El espionaje exterior español nació en la Guerra Civil

Los servicios de inteligencia tienen más peso en las decisiones políticas de lo que parece, tanto como en las estrategias geopolíticas. Hablo, por ejemplo, del peso de las agencias en los atentados del 11-M, en el caso Pegasus para explicar el trato del Gobierno de Sánchez a Marruecos o en la invasión de Ceuta, o la injerencia rusa en el golpe de Estado en Cataluña en 2017. El moderno servicio de espionaje exterior español, equiparable a los mejores del mundo, nació hace casi cien años, con motivo de la Guerra Civil, vinculado a servicios de inteligencia extranjera y a partidos políticos, como hoy.

Hoy en Historia canalla vamos a hablar del espionaje en España durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo, los que corresponden con la Segunda Guerra Mundial.

Antes de 1936, al no percibirse amenazas externas que justificaran un aparato de espionaje exterior, la República careció de un servicio de inteligencia internacional comparable al de Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia. Lo más parecido eran los partes periódicos que remitían los agregados militares sobre maniobras, armamento y aviación de las principales fuerzas europeas.

En consecuencia, los servicios de información bajo el régimen republicano tuvieron un carácter fundamentalmente de seguridad interior. En el ámbito policial, la Dirección General de Seguridad contaba con la Brigada de Investigación Política y Social, un organismo ideado por el general Emilio Mola en 1930 que incrementó sus agentes durante la República para vigilar al anarquismo y a los militares golpistas. Durante la etapa de Manuel Azaña en el Ministerio de la Guerra se creó la Sección del Servicio Especial (SSE) del Estado Mayor Central. La misión de la SSE consistía en elaborar informes periódicos para el ministro sobre la filiación política en los cuarteles, identificando a los oficiales extremistas, además de ejercer labores de contraespionaje para evitar que potencias extranjeras o grupos hostiles conocieran el potencial bélico real del país. Una estructura con cometidos idénticos, bajo la denominación de Segunda Sección-bis, continuó operando durante la posguerra, redactando boletines mensuales sobre círculos opositores y penetración de espías extranjeros en las filas del Ejército.

Al estallar la guerra, ninguno de los dos bandos disponía de un servicio de inteligencia preparado para el conflicto. La única infraestructura formal existente era la Segunda Sección (Información) del Estado Mayor Central del Ejército y de la Armada, extendida posteriormente a nivel de divisiones en el bando nacional y de brigadas mixtas en el Ejército Popular de la República para interrogar prisioneros y obtener datos tácticos sobre el terreno. Sin embargo, el espionaje exterior arrancó desde una precariedad absoluta.

Ante este vacío, el general Mola, del bando sublevado, respaldado por el capital del político catalanista conservador Francesc Cambó, impulsó en agosto de 1936 la creación del Servicio de Información de la Frontera Norte de España (Sifne), encomendando la dirección a José Bertrán y Musitu, que había sido ministro de Alfonso XIII. Esta red, compuesta por catalanistas conservadores, carlistas y monárquicos asentados en el sur de Francia, aprovechó sus contactos empresariales y las simpatías de la derecha francesa para rastrear y neutralizar las compras de armas de la República, contando en París con la colaboración del antiguo embajador monárquico Quiñones de León.

En septiembre de 1936 se constituyó en Burgos el embrión del Servicio de Información Militar (SIM) franquista. Paralelamente, desde la Comandancia Militar de Irún, el comandante Troncoso articuló la denominada Legión Negra, destinada a realizar incursiones armadas para capturar mercantes republicanos o apoderarse de unidades navales como el submarino republicano C-2, amarrado en Brest. Al fracasar los abordajes directos, la Legión Negra recurrió al soborno sistemático de capitanes y tripulaciones para desviar los buques hacia puertos bajo control de los sublevados.

Con el golpe del 36 se produjo una desbandada masiva del cuerpo diplomático, lo que desembocó en su disolución y el nombramiento de políticos en las legaciones internacionales, como Araquistáin en París, Azcárate en Londres o Jiménez de Asúa en Praga. La embajada en París tuvo su propia agencia de información y contraespionaje. Asimismo, los consulados republicanos del sur de Francia (Burdeos, Hendaya, Marsella) improvisaron células para interceptar el correo de los agentes franquistas, seguir sus pasos y denunciarlos a la policía francesa para lograr su expulsión. En Praga, Jiménez de Asúa obtuvo informes sobre el rearme alemán y la Legión Cóndor mediante sus contactos con socialdemócratas alemanes exiliados.

Para coordinar esta dispersión, el Ministerio de Estado republicano creó en marzo de 1937 el Servicio de Información Diplomática y Especial (SIDE), encomendado al joven ingeniero industrial Anselmo Carretero. Francia se convirtió en el centro neurálgico del espionaje exterior republicano desde el consulado en Hendaya, bajo la jefatura de Anastasio Blanco (junio de 1937-octubre de 1938), pero siempre supervisado por el Deuxième Bureau, que era el servicio de inteligencia militar exterior de Francia desde 1871. Aquello era insuficiente para la guerra, por lo que, en octubre de 1938, Jiménez de Asúa asumió la dirección del SIDE en Europa desde Ginebra con el ambicioso propósito de tejer una red de espías sobre Alemania, Italia, Gran Bretaña, Francia, Países Bajos, Dinamarca, Polonia y Lituania, pero se emprendió demasiado tarde.

A medida que la Guerra Civil se prolongaba, ambos contendientes llevaron a cabo procesos de unificación del espionaje. En el bando sublevado, la unificación comenzó a gestarse entre abril y agosto de 1937 con la llegada a Burgos del coronel José Ungría, quien había permanecido oculto en Madrid protegido por el agregado militar francés coronel Morel —miembro del servicio de espionaje exterior de Francia y de Action Française—. Recibido por Franco, Ungría asumió la tarea de absorber el SIM de Burgos y el Sifne para constituir en agosto de 1937 el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), profesionalizando el aparato de inteligencia de los sublevados.

En el bando republicano, por el contrario, prevaleció una fragmentación del espionaje con cuatro organizaciones. A escala nacional coexistieron el Servicio de Información del Estado Mayor (SIEM), dirigido por el coronel Estrada y enfocado en datos militares del enemigo; el Departamento Especial de Información del Estado (Dedide), adscrito a la Dirección General de Seguridad en el Ministerio de Gobernación; el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP); y el Servicio de Información Especial del Juzgado General de Contrabando (SIEJ), dependiente de Hacienda.

Dentro de esta maraña institucional republicana, el Servicio de Investigación Militar (SIM) fue el organismo más controvertido. La historiografía contemporánea ha permitido matizar la versión que atribuía la fundación del SIM a Indalecio Prieto en agosto de 1937. Las investigaciones actuales sostienen que la génesis del SIM estuvo determinada por la tutela y consejo de los técnicos soviéticos del NKVD. De hecho, aunque el SIM fue concebido para combatir el sabotaje y el espionaje enemigo, tras la salida de Prieto del Ministerio de Defensa en abril de 1938, su función derivó hacia la represión política interna y la vigilancia ideológica en la retaguardia republicana, sin coordinación alguna con los otros cuatro servicios de inteligencia republicanos.

A esta estructura se añadieron las redes de los gobiernos de Cataluña y el País Vasco, centradas en la lucha contra la Quinta Columna. El Gobierno Vasco puso su red de agentes Mimosa, con sede en Bayona, a disposición de la República a cambio de dinero, aunque esta colaboración apenas duró de octubre a diciembre de 1937. La falta de agentes profesionales y la desconfianza entre los dirigentes políticos republicanos impidieron que su espionaje fuera útil para alterar o prevenir las grandes operaciones militares del enemigo.

No solo actuaron agentes. El descifrado de transmisiones radioeléctricas desempeñó un papel determinante en la victoria del bando sublevado. Su aparato de inteligencia y cifrado se sustentó en la estrecha colaboración italoalemana. Italia instaló en Palma de Mallorca una estación de radioescucha, apoyada por la Misión Anker de la Marina alemana en Baleares y la Sección D del Corpo Truppe Volontarie (CTV) italiano, dedicada a interceptar comunicaciones diplomáticas y militares británicas, estadounidenses y republicanas. Asimismo, la Legión Cóndor alemana desplegó en su Estado Mayor la Sección I/c, apoyada por el Büro Grau, centrado en el cifrado republicano, y el Gruppe Korn, especializado en radios comerciales, cuyos resultados se remitían al Cuartel General de Franco mediante los «Informes Sander I/c» (por el nombre en clave del general Hugo Sperrle).

Esta superioridad tecnológica resultó decisiva en la guerra naval. El bando sublevado distribuyó agentes en Bucarest, Estambul, Ankara y Atenas para vigilar la salida de mercantes soviéticos por los estrechos del mar Negro. Los datos obtenidos se cruzaban en Roma con la Marina italiana para confirmar el paso de los barcos por el estrecho de Sicilia, lo que permitía a la Armada franquista, al mando del almirante Francisco Moreno, situar sus buques en las rutas de Valencia y Barcelona para interceptar o hundir los barcos de la República. Otro de los éxitos de los sublevados en el descifrado fue el desmontaje en noviembre de 1938 del complot republicano en Tánger para alentar una sublevación indígena en el Protectorado.

En la criptografía terrestre, las fuerzas de Franco adoptaron en diciembre de 1936 el código trinacional naval DEI (Deutschland-España-Italia) y adquirieron a Alemania máquinas de cifrado mecánico. En noviembre de 1936, el Cuartel General de Franco compró diez máquinas Enigma (cuatro del modelo A y seis del modelo K), sumando otras diez del modelo K a finales de 1937 para dotar a las grandes unidades terrestres, la Secretaría General del Jefe del Estado y el crucero Canarias. En agosto de 1937, la máquina Enigma K.203 se extravió durante su transporte en avión hacia Roma desde las oficinas de Hisma en Salamanca. A pesar de las averiguaciones judiciales ordenadas por Franco, el asunto fue silenciado para no revelar la falta de seguridad interna ante Berlín.

Por cierto, los servicios criptográficos británicos liderados por Dilly Knox lograron desde abril de 1937 descifrar tanto los mensajes encriptados por las máquinas Enigma españolas como el código naval DEI y las claves diplomáticas italianas. Londres guardó absoluto celo sobre este logro para no comprometer la seguridad de sus fuentes de cara a conflictos futuros, privando a la República de una información importante.

Asimismo, los servicios de inteligencia fueron empleados para desestabilizar la retaguardia enemiga. El 19 de abril de 1937, Nicolás Franco remitió un telegrama al comandante Troncoso solicitando instar a disidentes del grupo Estat Català a iniciar acciones armadas en la frontera y Barcelona. Tras desencadenarse los violentos Sucesos de Mayo de 1937 en la capital catalana, Nicolás Franco llegó a jactarse ante el embajador alemán Faupel de haber introducido trece agentes provocadores en la ciudad para avivar el conflicto interno entre estalinistas, trotskistas y anarquistas.

Otro caso curioso, que hubiera sido determinante, fue cuando en agosto de 1938 elementos del POUM resentidos tras las represiones justamente tras los Sucesos de Mayo contactaron con la Quinta Columna barcelonesa ofreciéndose a asesinar al presidente Juan Negrín y al ministro de Gobernación Julián Zugazagoitia a la salida del Consejo de Ministros, a cambio de dinero y pasaportes para huir a América. El coronel Ungría aprobó la operación desde el Servicio de Información y Policía Militar, ofreciendo cien dólares por ejecutor, aunque exigió sustituir como objetivo a Zugazagoitia por el ministro Julio Álvarez del Vayo, al que consideraba filocomunista y más peligroso. La conspiración no se ejecutó, pero evidenció el alcance de los servicios secretos en la guerra.

Aquí acabamos esta semana la primera entrega sobre el espionaje exterior español hasta 1945. En el próximo episodio veremos cómo España se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial en un auténtico nido de espías y cómo los Aliados utilizaron la desinformación para engañar a Hitler. Entre máquinas Enigma, cadáveres falsos y agentes dobles, seguiremos también la extraordinaria historia de Juan Pujol García, el español que logró convencer al Führer de que el desembarco de Normandía no era el ataque decisivo.

 Los servicios de inteligencia tienen más peso en las decisiones políticas de lo que parece, tanto como en las estrategias geopolíticas. Hablo, por ejemplo, del peso  

Los servicios de inteligencia tienen más peso en las decisiones políticas de lo que parece, tanto como en las estrategias geopolíticas. Hablo, por ejemplo, del peso de las agencias en los atentados del 11-M, en el caso Pegasus para explicar el trato del Gobierno de Sánchez a Marruecos o en la invasión de Ceuta, o la injerencia rusa en el golpe de Estado en Cataluña en 2017. El moderno servicio de espionaje exterior español, equiparable a los mejores del mundo, nació hace casi cien años, con motivo de la Guerra Civil, vinculado a servicios de inteligencia extranjera y a partidos políticos, como hoy.

Hoy en Historia canalla vamos a hablar del espionaje en España durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo, los que corresponden con la Segunda Guerra Mundial.

Antes de 1936, al no percibirse amenazas externas que justificaran un aparato de espionaje exterior, la República careció de un servicio de inteligencia internacional comparable al de Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia. Lo más parecido eran los partes periódicos que remitían los agregados militares sobre maniobras, armamento y aviación de las principales fuerzas europeas.

En consecuencia, los servicios de información bajo el régimen republicano tuvieron un carácter fundamentalmente de seguridad interior. En el ámbito policial, la Dirección General de Seguridad contaba con la Brigada de Investigación Política y Social, un organismo ideado por el general Emilio Mola en 1930 que incrementó sus agentes durante la República para vigilar al anarquismo y a los militares golpistas. Durante la etapa de Manuel Azaña en el Ministerio de la Guerra se creó la Sección del Servicio Especial (SSE) del Estado Mayor Central. La misión de la SSE consistía en elaborar informes periódicos para el ministro sobre la filiación política en los cuarteles, identificando a los oficiales extremistas, además de ejercer labores de contraespionaje para evitar que potencias extranjeras o grupos hostiles conocieran el potencial bélico real del país. Una estructura con cometidos idénticos, bajo la denominación de Segunda Sección-bis, continuó operando durante la posguerra, redactando boletines mensuales sobre círculos opositores y penetración de espías extranjeros en las filas del Ejército.

Al estallar la guerra, ninguno de los dos bandos disponía de un servicio de inteligencia preparado para el conflicto. La única infraestructura formal existente era la Segunda Sección (Información) del Estado Mayor Central del Ejército y de la Armada, extendida posteriormente a nivel de divisiones en el bando nacional y de brigadas mixtas en el Ejército Popular de la República para interrogar prisioneros y obtener datos tácticos sobre el terreno. Sin embargo, el espionaje exterior arrancó desde una precariedad absoluta.

Ante este vacío, el general Mola, del bando sublevado, respaldado por el capital del político catalanista conservador Francesc Cambó, impulsó en agosto de 1936 la creación del Servicio de Información de la Frontera Norte de España (Sifne), encomendando la dirección a José Bertrán y Musitu, que había sido ministro de Alfonso XIII. Esta red, compuesta por catalanistas conservadores, carlistas y monárquicos asentados en el sur de Francia, aprovechó sus contactos empresariales y las simpatías de la derecha francesa para rastrear y neutralizar las compras de armas de la República, contando en París con la colaboración del antiguo embajador monárquico Quiñones de León.

En septiembre de 1936 se constituyó en Burgos el embrión del Servicio de Información Militar (SIM) franquista. Paralelamente, desde la Comandancia Militar de Irún, el comandante Troncoso articuló la denominada Legión Negra, destinada a realizar incursiones armadas para capturar mercantes republicanos o apoderarse de unidades navales como el submarino republicano C-2, amarrado en Brest. Al fracasar los abordajes directos, la Legión Negra recurrió al soborno sistemático de capitanes y tripulaciones para desviar los buques hacia puertos bajo control de los sublevados.

Con el golpe del 36 se produjo una desbandada masiva del cuerpo diplomático, lo que desembocó en su disolución y el nombramiento de políticos en las legaciones internacionales, como Araquistáin en París, Azcárate en Londres o Jiménez de Asúa en Praga. La embajada en París tuvo su propia agencia de información y contraespionaje. Asimismo, los consulados republicanos del sur de Francia (Burdeos, Hendaya, Marsella) improvisaron células para interceptar el correo de los agentes franquistas, seguir sus pasos y denunciarlos a la policía francesa para lograr su expulsión. En Praga, Jiménez de Asúa obtuvo informes sobre el rearme alemán y la Legión Cóndor mediante sus contactos con socialdemócratas alemanes exiliados.

Para coordinar esta dispersión, el Ministerio de Estado republicano creó en marzo de 1937 el Servicio de Información Diplomática y Especial (SIDE), encomendado al joven ingeniero industrial Anselmo Carretero. Francia se convirtió en el centro neurálgico del espionaje exterior republicano desde el consulado en Hendaya, bajo la jefatura de Anastasio Blanco (junio de 1937-octubre de 1938), pero siempre supervisado por el Deuxième Bureau, que era el servicio de inteligencia militar exterior de Francia desde 1871. Aquello era insuficiente para la guerra, por lo que, en octubre de 1938, Jiménez de Asúa asumió la dirección del SIDE en Europa desde Ginebra con el ambicioso propósito de tejer una red de espías sobre Alemania, Italia, Gran Bretaña, Francia, Países Bajos, Dinamarca, Polonia y Lituania, pero se emprendió demasiado tarde.

A medida que la Guerra Civil se prolongaba, ambos contendientes llevaron a cabo procesos de unificación del espionaje. En el bando sublevado, la unificación comenzó a gestarse entre abril y agosto de 1937 con la llegada a Burgos del coronel José Ungría, quien había permanecido oculto en Madrid protegido por el agregado militar francés coronel Morel —miembro del servicio de espionaje exterior de Francia y de Action Française—. Recibido por Franco, Ungría asumió la tarea de absorber el SIM de Burgos y el Sifne para constituir en agosto de 1937 el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), profesionalizando el aparato de inteligencia de los sublevados.

En el bando republicano, por el contrario, prevaleció una fragmentación del espionaje con cuatro organizaciones. A escala nacional coexistieron el Servicio de Información del Estado Mayor (SIEM), dirigido por el coronel Estrada y enfocado en datos militares del enemigo; el Departamento Especial de Información del Estado (Dedide), adscrito a la Dirección General de Seguridad en el Ministerio de Gobernación; el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP); y el Servicio de Información Especial del Juzgado General de Contrabando (SIEJ), dependiente de Hacienda.

Dentro de esta maraña institucional republicana, el Servicio de Investigación Militar (SIM) fue el organismo más controvertido. La historiografía contemporánea ha permitido matizar la versión que atribuía la fundación del SIM a Indalecio Prieto en agosto de 1937. Las investigaciones actuales sostienen que la génesis del SIM estuvo determinada por la tutela y consejo de los técnicos soviéticos del NKVD. De hecho, aunque el SIM fue concebido para combatir el sabotaje y el espionaje enemigo, tras la salida de Prieto del Ministerio de Defensa en abril de 1938, su función derivó hacia la represión política interna y la vigilancia ideológica en la retaguardia republicana, sin coordinación alguna con los otros cuatro servicios de inteligencia republicanos.

A esta estructura se añadieron las redes de los gobiernos de Cataluña y el País Vasco, centradas en la lucha contra la Quinta Columna. El Gobierno Vasco puso su red de agentes Mimosa, con sede en Bayona, a disposición de la República a cambio de dinero, aunque esta colaboración apenas duró de octubre a diciembre de 1937. La falta de agentes profesionales y la desconfianza entre los dirigentes políticos republicanos impidieron que su espionaje fuera útil para alterar o prevenir las grandes operaciones militares del enemigo.

No solo actuaron agentes. El descifrado de transmisiones radioeléctricas desempeñó un papel determinante en la victoria del bando sublevado. Su aparato de inteligencia y cifrado se sustentó en la estrecha colaboración italoalemana. Italia instaló en Palma de Mallorca una estación de radioescucha, apoyada por la Misión Anker de la Marina alemana en Baleares y la Sección D del Corpo Truppe Volontarie (CTV) italiano, dedicada a interceptar comunicaciones diplomáticas y militares británicas, estadounidenses y republicanas. Asimismo, la Legión Cóndor alemana desplegó en su Estado Mayor la Sección I/c, apoyada por el Büro Grau, centrado en el cifrado republicano, y el Gruppe Korn, especializado en radios comerciales, cuyos resultados se remitían al Cuartel General de Franco mediante los «Informes Sander I/c» (por el nombre en clave del general Hugo Sperrle).

Esta superioridad tecnológica resultó decisiva en la guerra naval. El bando sublevado distribuyó agentes en Bucarest, Estambul, Ankara y Atenas para vigilar la salida de mercantes soviéticos por los estrechos del mar Negro. Los datos obtenidos se cruzaban en Roma con la Marina italiana para confirmar el paso de los barcos por el estrecho de Sicilia, lo que permitía a la Armada franquista, al mando del almirante Francisco Moreno, situar sus buques en las rutas de Valencia y Barcelona para interceptar o hundir los barcos de la República. Otro de los éxitos de los sublevados en el descifrado fue el desmontaje en noviembre de 1938 del complot republicano en Tánger para alentar una sublevación indígena en el Protectorado.

En la criptografía terrestre, las fuerzas de Franco adoptaron en diciembre de 1936 el código trinacional naval DEI (Deutschland-España-Italia) y adquirieron a Alemania máquinas de cifrado mecánico. En noviembre de 1936, el Cuartel General de Franco compró diez máquinas Enigma (cuatro del modelo A y seis del modelo K), sumando otras diez del modelo K a finales de 1937 para dotar a las grandes unidades terrestres, la Secretaría General del Jefe del Estado y el crucero Canarias. En agosto de 1937, la máquina Enigma K.203 se extravió durante su transporte en avión hacia Roma desde las oficinas de Hisma en Salamanca. A pesar de las averiguaciones judiciales ordenadas por Franco, el asunto fue silenciado para no revelar la falta de seguridad interna ante Berlín.

Por cierto, los servicios criptográficos británicos liderados por Dilly Knox lograron desde abril de 1937 descifrar tanto los mensajes encriptados por las máquinas Enigma españolas como el código naval DEI y las claves diplomáticas italianas. Londres guardó absoluto celo sobre este logro para no comprometer la seguridad de sus fuentes de cara a conflictos futuros, privando a la República de una información importante.

Asimismo, los servicios de inteligencia fueron empleados para desestabilizar la retaguardia enemiga. El 19 de abril de 1937, Nicolás Franco remitió un telegrama al comandante Troncoso solicitando instar a disidentes del grupo Estat Català a iniciar acciones armadas en la frontera y Barcelona. Tras desencadenarse los violentos Sucesos de Mayo de 1937 en la capital catalana, Nicolás Franco llegó a jactarse ante el embajador alemán Faupel de haber introducido trece agentes provocadores en la ciudad para avivar el conflicto interno entre estalinistas, trotskistas y anarquistas.

Otro caso curioso, que hubiera sido determinante, fue cuando en agosto de 1938 elementos del POUM resentidos tras las represiones justamente tras los Sucesos de Mayo contactaron con la Quinta Columna barcelonesa ofreciéndose a asesinar al presidente Juan Negrín y al ministro de Gobernación Julián Zugazagoitia a la salida del Consejo de Ministros, a cambio de dinero y pasaportes para huir a América. El coronel Ungría aprobó la operación desde el Servicio de Información y Policía Militar, ofreciendo cien dólares por ejecutor, aunque exigió sustituir como objetivo a Zugazagoitia por el ministro Julio Álvarez del Vayo, al que consideraba filocomunista y más peligroso. La conspiración no se ejecutó, pero evidenció el alcance de los servicios secretos en la guerra.

Aquí acabamos esta semana la primera entrega sobre el espionaje exterior español hasta 1945. En el próximo episodio veremos cómo España se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial en un auténtico nido de espías y cómo los Aliados utilizaron la desinformación para engañar a Hitler. Entre máquinas Enigma, cadáveres falsos y agentes dobles, seguiremos también la extraordinaria historia de Juan Pujol García, el español que logró convencer al Führer de que el desembarco de Normandía no era el ataque decisivo.

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