‘Marquesa de Sade’, el enigma de la devota esposa del libertino

Asegura un célebre dicho popular que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Supongo que a estas alturas no es políticamente correcto, pero da igual, porque lo que aquí nos vamos a plantear es justo lo contrario: ¿qué tipo de mujer hay detrás de un hombre nefasto, de un monstruo?

A esta pregunta trata de responder la biografía Marquesa de Sade (Gatopardo Ediciones), de la británica Margaret Crosland. Su protagonista es Renée-Pélagie de Montreuil. En mayo de 1763 se casó con Donatien Alphonse François de Sade, marqués de Sade, que ya entonces arrastraba una oprobiosa fama de depravado libertino. Pese a los escándalos de su marido, que desembocaron en sucesivas condenas a prisión, y a las humillaciones a las que la sometía, esta mujer le dio tres hijos y se mantuvo a su lado durante 27 años.

¿Qué la llevó no solo a soportar tanta ignominia, sino a apoyar y defender —en ocasiones recurriendo incluso a maquinaciones y sobornos— a su aberrante esposo? ¿Estaba atrapada en ese matrimonio? ¿Lo amaba por encima de todas sus perversiones? ¿Acaso era masoquista y por tanto el sádico marqués, su compañero perfecto? La personalidad de la marquesa de Sade es un enigma que ha fascinado a más de un autor.

Yukio Mishima —escritor con querencia por el masoquismo; véase la célebre foto en la que aparece como un San Sebastián asaeteado— escribió la pieza teatral Madame de Sade. Y el ensayista francés Gérard Badou le dedicó el libro Renée-Pélagie, marquesa de Sade, publicado en castellano en 2014 por Ediciones del Subsuelo. Llega ahora a las librerías Marquesa de Sade, de la ya fallecida biógrafa y traductora Margaret Crosland, aparecida en inglés en 1995 y que se traduce al castellano por primera vez.

La autora plantea más preguntas de las que logra responder, porque el escurridizo personaje de la esposa de Sade se resiste a ser descifrado. Ayuda a entender su figura el contexto histórico del Antiguo Régimen, que el libro expone con precisión. Ese mundo explica, por ejemplo, la razón del matrimonio, concertado como lo eran todos en aquella época. Los Sade eran nobles de rancio abolengo, pero estaban arruinados. Los Montreuil no venían de un linaje tan ilustre y antiguo, pero poseían una fortuna. De modo que la unión de los vástagos de ambas familias era el negocio perfecto para todos. Además, de este modo el conde de Sade, padre del díscolo marqués, se sacaba de encima a un hijo que no había hecho más que darle disgustos con su vida disoluta.

Sin piedad

El matrimonio no sirvió para que el marqués sentara la cabeza, o cuando menos saciara sus apetitos carnales con más discreción. A los cinco meses de la boda fue arrestado, acusado por una prostituta de haberla flagelado y sodomizado mientras cometía actos sacrílegos. Y a esta detención le siguieron otras, siempre por agresiones sexuales de carácter sádico a prostitutas o criadas. Sade tiene el dudoso honor de haber dado nombre al sadismo. En una de las ocasiones, dos mujeres lo acusaron no solo de flagelarlas, sino de haberles hechos cortes con un cuchillo. Resultado: de los 27 años de matrimonio, Sade pasó 14 preso.

Durante todo este tiempo, la abnegada y solícita esposa no solo lo visitó en la cárcel y pagó con su dote los caprichos y las abundantes deudas del lujurioso marido, sino que justificó sus delitos y maniobró para sacarlo de la cárcel, llegando incluso a sobornar a alguna de las denunciantes. Jamás mostró la más mínima empatía o piedad por ellas, y es que, en el contexto del Antiguo Régimen, tal como se quejaba el cínico marqués, ¿a qué viene tanto escándalo por una prostituta mancillada?

¿Conocía de primera mano Madame de Sade las perversiones de su cónyuge? Según la autora, nunca participó en sus orgías, pero es posible que fuera testigo de alguna de ellas. En ocasiones, su actitud recuerda a la de esas mujeres que conviven con un asesino en serie y, abducidas, encubren sus crímenes.

No consta que el marqués sometiera a su esposa a sus vicios, pero sí la humillaba e insultaba, quejándose cuando ella no atendía sus peticiones desde la cárcel con la debida rapidez. Sade llegó a fugarse brevemente con la hermana menor de su esposa, que era la que de que verdad le atraía, aunque le tocó casarse con Renée-Pélagie. Y fue entonces cuando la madre de ambas jóvenes, Madame de Montreuil, se convirtió en la archienemiga de su yerno.  

Fortuna y poder

La familia tenía acceso a los círculos de poder de la capital, porque el marido era presidente del Tribunal de Impuestos de París. Y, además, poseían una fortuna gracias a sus negocios de comercio con la India y a sus manufacturas en Orleans. Cuando se produjeron los primeros escándalos del yerno, Madame de Montreuil utilizó su influencia para intentar taparlos. Pero cuando el depravado se lio con su otra hija, afectando al honor de la familia, usó toda la artillería contra él.

Consiguió que el rey firmara las llamadas lettres de cachet, que eran órdenes directas para que una persona fuera encerrada en la Bastilla o en un manicomio sin juicio previo. Entonces la hija tuvo que decidir entre la lealtad a su madre o a su marido, y optó por seguir empecinadamente del lado de este último.

El marqués de Sade es la personalidad más singular y radical de la llamada literatura libertina, que en la Francia del siglo XVIII es una suerte de lado oscuro o cara B de la Ilustración. Desenfreno frente a Razón. Este tipo de literatura era la pornografía de la época, pero algunos autores como Sade podían alcanzar una dimensión filosófica. Como escritor, es soporífero, porque no hay nada más aburrido que la mecánica acumulación de sevicias, pero su figura ha sido reivindicada como la máxima expresión del espíritu transgresor. Apollinaire lo denominó «el divino marqués» y los surrealistas lo idolatraron, porque rompía todos los tabús.

Su vida y sus escritos han sido fuente de inspiración para todo tipo de radicalismos de salón por parte de artistas de vanguardia, literatos y ensayistas. Hace unos años les hablé en estas páginas de una exposición organizada por el CCCB de Barcelona que abordaba esta influencia. Se titulaba Sade, la libertad o el mal, y planteaba, entre otras cosas, si fue el hombre más libre de la historia o un siniestro degenerado. Hay algo infantil, inmaduro en la fascinación por Sade. La moral es civilizadora, mientras que ¿a qué se supone que conduce la liberación de todos los instintos primarios?

Abusar de los débiles

En el mundo contemporáneo, la despatologización y la despenalización de conductas antes injustamente perseguidas, como la homosexualidad, ha llevado a algunos a pretender que todas las parafilias imaginables deben ser celebradas como actos de liberación y transgresión. Muchas de ellas no son más que muestras de inmadurez emocional y en los peores casos prácticas peligrosas para uno mismo y para los demás. Véase al respecto el absurdo librito de Luisgé Martín ¿Soy yo normal?, que celebra festivamente todo tipo de parafilias, algunas tan estrambóticas que uno ni siquiera sabía que existían. O la película Pilion, estrenada este año, que trata de convertir en una suerte de comedia romántica la relación sadomasoquista entre un motero y su sumiso.

Más allá de los jueguecitos intelectuales que Sade puede inspirar, la absoluta libertad y amoralidad sadiana consisten en abusar de los débiles —criadas y prostitutas— y en infligir dolor a los demás. Lo suyo no fueron meras fantasías literarias, sino que estas se inspiraron en sus muy reales y criminales depravaciones.

Llegó un momento en que hasta su devota mujer se hartó y decidió separarse de él. Dio el paso coincidiendo con el acontecimiento que derrumbaría el Antiguo Régimen. Al triunfar la revolución, Sade fue liberado, pero ella se negó a recibirlo, porque ya había tramitado la petición de separación matrimonial. En junio de 1790 un documento legal formalizó la decisión.

Escándalos

No volverían a verse. Tras la revolución, él quedó arruinado, porque se le obligó a devolver la dote a su exesposa. Y volvió a sufrir privación de libertad, ahora ya no por sus crímenes sexuales, sino por sus escandalosas obras: Justine o los infortunios de la virtud, Juliette o las prosperidades del vicio…

Su exesposa e hijos tuvieron un último gesto con él: consiguieron que lo trasladasen desde la Bastilla, entonces una prisión muy peligrosa, al manicomio de Charenton. Es allí donde están ambientadas tanto la magnífica obra teatral de Peter Weiss Marat/Sade, llevada al cine por Peter Brook, como la película Quills, en la que Geoffrey Rush interpreta al marqués y Kate Winslet a una joven lavandera.

¿Qué llevó a la marquesa de Sade a romper con su marido tras 27 años de tragar con todo? No se sabe a ciencia cierta. Forma parte del misterio de esta mujer indescifrable.

 Asegura un célebre dicho popular que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Supongo que a estas alturas no es políticamente correcto, pero da  

Asegura un célebre dicho popular que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Supongo que a estas alturas no es políticamente correcto, pero da igual, porque lo que aquí nos vamos a plantear es justo lo contrario: ¿qué tipo de mujer hay detrás de un hombre nefasto, de un monstruo?

A esta pregunta trata de responder la biografía Marquesa de Sade (Gatopardo Ediciones), de la británica Margaret Crosland. Su protagonista es Renée-Pélagie de Montreuil. En mayo de 1763 se casó con Donatien Alphonse François de Sade, marqués de Sade, que ya entonces arrastraba una oprobiosa fama de depravado libertino. Pese a los escándalos de su marido, que desembocaron en sucesivas condenas a prisión, y a las humillaciones a las que la sometía, esta mujer le dio tres hijos y se mantuvo a su lado durante 27 años.

¿Qué la llevó no solo a soportar tanta ignominia, sino a apoyar y defender —en ocasiones recurriendo incluso a maquinaciones y sobornos— a su aberrante esposo? ¿Estaba atrapada en ese matrimonio? ¿Lo amaba por encima de todas sus perversiones? ¿Acaso era masoquista y por tanto el sádico marqués, su compañero perfecto? La personalidad de la marquesa de Sade es un enigma que ha fascinado a más de un autor.

Yukio Mishima —escritor con querencia por el masoquismo; véase la célebre foto en la que aparece como un San Sebastián asaeteado— escribió la pieza teatral Madame de Sade. Y el ensayista francés Gérard Badou le dedicó el libro Renée-Pélagie, marquesa de Sade, publicado en castellano en 2014 por Ediciones del Subsuelo. Llega ahora a las librerías Marquesa de Sade, de la ya fallecida biógrafa y traductora Margaret Crosland, aparecida en inglés en 1995 y que se traduce al castellano por primera vez.

La autora plantea más preguntas de las que logra responder, porque el escurridizo personaje de la esposa de Sade se resiste a ser descifrado. Ayuda a entender su figura el contexto histórico del Antiguo Régimen, que el libro expone con precisión. Ese mundo explica, por ejemplo, la razón del matrimonio, concertado como lo eran todos en aquella época. Los Sade eran nobles de rancio abolengo, pero estaban arruinados. Los Montreuil no venían de un linaje tan ilustre y antiguo, pero poseían una fortuna. De modo que la unión de los vástagos de ambas familias era el negocio perfecto para todos. Además, de este modo el conde de Sade, padre del díscolo marqués, se sacaba de encima a un hijo que no había hecho más que darle disgustos con su vida disoluta.

El matrimonio no sirvió para que el marqués sentara la cabeza, o cuando menos saciara sus apetitos carnales con más discreción. A los cinco meses de la boda fue arrestado, acusado por una prostituta de haberla flagelado y sodomizado mientras cometía actos sacrílegos. Y a esta detención le siguieron otras, siempre por agresiones sexuales de carácter sádico a prostitutas o criadas. Sade tiene el dudoso honor de haber dado nombre al sadismo. En una de las ocasiones, dos mujeres lo acusaron no solo de flagelarlas, sino de haberles hechos cortes con un cuchillo. Resultado: de los 27 años de matrimonio, Sade pasó 14 preso.

Durante todo este tiempo, la abnegada y solícita esposa no solo lo visitó en la cárcel y pagó con su dote los caprichos y las abundantes deudas del lujurioso marido, sino que justificó sus delitos y maniobró para sacarlo de la cárcel, llegando incluso a sobornar a alguna de las denunciantes. Jamás mostró la más mínima empatía o piedad por ellas, y es que, en el contexto del Antiguo Régimen, tal como se quejaba el cínico marqués, ¿a qué viene tanto escándalo por una prostituta mancillada?

¿Conocía de primera mano Madame de Sade las perversiones de su cónyuge? Según la autora, nunca participó en sus orgías, pero es posible que fuera testigo de alguna de ellas. En ocasiones, su actitud recuerda a la de esas mujeres que conviven con un asesino en serie y, abducidas, encubren sus crímenes.

No consta que el marqués sometiera a su esposa a sus vicios, pero sí la humillaba e insultaba, quejándose cuando ella no atendía sus peticiones desde la cárcel con la debida rapidez. Sade llegó a fugarse brevemente con la hermana menor de su esposa, que era la que de que verdad le atraía, aunque le tocó casarse con Renée-Pélagie. Y fue entonces cuando la madre de ambas jóvenes, Madame de Montreuil, se convirtió en la archienemiga de su yerno.  

La familia tenía acceso a los círculos de poder de la capital, porque el marido era presidente del Tribunal de Impuestos de París. Y, además, poseían una fortuna gracias a sus negocios de comercio con la India y a sus manufacturas en Orleans. Cuando se produjeron los primeros escándalos del yerno, Madame de Montreuil utilizó su influencia para intentar taparlos. Pero cuando el depravado se lio con su otra hija, afectando al honor de la familia, usó toda la artillería contra él.

Consiguió que el rey firmara las llamadas lettres de cachet, que eran órdenes directas para que una persona fuera encerrada en la Bastilla o en un manicomio sin juicio previo. Entonces la hija tuvo que decidir entre la lealtad a su madre o a su marido, y optó por seguir empecinadamente del lado de este último.

El marqués de Sade es la personalidad más singular y radical de la llamada literatura libertina, que en la Francia del siglo XVIII es una suerte de lado oscuro o cara B de la Ilustración. Desenfreno frente a Razón. Este tipo de literatura era la pornografía de la época, pero algunos autores como Sade podían alcanzar una dimensión filosófica. Como escritor, es soporífero, porque no hay nada más aburrido que la mecánica acumulación de sevicias, pero su figura ha sido reivindicada como la máxima expresión del espíritu transgresor. Apollinaire lo denominó «el divino marqués» y los surrealistas lo idolatraron, porque rompía todos los tabús.

Su vida y sus escritos han sido fuente de inspiración para todo tipo de radicalismos de salón por parte de artistas de vanguardia, literatos y ensayistas. Hace unos años les hablé en estas páginas de una exposición organizada por el CCCB de Barcelona que abordaba esta influencia. Se titulaba Sade, la libertad o el mal, y planteaba, entre otras cosas, si fue el hombre más libre de la historia o un siniestro degenerado. Hay algo infantil, inmaduro en la fascinación por Sade. La moral es civilizadora, mientras que ¿a qué se supone que conduce la liberación de todos los instintos primarios?

En el mundo contemporáneo, la despatologización y la despenalización de conductas antes injustamente perseguidas, como la homosexualidad, ha llevado a algunos a pretender que todas las parafilias imaginables deben ser celebradas como actos de liberación y transgresión. Muchas de ellas no son más que muestras de inmadurez emocional y en los peores casos prácticas peligrosas para uno mismo y para los demás. Véase al respecto el absurdo librito de Luisgé Martín ¿Soy yo normal?, que celebra festivamente todo tipo de parafilias, algunas tan estrambóticas que uno ni siquiera sabía que existían. O la película Pilion, estrenada este año, que trata de convertir en una suerte de comedia romántica la relación sadomasoquista entre un motero y su sumiso.

Más allá de los jueguecitos intelectuales que Sade puede inspirar, la absoluta libertad y amoralidad sadiana consisten en abusar de los débiles —criadas y prostitutas— y en infligir dolor a los demás. Lo suyo no fueron meras fantasías literarias, sino que estas se inspiraron en sus muy reales y criminales depravaciones.

Llegó un momento en que hasta su devota mujer se hartó y decidió separarse de él. Dio el paso coincidiendo con el acontecimiento que derrumbaría el Antiguo Régimen. Al triunfar la revolución, Sade fue liberado, pero ella se negó a recibirlo, porque ya había tramitado la petición de separación matrimonial. En junio de 1790 un documento legal formalizó la decisión.

No volverían a verse. Tras la revolución, él quedó arruinado, porque se le obligó a devolver la dote a su exesposa. Y volvió a sufrir privación de libertad, ahora ya no por sus crímenes sexuales, sino por sus escandalosas obras: Justine o los infortunios de la virtud, Juliette o las prosperidades del vicio…

Su exesposa e hijos tuvieron un último gesto con él: consiguieron que lo trasladasen desde la Bastilla, entonces una prisión muy peligrosa, al manicomio de Charenton. Es allí donde están ambientadas tanto la magnífica obra teatral de Peter Weiss Marat/Sade, llevada al cine por Peter Brook, como la película Quills, en la que Geoffrey Rush interpreta al marqués y Kate Winslet a una joven lavandera.

¿Qué llevó a la marquesa de Sade a romper con su marido tras 27 años de tragar con todo? No se sabe a ciencia cierta. Forma parte del misterio de esta mujer indescifrable.

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