Juan Tamariz, fallecido este martes en Madrid, fue, para varias generaciones de españoles, la misma magia. Su presencia en la televisión pública, en un tiempo en que solo había un canal para ver, disparó su popularidad para la misma generación que vio a Gloria Fuertes o Un, dos, tres, responda otra vez. Fue —con su aspecto desgarbado, su melena gris y su simpatía a prueba de bomba— un entretenedor de inmenso carisma, aparte del mayor divulgador del ilusionismo en programas como Por arte de magia, Magia Potagia y Chantatachan. Quizá esa popularidad televisiva no dejó ver a su público que su importancia como mago tenía nivel internacional. Tamariz no solo aprendió de sus maestros —Dai Vernon, Slydini, Fred Kaps—, sino que se convirtió en uno de ellos.
La magia no solo pierde a un personaje televisivo generacional, sino al considerado el mejor cartomago del mundo. Con él se cierra un tiempo de grandes estrellas internacionales y de grandes sabios del ilusionismo
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La magia no solo pierde a un personaje televisivo generacional, sino al considerado el mejor cartomago del mundo. Con él se cierra un tiempo de grandes estrellas internacionales y de grandes sabios del ilusionismo
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Juan Tamariz, fallecido este martes en Madrid, fue, para varias generaciones de españoles, la misma magia. Su presencia en la televisión pública, en un tiempo en que solo había un canal para ver, disparó su popularidad para la misma generación que vio a Gloria Fuertes o Un, dos, tres, responda otra vez. Fue —con su aspecto desgarbado, su melena gris y su simpatía a prueba de bomba— un entretenedor de inmenso carisma, aparte del mayor divulgador del ilusionismo en programas como Por arte de magia, Magia Potagia y Chantatachan. Quizá esa popularidad televisiva no dejó ver a su público que su importancia como mago tenía nivel internacional. Tamariz no solo aprendió de sus maestros —Dai Vernon, Slydini, Fred Kaps—, sino que se convirtió en uno de ellos.
Su figura está presente desde los sesenta, años en que estudia Ciencias Físicas y Cine, da forma (y se forma) en la Sociedad Española de Ilusionismo y contribuye a crear la Escuela Mágica de Madrid. Los tiempos que comparte con Arturo de Ascanio (un abogado con corazón de mago del que siempre se consideró alumno) quedan como algo legendario: entonces los juegos se aprendían prestando mucha atención —no abundaban los libros y, en tiempos del franquismo, mucho menos se conseguían ediciones extranjeras—; los juegos se observaban, se anotaban en folios blancos y se encuadernaban en canutillo.
Con Ascanio aprendió conceptos básicos y a la vez sumamente sofisticados: las acciones en tránsito —o cómo enmascarar un movimiento tramposo—, el paréntesis de olvido —que no pase demasiado tiempo entre el antes y el después del efecto para que el contraste mágico sea evidente— y la atmósfera mágica (ese ambiente de sorpresa logrado cuando el mago ejecuta sus efectos sin que el público barrunte cómo lo ha hecho). Así formó el gran Juan Tamariz, enorme mago de cerca y sobre todo uno de los mejores cartomagos —su Primer Premio Mundial de Cartomagia de la FISM, de 1973, ya avisó de ello— de la historia.
Mito para la actual generación —que solo ha visto en YouTube el famoso “Chan-ta-ta-chaaaán” con el que cerraba sus juegos—, dejó pocas apariciones en los últimos años. Muchos pudieron verle en una actuación de altura en el auditorio madrileño de la Fundación Juan March, dentro del festival Magia a ojos vistas, el 7 de julio de 2022. Otros privilegiados pudieron estar más cerca el año pasado, cuando celebró su 83 cumpleaños, el 3 de noviembre, en la capitalina sala Galileo, en un evento vinculado a la Escuela de Magia de su hija, Ana Tamariz. En ella queda ahora su inmenso legado.
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