
Para un escritor, supone un reconocimiento olímpico que le publiquen lo que los anglosajones llaman un reader, una antología panorámica de su trabajo. Y más aún, si se trata de alguien que labora en la mina del pop y los movimientos juveniles, algo supuestamente efímero y frívolo.
Un caballero británico con tendencia a meterse en lios. Para beneficio de su literatura, asegura
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Un caballero británico con tendencia a meterse en lios. Para beneficio de su literatura, asegura
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Para un escritor, supone un reconocimiento olímpico que le publiquen lo que los anglosajones llaman un reader, una antología panorámica de su trabajo. Y más aún, si se trata de alguien que labora en la mina del pop y los movimientos juveniles, algo supuestamente efímero y frívolo.
Debería haber añadido “en vida”. Tras el fallecimiento de Lester Bangs, fusilero del periodismo musical gonzo, salieron recopilaciones de sus textos, alguna trabajosamente traducida aquí (Reacciones psicóticas y mierda de carburador). Pero Nik Cohn, gracias sean dadas, sigue dando guerra.
Imagino que conviene presentarle. Hijo del historiador Norman Cohn, con raíces judías y norirlandesas, se reveló como enfant terrible del periodismo londinense a mediados de los años sesenta. En español se han publicado algunas de sus novelas y el libro que le inmortalizó, que aquí debutó como Awopbopaloobop Alopbamboom. Una historia de la música pop, gracias a Nostromo, y que ha ido cambiando de portada e incluso de título según saltaba de editorial en editorial: la versión más reciente se llama Aumbabuluba balambambú: La edad de oro del rock and roll. Una onomatopeya que hasta bautizó un programa de Carlos Tena en la TVE de los ochenta (cualquier parecido con la actual etc etc).
Nik Cohn reivindicaba los placeres sencillos del pop. Prefería los discos singles al LP, detestaba las pretensiones de los divinizados cantantes surgidos en la Década Prodigiosa, ignoraba los intíngulis de la industria musical en favor de los mitos (que él mismo hinchaba, caso de Gene Pitney). En el panorama estético general, Cohn se presentaba como un reaccionario… y orgulloso de serlo. Escribió Awopbopaloobop Alopbamboom cuando tenía 22 años y a esa edad uno puede ignorar todas las precauciones.

Instalado luego en Nueva York, Cohn le echó cara al asunto profesional. En 1976 publicó un sonado artículo sobre las discotecas del extrarradio, Tribal rites of the new saturday night, que al año siguiente sería la base de la película Fiebre del sábado noche, un verdadero terremoto cultural. Pasaron décadas antes de que Cohn confesara que se trataba de un relato imaginario, basado en recuerdos de vivencias sesenteras en el Londres mod. Hasta la pandilla de Tony Manero se hacían llamar “los faces”, un guiño a la aristocracia de los mods ingleses.
Puede que también entonces decidiera vivir peligrosamente. En 1983, fue detenido por el FBI por su implicación en una red de importación de drogas. Tuvo la habilidad para contratar a Andrew Maloney, abogado bien relacionado que le consiguió una condena benévola tras colaborar con el fiscal: cinco años de libertad condicional y multa de 5.000 dólares. Aunque no perdió audacia. Fascinado desde siempre por Nueva Orleáns, a partir del descubrimiento de la biografía de Jelly Roll Morton, aquel pianista que se proclamaba “inventor del jazz”, Cohn se instaló durante temporadas en la teóricamente peligrosa ciudad de Luisiana.
Aún más: logró colarse en los crudos ambientes del rap, donde ejerció como mánager y promotor de artistas novísimos, sin mucha fortuna. Y no solo sobrevivió: escribió Triksta, un tomo sobre su experiencia y, de fondo, el peso del racismo. Eso fue antes del Katrina. Le honra que regresara tras el huracán para ver qué había sido de sus amigos e incorporar sus vicisitudes a la reedición del libro. Bien.
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