¿Ha caído Lena Dunham como icono feminista? La creadora de ‘Girls’ e inspiración de las millennials decepciona a parte del movimiento tras recurrir a la gestación subrogada

Durante años, Lena Dunham fue una de las figuras más reconocibles del feminismo popular de la generación millennial. Con su mítica serie Girls habló sin demasiados filtros de sexo, aborto, cuerpos femeninos, relaciones, inseguridades y las contradicciones de un grupo de mujeres jóvenes. Su condición de referente nunca estuvo exenta de polémicas, pero su nombre quedó inevitablemente vinculado al debate feminista de la década de 2010, conocido como el feminismo de cuarta ola. Por eso, la noticia de que se ha convertido en madre mediante gestación subrogada ha causado una fuerte polémica.

Dunham, de 40 años, ha tenido su primera hija junto a su marido, el músico Luis Felber. Ella misma narró el proceso en un extenso ensayo publicado por Vogue. La actriz y escritora había sufrido endometriosis durante años y se sometió a una histerectomía en 2018, por lo que no podía llevar personalmente un embarazo.

Su decisión ha generado una reacción especialmente dura en determinados sectores feministas contrarios a la gestación subrogada. Ojo, esto no significa que Dunham haya dejado objetivamente de ser un referente feminista ni que exista una especie de tribunal capaz de retirarle esa condición, sino algo más concreto: una decisión personal de una mujer asociada durante años al feminismo ha chocado frontalmente con una de las líneas rojas de una parte del movimiento.

Dunham no oculta la complejidad de su decisión

La propia Dunham habla de la gestante en su relato y describe la extraña situación emocional de saber que otra mujer estaba haciendo físicamente algo que ella deseaba profundamente pero ya no podía hacer. Según cuenta a Vogue, llegó a preguntarse si sentiría celos de la mujer que estaba gestando a su hija. Finalmente, asegura que predominó la admiración. El texto relata la relación que establecieron durante el proceso y culmina con Dunham presente durante el nacimiento de la niña.

Su historia contiene, por tanto, un elemento fundamental que conviene no borrar: Dunham no podía gestar después de la histerectomía a la que se sometió tras sufrir endometriosis. Por lo tanto, según esto, su decisión no estaría basada en que no quería quedarse embarazada y parir.

Pero para las feministas más radicales ese dato tampoco resuelve el problema de fondo. La pregunta que plantean no es únicamente por qué Dunham necesitó recurrir a otra mujer, sino si la capacidad de una mujer para gestar y dar a luz debería poder formar parte de un acuerdo destinado a satisfacer el proyecto reproductivo de otra persona.

Por qué una parte del feminismo rechaza la gestación subrogada

Cabe destacar que el feminismo no mantiene una posición única sobre la gestación subrogada. El proyecto de investigación WoMoGeS, financiado dentro de las acciones Marie Skłodowska-Curie de la Unión Europea, estudió precisamente los movimientos de mujeres y los debates sobre gestación subrogada en diferentes países. Halló entonces dos grandes marcos enfrentados: el abolicionista, centrado fundamentalmente en la «explotación reproductiva» y la «mercantilización de mujeres y niños», y el regulacionista, que pone el énfasis en los derechos reproductivos y la autonomía de las mujeres.

Para el feminismo abolicionista, uno de los principales problemas es económico. Cuando existe dinero de por medio, sostienen sus defensoras, no basta con preguntar si una mujer ha dado su consentimiento: también hay que observar las circunstancias materiales en las que ha tomado esa decisión y la posible desigualdad económica existente entre la gestante y quienes recurren a ella. Desde esa perspectiva, una mujer con mayor capacidad económica estaría accediendo a la capacidad reproductiva de otra, que asume físicamente el embarazo, los tratamientos médicos asociados, el parto y sus posibles riesgos.

El segundo argumento se refiere precisamente al cuerpo. Para esta corriente, el embarazo no puede equipararse a la prestación de un servicio cualquiera, ya que es un proceso corporal prolongado que afecta a la salud y culmina en un parto. Convertirlo en objeto de un acuerdo contractual supondría introducir la lógica del mercado en una capacidad específicamente reproductiva. El proyecto europeo detalló precisamente que los conceptos de «explotación reproductiva» y «mercantilización de mujeres y niños» constituyen los grandes marcos discursivos del movimiento abolicionista.

La respuesta feminista contraria: ¿y la autonomía de la gestante?

Sin embargo, otras feministas llegan a una conclusión muy diferente partiendo también de la libertad de las mujeres. Su pregunta podría formularse al revés: si una mujer adulta comprende los riesgos y decide libremente gestar para otra persona, ¿por qué debería el Estado impedírselo?

La investigación europea identifica precisamente la autonomía de las mujeres y los derechos reproductivos como los grandes argumentos de las posiciones reformistas o regulacionistas. Estas corrientes no necesariamente sostienen que cualquier mercado de gestación subrogada sea aceptable, sino que plantean modelos regulados destinados a proteger a gestantes y menores.

Ahí se encuentra una de las grandes fracturas feministas alrededor de la cuestión:

  • Para una posición, permitir pagar o contratar una gestación puede convertir la desigualdad económica en explotación reproductiva.
  • Para la otra, prohibir que una mujer tome esa decisión sobre su propio cuerpo puede resultar igualmente paternalista.

De hecho, el proyecto WoMoGeS concluyó que el debate está fuertemente polarizado alrededor de esos dos conceptos: mercantilización frente a autonomía. También encontró algunos puntos de preocupación compartidos, entre ellos proteger a las gestantes, donantes de óvulos y menores frente a procedimientos médicos o jurídicos poco éticos y respetar la libertad y dignidad de las mujeres implicadas.

Lily Collins ya se encontró con un debate parecido

Lena Dunham no es la primera actriz cuya decisión de recurrir a la gestación subrogada provoca una discusión pública. En enero de 2025, Lily Collins y su marido, el director Charlie McDowell, anunciaron el nacimiento de su hija Tove mediante esta vía.

La decisión provocó inmediatamente comentarios críticos y preguntas sobre los motivos por los que la pareja había necesitado una gestante. La polémica llegó hasta el punto de que Vogue publicó una columna titulada, literalmente, It’s None of Your Business Why Lily Collins Used a Surrogate —«No es asunto tuyo por qué Lily Collins recurrió a una gestante»— defendiendo que la actriz no tenía obligación de hacer públicas las razones médicas o personales de su decisión.

La estrella de 'Girls' y sus polémicos y/o irónicos consejos para adelgazar
Lena Dunham con sus compañeras de la serie Girls. | Foto: Evan Agostini / Invision / AP

El episodio resulta interesante porque reproduce exactamente uno de los grandes conflictos que aparecen ahora con Dunham: ¿hasta dónde llega el derecho a la privacidad de quienes recurren a esta técnica cuando el procedimiento implica necesariamente el cuerpo de una tercera persona? Las respuestas son profundamente diferentes dependiendo del marco ético desde el que se contemple.

Otras famosas también lo hicieron antes, pero…

Celebridades como Kim Kardashian, Sarah Jessica Parker, Priyanka Chopra o Lucy Liu también han hecho público que recurrieron a gestantes para tener hijos. Pero conviene no meter a todas en el mismo saco. Las circunstancias personales son diferentes, las legislaciones bajo las que se realizaron los procesos pueden ser distintas y, sobre todo, no todas habían ocupado previamente el mismo espacio que Dunham como figura explícitamente asociada al discurso feminista.

Por eso, afirmar que a todas «les ocurrió lo mismo» sería simplificar demasiado. El interés particular del caso Dunham está precisamente en la colisión entre su identidad pública como una de las voces feministas más reconocibles de su generación y el rechazo que la gestación subrogada provoca en determinadas corrientes feministas.

En España, el contrato de gestación subrogada es nulo

La discusión adquiere además características particulares en España, donde la gestación por sustitución está prohibida desde 2006. En abril de 2025, el Ministerio de Justicia aprobó además una nueva instrucción para impedir la inscripción directa en el Registro Civil español de menores nacidos mediante esta práctica en el extranjero basándose únicamente en resoluciones administrativas o judiciales extranjeras. Desde entonces, según explica el propio Ministerio, la filiación debe determinarse mediante los cauces admitidos por el ordenamiento español, fundamentalmente el vínculo biológico o la adopción.

El propio comunicado del Ministerio vincula esta modificación con una reivindicación histórica de sectores del movimiento feminista que consideran la práctica una mercantilización del cuerpo de la mujer y de los menores.

El problema de convertir a Dunham en símbolo de todo el debate

Existe, sin embargo, otro peligro: convertir una cuestión enormemente compleja en un juicio exclusivamente sobre Lena Dunham. Su caso reúne elementos sensibles: una mujer que deseaba ser madre, una enfermedad que condicionó profundamente su vida reproductiva, una histerectomía que le impedía gestar y, finalmente, la intervención de otra mujer para que pudiera tener a su hija.

Para sus críticos, ninguna de esas circunstancias elimina las objeciones estructurales a la gestación subrogada. El deseo de tener un hijo, argumentan desde la posición abolicionista, no resuelve las preguntas sobre desigualdad económica, comercialización y límites del consentimiento.

Para quienes defienden la regulación, ocurre precisamente lo contrario: las circunstancias de Dunham demuestran por qué esta posibilidad puede ofrecer una vía hacia la maternidad a personas que no pueden gestar, siempre que la mujer gestante participe voluntariamente y esté adecuadamente protegida. Por eso, el caso de Dunham resulta especialmente representativo de una discusión que lleva años atravesando al feminismo.

La paradoja está ahí: las dos posiciones enfrentadas pueden apelar a la libertad femenina y llegar a conclusiones completamente opuestas. Una considera que la autonomía significa que una mujer adulta debe poder decidir gestar para otra persona. La otra sostiene que proteger la libertad de las mujeres exige establecer límites a aquello que el dinero puede convertir en objeto de intercambio. Y Lena Dunham, probablemente sin pretenderlo, acaba de colocarse en el centro del debate y reabriéndolo, para bien o para mal.

 Durante años, Lena Dunham fue una de las figuras más reconocibles del feminismo popular de la generación millennial. Con su mítica serie Girls habló sin demasiados  

Durante años, Lena Dunham fue una de las figuras más reconocibles del feminismo popular de la generación millennial. Con su mítica serie Girls habló sin demasiados filtros de sexo, aborto, cuerpos femeninos, relaciones, inseguridades y las contradicciones de un grupo de mujeres jóvenes. Su condición de referente nunca estuvo exenta de polémicas, pero su nombre quedó inevitablemente vinculado al debate feminista de la década de 2010, conocido como el feminismo de cuarta ola. Por eso, la noticia de que se ha convertido en madre mediante gestación subrogada ha causado una fuerte polémica.

Dunham, de 40 años, ha tenido su primera hija junto a su marido, el músico Luis Felber. Ella misma narró el proceso en un extenso ensayo publicado por Vogue. La actriz y escritora había sufrido endometriosis durante años y se sometió a una histerectomía en 2018, por lo que no podía llevar personalmente un embarazo.

Su decisión ha generado una reacción especialmente dura en determinados sectores feministas contrarios a la gestación subrogada. Ojo, esto no significa que Dunham haya dejado objetivamente de ser un referente feminista ni que exista una especie de tribunal capaz de retirarle esa condición, sino algo más concreto: una decisión personal de una mujer asociada durante años al feminismo ha chocado frontalmente con una de las líneas rojas de una parte del movimiento.

La propia Dunham habla de la gestante en su relato y describe la extraña situación emocional de saber que otra mujer estaba haciendo físicamente algo que ella deseaba profundamente pero ya no podía hacer. Según cuenta a Vogue, llegó a preguntarse si sentiría celos de la mujer que estaba gestando a su hija. Finalmente, asegura que predominó la admiración. El texto relata la relación que establecieron durante el proceso y culmina con Dunham presente durante el nacimiento de la niña.

Su historia contiene, por tanto, un elemento fundamental que conviene no borrar: Dunham no podía gestar después de la histerectomía a la que se sometió tras sufrir endometriosis. Por lo tanto, según esto, su decisión no estaría basada en que no quería quedarse embarazada y parir.

Pero para las feministas más radicales ese dato tampoco resuelve el problema de fondo. La pregunta que plantean no es únicamente por qué Dunham necesitó recurrir a otra mujer, sino si la capacidad de una mujer para gestar y dar a luz debería poder formar parte de un acuerdo destinado a satisfacer el proyecto reproductivo de otra persona.

Cabe destacar que el feminismo no mantiene una posición única sobre la gestación subrogada. El proyecto de investigación WoMoGeS, financiado dentro de las acciones Marie Skłodowska-Curie de la Unión Europea, estudió precisamente los movimientos de mujeres y los debates sobre gestación subrogada en diferentes países. Halló entonces dos grandes marcos enfrentados: el abolicionista, centrado fundamentalmente en la «explotación reproductiva» y la «mercantilización de mujeres y niños», y el regulacionista, que pone el énfasis en los derechos reproductivos y la autonomía de las mujeres.

Para el feminismo abolicionista, uno de los principales problemas es económico. Cuando existe dinero de por medio, sostienen sus defensoras, no basta con preguntar si una mujer ha dado su consentimiento: también hay que observar las circunstancias materiales en las que ha tomado esa decisión y la posible desigualdad económica existente entre la gestante y quienes recurren a ella. Desde esa perspectiva, una mujer con mayor capacidad económica estaría accediendo a la capacidad reproductiva de otra, que asume físicamente el embarazo, los tratamientos médicos asociados, el parto y sus posibles riesgos.

El segundo argumento se refiere precisamente al cuerpo. Para esta corriente, el embarazo no puede equipararse a la prestación de un servicio cualquiera, ya que es un proceso corporal prolongado que afecta a la salud y culmina en un parto. Convertirlo en objeto de un acuerdo contractual supondría introducir la lógica del mercado en una capacidad específicamente reproductiva. El proyecto europeo detalló precisamente que los conceptos de «explotación reproductiva» y «mercantilización de mujeres y niños» constituyen los grandes marcos discursivos del movimiento abolicionista.

Sin embargo, otras feministas llegan a una conclusión muy diferente partiendo también de la libertad de las mujeres. Su pregunta podría formularse al revés: si una mujer adulta comprende los riesgos y decide libremente gestar para otra persona, ¿por qué debería el Estado impedírselo?

La investigación europea identifica precisamente la autonomía de las mujeres y los derechos reproductivos como los grandes argumentos de las posiciones reformistas o regulacionistas. Estas corrientes no necesariamente sostienen que cualquier mercado de gestación subrogada sea aceptable, sino que plantean modelos regulados destinados a proteger a gestantes y menores.

Ahí se encuentra una de las grandes fracturas feministas alrededor de la cuestión:

  • Para una posición, permitir pagar o contratar una gestación puede convertir la desigualdad económica en explotación reproductiva.
  • Para la otra, prohibir que una mujer tome esa decisión sobre su propio cuerpo puede resultar igualmente paternalista.

De hecho, el proyecto WoMoGeS concluyó que el debate está fuertemente polarizado alrededor de esos dos conceptos: mercantilización frente a autonomía. También encontró algunos puntos de preocupación compartidos, entre ellos proteger a las gestantes, donantes de óvulos y menores frente a procedimientos médicos o jurídicos poco éticos y respetar la libertad y dignidad de las mujeres implicadas.

Lena Dunham no es la primera actriz cuya decisión de recurrir a la gestación subrogada provoca una discusión pública. En enero de 2025, Lily Collins y su marido, el director Charlie McDowell, anunciaron el nacimiento de su hija Tove mediante esta vía.

La decisión provocó inmediatamente comentarios críticos y preguntas sobre los motivos por los que la pareja había necesitado una gestante. La polémica llegó hasta el punto de que Vogue publicó una columna titulada, literalmente, It’s None of Your Business Why Lily Collins Used a Surrogate —«No es asunto tuyo por qué Lily Collins recurrió a una gestante»— defendiendo que la actriz no tenía obligación de hacer públicas las razones médicas o personales de su decisión.

La estrella de 'Girls' y sus polémicos y/o irónicos consejos para adelgazar
Lena Dunham con sus compañeras de la serie Girls. | Foto: Evan Agostini / Invision / AP

El episodio resulta interesante porque reproduce exactamente uno de los grandes conflictos que aparecen ahora con Dunham: ¿hasta dónde llega el derecho a la privacidad de quienes recurren a esta técnica cuando el procedimiento implica necesariamente el cuerpo de una tercera persona? Las respuestas son profundamente diferentes dependiendo del marco ético desde el que se contemple.

Celebridades como Kim Kardashian, Sarah Jessica Parker, Priyanka Chopra o Lucy Liu también han hecho público que recurrieron a gestantes para tener hijos. Pero conviene no meter a todas en el mismo saco. Las circunstancias personales son diferentes, las legislaciones bajo las que se realizaron los procesos pueden ser distintas y, sobre todo, no todas habían ocupado previamente el mismo espacio que Dunham como figura explícitamente asociada al discurso feminista.

Por eso, afirmar que a todas «les ocurrió lo mismo» sería simplificar demasiado. El interés particular del caso Dunham está precisamente en la colisión entre su identidad pública como una de las voces feministas más reconocibles de su generación y el rechazo que la gestación subrogada provoca en determinadas corrientes feministas.

La discusión adquiere además características particulares en España, donde la gestación por sustitución está prohibida desde 2006. En abril de 2025, el Ministerio de Justicia aprobó además una nueva instrucción para impedir la inscripción directa en el Registro Civil español de menores nacidos mediante esta práctica en el extranjero basándose únicamente en resoluciones administrativas o judiciales extranjeras. Desde entonces, según explica el propio Ministerio, la filiación debe determinarse mediante los cauces admitidos por el ordenamiento español, fundamentalmente el vínculo biológico o la adopción.

El propio comunicado del Ministerio vincula esta modificación con una reivindicación histórica de sectores del movimiento feminista que consideran la práctica una mercantilización del cuerpo de la mujer y de los menores.

Existe, sin embargo, otro peligro: convertir una cuestión enormemente compleja en un juicio exclusivamente sobre Lena Dunham. Su caso reúne elementos sensibles: una mujer que deseaba ser madre, una enfermedad que condicionó profundamente su vida reproductiva, una histerectomía que le impedía gestar y, finalmente, la intervención de otra mujer para que pudiera tener a su hija.

Para sus críticos, ninguna de esas circunstancias elimina las objeciones estructurales a la gestación subrogada. El deseo de tener un hijo, argumentan desde la posición abolicionista, no resuelve las preguntas sobre desigualdad económica, comercialización y límites del consentimiento.

Para quienes defienden la regulación, ocurre precisamente lo contrario: las circunstancias de Dunham demuestran por qué esta posibilidad puede ofrecer una vía hacia la maternidad a personas que no pueden gestar, siempre que la mujer gestante participe voluntariamente y esté adecuadamente protegida. Por eso, el caso de Dunham resulta especialmente representativo de una discusión que lleva años atravesando al feminismo.

La paradoja está ahí: las dos posiciones enfrentadas pueden apelar a la libertad femenina y llegar a conclusiones completamente opuestas. Una considera que la autonomía significa que una mujer adulta debe poder decidir gestar para otra persona. La otra sostiene que proteger la libertad de las mujeres exige establecer límites a aquello que el dinero puede convertir en objeto de intercambio. Y Lena Dunham, probablemente sin pretenderlo, acaba de colocarse en el centro del debate y reabriéndolo, para bien o para mal.

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