En su Comedia (divina), Dante sitúa a los traidores en el noveno y último círculo del Infierno, la más cruel de todas las estaciones del Hades. De la decisión del poeta florentino se deduce que la traición es el pecado más grave y censurable de todos los que cabe imaginar, por delante de la lujuria, la glotonería, la avaricia, la ira, la pereza, la violencia, el fraude, la corrupción y hasta la herejía. La razón es sencilla: traicionar la confianza que otros nos han otorgado es un acto premeditado e interesado, imposible de disculpar por causa de un arrebato pasional o momentáneo.
Desde que Jesucristo fue apresado en el Huerto de los Olivos —traicionado por Judas a cambio de una bolsa con monedas y antes de ser negado (tres veces) por Pedro—, la abyecta tradición de los traidores carece de atenuantes. Y, sin embargo, gracias a algunos insignes hijos de esta estirpe, como Max Brod, disfrutamos de los escritos de Kafka —que no fueron quemados, como ordenó el escritor checo antes de morir— y conocemos la intimidad de Jorge Luis Borges, el escritor más importante del siglo XX, merced al gigantesco acto de indiscreción de Adolfo Bioy Casares, autor de La invención de Morel y amigo durante décadas del poeta y narrador porteño.
No puede negarse que, en relación a la guarda y custodia de los secretos, Bioy traicionó la confianza de Borges, pero en su descargo cabe recordar que las anotaciones de sus diarios —en las que desvela sus encuentros, cenas, colaboraciones y maldades con el autor de Ficciones— no son textos robados, sino salidos de su propio puño y letra. Son parte de su obra, aunque desde que fueron publicados —hace ahora exactamente 20 años— se hayan interpretado casi siempre en clave documental, más que literaria.
La editorial Destino, que en 2006 dio a la luz por vez primera, al cuidado de Daniel Martino, estas confesiones, que refieren vivencias compartidas entre ambos escritores entre 1947 y 1989, ha decidido reeditar la versión definitiva de estos míticos dietarios en una edición colosal, en dos tomos, con más de 2.000 páginas, que Martino —editor junto a Bioy del libro, compuesto no solo con los diarios de este, sino con cartas y otros papeles privados— registra y ordena para reconstruir (verbalmente) una relación intensa y duradera de casi 50 años.
Ambos pretendían, más que traicionar a Borges, que es el juicio con el que la viuda del autor de El Aleph recibió la primera edición del libro, rendirle un homenaje según el modo que James Boswell utilizó en su biografía dialogada sobre Samuel Johnson, uno de los títulos más deslumbrantes y canónicos de la literatura sobre caracteres humanos. Bioy tenía de partida una idea distinta —quería emular los cuadernos de Samuel Butler—, pero, al morir antes de que la compilación estuviera terminada, Martino quedó como único responsable editorial de este colosal Borges, llamado a ser uno de los rescates culturales más importantes de este año, además de un excelente ejemplo de cómo un libro de buena literatura puede ser, a su vez, un buen negocio editorial. Un referente de erudición filológica y la muestra de cómo se teje y desteje la red cultural de un tiempo y de una época.
Una imagen distinta
La edición definitiva del gran retrato de Bioy sobre Borges, que ha necesitado dos décadas de trabajo, documenta y desvela nuevos aspectos del vínculo entre ambos escritores que, en su primera variante, aún eran conjeturas. De esta forma, explica y aclara —a través de las notas críticas— convenciones y abundantes sobreentendidos —personas, libros, bromas, sucesos, referencias literarias y políticas— que, con el transcurso del tiempo, han desaparecido de la memoria cultural. El resultado es deslumbrante: la prodigiosa reconstrucción de las conversaciones íntimas y los eventos protagonizados por ambos autores, enriquecida con un índice analítico que permite encontrar en el magma de páginas no solo referencias sobre otros autores e influencias, sino asociaciones de orden temático.
Bioy transcribe lo que habló, vivió y discutió con Borges, cuyo perfil difiere bastante de la imagen pública construida por él mismo en sus libros, entrevistas o conferencias. El autor de Otras inquisiciones no interpreta su personaje —el otro, Borges—, puesto que no sabía que su interlocutor y amigo lo anotaba todo, seleccionaba en secreto pasajes y materiales y siempre pensó darlos un día a la imprenta. Borges sencillamente es. Se muestra, ante lectores que nunca sospechó que tendrían acceso a esta faceta de su personalidad, como un hombre normal, con cambios de opinión, contradicciones, provocador, divertido e inteligentemente irónico.
Más que una biografía dialogada, lo que Martino ha hecho en esta edición definitiva de Destino es construir una enciclopedia panorámica sobre el mundo intelectual y social en el que ambos autores se forjaron. De la importancia de este testimonio de Bioy sobre Borges da buena cuenta el hecho de que, durante las últimas dos décadas, este libro no estuviera disponible para los lectores y fuera imposible de encontrar —salvo a precios disparatados— en el mercado de títulos usados y obras de lance.
Publicado siete años más tarde del deceso de Bioy, y casi 30 después de la muerte en Suiza de Borges, los diarios que dan cuenta de la relación entre ambos abrieron una discusión sobre si era y es lícito revelar episodios y confesiones hechas en un contexto de amistad e intimidad compartida. Una discusión bastante absurda si se tiene en cuenta la importancia de la literatura borgeana y el hecho, indiscutible, de que quien firma estos cuadernos de anotaciones es Bioy, único interlocutor de las confidencias de Borges y, por decirlo de algún modo, uno de los dos dueños del tesoro.
Adversarios
Su retrato de Borges es desacralizador, pero no conscientemente ofensivo, sino realista, opuesto a su efigie oficial. El libro ayuda a entender muy bien el medio literario argentino de esos años, no tanto como una embajada menor del Parnaso, cuanto como escenarios de pasiones y litigios terrestres. A Martino, albacea del autor de El sueño de los héroes, no puede acusársele de frivolidad: nadie, por muy chismoso que sea, es capaz de sostener en el tiempo la titánica labor que implica revisar 17. 000 páginas —son las que suman los diarios de Bioy—, contrastar fuentes, corregir errores y descuidos y fijar un texto que, en su versión final, incluye 400 nuevas páginas de anotaciones, 200 más con notas críticas, cronologías y correspondencia. Una tarea nada sencilla que se ha desarrollado en paralelo a la batalla legal librada para rescatar el libro.
María Kodama, heredera de los derechos de autor y administradora del legado de Borges, recibió la edición de Martino con desagrado. El albacea de Bioy omitió en su primera edición partes de los diarios para evitar demandas judiciales. Después se abrió otro frente: el archivo del autor de La trama celeste fue motivo de disputa entre sus herederos durante años, impidiendo el libre acceso a sus papeles. Ambos factores convirtieron el Borges de Bioy en una suerte de Biblia del Oso, cuyo traductor material —Martino— era perseguido por las circunstancias y un sinfín de adversarios, igual que Casiodoro de Reina. La primera edición del libro se agotó en apenas unos días. No volvió a ser impreso más. Hasta ahora.
¿Este vacío se debió únicamente al escándalo que iban a causar las confesiones mutuas entre Bioy y Borges? En parte. Lo cierto y verdad es que el retrato de la amistad entre ambos autores es un barril de dinamita. Una carga explosiva cuya detonación fue bien calculada por su autor —que nunca quiso publicarlo en vida— porque nos muestra a un Borges que sale de su juventud y entra en su madurez temprana —en 1935, cuando ambos se conocieron, el autor de Fervor de Buenos Aires tenía 35 años— hasta el día de su muerte, con 86 años, en 1986. Semanas antes, Borges telefoneó desde Ginebra a su amigo para despedirse: «No voy a volver nunca más», le dijo. Las cenas en Buenos Aires habían acabado para siempre.
En sus diarios, Bioy relata cómo se enteró de la muerte de su hermano y maestro —«Fui de Callao a Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges»— y extiende sus recuerdos hasta 1989. Es un final conmovedor, al que precede la crónica de una colaboración personal —el libro desvela cómo funcionaba el taller literario de H. Bustos Domecq (el seudónimo compartido que usaban para formar sus libros policiales)—, una suerte de canon universal —hay juicios literarios de autores y libros— y una radiografía detallada de personas, instituciones y personajes y ambientes literarios, además del registro del obstinado deterioro físico de ambos.
Aparece pues un Borges tímido y ácido, ambicioso y orgulloso, quejoso por la falta de dinero, cruel —véanse sus opiniones sobre Cortázar, García Márquez, Neruda, Lorca, Joyce o Proust—, y un Bioy que calla (mientras registra todo lo que escucha) para, muchos años después, cuando ninguno de los dos habite ya en este mundo, desvelarlo en un acto suicida similar a los que cometen quienes, como escribió Samuel Johnson, «confían en los desconocidos sólo y únicamente porque todavía no los han traicionado».
En su Comedia (divina), Dante sitúa a los traidores en el noveno y último círculo del Infierno, la más cruel de todas las estaciones del Hades.
En su Comedia (divina), Dante sitúa a los traidores en el noveno y último círculo del Infierno, la más cruel de todas las estaciones del Hades. De la decisión del poeta florentino se deduce que la traición es el pecado más grave y censurable de todos los que cabe imaginar, por delante de la lujuria, la glotonería, la avaricia, la ira, la pereza, la violencia, el fraude, la corrupción y hasta la herejía. La razón es sencilla: traicionar la confianza que otros nos han otorgado es un acto premeditado e interesado, imposible de disculpar por causa de un arrebato pasional o momentáneo.
Desde que Jesucristo fue apresado en el Huerto de los Olivos —traicionado por Judas a cambio de una bolsa con monedas y antes de ser negado (tres veces) por Pedro—, la abyecta tradición de los traidores carece de atenuantes. Y, sin embargo, gracias a algunos insignes hijos de esta estirpe, como Max Brod, disfrutamos de los escritos de Kafka —que no fueron quemados, como ordenó el escritor checo antes de morir— y conocemos la intimidad de Jorge Luis Borges, el escritor más importante del siglo XX, merced al gigantesco acto de indiscreción de Adolfo Bioy Casares, autor de La invención de Morel y amigo durante décadas del poeta y narrador porteño.
No puede negarse que, en relación a la guarda y custodia de los secretos, Bioy traicionó la confianza de Borges, pero en su descargo cabe recordar que las anotaciones de sus diarios —en las que desvela sus encuentros, cenas, colaboraciones y maldades con el autor de Ficciones— no son textos robados, sino salidos de su propio puño y letra. Son parte de su obra, aunque desde que fueron publicados —hace ahora exactamente 20 años— se hayan interpretado casi siempre en clave documental, más que literaria.
La editorial Destino, que en 2006 dio a la luz por vez primera, al cuidado de Daniel Martino, estas confesiones, que refieren vivencias compartidas entre ambos escritores entre 1947 y 1989, ha decidido reeditar la versión definitiva de estos míticos dietarios en una edición colosal, en dos tomos, con más de 2.000 páginas, que Martino —editor junto a Bioy del libro, compuesto no solo con los diarios de este, sino con cartas y otros papeles privados— registra y ordena para reconstruir (verbalmente) una relación intensa y duradera de casi 50 años.
Ambos pretendían, más que traicionar a Borges, que es el juicio con el que la viuda del autor de El Aleph recibió la primera edición del libro, rendirle un homenaje según el modo que James Boswell utilizó en su biografía dialogada sobre Samuel Johnson, uno de los títulos más deslumbrantes y canónicos de la literatura sobre caracteres humanos. Bioy tenía de partida una idea distinta —quería emular los cuadernos de Samuel Butler—, pero, al morir antes de que la compilación estuviera terminada, Martino quedó como único responsable editorial de este colosal Borges, llamado a ser uno de los rescates culturales más importantes de este año, además de un excelente ejemplo de cómo un libro de buena literatura puede ser, a su vez, un buen negocio editorial. Un referente de erudición filológica y la muestra de cómo se teje y desteje la red cultural de un tiempo y de una época.
La edición definitiva del gran retrato de Bioy sobre Borges, que ha necesitado dos décadas de trabajo, documenta y desvela nuevos aspectos del vínculo entre ambos escritores que, en su primera variante, aún eran conjeturas. De esta forma, explica y aclara —a través de las notas críticas— convenciones y abundantes sobreentendidos —personas, libros, bromas, sucesos, referencias literarias y políticas— que, con el transcurso del tiempo, han desaparecido de la memoria cultural. El resultado es deslumbrante: la prodigiosa reconstrucción de las conversaciones íntimas y los eventos protagonizados por ambos autores, enriquecida con un índice analítico que permite encontrar en el magma de páginas no solo referencias sobre otros autores e influencias, sino asociaciones de orden temático.
Bioy transcribe lo que habló, vivió y discutió con Borges, cuyo perfil difiere bastante de la imagen pública construida por él mismo en sus libros, entrevistas o conferencias. El autor de Otras inquisiciones no interpreta su personaje —el otro, Borges—, puesto que no sabía que su interlocutor y amigo lo anotaba todo, seleccionaba en secreto pasajes y materiales y siempre pensó darlos un día a la imprenta. Borges sencillamente es. Se muestra, ante lectores que nunca sospechó que tendrían acceso a esta faceta de su personalidad, como un hombre normal, con cambios de opinión, contradicciones, provocador, divertido e inteligentemente irónico.
Más que una biografía dialogada, lo que Martino ha hecho en esta edición definitiva de Destino es construir una enciclopedia panorámica sobre el mundo intelectual y social en el que ambos autores se forjaron. De la importancia de este testimonio de Bioy sobre Borges da buena cuenta el hecho de que, durante las últimas dos décadas, este libro no estuviera disponible para los lectores y fuera imposible de encontrar —salvo a precios disparatados— en el mercado de títulos usados y obras de lance.
Publicado siete años más tarde del deceso de Bioy, y casi 30 después de la muerte en Suiza de Borges, los diarios que dan cuenta de la relación entre ambos abrieron una discusión sobre si era y es lícito revelar episodios y confesiones hechas en un contexto de amistad e intimidad compartida. Una discusión bastante absurda si se tiene en cuenta la importancia de la literatura borgeana y el hecho, indiscutible, de que quien firma estos cuadernos de anotaciones es Bioy, único interlocutor de las confidencias de Borges y, por decirlo de algún modo, uno de los dos dueños del tesoro.
Su retrato de Borges es desacralizador, pero no conscientemente ofensivo, sino realista, opuesto a su efigie oficial. El libro ayuda a entender muy bien el medio literario argentino de esos años, no tanto como una embajada menor del Parnaso, cuanto como escenarios de pasiones y litigios terrestres. A Martino, albacea del autor de El sueño de los héroes, no puede acusársele de frivolidad: nadie, por muy chismoso que sea, es capaz de sostener en el tiempo la titánica labor que implica revisar 17. 000 páginas —son las que suman los diarios de Bioy—, contrastar fuentes, corregir errores y descuidos y fijar un texto que, en su versión final, incluye 400 nuevas páginas de anotaciones, 200 más con notas críticas, cronologías y correspondencia. Una tarea nada sencilla que se ha desarrollado en paralelo a la batalla legal librada para rescatar el libro.
María Kodama, heredera de los derechos de autor y administradora del legado de Borges, recibió la edición de Martino con desagrado. El albacea de Bioy omitió en su primera edición partes de los diarios para evitar demandas judiciales. Después se abrió otro frente: el archivo del autor de La trama celeste fue motivo de disputa entre sus herederos durante años, impidiendo el libre acceso a sus papeles. Ambos factores convirtieron el Borges de Bioy en una suerte de Biblia del Oso, cuyo traductor material —Martino— era perseguido por las circunstancias y un sinfín de adversarios, igual que Casiodoro de Reina. La primera edición del libro se agotó en apenas unos días. No volvió a ser impreso más. Hasta ahora.
¿Este vacío se debió únicamente al escándalo que iban a causar las confesiones mutuas entre Bioy y Borges? En parte. Lo cierto y verdad es que el retrato de la amistad entre ambos autores es un barril de dinamita. Una carga explosiva cuya detonación fue bien calculada por su autor —que nunca quiso publicarlo en vida— porque nos muestra a un Borges que sale de su juventud y entra en su madurez temprana —en 1935, cuando ambos se conocieron, el autor de Fervor de Buenos Aires tenía 35 años— hasta el día de su muerte, con 86 años, en 1986. Semanas antes, Borges telefoneó desde Ginebra a su amigo para despedirse: «No voy a volver nunca más», le dijo. Las cenas en Buenos Aires habían acabado para siempre.
En sus diarios, Bioy relata cómo se enteró de la muerte de su hermano y maestro —«Fui de Callao a Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges»— y extiende sus recuerdos hasta 1989. Es un final conmovedor, al que precede la crónica de una colaboración personal —el libro desvela cómo funcionaba el taller literario de H. Bustos Domecq (el seudónimo compartido que usaban para formar sus libros policiales)—, una suerte de canon universal —hay juicios literarios de autores y libros— y una radiografía detallada de personas, instituciones y personajes y ambientes literarios, además del registro del obstinado deterioro físico de ambos.
Aparece pues un Borges tímido y ácido, ambicioso y orgulloso, quejoso por la falta de dinero, cruel —véanse sus opiniones sobre Cortázar, García Márquez, Neruda, Lorca, Joyce o Proust—, y un Bioy que calla (mientras registra todo lo que escucha) para, muchos años después, cuando ninguno de los dos habite ya en este mundo, desvelarlo en un acto suicida similar a los que cometen quienes, como escribió Samuel Johnson, «confían en los desconocidos sólo y únicamente porque todavía no los han traicionado».
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