Si este texto se titulara «Zahara ya no canta, Zahara ahora baila» no estaríamos faltando del todo a la verdad, pero sería demasiado simple. Lo interesante a la hora de acercarse a lo que está preparando la ubetense es que es tremendamente complejo de describir. Probemos: el pum-pum potente de un bajo casi sepulta un hilo melódico que ni siquiera va exactamente al compás; Zahara cubre su cabeza con una capucha amarilla y se contonea; sube el ritmo, la canción gana volumen; Zahara despeja su cráneo pelado y sacude brazos, piernas, cabeza, se sacude entre el público eufórico y avanza entre espasmos; Zahara toma el micrófono [vale, sí que canta un poquito]: «No contaré que un día fui la mujer más famosa de España, ni que tenía miedo a que me apalearan»; pum-pum-pum.
La cantautora lleva una nueva metamorfosis de su universo electrónico a salas de toda España: «Es un show más íntimo, más sudoroso, más cercano»
Si este texto se titulara «Zahara ya no canta, Zahara ahora baila» no estaríamos faltando del todo a la verdad, pero sería demasiado simple. Lo interesante a la hora de acercarse a lo que está preparando la ubetense es que es tremendamente complejo de describir. Probemos: el pum-pum potente de un bajo casi sepulta un hilo melódico que ni siquiera va exactamente al compás; Zahara cubre su cabeza con una capucha amarilla y se contonea; sube el ritmo, la canción gana volumen; Zahara despeja su cráneo pelado y sacude brazos, piernas, cabeza, se sacude entre el público eufórico y avanza entre espasmos; Zahara toma el micrófono [vale, sí que canta un poquito]: «No contaré que un día fui la mujer más famosa de España, ni que tenía miedo a que me apalearan»; pum-pum-pum.
Quizá ella pueda resumir mejor qué narices es esto que acabamos de vivir: «Me he montado una fiesta para mí». Ah, pues sí, eso era. Y joder, qué fiesta.
La cantautora de Úbeda que un día abandonó la dulzura y el flequillo y se colgó una banda en la que ponía Puta; la que después se vistió de diva flúor y se quitó las bragas en un policlín con cara de «tú qué coño miras»; la que acto seguido se encaramó a todos los escenarios festivaleros rodeada de bailarinas y movió el culo todo lo que quiso; esa Zahara ahora se ha rapado la melena y ha vuelto a la discoteca.
«Desde que empecé a desarrollar el concepto de la rave quería hacer exactamente esto, pero al final siempre me inventaba algo muy grande, un show de escenario con bailarinas, con músicas y músicos, con una puesta en escena súper tocha…», recuerda. «Es verdad que había una inspiración ravera, pero no dejaba de ser un concierto. Necesitaba apartar el foco de mí y ponerlo en la pista de baile, y la única manera de hacerlo era reduciendo el tamaño». Así que la última mutación de su faceta electrónica se llama Zahararave:lite y es lo que promete: una rave al uso que llama a bailar sin mirar a ningún lugar concreto. «Es más íntimo, más sudoroso, más cercano». Ella es, definitivamente, quien mejor lo describe.
El reto, en este híbrido compositivo que no necesariamente es su futuro pero sí, sin duda, su presente, es encontrar el equilibrio: «Yo soy cantautora, soy narradora. El potencial de la canción y del pop es contar una historia, pero en la música electrónica lo importante es la experiencia personal. Es mejor que nadie te dé la chapa. Yo no puedo vivir sólo en un lado, no puedo renunciar a lo que soy, así que en esta sesión canto, sí, pero no la versión original sino la remezclada en directo».
La versión :lite de la rave de Zahara la va creando ella misma en la pista junto a Martí Perarnau, que maneja tres CDJ y una octatrack, «una máquina del infierno» que va sincronizando de oído en vivo. «Ya no canto sobre el bit que creé en mi casa sino sobre las músicas que pincha Martí, que ayer fueron unas y mañana serán otras y la sensación será diferente». Zahararave:lite es un ejercicio de composición en directo y también un proyecto de arte efímero: las canciones jamás volverán a existir así. Nada nunca volverá a sonar igual.
Frente al corsé del pop, donde todo está medido, ensayado, planificado hasta el milímetro, Zahara se lanza ahora a la aventura sin paracaídas, sin temer el fallo. Más bien, abrazándolo. Le pone incluso nombre, glitch, y lema: «Aquí el error no se corrige, aquí se baila». «Es en esa grita donde sucede la magia», rebusca las palabras. «De repente, a mí me da una especie de cuelgue, me veo bailando con la gente en pleno subidón y no sé ni cómo voy a cantar la próxima canción. De estos shows me van a tener que sacar en carretilla pero mira, gozando. Hostia, qué divertido. Si luego la gente se lo pasa bien, doble check, pero básicamente me he montado una fiesta para mí misma». Y estalla de risa.
«La cantautora nunca murió, solo que ahora ha encontrado una manera de expresión increíble. No volvería a ser la Zahara de 2011 de la pareja tóxica»
El regreso a la sala supone liberarse de los corsés espaciales de la escenografía, pero también de los temporales. Porque, advierte la artista, «el viaje sónico requiere tiempo». «Si yo estoy elaborando un desarrollo instrumental que sólo existe ahora, que va a desembocar en una pieza única que morirá cuando la termine, necesito un rato sin nadie cantando, sin un estribillo, sin que haya un hit sino sólo una transición», aclara, y se pregunta: «¿Cómo voy a hacer eso en un festival que me desaloja del escenario a los 60 minutos?».
Lo nuevo de la jienense tendrá una duración variable con un show principal de, mínimo, dos horas, un warm-up a cargo de Perarnau para poner los cuerpos a tono y un cierre en manos de DJ de la escena local, «si es del colectivo, mejor; si es mujer, mejor; si es una persona racializada, mejor». Por aquello de poner el foco donde más escasea la luz. La gira la llevará este otoño de la sala Impala II de Córdoba a The Moon en Sevilla; de la Niágara de Santander al Upload de Barcelona; con parada en la Villanos de Madrid
Hace tiempo que Zahara convirtió su voz en instrumento político y no tiene intención de cambiar de rumbo. La rave es, para ella, otra forma de proclama: «El hecho de que tú puedas estar en un lugar bailando sin que nadie te grabe, expresándote como tú eres sin pensar quién es la persona que baila a tu lado, si opina lo mismo que tú, si te cae bien o no, sin cuestionar a nadie ni que te cuestionen, eso es potentísimo», dice. «Más aún si utilizas ese lugar de comunión en el que todo el mundo está permeable, literalmente sudando, para soltar una burrada». Porque las suelta. Aunque cante que lo suyo no es canción política, vaya si lo es.
«La cantautora nunca murió, solo que ahora ha encontrado una manera de expresión increíble. No volvería a ser la Zahara de 2011 de la pareja tóxica», asegura, y se atusa el pelo rapado, también cargado de significado. Me ayuda a aceptar muchas cosas. Salir de lo hegemónicamente femenino produce una liberación curiosa pero es muy complicado. Con esta cabeza, no tengo escapatoria».
Noticias de Cultura
