La cara Ozempic, el tono ChatGPT

Había algo raro en aquella respuesta. Al principio pensé que la había dictado al móvil, ya sabe, como cuando va conduciendo y pulsa el micrófono: «Sí-coma-mamá-coma-te llamo cuando llegue-punto». ¿Sería el excesivo cuidado en la puntuación? ¿Sería la estructura de las frases, demasiado formal? ¿Sería esa ultracorrecta u? «Buenos días, no termino de entender muy bien el concepto u objetivo de la entrevista. [doble espacio] Por otra parte, no indican si estaría remunerada. [doble espacio] Muchas gracias.».

 Al rostro heroin chic de ojos hundidos y piel colgandera que nos está inoculando de nuevo la cultura popular lo llaman «cara Ozempic». La prosa encargada a la IA tiene también ese estilo uniforme, tan correcto, un poco redicho, un poco colgandero  

Había algo raro en aquella respuesta. Al principio pensé que la había dictado al móvil, ya sabe, como cuando va conduciendo y pulsa el micrófono: «Sí-coma-mamá-coma-te llamo cuando llegue-punto». ¿Sería el excesivo cuidado en la puntuación? ¿Sería la estructura de las frases, demasiado formal? ¿Sería esa ultracorrecta u? «Buenos días, no termino de entender muy bien el concepto u objetivo de la entrevista. [doble espacio] Por otra parte, no indican si estaría remunerada. [doble espacio] Muchas gracias.».

No conocía a mi interlocutor, un señor de la calle de esos a los que los periodistas llevamos a veces a portada porque resultan más interesantes que muchos famosos, pero la sucesión de wasaps fue despertando en mí la sensación de que no hablaba con un humano, o no del todo. «Te estará respondiendo con ChatGPT», soltó a mi lado una compañera mucho más joven y bregada en novedades tecnológicas. «La gente lo hace».

Tienen en Francia un lío morrocotudo. Resulta que el gran fenómeno de la rentrée literaria, una novela de emigración escrita por Thélyson Orélien -él mismo haitiano exiliado en Canadá tras el seísmo de 2010-, ha dado positivo en una herramienta de detección de inteligencia artificial. Un grupo de internautas anónimos pasó varios extractos del texto por la máquina y la respuesta fue abrumadora: «100% IA». Para asegurarse, sometieron al mismo examen escritos anteriores del autor y la cosa cambió bastante: «100% humano».

El brillante futuro de una obra que acaba de recibir el Premio de Novela Fnac 2026 y figura en las primeras listas de los premios Goncourt y Renaudot, los más prestigiosos de las letras francesas, se había apagado de repente con un tuit viral. El escritor, claro, ha negado la mayor y su entorno se ha apresurado a sugerir una campaña racista y xenófoba contra un escritor negro de las colonias, ya sabe cómo está el patio en Francia. Los medios galos, por su parte, han recurrido a todos los detectores posibles y el resultado no es concluyente.

Decía una agente literaria hace unos días en el Wall Street Journal que cuando leía algo mal escrito, «francamente», le parecía un soplo de aire fresco. Supongo que como cuando vemos a una señora con carne sobre los pómulos en una alfombra roja. Al rostro heroin chic de ojos hundidos y piel colgandera que nos está inoculando de nuevo la cultura popular (que vuelva todo de los 90 menos eso, joder) lo llaman «cara Ozempic» porque así te luce el semblante cuando tomas atajos dietéticos. La prosa encargada a la IA tiene también ese estilo uniforme, tan correcto, un poco redicho, un poco colgandero.

El libro de la discordia al otro lado de los Pirineos se titula, por cierto, C’était ça ou mourir. Era eso o morir. ¿Excusatio non petita del autor? ¿Mensaje reivindicativo en clave de ChatGPT? No me diga que no sería bellísimo.

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