Desde el odio es un libro que reflexiona sobre otro libro del mismo autor que fue cancelado tras un escándalo nacional y que pocas personas han podido leer: El odio. Luisgé Martín relata ahora cómo se gestó aquel libro maldito sobre la personalidad y la mente de un hombre que asesinó a sus propios hijos como venganza contra la mujer que le había abandonado: el tristemente célebre José Bretón.
En el capítulo quinto, el autor pide a la inteligencia artificial que sintetice los argumentos a favor y en contra de la cancelación que sufrió el libro anterior. El resultado, lógicamente, son dos párrafos contrarios entre sí, antitéticos. El primero sostiene que no se puede revivir el sufrimiento de una madre, cuyos hijos han sido asesinados por su marido, dedicando todo un libro a rememorar los hechos desde la perspectiva del asesino. El segundo, en cambio, mantiene que la literatura no está para tranquilizar, sino para analizar el horror que puede llegar a provocar un ser humano; ignorar la parte más brutal de un psicópata asesino es facilitar el crimen del siguiente.
Si ambos párrafos resultan razonables, e incluso convincentes al leerlos por separado, es porque el dilema no tiene solución fácil. No hay fármacos sin efectos secundarios. No se puede curar una apendicitis sin abrir con el bisturí la pared abdominal, pero tampoco se puede pedir a la madre del paciente que contemplen la operación directamente.
La periodista Sonsoles Ónega le dijo en una entrevista a Ruth Ortiz «que el libro podría salvar a muchas mujeres que encontraran en él un retrato parecido al suyo y al de esos hombres que las odian, y luego vuelven a fingir amarlas» (p. 118). Contra la idea de que no se puede dar la palabra a un monstruo siempre se encuentra el argumento contrario: estudiar y escuchar a los monstruos como Bretón es la única manera de conocerlos a fondo y poder defenderse de otros como ellos. Silenciarlos es tan absurdo como si un general rechazara conocer los planes del ejército enemigo antes de la batalla. El problema es si esa escucha debe limitarse a las comisarías, los juzgados y las consultas psiquiátricas o puede convertirse en una novela.
La complejidad del dilema hace que el propio autor, en cierto modo, acepte ambos argumentos contrarios. Por un lado, defiende que el libro era legítimo y estaba bien planteado: no tiene que arrepentirse por haber escrito así una obra literaria sobre la vida y el testimonio de un ser abominable; se ha hecho en otras ocasiones, como en Las benévolas, de Jonathan Littel, por ejemplo, donde el narrador es un oficial nazi. O en la tan citada A sangre fría de Capote, que tuvo numerosos descendientes. La literatura debe explorar la realidad desde todos los puntos de vista: el narrador y la perspectiva de cada relato son una elección del autor que en gran medida condicionará la calidad artística del resultado.
Cartas a Bretón
De hecho, Bretón, al leer el original antes de que se publicase, lo rechazó enérgicamente, deploró la imagen que se daba de él y consideró que le perjudicaba; en cambio, el tribunal que juzgó la demanda de su mujer y víctima para impedir la difusión de la obra no encontró ningún argumento legal contra su contenido. Pero ante la pregunta de si volvería a escribirlo, Martín responde que no, por el sufrimiento que ha provocado a Ruth Ortiz y el daño que se ha causado él mismo. A día de hoy, él mismo rechaza las escasas ofertas que recibe para publicarlo.
Es curioso que en el libro inédito Martín usa información del centenar de cartas que intercambió con Bretón, antes de entrevistarlo en la cárcel, pero sin citas directas. En este segundo libro sí hace algunas. Tras haber visto la serie de Canal Sur Bretón, la mirada del diablo, en la que Ruth Ortiz participó con su propia voz, Luisgé Martín le escribe a Bretón que ella «es una persona excepcional» y que cree que haría «bien en reconocérselo. [Porque] tiene una altura moral que es muy difícil encontrar en alguien»; añadiendo que «todas las víctimas merecen dignidad, pero solo algunas merecen admiración. Ruth Ortiz es una de ellas». De forma explícita, opina que la manera en que ella se enfrentó a su tragedia, sin perder la serenidad, «sin entregarse a la rabia o al exhibicionismo» le pareció «de una grandeza ética sobrenatural», que él mismo no se considera capaz de alcanzar.
Pero frente a este juicio, Martín pronto descubre, como le ocurrió a Arendt ante Eichmann, que Bretón es «una persona terriblemente normal, anodina, gris», que le pide libros de refranes y le cuenta «sus amores platónicos de adolescencia con una candidez que a veces producía sonrojo».
Más allá del minucioso relato sobre la forma en que escribió El odio y la campaña que lo fulminó, un largo capítulo del nuevo libro es un análisis de lo que aquello le reveló a Martín sobre cinco rasgos enfermizos de la sociedad actual y un sexto rasgo de época, que en su opinión no es tan patológico. Al exponerlos, hace críticas muy directas a movimientos de izquierda, a la que él mismo pertenece, lo que le obliga a matizar con cuidado sus acusaciones sobre esos seis puntos y dificulta su resumen: 1. El odio se considera hoy legítimo, siempre que sea políticamente correcto y dirija a las masas contra el enemigo adecuado (la oligarquía, los sionistas, los políticos…). 2. El nuevo puritanismo progresista es tan estricto como el viejo a la hora de señalar las personas que se deben cancelar, las palabras que se deben usar o los libros que no se pueden leer. 3. La confusión entre verdad y mentira, que empezó con autores como Foucault o los posmodernos (la verdad es una narrativa más y toda afirmación, hasta las matemáticas, puede ocultar una ideología, un privilegio o una construcción cultural), desembocó en los «hechos alternativos» de Trump, que sustituyen a la realidad que le desagrada. 4. La hipocresía, que aliada con el neopuritanismo permite condenar en público lo que se hace en privado. 5. La imbecilidad, que facilita los juicios infundados, la simplificación violenta, la incapacidad de entender metáforas o ironías literarias y la adhesión a consignas emocionales. 6. La hipersensibilidad a cualquier expresión que pueda ofender a un grupo, aunque sea de forma simbólica, lo que reduce la literatura a un lenguaje higienizado, sin matices ni alusiones que puedan molestar a alguien.
Democracias sentimentales
Todos estos análisis, aquí esquematizados, describen nuestras democracias sentimentales, en las que los argumentos son aplastados por la administración pública de las emociones. Las masas no piensan, sienten. Desde 1945 no han dejado de publicarse estudios sobre ello. Una conocida periodista dictaminó que «si Ruth Ortiz sufre, no hay nada más que podamos tomar en consideración». (p. 106). En realidad, la publicación del libro se podía defender con argumentos racionales, pero emocionalmente era imposible no empatizar con la madre de los niños asesinados por su padre.
De hecho, cuando ella pidió que se retirara el libro, casi nadie atendió a los argumentos sobre la libertad de expresión avalada por los tribunales, sino que desencadenó el cataclismo de reacciones emocionales que llevó a la cancelación. Lo cual es perfectamente comprensible y propio de una democracia sentimental. En ellas, afirma Martín, apoyándose en Martha Nussbaum, la deliberación racional y el diálogo ilustrado son sustituidos por la indignación, la compasión o el resentimiento que se convierten en criterios éticos. Se produce una sacralización de la víctima como autoridad y del dolor como juicio moral. Y ese dolor, que merece el máximo respeto y la máxima ayuda, acaba desplazando a las sentencias judiciales.
Este laberinto de argumentos imposibles de conciliar entre la razón y los sentimientos acaba necesariamente llevándonos a la conclusión de que Desde el odio aporta una buena argumentación para comprender los mecanismos emocionales que no atienden a argumentos.
Desde el odio es un libro que reflexiona sobre otro libro del mismo autor que fue cancelado tras un escándalo nacional y que pocas personas han
Desde el odio es un libro que reflexiona sobre otro libro del mismo autor que fue cancelado tras un escándalo nacional y que pocas personas han podido leer: El odio. Luisgé Martín relata ahora cómo se gestó aquel libro maldito sobre la personalidad y la mente de un hombre que asesinó a sus propios hijos como venganza contra la mujer que le había abandonado: el tristemente célebre José Bretón.
En el capítulo quinto, el autor pide a la inteligencia artificial que sintetice los argumentos a favor y en contra de la cancelación que sufrió el libro anterior. El resultado, lógicamente, son dos párrafos contrarios entre sí, antitéticos. El primero sostiene que no se puede revivir el sufrimiento de una madre, cuyos hijos han sido asesinados por su marido, dedicando todo un libro a rememorar los hechos desde la perspectiva del asesino. El segundo, en cambio, mantiene que la literatura no está para tranquilizar, sino para analizar el horror que puede llegar a provocar un ser humano; ignorar la parte más brutal de un psicópata asesino es facilitar el crimen del siguiente.
Si ambos párrafos resultan razonables, e incluso convincentes al leerlos por separado, es porque el dilema no tiene solución fácil. No hay fármacos sin efectos secundarios. No se puede curar una apendicitis sin abrir con el bisturí la pared abdominal, pero tampoco se puede pedir a la madre del paciente que contemplen la operación directamente.
La periodista Sonsoles Ónega le dijo en una entrevista a Ruth Ortiz «que el libro podría salvar a muchas mujeres que encontraran en él un retrato parecido al suyo y al de esos hombres que las odian, y luego vuelven a fingir amarlas» (p. 118). Contra la idea de que no se puede dar la palabra a un monstruo siempre se encuentra el argumento contrario: estudiar y escuchar a los monstruos como Bretón es la única manera de conocerlos a fondo y poder defenderse de otros como ellos. Silenciarlos es tan absurdo como si un general rechazara conocer los planes del ejército enemigo antes de la batalla. El problema es si esa escucha debe limitarse a las comisarías, los juzgados y las consultas psiquiátricas o puede convertirse en una novela.
La complejidad del dilema hace que el propio autor, en cierto modo, acepte ambos argumentos contrarios. Por un lado, defiende que el libro era legítimo y estaba bien planteado: no tiene que arrepentirse por haber escrito así una obra literaria sobre la vida y el testimonio de un ser abominable; se ha hecho en otras ocasiones, como en Las benévolas, de Jonathan Littel, por ejemplo, donde el narrador es un oficial nazi. O en la tan citada A sangre fría de Capote, que tuvo numerosos descendientes. La literatura debe explorar la realidad desde todos los puntos de vista: el narrador y la perspectiva de cada relato son una elección del autor que en gran medida condicionará la calidad artística del resultado.
De hecho, Bretón, al leer el original antes de que se publicase, lo rechazó enérgicamente, deploró la imagen que se daba de él y consideró que le perjudicaba; en cambio, el tribunal que juzgó la demanda de su mujer y víctima para impedir la difusión de la obra no encontró ningún argumento legal contra su contenido. Pero ante la pregunta de si volvería a escribirlo, Martín responde que no, por el sufrimiento que ha provocado a Ruth Ortiz y el daño que se ha causado él mismo. A día de hoy, él mismo rechaza las escasas ofertas que recibe para publicarlo.
Es curioso que en el libro inédito Martín usa información del centenar de cartas que intercambió con Bretón, antes de entrevistarlo en la cárcel, pero sin citas directas. En este segundo libro sí hace algunas. Tras haber visto la serie de Canal Sur Bretón, la mirada del diablo, en la que Ruth Ortiz participó con su propia voz, Luisgé Martín le escribe a Bretón que ella «es una persona excepcional» y que cree que haría «bien en reconocérselo. [Porque] tiene una altura moral que es muy difícil encontrar en alguien»; añadiendo que «todas las víctimas merecen dignidad, pero solo algunas merecen admiración. Ruth Ortiz es una de ellas». De forma explícita, opina que la manera en que ella se enfrentó a su tragedia, sin perder la serenidad, «sin entregarse a la rabia o al exhibicionismo» le pareció «de una grandeza ética sobrenatural», que él mismo no se considera capaz de alcanzar.
Pero frente a este juicio, Martín pronto descubre, como le ocurrió a Arendt ante Eichmann, que Bretón es «una persona terriblemente normal, anodina, gris», que le pide libros de refranes y le cuenta «sus amores platónicos de adolescencia con una candidez que a veces producía sonrojo».
Más allá del minucioso relato sobre la forma en que escribió El odio y la campaña que lo fulminó, un largo capítulo del nuevo libro es un análisis de lo que aquello le reveló a Martín sobre cinco rasgos enfermizos de la sociedad actual y un sexto rasgo de época, que en su opinión no es tan patológico. Al exponerlos, hace críticas muy directas a movimientos de izquierda, a la que él mismo pertenece, lo que le obliga a matizar con cuidado sus acusaciones sobre esos seis puntos y dificulta su resumen: 1. El odio se considera hoy legítimo, siempre que sea políticamente correcto y dirija a las masas contra el enemigo adecuado (la oligarquía, los sionistas, los políticos…). 2. El nuevo puritanismo progresista es tan estricto como el viejo a la hora de señalar las personas que se deben cancelar, las palabras que se deben usar o los libros que no se pueden leer. 3. La confusión entre verdad y mentira, que empezó con autores como Foucault o los posmodernos (la verdad es una narrativa más y toda afirmación, hasta las matemáticas, puede ocultar una ideología, un privilegio o una construcción cultural), desembocó en los «hechos alternativos» de Trump, que sustituyen a la realidad que le desagrada. 4. La hipocresía, que aliada con el neopuritanismo permite condenar en público lo que se hace en privado. 5. La imbecilidad, que facilita los juicios infundados, la simplificación violenta, la incapacidad de entender metáforas o ironías literarias y la adhesión a consignas emocionales. 6. La hipersensibilidad a cualquier expresión que pueda ofender a un grupo, aunque sea de forma simbólica, lo que reduce la literatura a un lenguaje higienizado, sin matices ni alusiones que puedan molestar a alguien.
Todos estos análisis, aquí esquematizados, describen nuestras democracias sentimentales, en las que los argumentos son aplastados por la administración pública de las emociones. Las masas no piensan, sienten. Desde 1945 no han dejado de publicarse estudios sobre ello. Una conocida periodista dictaminó que «si Ruth Ortiz sufre, no hay nada más que podamos tomar en consideración». (p. 106). En realidad, la publicación del libro se podía defender con argumentos racionales, pero emocionalmente era imposible no empatizar con la madre de los niños asesinados por su padre.
De hecho, cuando ella pidió que se retirara el libro, casi nadie atendió a los argumentos sobre la libertad de expresión avalada por los tribunales, sino que desencadenó el cataclismo de reacciones emocionales que llevó a la cancelación. Lo cual es perfectamente comprensible y propio de una democracia sentimental. En ellas, afirma Martín, apoyándose en Martha Nussbaum, la deliberación racional y el diálogo ilustrado son sustituidos por la indignación, la compasión o el resentimiento que se convierten en criterios éticos. Se produce una sacralización de la víctima como autoridad y del dolor como juicio moral. Y ese dolor, que merece el máximo respeto y la máxima ayuda, acaba desplazando a las sentencias judiciales.
Este laberinto de argumentos imposibles de conciliar entre la razón y los sentimientos acaba necesariamente llevándonos a la conclusión de que Desde el odio aporta una buena argumentación para comprender los mecanismos emocionales que no atienden a argumentos.
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