Algunos ministros del Gobierno ponen en entredicho nuestra monarquía. Basta una frase para resumir una campaña: «Esta no es la jefatura del Estado que yo tengo en la cabeza» (Óscar Puente, ministro de Transportes). Cuando se estaba diseñando el modelo de Estado bajo el que hemos vivido los últimos casi cincuenta años, no se nos caía de la boca que nuestro modelo eran las monarquías nórdicas.
El nuevo ingreso en el hospital del rey Harald V de Noruega, gravemente enfermo, ha devuelto a la actualidad las casas reales escandinavas, muy relacionadas entre sí. Aprovechando el propicio mes de agosto y la abundancia de títulos, me he regalado un pequeño ciclo sobre la apasionante historia de la monarquía noruega.
Tan pequeño es el ciclo que consta solo de dos títulos. Ambos exponente, esencialmente, el papel jugado por el país en la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, acaba de llegar a Filmin el reestreno de la serie Atlantic Crossing (2020), que se centra en la labor realizada por la princesa heredera Martha Dagmar gracias a su proximidad y su influencia sobre el presidente Roosevelt.
En segundo lugar, también se encuentra en Filmin la destacada película La decisión del rey (Erik Poppe, 2016), candidata noruega en los Oscar, que aborda los difíciles dilemas que tuvo que afrontar Haakon VII para conseguir, a diferencia de sus vecinos, no rendirse nunca pese a que las tropas de Hitler invadieron su país en abril de 1940.
Se preguntará el lector por qué fijarse en un país que tan poco tiene que ver con nosotros. Su cultura, su clima, su situación geográfica pueden parecer lo opuesto a España. Sin embargo, como ya se ha apuntado antes, en su monarquía y su comportamiento, encontramos numerosos paralelismos con la nuestra. Más allá de que la actual princesa heredera consorte, Mette-Marit, fuera en su momento novia del entonces príncipe Felipe.
Conviene señalar que la monarquía noruega llega a la II Guerra Mundial muy joven, con solo 35 años de vida, después de que, en 1905, el país se separara de Suecia y de que, mediante plebiscito, eligiera rey a Haakon VII, antes príncipe de Dinamarca. La nuestra no ha sido elegida directamente por el pueblo, pero desde su última restauración, ya lleva cincuenta años en el trono, aunque nos parezca muy joven.
La serie Atlantic Crossing cuenta los años de guerra a través de la princesa consorte, casada con el heredero, Olav. Martha, nacida en Estocolmo, era hija del príncipe Carlos de Suecia. Tras su boda con Olav de Noruega en 1929, se trasladó al país vecino. Destinada a ser poco más que una figura decorativa, sorprendió a todos por su fuerte carácter y sus inesperadas habilidades diplomáticas.
Obligados por la invasión nazi, tanto Olav como su padre, el rey, se refugiaron en Inglaterra, acogidos por la familia real inglesa. La princesa también abandonó su país y, tras no ser muy bien acogida en su Suecia natal, se trasladó a Estados Unidos junto a sus dos hijas y su hijo pequeño, Harald, quien en la actualidad es el rey de su país, gravemente enfermo y hospitalizado.
Martha había conocido al presidente Roosevelt en un viaje anterior a Washington junto a su marido. La sintonía fue inmejorable. Hasta tal punto la relación era estrecha que, en esta segunda estancia, ella y sus hijos se alojaron durante los primeros meses en la misma Casa Blanca. Martha y Roosevelt se hicieron íntimos, mantenían largas charlas, se hacían confesiones; hasta los niños llamaban «padrino» al presidente. La prensa sensacionalista incluso habló de una relación extramatrimonial, que nunca se llegó a demostrar.
Pese a las reticencias y celos de su marido, Olav, la princesa heredera se convirtió en una activista en favor de los intereses noruegos, en una lobista ante el mismísimo presidente para que sorteara la teórica neutralidad en la guerra y daba órdenes hasta a su propio embajador. En los años cuarenta y salvando la distancia, se resistió a caer presa de los rígidos protocolos y ya era entonces una especie de Lady Di o una doña Letizia, por poner un ejemplo más cercano.
A su regreso a Noruega, en 1945, fue recibida como una heroína, tanto que opacó a su propio marido. Como princesa heredera, siguió con sus actividades en favor de los más desfavorecidos del país, pero nunca llegó a ser reina. Falleció en 1954, solo tres años antes de que su marido se convirtiera en rey. Olav nunca volvió a casarse; su hija Astrid ejerció como primera dama y su hijo Harald hubo de esperar hasta 1991 para convertirse en Harald V, actual rey de Noruega. La serie fue bien recibida, en general, aunque el crítico Angel S. Harguindey escribió que consigue el efecto contrario al pretendido: «una serie promonárquica que, probablemente, impulse el republicanismo del espectador». Cuestión de opiniones.
La decisión del Rey se centra en la firmeza del monarca frente a las presiones de Hitler y de su propio entorno para que se rindiera y evitara así a su pueblo el sufrimiento de una guerra. Especialmente interesante resulta para los españoles cómo puede un rey mantener el difícil equilibrio de poderes con un Gobierno, manteniendo la distancia, evitando la intromisión en la política, pero a la vez evitando decisiones que podrían ser catastróficas para su país. Un Gobierno, además, muy indeciso y temeroso de asumir grandes responsabilidades.
Noruega, por su riqueza en minerales estratégicos para la guerra, era un objetivo prioritario de Hitler. Con la excusa de defender al país de una posible invasión británica, se ofrece a enviar sus tropas en ayuda. El rey y el gobierno, de probado espíritu negociador, rechazan la oferta. Para cuando exhiben su neutralidad en la guerra, las tropas alemanas ya habían invadido el país. El rey, el heredero y el Gobierno huyen al Norte, momento que aprovecha el pronazi Vidkun Quisling para dar un golpe de Estado.
Un voluntarioso enviado de Hitler ofrece al rey, que sigue negociando pese a todo, volver a Oslo y aceptar a Quisling como primer ministro. En suma, rendir el país, como hizo su hermano, el rey Christian de Dinamarca. Haakon traslada la oferta al Gobierno legítimo, que se debate entre una pretendida paz ofrecida por Hitler y evitar así más muertos o seguir resistiendo. El rey ofrece, o más bien amenaza con su abdicación si el Gobierno acepta el plan nazi. Finalmente, les persuade y transmiten su negativa a Berlín. El rey no ha podido evitar la guerra a los noruegos, que seguirán luchando, pero sí ha preservado su dignidad.
Han pasado muchos años desde entonces. El pequeño niño rubio que veíamos en estas recreaciones, Harald, se encuentra hoy, a sus 89 años, postrado en una cama de hospital haciendo frente a una complicada enfermedad. Goza probablemente de la mayor popularidad de un monarca en el mundo: Un 9,2 sobre 10.
Pero no todo es de color de rosa en la monarquía noruega. Su nuera, la mencionada princesa Mette-Marit, ha sido relacionada con el pedófilo Jeffrey Epstein y acaba de ser sometida a un trasplante de pulmón. El hijo de esta, Marius, se encuentra en arresto domiciliario acusado de violación. Su hija, Ingrid, ha sido duramente criticada por utilizar su posición para ingresar fuera de plazo en la Universidad de Oslo. Una maldición parece haberse ceñido sobre una monarquía que un día fue un modelo para el mundo. Tal vez algún guionista ya está tomando notas para llevarlo a la pantalla.
Algunos ministros del Gobierno ponen en entredicho nuestra monarquía. Basta una frase para resumir una campaña: «Esta no es la jefatura del Estado que yo tengo
Algunos ministros del Gobierno ponen en entredicho nuestra monarquía. Basta una frase para resumir una campaña: «Esta no es la jefatura del Estado que yo tengo en la cabeza» (Óscar Puente, ministro de Transportes). Cuando se estaba diseñando el modelo de Estado bajo el que hemos vivido los últimos casi cincuenta años, no se nos caía de la boca que nuestro modelo eran las monarquías nórdicas.
El nuevo ingreso en el hospital del rey Harald V de Noruega, gravemente enfermo, ha devuelto a la actualidad las casas reales escandinavas, muy relacionadas entre sí. Aprovechando el propicio mes de agosto y la abundancia de títulos, me he regalado un pequeño ciclo sobre la apasionante historia de la monarquía noruega.
Tan pequeño es el ciclo que consta solo de dos títulos. Ambos exponente, esencialmente, el papel jugado por el país en la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, acaba de llegar a Filmin el reestreno de la serie Atlantic Crossing (2020), que se centra en la labor realizada por la princesa heredera Martha Dagmar gracias a su proximidad y su influencia sobre el presidente Roosevelt.
En segundo lugar, también se encuentra en Filmin la destacada película La decisión del rey (Erik Poppe, 2016), candidata noruega en los Oscar, que aborda los difíciles dilemas que tuvo que afrontar Haakon VII para conseguir, a diferencia de sus vecinos, no rendirse nunca pese a que las tropas de Hitler invadieron su país en abril de 1940.
Se preguntará el lector por qué fijarse en un país que tan poco tiene que ver con nosotros. Su cultura, su clima, su situación geográfica pueden parecer lo opuesto a España. Sin embargo, como ya se ha apuntado antes, en su monarquía y su comportamiento, encontramos numerosos paralelismos con la nuestra. Más allá de que la actual princesa heredera consorte, Mette-Marit, fuera en su momento novia del entonces príncipe Felipe.
Conviene señalar que la monarquía noruega llega a la II Guerra Mundial muy joven, con solo 35 años de vida, después de que, en 1905, el país se separara de Suecia y de que, mediante plebiscito, eligiera rey a Haakon VII, antes príncipe de Dinamarca. La nuestra no ha sido elegida directamente por el pueblo, pero desde su última restauración, ya lleva cincuenta años en el trono, aunque nos parezca muy joven.
La serie Atlantic Crossing cuenta los años de guerra a través de la princesa consorte, casada con el heredero, Olav. Martha, nacida en Estocolmo, era hija del príncipe Carlos de Suecia. Tras su boda con Olav de Noruega en 1929, se trasladó al país vecino. Destinada a ser poco más que una figura decorativa, sorprendió a todos por su fuerte carácter y sus inesperadas habilidades diplomáticas.
Obligados por la invasión nazi, tanto Olav como su padre, el rey, se refugiaron en Inglaterra, acogidos por la familia real inglesa. La princesa también abandonó su país y, tras no ser muy bien acogida en su Suecia natal, se trasladó a Estados Unidos junto a sus dos hijas y su hijo pequeño, Harald, quien en la actualidad es el rey de su país, gravemente enfermo y hospitalizado.
Martha había conocido al presidente Roosevelt en un viaje anterior a Washington junto a su marido. La sintonía fue inmejorable. Hasta tal punto la relación era estrecha que, en esta segunda estancia, ella y sus hijos se alojaron durante los primeros meses en la misma Casa Blanca. Martha y Roosevelt se hicieron íntimos, mantenían largas charlas, se hacían confesiones; hasta los niños llamaban «padrino» al presidente. La prensa sensacionalista incluso habló de una relación extramatrimonial, que nunca se llegó a demostrar.
Pese a las reticencias y celos de su marido, Olav, la princesa heredera se convirtió en una activista en favor de los intereses noruegos, en una lobista ante el mismísimo presidente para que sorteara la teórica neutralidad en la guerra y daba órdenes hasta a su propio embajador. En los años cuarenta y salvando la distancia, se resistió a caer presa de los rígidos protocolos y ya era entonces una especie de Lady Di o una doña Letizia, por poner un ejemplo más cercano.
A su regreso a Noruega, en 1945, fue recibida como una heroína, tanto que opacó a su propio marido. Como princesa heredera, siguió con sus actividades en favor de los más desfavorecidos del país, pero nunca llegó a ser reina. Falleció en 1954, solo tres años antes de que su marido se convirtiera en rey. Olav nunca volvió a casarse; su hija Astrid ejerció como primera dama y su hijo Harald hubo de esperar hasta 1991 para convertirse en Harald V, actual rey de Noruega. La serie fue bien recibida, en general, aunque el crítico Angel S. Harguindey escribió que consigue el efecto contrario al pretendido: «una serie promonárquica que, probablemente, impulse el republicanismo del espectador». Cuestión de opiniones.
La decisión del Rey se centra en la firmeza del monarca frente a las presiones de Hitler y de su propio entorno para que se rindiera y evitara así a su pueblo el sufrimiento de una guerra. Especialmente interesante resulta para los españoles cómo puede un rey mantener el difícil equilibrio de poderes con un Gobierno, manteniendo la distancia, evitando la intromisión en la política, pero a la vez evitando decisiones que podrían ser catastróficas para su país. Un Gobierno, además, muy indeciso y temeroso de asumir grandes responsabilidades.
Noruega, por su riqueza en minerales estratégicos para la guerra, era un objetivo prioritario de Hitler. Con la excusa de defender al país de una posible invasión británica, se ofrece a enviar sus tropas en ayuda. El rey y el gobierno, de probado espíritu negociador, rechazan la oferta. Para cuando exhiben su neutralidad en la guerra, las tropas alemanas ya habían invadido el país. El rey, el heredero y el Gobierno huyen al Norte, momento que aprovecha el pronazi Vidkun Quisling para dar un golpe de Estado.
Un voluntarioso enviado de Hitler ofrece al rey, que sigue negociando pese a todo, volver a Oslo y aceptar a Quisling como primer ministro. En suma, rendir el país, como hizo su hermano, el rey Christian de Dinamarca. Haakon traslada la oferta al Gobierno legítimo, que se debate entre una pretendida paz ofrecida por Hitler y evitar así más muertos o seguir resistiendo. El rey ofrece, o más bien amenaza con su abdicación si el Gobierno acepta el plan nazi. Finalmente, les persuade y transmiten su negativa a Berlín. El rey no ha podido evitar la guerra a los noruegos, que seguirán luchando, pero sí ha preservado su dignidad.
Han pasado muchos años desde entonces. El pequeño niño rubio que veíamos en estas recreaciones, Harald, se encuentra hoy, a sus 89 años, postrado en una cama de hospital haciendo frente a una complicada enfermedad. Goza probablemente de la mayor popularidad de un monarca en el mundo: Un 9,2 sobre 10.
Pero no todo es de color de rosa en la monarquía noruega. Su nuera, la mencionada princesa Mette-Marit, ha sido relacionada con el pedófilo Jeffrey Epstein y acaba de ser sometida a un trasplante de pulmón. El hijo de esta, Marius, se encuentra en arresto domiciliario acusado de violación. Su hija, Ingrid, ha sido duramente criticada por utilizar su posición para ingresar fuera de plazo en la Universidad de Oslo. Una maldición parece haberse ceñido sobre una monarquía que un día fue un modelo para el mundo. Tal vez algún guionista ya está tomando notas para llevarlo a la pantalla.
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