doble: no banalizar a Jane Austen y medirse con la versión de 1995, con la que, inevitablemente, todo el mundo la va a comparar. De entrada, el proyecto podía generar cierta inquietud: por un lado, es el debut como guionista de la desconocida Diana Reid y, por otro, la directora tiene un único largometraje anterior, Blue Jean, un sólido drama ambientado en la Inglaterra thatcherista, sobre una profesora de instituto lesbiana y la compleja relación que establece con una alumna que amenaza con revelar su orientación sexual.

Había dos peligrosas derivas que podían hacer naufragar la película: endilgarnos una versión woke y didáctica de Sentido y sensibilidad o, casi peor, una adaptación ramplona y vacua (cosa que acaba de suceder con la desastrosa versión, estrenada hace unos meses, de Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, que es algo así como Emily Brontë para instagrammers, cursis y oligofrénicos).

Sin embargo, a Dios gracias, la guionista Reid y la cineasta Oakley no han caído en la tentación ni del adoctrinamiento ni de la extravagancia, y presentan una notabilísima versión muy pegada al original de Sentido y sensibilidad, que aporta matices diferentes a la ya clásica de 1995. No necesariamente la supera, pero sí puede ponerse a su altura sin avergonzarse de nada.

La de 1995 era luminosa y dotaba de un punto de artificio literario a los personajes; la de 2026 tiene un clima más borrascoso, es más sensual y telúrica, y los personajes son más imperfectamente humanos. La versión de Ang Lee idealizaba el pasado y la campiña británica, mientras que en la nueva el cottage de Devonshire no es cozy, sino una granja destartalada. Y se nos transmite la sensación de que los caminos son más polvorientos, que los viajes en carruaje son lentos y aburridos, y que los habitantes de la región son tirando a rudos. El amigo aristócrata de la señora Jennings que les cede el cottage es un noble muy rústico y las piezas de caza que les regala —conejos, aves— son casi tangibles en la pantalla.

Aunque algunos episodios pueden estar resueltos con excesiva precipitación y se sintetizan demasiado, la esencia de la historia no se pierde. Y algunos aspectos, como los obstáculos en la relación entre Marianne y Edward, están aquí explicados de una forma mucho más inteligible para un espectador contemporáneo. Es además significativo que el final de esta nueva versión, siendo el mismo happy ending, esquiva el exceso de azúcar de la doble boda que cerraba la precedente.

Sin duda, uno de los elementos clave en la comparativa entre ambas versiones está en los actores. En la nueva, Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed Miles están imponentes como las dos hermanas; recatada y meditabunda la primera, apasionada y desatada la segunda. Fiona Shaw está apoteósica como la chismosa y casamentera señora Jennings (un papel en el que Elisabeth Spriggs había dejado el listón muy alto en la anterior adaptación); George McCay es un estupendo Edward Ferrars, que hace olvidar a Hugh Grant; el noruego Herbert Nordrum compone un coronel Brandon notable (aunque superar a Alan Rickman es misión imposible) y Frank Dillane interpreta a un Willoughby turbio y un punto siniestro, que parece salido de una novela de las Brontë.

El único error de casting es Eliot Sumner como el antipático señor Palmer (un papel que en la anterior versión bordó Hugh Laurie, el doctor House). No es grave, porque es un papel muy secundario, que aquí está todavía más reducido, pero es evidente que algo no funciona. Eliot Sumner es la hija de Sting, que se define como no binaria y ha transicionado a varón. Su aspecto es ostentosamente andrógino y del todo inadecuado para el cascarrabias señor Palmer. No es su primer papel, quizá la recuerden en la serie Ripley de Netflix, en la que interpretaba al pijo Freddie Miles (al que en la película de Anthony Minghella con Matt Damon daba vida el gran Philip Seymour Hoffman). Allí sí que la peculiar fisonomía de Sumner aportaba algo interesante e inquietante, que enriquecía al personaje.

Este asunto no deja de ser una minucia en una adaptación de Sentido y sensibilidad que cuenta con una refinada banda sonora y una preciosista fotografía que saca todo el partido a los paisajes (por momentos recuerda a aquella maravilla que fue la Tess de Roman Polanski, sobre la novela de Thomas Hardy). La directora Georgia Oakley demuestra su talento para atrapar la vida en pequeños detalles, como el plano de los pies de Marianne en el agua que fluye en un arroyo, o el modo en que la hermana pequeña se mancha los labios y el vestido al comer una mora silvestre. O la prodigiosa forma en que resuelve la confesión de Edward Ferrars, manteniendo un largo plano del rostro de Elinor, que va mostrando su dolor y desconcierto. Porque en estos instantes emerge en la pantalla el espíritu de Jane Austen.

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