En una ocasión, el gran escritor ruso Maxim Ósipov, nacido en Moscú en 1963 y actualmente en el exilio, como tantos otros, explicó su preferencia literaria por los relatos y las historias breves que lo han hecho famoso: «Creo que los relatos cortos, incluso los relatos algo más largos —lo que yo, personalmente, prefiero—, pueden acercarse más a la poesía que las novelas. Lo que considero central en la ficción corta no es el tema, sino el estilo y la forma que, según creo, supera con creces la importancia de lo anterior. Tener un conocimiento profundo sobre tu material —en mi caso, sobre medicina y, en menor medida, religión, música, teatro, política, incluso ajedrez— no es esencial, por mucho que ayude». También insistiría Ósipov en la importancia de la música en su vida: «No soy el primero en observar que la música es el mayor maestro de composición en cualquier tipo de arte, incluida la escritura». «Hay muchas similitudes entre los relatos cortos y las sonatas musicales. Ambas duran entre 15 y 40 minutos. Y no ‘hacen que pase nada’ en especial, como dijo Auden sobre la poesía. Cuando escuchamos una sonata por primera vez, el propósito es decidir si queremos escucharla de nuevo o no. Lo mismo debería ocurrir cuando lees un relato corto».
Si hay un gigante en el mundo, tan temible como sorprendente y, a la vez, culturalmente más que admirable a través de las épocas, ese es el gran gigante ruso. Desde los célebres destierros de Lérmontov y Pushkin en la época de los zares hasta los dantescos gulags del periodo estalinista, los relatos familiares de unos y otros, transmitidos a través de las generaciones hasta nuestros días, se han visto salpicados por recuerdos de pasados de una crueldad en ocasiones devastadora y de una violencia continuada. «En casi todas las familias ha habido, en un pasado no lejano, una serie de muertes violentas», afirmaba Ósipov en su magnífico libro de relatos Kilómetro 101, aparecido en 2024 con una espléndida traducción de Ricardo San Vicente.
La familia de Ósipov no sería una excepción. Médico especializado en cardiología y, a la vez, escritor, muchas veces ha sido considerado digno sucesor de esa tradición de médicos rusos representantes de lo más excelso de la literatura de su tiempo, como Bulgákov y Chéjov, pero también del deslumbrante Vasili Aksiónov, autor de la monumental Una saga moscovita e hijo, a su vez, de Evgenia Ginzburg, quien dejó escrito uno de los mejores testimonios de los gulags, El vértigo, publicado por Galaxia Gutenberg. El destino de ser hijos y nietos de condenados no ha dejado de repetirse entre muchos de estos grandes intelectuales. Por otro lado, quizá fuera fruto de un azar sorprendente y casi maravillosamente visionario que tantos escritores rusos de primer orden comenzaran su vida profesional como médicos y, poco a poco, pasaran de la observación de los cuerpos a la observación de las almas.
Después de un encierro en los campos de trabajo, el bisabuelo de Maxim Ósipov —uno de los mejores escritores actuales en lengua rusa, junto a la maravillosa autora de En memoria de la memoria, Maria Stepanova, o Guzel Yájina, autora del éxito mundial Zuleijá abre los ojos— se vio obligado a vivir «en el kilómetro 101 hasta su muerte». Es decir, a esa distancia específica de la capital y de las grandes ciudades —cien kilómetros— que debían mantener, en una nueva forma de destierro, los presos después de cumplir sus condenas. En esa amplia zona fueron surgiendo pequeñas poblaciones como Tarusa, donde Ósipov ejerció de médico y que inspira buena parte de los textos reunidos en Kilómetro 101. Es el caso del primero, En mi tierra. Allí se instalaría Ósipov para ejercer la medicina en un hospital, después de una estancia en Estados Unidos: «¿Qué veo de bueno en todo esto? La libertad de ayudar a muchas personas. Hasta en el caso de que la ayuda no sea bien recibida: ofrecerla como posibilidad».
Por su parte, continuando con su línea genealógica, el padre de Ósipov, Aleksandr Fikhman, un ingeniero judío nacido en el oeste de Ucrania, abandonó su ciudad natal en 1941 junto a sus padres y hermanas. Los judíos que no tuvieron tiempo de huir como ellos, unos 150.000, morirían en lugares del terror absoluto como el barranco de Babi Yar, cerca de Kiev. La guerra de Ucrania y los numerosos y dolorosos exilios actuales, como el suyo propio —a Alemania, vía Armenia—, son asuntos que Ósipov aborda en un brillantísimo y estremecedor Yo acuso, de obligada lectura, incluido en su relato Frío, vergüenza y liberación. Tras pronunciarse en contra de la «operación especial» del Ejército ruso, Ósipov tuvo que abandonar su hogar, la sala del hospital, sus pacientes y, finalmente, su país en febrero de 2022, al inicio de la invasión a gran escala de Ucrania, por temor a ser arrestado.
Como ya hacía en su igualmente admirable libro Piedra, papel, tijera, Ósipov, gran conocedor de la literatura rusa, pespuntea sus relatos sin cesar de citas —ya sean de Pasternak, Tolstói, Tsvetáyeva, Platónov y tantos otros—, que combina con una mirada lúcida, a ratos tristemente irónica, aguda como el más feroz e implacable de los escalpelos: «¿Qué es lo que une al conjunto de Rusias, qué es lo que salva al país de la descomposición? En los peores momentos, uno piensa: solo la inercia». El desamparo experimentado por médicos y pacientes es continuo. Un conjunto de hábitos perniciosos y de «costumbres» heredadas y parasitarias, como las deportaciones, se repite desde la Rusia prerrevolucionaria hasta la época soviética. También aparece un «idiotismo» del poder y de la burocracia; una indolencia congénita, «un poco amor a la vida», incluso a la hora de afrontar la enfermedad y la extinción; la pervivencia de un tipo de analfabetismo entre la población que apenas les permite «construir palabras juntando letras», o bien esa obsesión, ese poder irrevocable y único que representan para muchos, como escape cotidiano, «el dinero y el alcohol, encarnaciones de la nada, del vacío, de la muerte».
Por su parte, el nuevamente espléndido volumen de relatos Después de eternidad se nutre de su experiencia anterior al exilio. Diferentes en su composición y en los temas explorados, todos ellos presentan personajes esbozados, como siempre, a partir de modelos reales. La profesión de médico, como explica en su introducción el narrador del relato Después de eternidad, un humilde médico de provincias, consiste en «tan solo curar enfermedades, cobrar a fin de mes y ocuparnos de nuestra familia, así que no hay que idealizar nuestra profesión, una profesión con sus límites; en la vida de los pacientes debemos desempeñar el papel menos relevante posible». Pero no será así en su caso, pues este médico modesto terminará implicándose profundamente en la vida de uno de sus extravagantes y misteriosos pacientes y explicará cómo llegó a sus manos el diario de aquel viejo exdirector de una compañía teatral de un pequeño pueblo minero llamado Eternidad, creado en su día ex profeso por el poder soviético, más allá del círculo polar ártico.
Su profesión de médico, a fin de cuentas, tanto en la ficción como en la realidad, constituye un triste pero privilegiado observatorio, ya que pone al médico-escritor en contacto con una fauna humana tan abundante como variada. Todos sus relatos acaban siendo una crónica de ciudades remotas de provincias vistas por un alter ego que va vinculando, una tras otra, anécdotas tragicómicas, más o menos pesimistas, o que traslucen siempre, al menos, una leve melancolía. Son historias que pueden leerse como un verdadero caleidoscopio de las relaciones humanas en una sociedad rusa en miniatura. Ósipov procede como un médico que, a través de leves auscultaciones, intentara hacerse una idea del estado del «paciente ruso» en su más amplio espectro.
Detrás de cada anécdota se percibe una preocupación ética que la convierte casi en una parábola. Ósipov procede como un médico que, por medio de leves auscultaciones, intenta hacerse una idea del estado de ese paciente ruso, siempre, por una razón u otra, convaleciente. En su deseo de establecer un diagnóstico, el autor nunca deja de preguntarse dónde se encuentran los defectos de la sociedad rusa en general y de los individuos en particular. Para este escritor, ya no se trata únicamente del trauma postsoviético causado por la gigantesca situación de caos que siguió al hundimiento de la URSS: las raíces del comportamiento viciado, cínico, desencantado y, en muchas ocasiones, amoral de sus personajes serían mucho más antiguas y profundas. Su permanente «malestar» hundiría sus raíces en la propia historia del país, que repetidamente las habría ocultado.
Como en los relatos de Chéjov, con quien tantas veces se le ha relacionado, también en el caso de Ósipov la sombría negrura de sus historias se ilumina con frecuencia mediante ciertos rayos de bondad, compasión, humor y nobleza en las almas. Todo ello, sin embargo, no logra disipar ni por un instante la oscuridad que subyace y envuelve sin remedio a todos sus personajes. «Incluso hoy —ha dicho en algún momento Ósipov— las dos principales fuerzas en Rusia son el mundo de la policía secreta y el mundo criminal. Mientras que ‘nosotros’, los hombres de buena voluntad, aún no existimos como una fuerza colectiva».
No le faltaría razón a la premio nobel Svetlana Alexievich cuando escribió sobre el impacto estremecedor que perdura después de la lectura de sus relatos: «Cuando te adentras en los textos de Ósipov ves que son engañosamente simples, como sucedía con los del antiguo preso de los gulags Shalámov: detrás de esta simplicidad «casi infantil» persiste siempre un abismo oculto. Sin cesar te dejan pensando en lo difícil que es amar a la humanidad —en lo maravillosa, repulsiva y aterradora que es—. Sin embargo, para seguir siendo humano, o llamarse como tal, eso es exactamente lo que tienes que hacer: tienes que amar al hombre, a tu semejante. Inspirar tales pensamientos es algo que solo la verdadera literatura puede hacer».
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En una ocasión, el gran escritor ruso Maxim Ósipov, nacido en Moscú en 1963 y actualmente en el exilio, como tantos otros, explicó su preferencia literaria
En una ocasión, el gran escritor ruso Maxim Ósipov, nacido en Moscú en 1963 y actualmente en el exilio, como tantos otros, explicó su preferencia literaria por los relatos y las historias breves que lo han hecho famoso: «Creo que los relatos cortos, incluso los relatos algo más largos —lo que yo, personalmente, prefiero—, pueden acercarse más a la poesía que las novelas. Lo que considero central en la ficción corta no es el tema, sino el estilo y la forma que, según creo, supera con creces la importancia de lo anterior. Tener un conocimiento profundo sobre tu material —en mi caso, sobre medicina y, en menor medida, religión, música, teatro, política, incluso ajedrez— no es esencial, por mucho que ayude». También insistiría Ósipov en la importancia de la música en su vida: «No soy el primero en observar que la música es el mayor maestro de composición en cualquier tipo de arte, incluida la escritura». «Hay muchas similitudes entre los relatos cortos y las sonatas musicales. Ambas duran entre 15 y 40 minutos. Y no ‘hacen que pase nada’ en especial, como dijo Auden sobre la poesía. Cuando escuchamos una sonata por primera vez, el propósito es decidir si queremos escucharla de nuevo o no. Lo mismo debería ocurrir cuando lees un relato corto».
Si hay un gigante en el mundo, tan temible como sorprendente y, a la vez, culturalmente más que admirable a través de las épocas, ese es el gran gigante ruso. Desde los célebres destierros de Lérmontov y Pushkin en la época de los zares hasta los dantescos gulags del periodo estalinista, los relatos familiares de unos y otros, transmitidos a través de las generaciones hasta nuestros días, se han visto salpicados por recuerdos de pasados de una crueldad en ocasiones devastadora y de una violencia continuada. «En casi todas las familias ha habido, en un pasado no lejano, una serie de muertes violentas», afirmaba Ósipov en su magnífico libro de relatos Kilómetro 101, aparecido en 2024 con una espléndida traducción de Ricardo San Vicente.
La familia de Ósipov no sería una excepción. Médico especializado en cardiología y, a la vez, escritor, muchas veces ha sido considerado digno sucesor de esa tradición de médicos rusos representantes de lo más excelso de la literatura de su tiempo, como Bulgákov y Chéjov, pero también del deslumbrante Vasili Aksiónov, autor de la monumental Una saga moscovita e hijo, a su vez, de Evgenia Ginzburg, quien dejó escrito uno de los mejores testimonios de los gulags, El vértigo, publicado por Galaxia Gutenberg. El destino de ser hijos y nietos de condenados no ha dejado de repetirse entre muchos de estos grandes intelectuales. Por otro lado, quizá fuera fruto de un azar sorprendente y casi maravillosamente visionario que tantos escritores rusos de primer orden comenzaran su vida profesional como médicos y, poco a poco, pasaran de la observación de los cuerpos a la observación de las almas.
Después de un encierro en los campos de trabajo, el bisabuelo de Maxim Ósipov —uno de los mejores escritores actuales en lengua rusa, junto a la maravillosa autora de En memoria de la memoria, Maria Stepanova, o Guzel Yájina, autora del éxito mundial Zuleijá abre los ojos— se vio obligado a vivir «en el kilómetro 101 hasta su muerte». Es decir, a esa distancia específica de la capital y de las grandes ciudades —cien kilómetros— que debían mantener, en una nueva forma de destierro, los presos después de cumplir sus condenas. En esa amplia zona fueron surgiendo pequeñas poblaciones como Tarusa, donde Ósipov ejerció de médico y que inspira buena parte de los textos reunidos en Kilómetro 101. Es el caso del primero, En mi tierra. Allí se instalaría Ósipov para ejercer la medicina en un hospital, después de una estancia en Estados Unidos: «¿Qué veo de bueno en todo esto? La libertad de ayudar a muchas personas. Hasta en el caso de que la ayuda no sea bien recibida: ofrecerla como posibilidad».
Por su parte, continuando con su línea genealógica, el padre de Ósipov, Aleksandr Fikhman, un ingeniero judío nacido en el oeste de Ucrania, abandonó su ciudad natal en 1941 junto a sus padres y hermanas. Los judíos que no tuvieron tiempo de huir como ellos, unos 150.000, morirían en lugares del terror absoluto como el barranco de Babi Yar, cerca de Kiev. La guerra de Ucrania y los numerosos y dolorosos exilios actuales, como el suyo propio —a Alemania, vía Armenia—, son asuntos que Ósipov aborda en un brillantísimo y estremecedor Yo acuso, de obligada lectura, incluido en su relato Frío, vergüenza y liberación. Tras pronunciarse en contra de la «operación especial» del Ejército ruso, Ósipov tuvo que abandonar su hogar, la sala del hospital, sus pacientes y, finalmente, su país en febrero de 2022, al inicio de la invasión a gran escala de Ucrania, por temor a ser arrestado.
Como ya hacía en su igualmente admirable libro Piedra, papel, tijera, Ósipov, gran conocedor de la literatura rusa, pespuntea sus relatos sin cesar de citas —ya sean de Pasternak, Tolstói, Tsvetáyeva, Platónov y tantos otros—, que combina con una mirada lúcida, a ratos tristemente irónica, aguda como el más feroz e implacable de los escalpelos: «¿Qué es lo que une al conjunto de Rusias, qué es lo que salva al país de la descomposición? En los peores momentos, uno piensa: solo la inercia». El desamparo experimentado por médicos y pacientes es continuo. Un conjunto de hábitos perniciosos y de «costumbres» heredadas y parasitarias, como las deportaciones, se repite desde la Rusia prerrevolucionaria hasta la época soviética. También aparece un «idiotismo» del poder y de la burocracia; una indolencia congénita, «un poco amor a la vida», incluso a la hora de afrontar la enfermedad y la extinción; la pervivencia de un tipo de analfabetismo entre la población que apenas les permite «construir palabras juntando letras», o bien esa obsesión, ese poder irrevocable y único que representan para muchos, como escape cotidiano, «el dinero y el alcohol, encarnaciones de la nada, del vacío, de la muerte».
Por su parte, el nuevamente espléndido volumen de relatos Después de eternidad se nutre de su experiencia anterior al exilio. Diferentes en su composición y en los temas explorados, todos ellos presentan personajes esbozados, como siempre, a partir de modelos reales. La profesión de médico, como explica en su introducción el narrador del relato Después de eternidad, un humilde médico de provincias, consiste en «tan solo curar enfermedades, cobrar a fin de mes y ocuparnos de nuestra familia, así que no hay que idealizar nuestra profesión, una profesión con sus límites; en la vida de los pacientes debemos desempeñar el papel menos relevante posible». Pero no será así en su caso, pues este médico modesto terminará implicándose profundamente en la vida de uno de sus extravagantes y misteriosos pacientes y explicará cómo llegó a sus manos el diario de aquel viejo exdirector de una compañía teatral de un pequeño pueblo minero llamado Eternidad, creado en su día ex profeso por el poder soviético, más allá del círculo polar ártico.
Su profesión de médico, a fin de cuentas, tanto en la ficción como en la realidad, constituye un triste pero privilegiado observatorio, ya que pone al médico-escritor en contacto con una fauna humana tan abundante como variada. Todos sus relatos acaban siendo una crónica de ciudades remotas de provincias vistas por un alter ego que va vinculando, una tras otra, anécdotas tragicómicas, más o menos pesimistas, o que traslucen siempre, al menos, una leve melancolía. Son historias que pueden leerse como un verdadero caleidoscopio de las relaciones humanas en una sociedad rusa en miniatura. Ósipov procede como un médico que, a través de leves auscultaciones, intentara hacerse una idea del estado del «paciente ruso» en su más amplio espectro.
Detrás de cada anécdota se percibe una preocupación ética que la convierte casi en una parábola. Ósipov procede como un médico que, por medio de leves auscultaciones, intenta hacerse una idea del estado de ese paciente ruso, siempre, por una razón u otra, convaleciente. En su deseo de establecer un diagnóstico, el autor nunca deja de preguntarse dónde se encuentran los defectos de la sociedad rusa en general y de los individuos en particular. Para este escritor, ya no se trata únicamente del trauma postsoviético causado por la gigantesca situación de caos que siguió al hundimiento de la URSS: las raíces del comportamiento viciado, cínico, desencantado y, en muchas ocasiones, amoral de sus personajes serían mucho más antiguas y profundas. Su permanente «malestar» hundiría sus raíces en la propia historia del país, que repetidamente las habría ocultado.
Como en los relatos de Chéjov, con quien tantas veces se le ha relacionado, también en el caso de Ósipov la sombría negrura de sus historias se ilumina con frecuencia mediante ciertos rayos de bondad, compasión, humor y nobleza en las almas. Todo ello, sin embargo, no logra disipar ni por un instante la oscuridad que subyace y envuelve sin remedio a todos sus personajes. «Incluso hoy —ha dicho en algún momento Ósipov— las dos principales fuerzas en Rusia son el mundo de la policía secreta y el mundo criminal. Mientras que ‘nosotros’, los hombres de buena voluntad, aún no existimos como una fuerza colectiva».
No le faltaría razón a la premio nobel Svetlana Alexievich cuando escribió sobre el impacto estremecedor que perdura después de la lectura de sus relatos: «Cuando te adentras en los textos de Ósipov ves que son engañosamente simples, como sucedía con los del antiguo preso de los gulags Shalámov: detrás de esta simplicidad «casi infantil» persiste siempre un abismo oculto. Sin cesar te dejan pensando en lo difícil que es amar a la humanidad —en lo maravillosa, repulsiva y aterradora que es—. Sin embargo, para seguir siendo humano, o llamarse como tal, eso es exactamente lo que tienes que hacer: tienes que amar al hombre, a tu semejante. Inspirar tales pensamientos es algo que solo la verdadera literatura puede hacer».
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