No es la primera vez que, al hablar de la conquista española de América, mentamos el título del famoso libro Cuando los dioses nacían en Extremadura, de Rafael García Serrano. Pues bien, resulta que en ese proceso también hubo diosas. En este episodio y en el próximo hablaremos de dos mujeres, extremeñas ambas, que participaron de forma destacada en la épica empresa americana, protagonizada abrumadoramente por hombres. Sus nombres, Inés de Suárez y Mencía Calderón.
Por orden cronológico, esta semana arrancamos con la historia de Inés de Suárez. Nació en Plasencia, Cáceres, en el seno de una familia humilde. De su padre nada se sabe, mientras que su madre era una sencilla costurera. Se casó antes de cumplir la veintena, concretamente en 1526, y poco después su esposo, un tal Juan de Málaga, se fue a hacer las Américas rumbo a Panamá. Tras una década sin noticias suyas, Inés, que ya mostraba signos de intrepidez, se embarcó en su búsqueda. A su llegada al Caribe, se enteró de que su marido había muerto en la batalla de las Salinas, en el contexto de las turbulentas guerras internas en el seno de la expedición de Francisco Pizarro en el Perú.
Rumbo a Chile junto a Pedro de Valdivia
Viuda y recién llegada a las Indias, Suárez consiguió inicialmente ganarse la vida asistiendo a los soldados españoles acantonados en Cuzco que se empleaban en la conquista del Perú. Pero pronto su suerte cambió con la llegada a escena de Pedro de Valdivia, otro extremeño que acabaría reclamando Chile para la Corona española. Valdivia se preparaba para partir hacia esas tierras aún inexploradas cuando conoció a Inés. Ambos se enamoraron al momento y el futuro conquistador de Chile se llevó consigo en la expedición a la placentina.
El citado viaje no estuvo exento de complicaciones, entre otras cosas porque Valdivia debía compartir el mando con Pero Sancho de Hoz, que había sido nombrado por Carlos V adelantado de las tierras por conquistar a ambos lados del estrecho de Magallanes. Aunque la tropa se fue engrosando progresivamente, ambos contratistas contaban inicialmente con solo 11 hombres y un millar de indios. Y con Inés, claro.
Las crónicas la definen como «mujer de extraordinario arrojo y lealtad, discreta, sensata y bondadosa, y disfrutaba de una gran estima entre los conquistadores». Pero su papel no se limitó, ni mucho menos, a una labor de asistencia. En una ocasión, salvó a la expedición de la sed hallando agua en el desierto chileno. Además, su intervención fue clave para detener un golpe de mano por parte de Sancho de Hoz hacia Valdivia.
Defensora implacable de Santiago
Pero sin duda su aportación más destacada llegó el 11 de septiembre de 1541. Los españoles sufrieron esa noche un asalto en Santiago por parte de los indios locales. La situación llegó a ser desesperada. Suárez, entonces, intervino decisivamente al proponer la ejecución de los líderes incas, los curacas, que los españoles mantenían prisioneros. La extremeña argumentaba que eso desmoralizaría a los indios, lo que se demostraría cierto. Cuando los mandos españoles comenzaron a discutir sobre de qué forma debían ejecutar a los curacas, Inés no dudó: desenvainó la espada de un soldado y decapitó a la vista de todos a los siete caciques incas. La maniobra de Suárez enardeció a los españoles y puso en retirada a los enemigos.
Terminada esa primera fase de la conquista de Chile, Valdivia e Inés se vieron obligados a regularizar su situación, ya que su amancebamiento era público e intolerable para la época. El conquistador extremeño casó a su examante con uno de sus más próximos colaboradores, Rodrigo de Quiroga. Durante su largo matrimonio, ambos generaron gran riqueza gracias a las encomiendas recibidas. Inés murió hacia 1580 en Santiago, la ciudad que había defendido con sangrienta determinación.
No es la primera vez que, al hablar de la conquista española de América, mentamos el título del famoso libro Cuando los dioses nacían en Extremadura,
No es la primera vez que, al hablar de la conquista española de América, mentamos el título del famoso libro Cuando los dioses nacían en Extremadura, de Rafael García Serrano. Pues bien, resulta que en ese proceso también hubo diosas. En este episodio y en el próximo hablaremos de dos mujeres, extremeñas ambas, que participaron de forma destacada en la épica empresa americana, protagonizada abrumadoramente por hombres. Sus nombres, Inés de Suárez y Mencía Calderón.
Por orden cronológico, esta semana arrancamos con la historia de Inés de Suárez. Nació en Plasencia, Cáceres, en el seno de una familia humilde. De su padre nada se sabe, mientras que su madre era una sencilla costurera. Se casó antes de cumplir la veintena, concretamente en 1526, y poco después su esposo, un tal Juan de Málaga, se fue a hacer las Américas rumbo a Panamá. Tras una década sin noticias suyas, Inés, que ya mostraba signos de intrepidez, se embarcó en su búsqueda. A su llegada al Caribe, se enteró de que su marido había muerto en la batalla de las Salinas, en el contexto de las turbulentas guerras internas en el seno de la expedición de Francisco Pizarro en el Perú.
Viuda y recién llegada a las Indias, Suárez consiguió inicialmente ganarse la vida asistiendo a los soldados españoles acantonados en Cuzco que se empleaban en la conquista del Perú. Pero pronto su suerte cambió con la llegada a escena de Pedro de Valdivia, otro extremeño que acabaría reclamando Chile para la Corona española. Valdivia se preparaba para partir hacia esas tierras aún inexploradas cuando conoció a Inés. Ambos se enamoraron al momento y el futuro conquistador de Chile se llevó consigo en la expedición a la placentina.
El citado viaje no estuvo exento de complicaciones, entre otras cosas porque Valdivia debía compartir el mando con Pero Sancho de Hoz, que había sido nombrado por Carlos V adelantado de las tierras por conquistar a ambos lados del estrecho de Magallanes. Aunque la tropa se fue engrosando progresivamente, ambos contratistas contaban inicialmente con solo 11 hombres y un millar de indios. Y con Inés, claro.
Las crónicas la definen como «mujer de extraordinario arrojo y lealtad, discreta, sensata y bondadosa, y disfrutaba de una gran estima entre los conquistadores». Pero su papel no se limitó, ni mucho menos, a una labor de asistencia. En una ocasión, salvó a la expedición de la sed hallando agua en el desierto chileno. Además, su intervención fue clave para detener un golpe de mano por parte de Sancho de Hoz hacia Valdivia.
Pero sin duda su aportación más destacada llegó el 11 de septiembre de 1541. Los españoles sufrieron esa noche un asalto en Santiago por parte de los indios locales. La situación llegó a ser desesperada. Suárez, entonces, intervino decisivamente al proponer la ejecución de los líderes incas, los curacas, que los españoles mantenían prisioneros. La extremeña argumentaba que eso desmoralizaría a los indios, lo que se demostraría cierto. Cuando los mandos españoles comenzaron a discutir sobre de qué forma debían ejecutar a los curacas, Inés no dudó: desenvainó la espada de un soldado y decapitó a la vista de todos a los siete caciques incas. La maniobra de Suárez enardeció a los españoles y puso en retirada a los enemigos.
Terminada esa primera fase de la conquista de Chile, Valdivia e Inés se vieron obligados a regularizar su situación, ya que su amancebamiento era público e intolerable para la época. El conquistador extremeño casó a su examante con uno de sus más próximos colaboradores, Rodrigo de Quiroga. Durante su largo matrimonio, ambos generaron gran riqueza gracias a las encomiendas recibidas. Inés murió hacia 1580 en Santiago, la ciudad que había defendido con sangrienta determinación.
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