
Un festival de verano no puede ni debe ser una mera extensión indiferenciable de lo que se programa durante la temporada habitual de conciertos o, peor aún, un popurrí perfectamente previsible confeccionado a partir del aluvión de propuestas heterogéneas llegadas de agencias e intérpretes deseosos de vender su mercancía al despistado, desconocedor o indolente de turno. La iniciativa ha de nacer siempre desde el otro lado, apostando por lo insólito, lo que normalmente —por motivos de presupuesto, de falta de tiempo o de medios, por pura imposibilidad logística— resulta difícil o inabordable programar. Ello suele comportar riesgo y sin duda lo ha corrido el Festival de Lucerna al proponer en su tercer concierto la escucha del “poema danzado” Tutuguri, compuesto por un veinteañero Wolfgang Rihm, que es lo más parecido a una experiencia límite, a la par que catártica, purificadora. La gigantesca obra del compositor alemán se inspira en el poema homónimo de Antonin Artaud, incluido en su obra radiofónica Para acabar con el juicio de dios y que lleva a modo de subtítulo explicativo “El rito del sol negro”, por lo que se diría programada casi al calor del eclipse total de sol que semiparalizó nuestro país al final de la tarde del pasado miércoles.





El compositor alemán es el gran artífice de una interpretación desestabilizadora de ‘Tutuguri’, de Wolfgang Rihm, y el director argentino aún conserva fuerzas para seguir regalando al mundo nuevas muestras de su descomunal talento 
Un festival de verano no puede ni debe ser una mera extensión indiferenciable de lo que se programa durante la temporada habitual de conciertos o, peor aún, un popurrí perfectamente previsible confeccionado a partir del aluvión de propuestas heterogéneas llegadas de agencias e intérpretes deseosos de vender su mercancía al despistado, desconocedor o indolente de turno. La iniciativa ha de nacer siempre desde el otro lado, apostando por lo insólito, lo que normalmente —por motivos de presupuesto, de falta de tiempo o de medios, por pura imposibilidad logística— resulta difícil o inabordable programar. Ello suele comportar riesgo y sin duda lo ha corrido el Festival de Lucerna al proponer en su tercer concierto la escucha del “poema danzado” Tutuguri, compuesto por un veinteañero Wolfgang Rihm, que es lo más parecido a una experiencia límite, a la par que catártica, purificadora. La gigantesca obra del compositor alemán se inspira en el poema homónimo de Antonin Artaud, incluido en su obra radiofónica Para acabar con el juicio de dios y que lleva a modo de subtítulo explicativo “El rito del sol negro”, por lo que se diría programada casi al calor del eclipse total de sol que semiparalizó nuestro país al final de la tarde del pasado miércoles.





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