Hay días que parecen justificar muchos otros. Momentos de felicidad tan intensos que, mientras ocurren, todo lo anterior parece adquirir otro sentido. Benito Pérez Galdós capturó esa sensación hace más de un siglo en una de las grandes novelas de la literatura española.
La frase es contundente: «Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo siempre». La cita aparece en Fortunata y Jacinta, publicada originalmente en cuatro tomos entre 1886 y 1887, y es pronunciada por el personaje de Fortunata.
«¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!»
Para entender por qué Fortunata llega a decir que merece la pena vivir para experimentar un solo día así hay que regresar al momento de la novela en el que pronuncia la frase.
Fortunata se encuentra de nuevo con Juanito Santa Cruz, el hombre alrededor del cual gira buena parte de su tormentosa historia sentimental. Su relación está atravesada por el deseo, el abandono, las diferencias sociales y el sufrimiento. Pero en ese instante concreto ella no piensa en todo eso: se siente extraordinariamente feliz.

Galdós pone en su boca una exclamación que no deja demasiadas dudas sobre la intensidad del momento: «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!» Y poco después llega la frase completa: «Y si una no volviera, ¿para qué es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo siempre».
No habla de una felicidad estable ni de haber encontrado una fórmula para vivir bien. Habla desde la euforia de un instante. Y eso cambia considerablemente su significado.
El propio Galdós introduce la duda
De hecho, la novela no tarda en romper la aparente perfección de ese momento. Después de la exaltación de Fortunata aparece el futuro. Y con él, la incertidumbre. La felicidad que siente en ese momento comienza a verse amenazada por la posibilidad de que aquello no dure.
Galdós no está escribiendo un manual sobre cómo alcanzar la felicidad. Está construyendo un personaje que, durante unas horas, siente una felicidad tan intensa que todo lo demás le parece una forma de estar muriendo. Y probablemente ahí resida buena parte de la fuerza que conserva la frase.
Todos podemos reconocer, en mayor o menor medida, esa experiencia: un instante especialmente feliz puede modificar temporalmente nuestra manera de mirar las cosas. Lo que ayer parecía insoportable puede parecer de repente más pequeño; lo que ocurrirá mañana deja momentáneamente de importar.
Fortunata no está realizando un cálculo racional sobre su existencia. Está completamente dentro del presente.
«Todo era para ellos motivo de felicidad»
Curiosamente, Fortunata y Jacinta contiene otra imagen de la felicidad muy diferente.
Al describir los primeros tiempos de Jacinta y Juanito Santa Cruz, Galdós escribe: «Todo era para ellos motivo de felicidad».
Aquí ya no estamos ante un único instante extraordinario que parece justificar una vida entera. La felicidad aparece repartida entre pequeños acontecimientos cotidianos.
Durante su viaje de novios, Galdós muestra cómo la pareja encuentra motivos para disfrutar tanto en aquello que objetivamente resulta agradable como en pequeños contratiempos. Pueden entusiasmarse ante lo que contemplan, pero también reírse de una comida mala o de los saltos provocados por los baches del camino.
La idea resulta sugerente porque presenta prácticamente el reverso de la experiencia de Fortunata. Para ella, la felicidad parece concentrarse en un día excepcional: «Vivir para que llegue un día así». Para Jacinta y Juanito, en ese momento concreto de su relación, casi cualquier cosa puede convertirse en motivo de felicidad.
Son dos experiencias distintas que Galdós coloca dentro de una novela que terminará mostrando hasta qué punto la felicidad sentimental puede ser cambiante, contradictoria y frágil.
Lo que dice la ciencia sobre aprender a disfrutar los buenos momentos
Más de un siglo después, la psicología ha estudiado precisamente qué ocurre cuando prestamos atención deliberadamente a las experiencias positivas y tratamos de disfrutarlas mientras suceden. El concepto recibe el nombre de savoring, que podría traducirse como «saborear» o prolongar psicológicamente una experiencia positiva.
Un metaanálisis de 20 ensayos controlados aleatorizados, con 4.805 participantes, analizó intervenciones diseñadas para enseñar o fomentar este tipo de estrategias. Los investigadores encontraron, en conjunto, un efecto positivo moderado sobre los resultados emocionales, incluyendo mejoras en estados psicológicos positivos y reducciones en determinados síntomas emocionales negativos.
Otro estudio publicado en 2025 realizó una intervención de 14 días centrada precisamente en el savoring. Los participantes del grupo de intervención mostraron mejoras en satisfacción con la vida y afecto positivo y una reducción del afecto negativo. Conviene no convertir estos resultados en una receta universal para ser feliz: se trata de intervenciones psicológicas concretas y sus efectos no significan que baste con «pensar en cosas buenas» para solucionar los problemas de la vida.

Existe además una línea clásica de investigación dirigida por la psicóloga Barbara Fredrickson sobre las emociones positivas. En dos experimentos con 104 estudiantes universitarios, Fredrickson y Christine Branigan observaron que emociones positivas inducidas experimentalmente, como la diversión y la satisfacción, ampliaban momentáneamente el alcance de la atención y el repertorio de pensamientos y acciones en comparación con un estado neutral.
La teoría desarrollada por Fredrickson propone que emociones como la alegría, el interés, la satisfacción o el amor pueden ampliar temporalmente nuestra manera de pensar y favorecer, con el tiempo, la construcción de determinados recursos psicológicos y sociales. La propia literatura científica advierte, sin embargo, de que estos efectos dependen del contexto y no deben interpretarse como una regla según la cual estar contento siempre produzca automáticamente esos beneficios.
Nada de esto significa, naturalmente, que Galdós estuviera anticipando la psicología positiva. Sería anacrónico afirmarlo. Pero sí permite establecer un paralelismo interesante: aquello que el novelista convierte en literatura —la intensidad de un momento feliz y la capacidad de encontrar placer en experiencias pequeñas— son fenómenos que posteriormente la psicología ha intentado estudiar de manera experimental.
Un instante capaz de hacer que todo parezca haber merecido la pena
Quizá esa sea precisamente la razón por la que la frase continúa funcionando más de un siglo después. No promete que podamos ser felices permanentemente. Tampoco demuestra que Galdós creyera que debamos vivir esperando un gran acontecimiento que compense todos nuestros problemas.
Describe una experiencia mucho más concreta y reconocible: hay momentos en los que la felicidad puede ser tan intensa que modifica, al menos temporalmente, nuestra manera de percibir la vida.
Fortunata lo lleva al extremo. Frente a ese día extraordinario, todo lo demás le parece simplemente «estarse muriendo».
No sabemos que Galdós pensara personalmente de esa manera. Sí sabemos que fue capaz de convertir esa sensación en literatura y condensarla en una frase que, escrita hace más de un siglo, sigue describiendo algo profundamente humano: esos días en los que uno siente, aunque solo sea durante unas horas, que haber llegado hasta allí ya ha merecido la pena.
Hay días que parecen justificar muchos otros. Momentos de felicidad tan intensos que, mientras ocurren, todo lo anterior parece adquirir otro sentido. Benito Pérez Galdós capturó
Hay días que parecen justificar muchos otros. Momentos de felicidad tan intensos que, mientras ocurren, todo lo anterior parece adquirir otro sentido. Benito Pérez Galdós capturó esa sensación hace más de un siglo en una de las grandes novelas de la literatura española.
La frase es contundente: «Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo siempre». La cita aparece en Fortunata y Jacinta, publicada originalmente en cuatro tomos entre 1886 y 1887, y es pronunciada por el personaje de Fortunata.
Para entender por qué Fortunata llega a decir que merece la pena vivir para experimentar un solo día así hay que regresar al momento de la novela en el que pronuncia la frase.
Fortunata se encuentra de nuevo con Juanito Santa Cruz, el hombre alrededor del cual gira buena parte de su tormentosa historia sentimental. Su relación está atravesada por el deseo, el abandono, las diferencias sociales y el sufrimiento. Pero en ese instante concreto ella no piensa en todo eso: se siente extraordinariamente feliz.

Galdós pone en su boca una exclamación que no deja demasiadas dudas sobre la intensidad del momento: «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!» Y poco después llega la frase completa: «Y si una no volviera, ¿para qué es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo siempre».
No habla de una felicidad estable ni de haber encontrado una fórmula para vivir bien. Habla desde la euforia de un instante. Y eso cambia considerablemente su significado.
De hecho, la novela no tarda en romper la aparente perfección de ese momento. Después de la exaltación de Fortunata aparece el futuro. Y con él, la incertidumbre. La felicidad que siente en ese momento comienza a verse amenazada por la posibilidad de que aquello no dure.
Galdós no está escribiendo un manual sobre cómo alcanzar la felicidad. Está construyendo un personaje que, durante unas horas, siente una felicidad tan intensa que todo lo demás le parece una forma de estar muriendo. Y probablemente ahí resida buena parte de la fuerza que conserva la frase.
Todos podemos reconocer, en mayor o menor medida, esa experiencia: un instante especialmente feliz puede modificar temporalmente nuestra manera de mirar las cosas. Lo que ayer parecía insoportable puede parecer de repente más pequeño; lo que ocurrirá mañana deja momentáneamente de importar.
Fortunata no está realizando un cálculo racional sobre su existencia. Está completamente dentro del presente.
Curiosamente, Fortunata y Jacinta contiene otra imagen de la felicidad muy diferente.
Al describir los primeros tiempos de Jacinta y Juanito Santa Cruz, Galdós escribe: «Todo era para ellos motivo de felicidad».
Aquí ya no estamos ante un único instante extraordinario que parece justificar una vida entera. La felicidad aparece repartida entre pequeños acontecimientos cotidianos.
Durante su viaje de novios, Galdós muestra cómo la pareja encuentra motivos para disfrutar tanto en aquello que objetivamente resulta agradable como en pequeños contratiempos. Pueden entusiasmarse ante lo que contemplan, pero también reírse de una comida mala o de los saltos provocados por los baches del camino.
La idea resulta sugerente porque presenta prácticamente el reverso de la experiencia de Fortunata. Para ella, la felicidad parece concentrarse en un día excepcional: «Vivir para que llegue un día así». Para Jacinta y Juanito, en ese momento concreto de su relación, casi cualquier cosa puede convertirse en motivo de felicidad.
Son dos experiencias distintas que Galdós coloca dentro de una novela que terminará mostrando hasta qué punto la felicidad sentimental puede ser cambiante, contradictoria y frágil.
Más de un siglo después, la psicología ha estudiado precisamente qué ocurre cuando prestamos atención deliberadamente a las experiencias positivas y tratamos de disfrutarlas mientras suceden. El concepto recibe el nombre de savoring, que podría traducirse como «saborear» o prolongar psicológicamente una experiencia positiva.
Un metaanálisis de 20 ensayos controlados aleatorizados, con 4.805 participantes, analizó intervenciones diseñadas para enseñar o fomentar este tipo de estrategias. Los investigadores encontraron, en conjunto, un efecto positivo moderado sobre los resultados emocionales, incluyendo mejoras en estados psicológicos positivos y reducciones en determinados síntomas emocionales negativos.
Otro estudio publicado en 2025 realizó una intervención de 14 días centrada precisamente en el savoring. Los participantes del grupo de intervención mostraron mejoras en satisfacción con la vida y afecto positivo y una reducción del afecto negativo. Conviene no convertir estos resultados en una receta universal para ser feliz: se trata de intervenciones psicológicas concretas y sus efectos no significan que baste con «pensar en cosas buenas» para solucionar los problemas de la vida.

Existe además una línea clásica de investigación dirigida por la psicóloga Barbara Fredrickson sobre las emociones positivas. En dos experimentos con 104 estudiantes universitarios, Fredrickson y Christine Branigan observaron que emociones positivas inducidas experimentalmente, como la diversión y la satisfacción, ampliaban momentáneamente el alcance de la atención y el repertorio de pensamientos y acciones en comparación con un estado neutral.
La teoría desarrollada por Fredrickson propone que emociones como la alegría, el interés, la satisfacción o el amor pueden ampliar temporalmente nuestra manera de pensar y favorecer, con el tiempo, la construcción de determinados recursos psicológicos y sociales. La propia literatura científica advierte, sin embargo, de que estos efectos dependen del contexto y no deben interpretarse como una regla según la cual estar contento siempre produzca automáticamente esos beneficios.
Nada de esto significa, naturalmente, que Galdós estuviera anticipando la psicología positiva. Sería anacrónico afirmarlo. Pero sí permite establecer un paralelismo interesante: aquello que el novelista convierte en literatura —la intensidad de un momento feliz y la capacidad de encontrar placer en experiencias pequeñas— son fenómenos que posteriormente la psicología ha intentado estudiar de manera experimental.
Quizá esa sea precisamente la razón por la que la frase continúa funcionando más de un siglo después. No promete que podamos ser felices permanentemente. Tampoco demuestra que Galdós creyera que debamos vivir esperando un gran acontecimiento que compense todos nuestros problemas.
Describe una experiencia mucho más concreta y reconocible: hay momentos en los que la felicidad puede ser tan intensa que modifica, al menos temporalmente, nuestra manera de percibir la vida.
Fortunata lo lleva al extremo. Frente a ese día extraordinario, todo lo demás le parece simplemente «estarse muriendo».
No sabemos que Galdós pensara personalmente de esa manera. Sí sabemos que fue capaz de convertir esa sensación en literatura y condensarla en una frase que, escrita hace más de un siglo, sigue describiendo algo profundamente humano: esos días en los que uno siente, aunque solo sea durante unas horas, que haber llegado hasta allí ya ha merecido la pena.
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