Tamariz luchó contra una magia dormida

El mago Juan Tamariz el 2 de noviembre de 2017.

Tamariz no era únicamente aquel mago tan distinto, simpático, chistoso, melenudo y con un sombrero muy peculiar que todos hemos visto en populares programas de televisión o incluso escuchado en espacios radiofónicos. Tamariz reivindicaba la magia como arte y trabajaba para su pleno reconocimiento. El ejemplo más claro es el Manifiesto de la Escuela Mágica de Madrid de 1971 cuya autoría compartieron siete fundadores de la escuela, uno de los núcleos que más ha ayudado a dinamizar la magia y sacarla de los tiempos pobres, tristes, sin el aprecio del público, que apenas sobrevivía en aquellos años.

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 El mago reivindicaba su disciplina como arte y trabajaba para su pleno reconocimiento. El ejemplo más claro es el ‘Manifiesto de la Escuela Mágica de Madrid’ de 1971.  

IN MEMORIAM
Opinión

Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El mago reivindicaba su disciplina como arte y trabajaba para su pleno reconocimiento. El ejemplo más claro es el ‘Manifiesto de la Escuela Mágica de Madrid’ de 1971.

El mago Juan Tamariz el 2 de noviembre de 2017. David Folgueiras
Tomàs Delclós

Tamariz no era únicamente aquel mago tan distinto, simpático, chistoso, melenudo y con un sombrero muy peculiar que todos hemos visto en populares programas de televisión o incluso escuchado en espacios radiofónicos. Tamariz reivindicaba la magia como arte y trabajaba para su pleno reconocimiento. El ejemplo más claro es el Manifiesto de la Escuela Mágica de Madrid de 1971 cuya autoría compartieron siete fundadores de la escuela, uno de los núcleos que más ha ayudado a dinamizar la magia y sacarla de los tiempos pobres, tristes, sin el aprecio del público, que apenas sobrevivía en aquellos años.

Arturo de Ascanio, Juan Tamariz, José Puchol, Juan Antón, Ramón Varela, Ricardo Marré y Camilo Vázquez lamentaban en el manifiesto que la magia se había quedado muda. Incapaz de evolucionar, como demostraba que todo lo que había inventado Dai Vernon medio siglo antes seguía repitiéndose. Una magia, denunciaban, que no había evolucionado ni sabido avanzar. Y reclamaban una magia con ideas nuevas. Una magia que llegara al corazón del espectador. Sin el soplo del misterio, el público se empobrece y abandona espectáculos adocenados donde, por enésima vez, aparecía una paloma de la manga. Tamariz y sus colegas proponían investigar nuevas ideas y metodologías así como profundizar los estudios psicológicos. Se trataba de hacer una magia más adulta y fomentar el intercambio entre magos.

En eso estuvieron Tamariz y amigos tan importantes como Ascanio. Ahora que la neurociencia indaga los mecanismos neuronales de la magia —como fabricar el olvido o el desvío de la atención— resulta que los grandes magos aplicaban por intuición estos recursos. Una magia que hace trucos, pero nunca trampas —como abusar de los compinches—. El mago no engaña a la vista, engaña al cerebro incapaz de gestionar tanta información como le hacen llegar. Cuando Tamariz explicaba uno de aquellos crujientes chistes no lo hacía únicamente para añadir diversión, eran parte del truco.

Tamariz estudiaba la historia de la magia. Hace años, en un encuentro en Barcelona, me explicó que estaba a punto de viajar a Alemania para conocer un material cinematográfico añejo sobre la magia. Su voluntad de empujar la investigación lo llevó a impulsar la editorial Frakson, denominada así en homenaje al ilusionista español de principios de siglo que, tras la Guerra Civil, se afincó, exiliado, en Estados Unidos donde obtuvo la nacionalidad. Otro promotor de la editorial fue Ramon Mayrata, antropólogo e historiador del arte del ilusionismo. Otro ejemplo de esta dedicación fue su colaboración en la exposición que Jorge Wagensberg organizó en el Cosmocaixa de Barcelona en 2009, donde Tamariz, desde un vídeo, instruía a los visitantes para que pudieran realizar un truco de magia.

La Escuela Mágica de Madrid reanimó, revolvió, el universo del ilusionismo. La voluntad pedagógica de Tamariz sigue presente en la escuela de magia que dirige su hija Ana. La herencia de Tamariz está claramente presente en la renovada y nueva magia que actualmente se desarrolla en España en distintas ciudades. Una magia que no únicamente aspira al asombro, también gana al caos y es capaz de proponerse como un acto poético.

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