
Al otro lado de la pantalla aparece el rostro de una mujer de pelo blanco que sonríe al ver a Anny Marcela Peña. Esta arquitecta de 37 años lava las papas, acomoda los tomates sobre el mesón y reúne los demás ingredientes. Son casi las cinco de la tarde de un viernes en Madrid. En un extremo de la cocina coloca su computador e inicia una videollamada con la autora de ¿A qué sabe el Chocó?, el libro de recetas que está usando para cocinar.

Marcela Peña, arquitecta colombiana instalada en España, recupera su identidad y su memoria guiada por un libro que rescata los saberes de su abuela, un archivo vivo de la diáspora afrodescendiente del Pacífico
Al otro lado de la pantalla aparece el rostro de una mujer de pelo blanco que sonríe al ver a Anny Marcela Peña. Esta arquitecta de 37 años lava las papas, acomoda los tomates sobre el mesón y reúne los demás ingredientes. Son casi las cinco de la tarde de un viernes en Madrid. En un extremo de la cocina coloca su computador e inicia una videollamada con la autora de ¿A qué sabe el Chocó?, el libro de recetas que está usando para cocinar.
—¿Tienes albahaca? —pregunta la mujer.
—No, no tengo —responde Marcela.
La mujer es su abuela, Zita Emperatriz Copete, conocida como Mamá Ziti. Tiene 96 años y, desde Quibdó —la capital del Departamento del Chocó en Colombia y una de las zonas más afectadas por el reciente terremoto de magnitud 7,4—, guía a su nieta en la preparación del locro, un guiso tradicional que lleva cebolla cabezona, pimentón, pepino, vinagre, huevos y algunos ingredientes más. “Mi abuela no lo podía creer. A mí no me gustaba cocinar”, cuenta Marcela. Su talento gastronómico apareció cuando migró a España en 2020 para cursar un máster en Comunicación Arquitectónica. “Decir que soy del Chocó implica explicar constantemente de dónde vengo. Mucha gente ni siquiera sabe dónde queda”, relata. En ese duelo migratorio descubrió que cocinar era una forma de regresar, aunque fuera un poco, a su casa. Esa que está a más de 8.173 kilómetros de distancia. Y así llegó el libro que reúne recetas, recuerdos y memorias.

Cada Navidad, mientras la familia compartía pasteles chocoanos, mondongo y otros platos tradicionales al ritmo de villancicos, el abuelo de Marcela, Manuel Antonio Peña, repetía la misma idea: las recetas de su esposa no podían morir. Su hija Teresa Peña (62 años) y su nieta Angélica Peña (31 años) empezaron a materializar ese sueño pese a que él ya no estaba. “Estuvimos casi tres años consolidándolo”, cuenta Teresa. “Yo empecé transcribiendo las recetas y fue entonces cuando entendí muchos procesos, como todo el trabajo que implicaba preparar el maíz”, agregó. También descubrieron que Mamá Ziti nunca había cocinado con básculas ni cucharas medidoras: sus medidas estaban en las manos, en puñados.

El libro significaba más que conservar un recetario. Era una forma de preservar preparaciones que hoy corren el riesgo de desaparecer por la dificultad para conseguir algunos ingredientes, por el impacto del cambio climático, por la transformación de los cultivos o porque son pocos los que mantienen su legado. Mamá Ziti nació el 10 de junio de 1930 en Tadó —un municipio colombiano ubicado en el departamento de Chocó—. Sus padres murieron cuando era pequeña, pero conserva intacto el recuerdo de su madre, quien fue su inspiración. “Lo primero que preparé fue un arroz cuando tenía nueve años”, recuerda. El libro también funciona como un diario. Mamá Ziti evoca una cocina en la que todo requería más tiempo y trabajo manual. La carne para la longaniza se picaba completamente a mano porque no existían molinos domésticos. También recuerda el amor que atravesaba sus preparaciones. “Cuando conocí a Manuel fue amor a primera vista. A él le gustaba todo lo que le preparaba”, dice.
El título nació antes del proyecto editorial. En 2015, durante una investigación sobre los sabores de Colombia, el antropólogo Carlos Illera le preguntó: “¿A qué sabe el Chocó?”. Mamá Ziti respondió sin dudar: “La cocina chocoana sabe a ajo, orégano, cilantro cimarrón, albahaca, cebolla larga y bija”. En abril de 2026, el libro se presentó en Bogotá, en el restaurante Curandera. Quienes asistieron probaron recetas que conservan la memoria culinaria del Pacífico. Angélica Peña explicó el sentido profundo del proyecto: “Dejarse llevar como el río que fluye con ligereza. Recordar la importancia de dejar ir a quienes ya no están en este plano terrenal y mirar la muerte con serenidad”.
Luego interpretó Barasu-Ayo, de Ibeyi, una canción basada en los cantos tradicionales dedicados a Eleguá, una figura espiritual de origen yoruba que simboliza los comienzos y la apertura de caminos. Un mes después, el libro llegó a Madrid y fue presentado por Marcela en Espacio Afro, donde este diario familiar permanece. Sobre el escenario levantaron un pequeño altar mientras se proyectaban fotografías de la autora y de los platos que han acompañado a la familia. “Las memorias del Chocó recogen el legado de las cocinas tradicionales del Pacífico”, afirmó Marcela.

Pero para ella la cocina ya tenía otro significado. Todo comenzó una noche en Madrid, cuando conoció a Mark Ngahane, un DJ camerunés que le ofreció unos buñuelos de plátano dulce. Bastó un bocado. “Era como volver a casa”, recuerda. Con el tiempo conoció a la madre de Mark. Marcela quiso agradecer la hospitalidad preparando un plato, pero necesitaba carne ahumada, algo que creía imposible de encontrar. Preguntó. “Y tenía. ¿Cuál era la probabilidad?”, añade aún sorprendida. Ese día preparó arroz atollado. “No podía creer que sintiera en mi boca lo que preparaba mi abuela”, añade. Mientras cocinaba comprendió que muchos sabores que creía exclusivos de su casa también existían al otro lado del Atlántico. “La comida camerunesa ha sido otra forma de arraigo para mí”, afirma. Ese descubrimiento la conectó con un pasado histórico colonial.
“Desde el siglos XVI las personas africanas esclavizadas que lograron escapar construyeron palenques [surgieron como refugios de cimarrones], en las selvas del Pacífico colombiano. Allí convivieron e intercambiaron conocimientos con los pueblos Emberá. De ese encuentro surgieron nuevas formas de sembrar, cocinar y conservar los alimentos”, se lee en la introducción del libro. Cuando habla de Mark, a Marcela se le eriza la piel: “Encontrarme con él fue encontrarme con otra familia. Fue encontrarme con África. Con una raíz más profunda”.
Hasta entonces pensaba que la cocina solo la conectaba con el Chocó, pero después entendió que esos sabores también hablaban de una historia colonial compartida que cruzó el océano siglos atrás, cuando los africanos fueron esclavizados y movilizados por los colonizadores europeos. Es la primera vez que reproduce, a miles de kilómetros, un sabor que siempre había pertenecido a su infancia. “El ancla más potente cuando migras es la comida. Trae recuerdos muy viejos, recuerdos que ni siquiera sabías que tenías. Este libro es una manera mágica de empaquetar quién soy”, afirma.

Mientras prepara el locro durante la videollamada con Mamá Ziti, siguen conversando. “Descubrí que el queso feta se parece un poco al queso costeño”, dice Marcela, consciente de que en España es casi imposible encontrarlo. Tampoco mide la sal: la toma con los dedos y la deja caer sobre la olla por intuición. El locro hierve. No hay fogón de leña, sino una estufa eléctrica. Tampoco están todos los ingredientes que habría en una cocina del Chocó. Hay adaptaciones que impone la migración. Sin embargo, cuando prueba el primer bocado, los sabores cítricos del limón y el arroz explotan en su boca y la transportan al Pacífico. Por un instante vuelve a los brazos de su abuela mientras escucha el bullicio de la gente y siente la humedad pegándose a su piel.
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