Los toros desafían al Gobierno de Sánchez y baten récords de público en 2026

En septiembre de 2014, Pedro Sánchez sorprendió a propios y extraños llamando en directo al programa Sálvame, de Telecinco. El recién elegido secretario general de los socialistas transmitió a Jorge Javier Vázquez, conductor del extinto programa de «telebasura», su rechazo por la tauromaquia. «Nunca me verás en una corrida de toros», le dijo a quien luego participaría en algunos de sus actos de campaña. A renglón seguido, señaló que, si acaso alcanzaba el Gobierno, se aseguraría de tomar medidas contra la tauromaquia.

Cuando Sánchez llegó a La Moncloa, en junio de 2018, se aseguró de llevar a la práctica sus amenazas. Una de sus decisiones más polémicas llegó durante la pandemia, cuando el Ejecutivo aprobó en mayo de 2020 ayudas extraordinarias para los artistas afectados por las restricciones sanitarias, pero dejó fuera a los profesionales taurinos, cuya actividad había quedado paralizada por la prohibición de grandes eventos públicos. No fue hasta noviembre cuando una nueva disposición reconoció una prestación extraordinaria por desempleo para estos trabajadores, después de meses de miseria que motivaron distintas movilizaciones por parte del sector.

La controversia volvió a reproducirse con el Bono Cultural Joven. El Gobierno aprobó en 2022 una ayuda de 400 euros «para fomentar el consumo cultural» de quienes cumpliesen 18 años, pero excluyó expresamente los espectáculos taurinos de las actividades que se podían beneficiar del programa. La disposición fue recurrida y el Tribunal Supremo anuló esta exclusión mediante una sentencia dictada en febrero de 2023. Los magistrados consideraron que el Ejecutivo no había justificado suficientemente una diferencia de trato que afectaba a una actividad expresamente reconocida como patrimonio cultural por la legislación española. El fallo obligó a revisar la regulación del programa, constatando un nuevo episodio de discriminación hacia los toros que debió ser revertido por los tribunales.

Más recientemente, en mayo de 2024, el Ministerio de Cultura dirigido por Ernest Urtasun anunció la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, un galardón instituido en 2013 que da continuidad a la Medalla al Mérito en Bellas Artes que tradicionalmente se entregaba a los toreros más destacados. Urtasun justificó la decisión apelando a la «evolución de la sensibilidad social» y a la «creciente preocupación por el bienestar animal».

Frente a este escenario político, las cifras de asistencia a los toros dibujan, según el texto, una reacción popular contra el prohibicionismo y un fortísimo aumento de la concurrencia a las plazas de toros. Las Ventas ha cerrado la temporada 2026 con un total de 1.018.696 espectadores, el mayor registro de la historia reciente. Por comparación, en 2018, año de llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, la Monumental había reunido a 937.928 aficionados, de modo que el efecto práctico de la hostilidad política hacia los toros habría sido una mejora del 9 % y un incremento de casi 81.000 asistentes.

Este 2026, Las Ventas ha colgado el cartel de «no hay billetes» en 24 ocasiones, frente a los siete festejos que agotaron las 22.964 localidades del recinto en 2018. Las jornadas con más de 18.000 espectadores también han aumentado, pasando de 21 a 34. El crecimiento del número de abonados ha sido del 36 %, puesto que el total de socios ha crecido de 16.028 a 21.816, cifra que equivale al 95 % del aforo y supone el máximo permitido por ley.

Madrid no constituye un caso aislado. En la Real Maestranza de Sevilla, la temporada 2026 ha llegado acompañada de un crecimiento del 35 % en el número de abonados. La Feria de Abril registró nueve tardes de «no hay billetes» en sus dieciséis festejos, una cifra especialmente relevante en una plaza que cuenta con una larga tradición de exigencia artística y que ha recuperado una fuerte capacidad de convocatoria en los últimos años.

La evolución de Málaga apunta en la misma dirección. La Malagueta ha incrementado su número de abonados un 32 % en 2026 y el ciclo programado en 2026 con motivo del 150 aniversario del coso de la Costa del Sol congregó a más de 100.000 espectadores durante la programación. Por su parte, Pamplona mantiene un modelo de demanda extraordinariamente estable, con todos sus tendidos comprometidos mediante abonos para la Feria del Toro y miles de asistentes en los tradicionales encierros matinales de San Fermín.

Según las estadísticas difundidas por la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos (Anoet), la asistencia a los toros ha subido por encima de los 6,2 millones de espectadores y el número de festejos programados está en máximos que no se veían desde hace tres lustros. Otro indicador significativo procede de la televisión. En 2025, las retransmisiones en abierto por parte de canales autonómicos como Telemadrid, Canal Sur, CMM Media, Aragón TV o Á Punt han cosechado magníficos registros de público.

Una nueva generación descubre la Fiesta y cuestiona la idea de modernidad

Más allá de los datos comerciales, la creciente presencia de aficionados jóvenes ha adquirido protagonismo en el debate sobre el futuro de la tauromaquia. El fenómeno responde a distintos factores, desde la capacidad de convocatoria de figuras de ayer, como Morante de la Puebla, y de hoy, como Roca Rey, hasta la proyección de los festejos en las redes sociales o el atractivo de una experiencia cultural que conserva buena parte de su liturgia tradicional.

Lo que estamos viviendo con el renacer de la afición a los toros nos recuerda que la modernidad no exige romper con lo heredado, sino que también pasa por examinar las tradiciones que nos han legado nuestros antepasados y decidir en libertad cuáles merecen continuar vivas. Frente a la identificación automática de lo nuevo con el progreso y lo antiguo con el atraso, millones de jóvenes han descubierto de forma crítica e independiente su interés por una centenaria tradición que les ofrece una experiencia personalmente significativa.

La reacción supone, además, una contestación ante la retórica izquierdista que presenta el esfuerzo y el mérito como ideales arcaicos y retrógrados, abogando asimismo por el abandono de la libertad individual y su disolución en un colectivismo susceptible de dominio y control político. El torero encarna los valores opuestos, puesto que asume un inmenso riesgo por sacar adelante su voluntad creativa y se presenta en sociedad de manera personalísima, exhibiendo valentía y determinación ante la adversidad y forjando su camino con su capote, su muleta y su espada.

En el siglo XVI, el Vaticano adoptó distintas disposiciones contra los festejos taurinos. Luego llegaron las restricciones aprobadas por distintos monarcas españoles, sobre todo en el siglo XVIII. Ya en tiempos modernos, el movimiento animalista ha recuperado esa pulsión censora que ha encontrado cobijo en el discurso buenista y políticamente correcto de la izquierda posmoderna. Y, sin embargo, la reacción social que hemos vivido constituye una respuesta contundente ante el prohibicionismo y una muy meritoria corriente de defensa de la libertad de expresión, la libertad artística y creativa y la libertad de conciencia.

No, lo heredado no tiene por qué convertirse en una reliquia, de igual forma que lo moderno no tiene por qué definirse por un rechazo ciego a todo lo que venga del pasado. Cada generación puede decidir qué aspira a conservar y qué prefiere abandonar. Y la España de 2026 confirma que el arraigo popular de los toros resulta incontestable y reafirma la validez de una Fiesta que goza de excelente salud.

 En septiembre de 2014, Pedro Sánchez sorprendió a propios y extraños llamando en directo al programa Sálvame, de Telecinco. El recién elegido secretario general de los  

En septiembre de 2014, Pedro Sánchez sorprendió a propios y extraños llamando en directo al programa Sálvame, de Telecinco. El recién elegido secretario general de los socialistas transmitió a Jorge Javier Vázquez, conductor del extinto programa de «telebasura», su rechazo por la tauromaquia. «Nunca me verás en una corrida de toros», le dijo a quien luego participaría en algunos de sus actos de campaña. A renglón seguido, señaló que, si acaso alcanzaba el Gobierno, se aseguraría de tomar medidas contra la tauromaquia.

Cuando Sánchez llegó a La Moncloa, en junio de 2018, se aseguró de llevar a la práctica sus amenazas. Una de sus decisiones más polémicas llegó durante la pandemia, cuando el Ejecutivo aprobó en mayo de 2020 ayudas extraordinarias para los artistas afectados por las restricciones sanitarias, pero dejó fuera a los profesionales taurinos, cuya actividad había quedado paralizada por la prohibición de grandes eventos públicos. No fue hasta noviembre cuando una nueva disposición reconoció una prestación extraordinaria por desempleo para estos trabajadores, después de meses de miseria que motivaron distintas movilizaciones por parte del sector.

La controversia volvió a reproducirse con el Bono Cultural Joven. El Gobierno aprobó en 2022 una ayuda de 400 euros «para fomentar el consumo cultural» de quienes cumpliesen 18 años, pero excluyó expresamente los espectáculos taurinos de las actividades que se podían beneficiar del programa. La disposición fue recurrida y el Tribunal Supremo anuló esta exclusión mediante una sentencia dictada en febrero de 2023. Los magistrados consideraron que el Ejecutivo no había justificado suficientemente una diferencia de trato que afectaba a una actividad expresamente reconocida como patrimonio cultural por la legislación española. El fallo obligó a revisar la regulación del programa, constatando un nuevo episodio de discriminación hacia los toros que debió ser revertido por los tribunales.

Más recientemente, en mayo de 2024, el Ministerio de Cultura dirigido por Ernest Urtasun anunció la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, un galardón instituido en 2013 que da continuidad a la Medalla al Mérito en Bellas Artes que tradicionalmente se entregaba a los toreros más destacados. Urtasun justificó la decisión apelando a la «evolución de la sensibilidad social» y a la «creciente preocupación por el bienestar animal».

Frente a este escenario político, las cifras de asistencia a los toros dibujan, según el texto, una reacción popular contra el prohibicionismo y un fortísimo aumento de la concurrencia a las plazas de toros. Las Ventas ha cerrado la temporada 2026 con un total de 1.018.696 espectadores, el mayor registro de la historia reciente. Por comparación, en 2018, año de llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, la Monumental había reunido a 937.928 aficionados, de modo que el efecto práctico de la hostilidad política hacia los toros habría sido una mejora del 9 % y un incremento de casi 81.000 asistentes.

Este 2026, Las Ventas ha colgado el cartel de «no hay billetes» en 24 ocasiones, frente a los siete festejos que agotaron las 22.964 localidades del recinto en 2018. Las jornadas con más de 18.000 espectadores también han aumentado, pasando de 21 a 34. El crecimiento del número de abonados ha sido del 36 %, puesto que el total de socios ha crecido de 16.028 a 21.816, cifra que equivale al 95 % del aforo y supone el máximo permitido por ley.

Madrid no constituye un caso aislado. En la Real Maestranza de Sevilla, la temporada 2026 ha llegado acompañada de un crecimiento del 35 % en el número de abonados. La Feria de Abril registró nueve tardes de «no hay billetes» en sus dieciséis festejos, una cifra especialmente relevante en una plaza que cuenta con una larga tradición de exigencia artística y que ha recuperado una fuerte capacidad de convocatoria en los últimos años.

La evolución de Málaga apunta en la misma dirección. La Malagueta ha incrementado su número de abonados un 32 % en 2026 y el ciclo programado en 2026 con motivo del 150 aniversario del coso de la Costa del Sol congregó a más de 100.000 espectadores durante la programación. Por su parte, Pamplona mantiene un modelo de demanda extraordinariamente estable, con todos sus tendidos comprometidos mediante abonos para la Feria del Toro y miles de asistentes en los tradicionales encierros matinales de San Fermín.

Según las estadísticas difundidas por la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos (Anoet), la asistencia a los toros ha subido por encima de los 6,2 millones de espectadores y el número de festejos programados está en máximos que no se veían desde hace tres lustros. Otro indicador significativo procede de la televisión. En 2025, las retransmisiones en abierto por parte de canales autonómicos como Telemadrid, Canal Sur, CMM Media, Aragón TV o Á Punt han cosechado magníficos registros de público.

Más allá de los datos comerciales, la creciente presencia de aficionados jóvenes ha adquirido protagonismo en el debate sobre el futuro de la tauromaquia. El fenómeno responde a distintos factores, desde la capacidad de convocatoria de figuras de ayer, como Morante de la Puebla, y de hoy, como Roca Rey, hasta la proyección de los festejos en las redes sociales o el atractivo de una experiencia cultural que conserva buena parte de su liturgia tradicional.

Lo que estamos viviendo con el renacer de la afición a los toros nos recuerda que la modernidad no exige romper con lo heredado, sino que también pasa por examinar las tradiciones que nos han legado nuestros antepasados y decidir en libertad cuáles merecen continuar vivas. Frente a la identificación automática de lo nuevo con el progreso y lo antiguo con el atraso, millones de jóvenes han descubierto de forma crítica e independiente su interés por una centenaria tradición que les ofrece una experiencia personalmente significativa.

La reacción supone, además, una contestación ante la retórica izquierdista que presenta el esfuerzo y el mérito como ideales arcaicos y retrógrados, abogando asimismo por el abandono de la libertad individual y su disolución en un colectivismo susceptible de dominio y control político. El torero encarna los valores opuestos, puesto que asume un inmenso riesgo por sacar adelante su voluntad creativa y se presenta en sociedad de manera personalísima, exhibiendo valentía y determinación ante la adversidad y forjando su camino con su capote, su muleta y su espada.

En el siglo XVI, el Vaticano adoptó distintas disposiciones contra los festejos taurinos. Luego llegaron las restricciones aprobadas por distintos monarcas españoles, sobre todo en el siglo XVIII. Ya en tiempos modernos, el movimiento animalista ha recuperado esa pulsión censora que ha encontrado cobijo en el discurso buenista y políticamente correcto de la izquierda posmoderna. Y, sin embargo, la reacción social que hemos vivido constituye una respuesta contundente ante el prohibicionismo y una muy meritoria corriente de defensa de la libertad de expresión, la libertad artística y creativa y la libertad de conciencia.

No, lo heredado no tiene por qué convertirse en una reliquia, de igual forma que lo moderno no tiene por qué definirse por un rechazo ciego a todo lo que venga del pasado. Cada generación puede decidir qué aspira a conservar y qué prefiere abandonar. Y la España de 2026 confirma que el arraigo popular de los toros resulta incontestable y reafirma la validez de una Fiesta que goza de excelente salud.

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