Cuando Natalia Huarte (Pamplona, 1989) llegó a Madrid a finales de la primera década de los 2000 lo hizo con una rasta, con un dado que le había regalado su novio del barrio colgando de ella y con un piercing de bola bajo el labio. Ni sabía dónde estaba el Teatro de La Abadía ni tenía clara su importancia. Y, cuando le pedían citar a una actriz como referente, entendía que no había visto tanto cine ni teatro para dar un nombre. Más allá de la anécdota, y del asombro ante el presente, tampoco tuvo mucha importancia.
Llegó a Madrid sin saber qué era el Teatro de la Abadía, trabajó con todos los grandes directores y ahora inaugura la temporada del templo madrileño con ‘Leonora’, de Alberto Conejero
Cuando Natalia Huarte (Pamplona, 1989) llegó a Madrid a finales de la primera década de los 2000 lo hizo con una rasta, con un dado que le había regalado su novio del barrio colgando de ella y con un piercing de bola bajo el labio. Ni sabía dónde estaba el Teatro de La Abadía ni tenía clara su importancia. Y, cuando le pedían citar a una actriz como referente, entendía que no había visto tanto cine ni teatro para dar un nombre. Más allá de la anécdota, y del asombro ante el presente, tampoco tuvo mucha importancia.
Aquella chica se graduó en la Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, se formó un par de año en Nueva York, entró en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y, sin necesidad de saber lo que muchos otros creían saber, se convirtió en una de las actrices más precisas, meticulosas y perfectas de su generación. Todos los grandes directores querían a aquella mujer fina y tímida que pisaba el escenario como pocas: Miguel del Arco, Lucía Carballal, Alfredo Sanzol, Helena Pimenta, Josep Maria Flotats, Marta Pazos… y ahora Alberto Conejero.
En 2024, el director jienense-madrileño la llamó para una lectura dramatizada en el Círculo de Bellas Artes, inspirada en los años que la pintora Leonora Carrington pasó en España durante la Guerra Civil. El proyecto escaló y ese monólogo, con una escenografía desnuda, es la pieza que abre la temporada de La Abadía: Leonora. El teatro que Natalia Huarte no necesitó conocer para tomarlo. «Durante muchos años tuve pudor a no llamar la atención, a no parecer desobediente y a no destacar para mal. Es curioso cómo necesitas tiempo como mujer para atreverte a reclamar cosas y que eso no sea un acto de soberbia», dice la actriz, que tiene una película por estrenar –Así entra la luz– y otra en proceso de rodaje –Perseidas-.
- ¿Cuándo se rompió ese miedo?
- Al trabajar con mujeres como Marta Pazos, Lucía Carballal, Luz Arcas o Alauda Ruiz de Azúa. Me han ayudado a entender que ellas necesitaban algo de mí porque yo tenía vergüenza y sentía que molestaba. Además he tenido la suerte de que me llamaban, de que me han querido ver y de que he trabajado con distintos directores que me han hecho la actriz que soy hoy. La duda y la cuestión de una misma, sin que te consuma, es buena para el proceso creativo, pero no se puede vivir sufriendo, pensando que no vales para este oficio ni estar siempre machacándote.
- Siempre ha transmitido una necesidad de perfección como actriz, ¿eso la llevaba al machaque?
- En mi propia personalidad y en mi educación hay algo de intentar llegar a una perfección que no existe. Suena a tópico, pero tuvo que ser mi psicóloga quien me dijera que un vaso puede ser perfecto, pero una persona no. Yo ahora disfruto con la imperfección, con dejar que las cosas pasen. A mí esto de ser actriz hubo un momento que me dolía de tanta perfección técnica. Que está super bien eh, pero por algún sitio tiene que salir el alma. Casi todas las cosas que me gustan o me emocionan es porque son imperfectas: actores, obras… Igual no estaba preparada para lanzarme a cosas más arriesgadas hace años, era una actriz perfectita, más correcta, y qué bien que lo pueda romper ahora.
- Es curioso verla en un papel como el de Leonora, tan opuesta a lo que usted ha sido en ese aspecto.
- Esa es la magia de esta profesión, que me llega esta Leonora Carrington cuando a mí me apetece ser adolescente con 36 años porque siento que nunca lo fui. Me apetece probar esa rebeldía adolescente y justo me llega esto. Yo vengo de un barrio, de un pueblo dormitorio, escuchaba hip-hop, llevaba un piercing en el labio, una rasta con un dado colgado de mi primer novio. Era bonita esa contradicción con ser la chica perfecta, pero yo vengo de ahí y no pasa nada. Ahora vuelvo más a Barañáin y creo que tiene sentido volver a quien era.
- ¿Pero qué adolescente fue usted?
- A ver no es que haya sido una persona demasiado encorsetada, salí un montón y disfruté, pero por circunstancias de mi vida tuve que madurar muy pronto. Yo estudiaba mucho, no llamaba la atención en clase, sacaba muy buenas notas, avisaba siempre a mi padre de la hora a la que iba a llegar… Y ahora simplemente me siento libre.
«Mis mayores referencias para interpretar son mi cuadrilla de Pamplona y mi padre. Antes me sentía una inculta por decirlo»
- Supongo que tuvo que ser un shock que alguien así de un día para otro dijera que iba a ser actriz.
- Eso fue un impulso, yo no vengo de una familia de artistas ni conectada con el mundo de la cultura. Yo recuerdo entrar en la Resad y sentir vergüenza porque no tenía referencias de los teatros de Madrid, no sabía muchas veces de que me hablaban. No tenía ninguna referencia en este mundo. Ahora lo veo y pienso que es bonito tener ese deseo tan claro sin tener referencias.
- ¿Ahora tiene alguna referencia que decir?
- Mis mayores referencias siguen siendo la gente que está en mi vida, pienso en mi cuadrilla de Pamplona, mi padre, mi tía, mi hermano… Me sigo fijando en esa gente, que es en la que te tienes que fijar para interpretar. Yo antes me sentía una inculta por decir esto. También me fijo en actrices de mi generación, que son muy cercanas y están cambiando la interpretación en España: Victoria Luengo, Susana Abaitua, Loreto Mauleón, Stéphanie Magnin…
- ¿Cómo esa chica llegó de repente a trabajar con los grandes nombres nacionales del teatro y a ser un referente en su generación?
- Creo que esa sensación de no saber quienes eran los grandes directores me vino bien para no mitificar nada y no tener metas a las que llegar. Yo recuerdo llamar a mi padre para contarle que me habían cogido en el Clásico, todo era una sorpresa para mí. Yo vivo algo que no me esperaba. Ahora lo miro y me emociona pensar que ser tan inocente me vino muy bien para no elevar las cosas a un lugar que no les corresponde.
- Hay una frase de este montaje que la conecta con el presente: «Mis amigos me dicen que cierre los ojos, pero yo lo que quiero mirar es el horror del mundo».
- Esa frase cada vez que la digo, la digo un poco yo, Natalia. No podemos desde el teatro y la cultura, no mirar el horror del mundo. Siento que con toda la información que tenemos nos hemos anestesiado y es curioso. Conocemos más que nunca todos los horrores del mundo y cada vez nos afectan menos. Yo quiero mirar el horror del mundo y a la vez hacer algo, no quiero quedarme atrapada ahí y no poder vivir. Dentro de mí hay una llama de vida muy grande.
- ¿Cómo se alimenta esa llama de vida?
- Yo ahora vivo en una comunidad muy pequeña y hay mucha gente mayor. Yo les subo la compra o les leo las cartas del banco y mi vecina Rosa, la del 1ºB, me cocina porque dice que trabajo mucho. Eso es lo que me da esperanza, las relaciones personales. En la vida, la comunidad es tan importante como el público en el teatro.
- Después de levantar una carrera teatral muy sólida ha empezado a dar el salto al cine y al mundo audiovisual, ¿tiene la intención de dar un paso adelante, de conquistar otros espacios que hasta ahora no eran suyos?
- Vuelvo a la inconsciencia de no dar nada por hecho o no creerme nada. Aquí está escuchando mi representante, que siempre me ha acompañado, y creo que los dos detectamos el momento para dar el salto al audiovisual. Sabíamos que había que decir que no a ciertas cosas, pero me están llegando proyectos que me interesan mucho. Hay una sensación de novedad, de aprender un idioma nuevo. El escenario me alimenta mucho para lo que puedo hacer delante de la cámara, pero claro que hay un paso más. No siento que una cosa sea más grande que la otra, pero hay un reto. Si puedo hacer las dos cosas, yo firmo. Yo siempre he tenido una lacra que fue no aprender euskera siendo navarra. Me hubiera encantado, me gusta que España sea un país plurilingüe y para mí la cámara es como aprender otro idioma.
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