Estados Unidos llega a la Bienal de Venecia dando un nuevo ejemplo de la ofensiva cultural de Donald Trump: con un artista inesperado, escogido tras una selección opaca, y con el pabellón en manos de una figura sin experiencia en el arte, pero bien conectada con el entorno del presidente. El pabellón del país en los Giardini, una de las dos sedes de la gran cita del arte contemporáneo, también llega precedido de controversia en una edición marcada por las tensiones políticas desatadas por la participación de Rusia e Israel.
El país llega a la gran cita del arte representado por Alma Allen, un escultor autodidacta que fue escogido tras una convocatoria tardía y reorientada hacia el ideario MAGA
Estados Unidos llega a la Bienal de Venecia dando un nuevo ejemplo de la ofensiva cultural de Donald Trump: con un artista inesperado, escogido tras una selección opaca, y con el pabellón en manos de una figura sin experiencia en el arte, pero bien conectada con el entorno del presidente. El pabellón del país en los Giardini, una de las dos sedes de la gran cita del arte contemporáneo, también llega precedido de controversia en una edición marcada por las tensiones políticas desatadas por la participación de Rusia e Israel.
El escogido para representar a EE UU es Alma Allen, artista de 55 años prácticamente desconocido en el sector, que presenta una veintena de esculturas abstractas hechas con materias naturales. Aunque no sea su propuesta, de un formalismo tirando a inocuo, la que ha generado escándalo, sino el proceso de selección, tardío y opaco, que lo ha traído hasta la ciudad italiana.
Como cada dos años, el Departamento de Estado organizó un concurso destinado a los artistas que aspirasen a representar a EE UU en esta bienal, un honor reservado a creadores con un reconocimiento y madurez artística incontestables. Salvo que, en esta ocasión, la administración de Trump eliminó de la convocatoria las referencias a valores como diversidad, inclusión o equidad, reemplazados por una exigencia distinta. Esta vez, las propuestas debían “reflejar y promover valores estadounidenses”, como “la innovación” o “el excepcionalismo”.

Contra pronóstico, el seleccionado fue este escultor nacido en una familia mormona de Salt Lake City, con la que rompió durante su juventud. Allen es un autodidacta —el primero que representa a su país en Venecia— que pasó de vender figuritas de madera en las calles del Soho neoyorquino a exponer en una colectiva del Whitney Museum en 2014. Aun así, hasta la fecha solo ha protagonizado una retrospectiva de envergadura, en el Museo de Arte de Palm Springs, en 2018. El escultor acogía a los visitantes durante la jornada inaugural del martes, reservada a los profesionales. Allí, repetía a quien se le acercara: “Yo solo me represento a mí mismo”.
Su exposición, titulada Call Me the Breeze (Llámame brisa), apuesta por una escultura abstracta y biomórfica, centrada en el uso de materiales como el bronce fundido, el nogal americano, el ónix mexicano, la cuarcita guatemalteca, el travertino persa o el mármol Yule de Colorado, piedra blanca utilizada en monumentos nacionales como el Monumento a Lincoln, en Washington. La muestra se esfuerza en presentar esta variedad de materias de distintos orígenes como una geología concentrada de las Américas, insinuando un posible panamericanismo. De hecho, Allen reside en México desde 2017, circunstancia que añade a esta historia una ironía difícil de ignorar: el representante oficial de EE UU trabaja al otro lado de una frontera convertida por Trump en emblema de su política migratoria.
En la convocatoria, la administración de Trump eliminó las referencias a la diversidad o la inclusión, reemplazadas por la exigencia de “reflejar y promover valores estadounidenses”
En sus piezas, las formas parecen fósiles, órganos, animales o herramientas fundidas, en una ambigüedad que ocupa el centro de su práctica: casi todas las obras se titulan Not Yet Titled (Todavía sin título), como si mantuviera todos los significados en suspenso. Sin ser un desastre, la muestra sorprende por su escasa ambición, sobre todo después de los pabellones de los artistas Simone Leigh, en 2022, y Jeffrey Gibson, en 2024. Ambos transformaron radicalmente el edificio neoclásico y abordaron la historia social y racial de EE UU.
A causa del cierre del Gobierno estadounidense a finales de 2025, Allen no empezó a trabajar hasta enero pasado en su exposición. No era, según la prensa estadounidense, la primera opción para el encargo. Su nombre fue escogido tras la renuncia de artistas más reconocidos, como William Eggleston o Barbara Chase-Riboud, que habrían rechazado la invitación para no quedar vinculados a la administración de Trump.
También sonó el nombre de Curtis Yarvin, ideólogo neorreaccionario próximo a la derecha tecnológica, que propuso convertir el pabellón en un provocador Salón de los Deplorables, en referencia al término usado por Hillary Clinton contra el electorado de Trump en 2016, del que se ha reapropiado la cultura MAGA. El proyecto giraba en torno a El rapto de Europa de Tiziano, con la posibilidad incluso de usar una una falsificación o una recreación mediante inteligencia artificial si el original no podía viajar, según Vanity Fair.

El pabellón de Allen es mucho menos iconoclasta que ese proyecto abortado. En realidad, el escultor no responde al perfil propagandístico que algunos temían antes de la inauguración. Es el equipo que lo rodea el que ha generado dudas. El comisario, Jeffrey Uslip, aparece en la documentación oficial como un profesional con casi tres décadas de trayectoria, asociado a exposiciones de artistas tan prestigiosos como Mark Bradford, Lynda Benglis o Agnes Denes. Pero omite que arrastra una polémica importante. En 2016, cuando era conservador jefe del Museo de Arte Contemporáneo de Saint Louis, Uslip organizó una exposición que incluía imágenes de violencia policial contra personas negras y cuerpos de mujeres afroamericanas intervenidos con chocolate y pasta de dientes. La muestra provocó protestas, acusaciones de insensibilidad racial y peticiones de dimisión. Poco después, Uslip abandonó el museo.
Con todo, la figura más llamativa del equipo es Jenni Parido, responsable del pabellón y presidenta de la American Arts Conservancy, una organización sin ánimo de lucro creada en 2025 para “preservar, promover y hacer avanzar” las artes visuales de Estados Unidos. La prensa estadounidense ha subrayado que, antes de ponerse al frente del pabellón veneciano, Parido dirigía una empresa de comida de gama alta para mascotas en Tampa (Florida). Y también que llegó al encargo a través de Erin Scavino, responsable del programa Arte en Embajadas del Gobierno de EE UU y esposa de Dan Scavino, estrecho colaborador de Trump. Además, entre los patrocinadores del pabellón figura John Phelan, secretario de la Marina hasta hace dos semanas, coleccionista de arte y conocido donante republicano.
Antes de ponerse al frente del pabellón veneciano, su responsable dirigía una empresa de comida de gama alta para mascotas en Florida. Fue escogida por la esposa de un colaborador de Trump
La participación estadounidense lleva semanas generando polémica. El artista Anish Kapoor pidió que Estados Unidos fuera excluido de la Bienal junto a Rusia e Israel por su “abominable política de odio” y su “belicismo incesante”. Robert Storr, antiguo conservador del MoMA y comisario de la Bienal de Venecia en 2007, fue igual de duro: “EE UU será recordado por haber desperdiciado una gran oportunidad de presentar un trabajo serio”. En cambio, el galerista francés Emmanuel Perrotin, que fichó a Allen poco después de su selección, defendió al artista: “La gente estaba preparada para destruir a cualquier artista que aceptara hacer el pabellón. Es muy injusto. Allen es una persona muy agradable y no representa en absoluto la cultura MAGA”.
En una bienal tan atravesada por lo político, la propuesta resulta tibia o incluso evasiva. Las primeras críticas al pabellón de EE UU han sido demoledoras. Artnews señaló que las esculturas de Allen son “objetos decorativos” y resumió su decepción con una frase brutal: “Sería preferible un pabellón vacío”, mientras que la revista de arte Frieze apuntó que la muestra no dice “nada significativo” y que el resultado es “embarazoso”. “No son ofensivas, excepto por su condición inerte”, sentenció ayer The New York Times.
Frente a un pabellón oficial dominado por una abstracción esquiva, dos artistas afroamericanos como Lorna Simpson y Arthur Jafa proponen en Venecia otro relato posible de Estados Unidos. Lo hacen en fundaciones privadas. Simpson expone en la Punta della Dogana, propiedad del magnate François Pinault, donde revisa dos décadas de trabajo centradas en el cuerpo negro. Primera mujer afroamericana invitada a la Bienal de Venecia, en 1990, ha sido también una voz crítica contra Trump. Mientras, Jafa recorre su obra en la Fundación Prada, donde muestra sus vídeos febriles sobre la sumisión negra y el supremacismo blanco.
La comisaria de la exposición es Nancy Spector, que en 2007 llevó al pabellón de EE UU las obras de Félix González-Torres, conocido azote de las estructuras de poder, en el tramo final de la presidencia de George W. Bush. Una posibilidad que hoy parece propia de la ciencia ficción. Y que deja un veredicto incontestable: en la Bienal de Venecia, el país está mejor representado fuera de su propio pabellón.
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