El mundo es un gran papiro desplegable que intentamos interpretar. Cuando, por el predominio de los ingenios digitales y el declive de las capacidades lectoras y escritoras, dejemos de leerlo y reescribirlo, y sean máquinas quienes lo hagan por nosotros, la imagen del mundo habrá cambiado, y también sus espectadores humanos. Ya están cambiando y es imparable. Cada scroll es una gota del aguacero que nos aleja de cierta idea que la humanidad se hacía de sí misma.
A la entrada de Mogro hay una casa en estado de ruina. En uno de sus muros, alguien ha escrito: «LO QUE DESEO ES LO MISMO QUE ME ASUSTA». Asociada a la casa, esa frase da que pensar. El deseo siempre es paradójico. No hay elección ni decisiones racionales sobre el deseo. Muchas veces las personas y las colectividades desean contra su interés y el deseo se convierte en una empresa de demolición. Podemos acabar como esa casa. Donde hubo vida, una familia, comidas, cenas, labor, sonrisas, sinsabores, conversaciones junto al hogar, hay ahora una techumbre hundida, cascotes, pintadas.
Los angloamericanos dicen: «Ten cuidado con lo que deseas, pues podría hacerse realidad». En el Sur de Europa diríamos más bien: «Ten cuidado con quedarte sin deseos». El deseo es el gran motor, en los individuos y en los grupos. Si se intenta controlar o sublimar, siempre surge por otra parte, transfigurado, como la cabeza de un monstruo, o se introyecta en dolores y rarezas. Apagar el deseo, querer vivir sin él, salir de la rueda, es una posible solución, pero no está claro que sea realizable, ni siquiera deseable. Quien desea no desear es como si se propusiera vaciar su vida.
Cuando bajaba la marea, en el Japón de la época Edo las familias paseaban por las playas para recoger almejas, mejillones, crustáceos y algas, como muestran unas preciosas estampas de Utamaro. El mar estaba lleno de tesoros que se ofrecían gratuitamente, como el sol nos da luz y calor a cambio de nada. Baja la marea en la ría de Mogro, varios siglos después, y la gente también sale a examinar el fondo de las aguas. Hay cangrejos que los niños capturan y martirizan. Hay conchas de almejas, ninguna viva. Hay restos de toallitas higiénicas y alguna compresa. Cuando sube la marea, la orilla se llena de bolas de espuma que viene del río. Aparte de eso, el agua es transparente y parece limpia. Ante la inmensidad del océano, somos hormigas, pero hormigas obstinadas y estúpidas, con un ínfimo grado de conciencia sobre nuestro lugar en el universo.
A veces se ven grandes bandadas de peces diminutos o peces grandes que se deslizan entre los bañistas. Entonces, un padre le dice a su hijo: «Mira cuántos peces». Las conversaciones entre padres e hijos se dirigen a mantener la solidez ilusoria, el encantamiento del mundo, el orden simbólico y normativo. El padre le está diciendo al niño: «Hay vida, hay vida, es un milagro». El hijo lo ve, comparte ese entusiasmo, rellena el vacío que recubren las formas, redes de energía, apariencia, instantes efímeros del ser.
Otras veces son los niños los que llaman a sus padres a la vida. No siempre lo consiguen. En un día gris, frío, una familia ha bajado a la playa esperando un rayo de sol que no llegará. Hay días así en el Norte. La madre está como sepultada en una silla plegable, el cuerpo lánguido, las gafas de sol pegadas al rostro, el móvil encajado en la mano, el dedo deslizándose furiosamente por la pantalla. El hijo se sumerge y sale triunfante. Le dice a su madre: «¡Pues el agua no está fría! ¡Está buenísima!». La madre enseña los dientes y enseguida vuelve a la misma languidez. El mensaje del niño, que el mundo está bien hecho, que se ofrece a nuestro disfrute también en los días nublados, sin pantallas que nos separen de él, no llega al destinatario. Muchos ya solo viven por pantalla interpuesta. Esa vida tampoco vive. La auténtica es arriesgada y resulta incómoda. Es lo que deseamos y tememos. A primera vista, el móvil no muerde. Cuando lo hace, ya no lo sentimos, estamos anestesiados. ¿Es eso el apocalipsis zombi?
Sobre el apocalipsis zombi he leído estos días en un libro de Nick Land, La ilustración oscura y otros ensayos sobre la Neorreacción (Materia Oscura editorial, 2022). No he aprendido mucho. Podría haber prescindido de esa lectura. Pero uno debe conocer bien a sus enemigos. Land habla de la sociedad a la que tendemos como una «trituradora de inteligencia». La respuesta del capitalista a esa situación sería «redoblar la apuesta del aceleracionismo antihumanista», para «convertir a la especie humana en capital robotizado auto-inteligente tan pronto como podamos, antes de que todo el proceso se vaya a la mierda». Un día tal vez escriba más detenidamente sobre la llamada «neorreacción». Por ahora me limito a señalar que ese movimiento presenta algunos aciertos de diagnóstico, varias falacias argumentales y remedios que son mucho peores que la enfermedad y acabarían con el paciente (la modernidad inacabada, problemática, en crisis, representada por los modelos occidentales de organización política, económica y social). Urge buscar alternativas viables y evitar esos callejones sin salida.
Eso importa poco en la playa de la Arnía, rodeada de muros de piedra que se formaron hace más de cien millones de años. Los conceptos de año, siglo o milenio no quieren decir nada para esas moles que nos miran con su piel de paquidermo. En lugar de admirar y sentirse pequeña y cómodamente pasajera, la gente se ajusta el bikini, manosea el móvil, saca fotos, habla con gravedad sobre la ropa que se va a poner esa noche, maldice a su prójimo, suelta ordinarieces sin parar.
¿La gente viaja para hacer fotos con el móvil y encargar álbumes, o hace álbumes y fotos para tener una excusa para viajar? Mucha gente, crecientemente, no sabe por qué ni para qué hace lo que hace. Muros de piedra de más de cien millones de años: tócalos, acarícialos, abrázalos. La piedra te dice: no importa, sumérgete, deslízate en el agua fría, vive plenamente este momento. Como los grandes muros de roca de la Arnía, las puestas de sol en Mogro me hablan de lo sublime y misterioso del mundo, de nuestra pequeñez e insignificancia. En la noche, el mar ruge como una pantera.
Hace unos meses, Yuko Mohri plantó una cámara y micrófonos en una playa de la Costa Quebrada. Lo que captó lo llevó al Centro Botín, en la bahía de Santander. Proyectó en una pantalla el vaivén de las olas. Al lado puso unos altavoces que reproducen los sonidos del mar. Delante de ellos colocó unos micrófonos con cables que van a un aparato que transforma los sonidos en impulsos que activan las teclas de un piano. En esa obra y en otras de Mohri, Alexander Calder dialoga con John Cage. De pronto, el piano se anima. Luego calla. Luego vuelve a sonar. La música que produce imita los sonidos de las olas. Es sutil, hermosa, aleatoria y a la vez necesaria. Más allá o más acá de la prosa del mundo, que tiene la manía de recubrir y obliterar su objeto, está la música del mundo, que funciona como él: bricolaje, sistema integrado que trabaja sin esfuerzo con los materiales que encuentra, que tiende a la entropía, pero alcanza nuevos equilibrios inestables. Para tocar el instrumento Tierra hace falta suavidad y rara destreza, si no queremos que desafine o se quiebre, y reconocer que somos parte del instrumento. Por lo general, se manosea y aporrea desde fuera, sin comprenderlo.
El glosario de la exposición de Mohri, que resume su método y su poética, es todo un programa político y antropológico, además de estético: bobina, bucle de retroalimentación, cinético, circuito, composición, contingencia, hazlo tú mismo, energía, entorno, entrelazamiento, error, experimental, fuga, imprevisibilidad, improvisación, infraestructura, instrumentos, objetos encontrados, ondas, revolución, ruido, terremoto. Mucho más prometedor que el aceleracionismo mutante de Nick Land.
Antes de pensar deberíamos comprender por qué y para qué pensamos. Igual no te interesa el pensamiento, pero el pensamiento se interesa por ti. Esas cosas las escribió Land, más o menos así, y tienen cierta utilidad. Uno de estos días, en nuestro viejo coche apareció este mensaje: «Líquido refrigerante nivel bajo: rellenar». Lo llevé a un taller cercano. El depósito de refrigerante estaba vacío. El manguito estaba roto y el líquido se había salido. «Si hubieras seguido circulando se te podía gripar el motor», dijo el mecánico. «¿Gripar?», pregunté. «Sí, el motor se sobrecalienta, las piezas se funden y ya no pueden moverse. Es la peor avería. Directo al desguace». El arreglo fue sencillo y barato. Solo había que cambiar unas arandelas de plástico, que estaban desgastadas y no cumplían su función.
Basta un pequeño fallo en una pieza diminuta para que un mecanismo relativamente sencillo deje de funcionar y esté a punto de arruinarse. Con engranajes más complejos, como los que regulan las sociedades humanas, puede ocurrir algo parecido: que una o varias pequeñas cosas se averíen y todo entre en crisis al mismo tiempo, se sobrecaliente y se gripe, más allá del punto de no retorno. Además, es improbable que la máquina nos dé una alerta tan precisa y que un experto encuentre la solución. El saber sobre las organizaciones humanas está dividido entre disciplinas que no siempre dialogan: sociología, psicología, economía, derecho, ciencia política, antropología, filosofía, historia… Cada una estudia su objeto según su enfoque y método particular. Falta un conocimiento unitario, integrado y útil de los procesos. Por eso resulta difícil concebir remedios para los problemas mucho más complejos que pueden surgir.
Hacia el final de las vacaciones he estado leyendo los relatos de William Faulkner. En uno de ellos, del libro Gambito de caballo, el personaje principal, Gavin Stevens, que es el fiscal del condado, vuelve a casa tras asistir a una reunión en la cual, contra su criterio, un crimen queda impune por razones políticas. El fiscal inicia su viaje de vuelta inmediatamente, «cabalgando a través de los vastos campos, con espejismos debidos al calor, entre el algodón y el maíz de esas tierras de Dios, siempre fecundas e implacables, que sobrevivirán a toda corrupción y a toda injusticia. Se alegraba por el calor, dijo; se alegraba de estar sudando, sudando para quitarse de encima el olor y el sabor del lugar en el que había estado». No sé si Faulkner habría escrito hoy eso de la supervivencia y el sudor.
El mundo es un gran papiro desplegable que intentamos interpretar. Cuando, por el predominio de los ingenios digitales y el declive de las capacidades lectoras y
El mundo es un gran papiro desplegable que intentamos interpretar. Cuando, por el predominio de los ingenios digitales y el declive de las capacidades lectoras y escritoras, dejemos de leerlo y reescribirlo, y sean máquinas quienes lo hagan por nosotros, la imagen del mundo habrá cambiado, y también sus espectadores humanos. Ya están cambiando y es imparable. Cada scroll es una gota del aguacero que nos aleja de cierta idea que la humanidad se hacía de sí misma.
A la entrada de Mogro hay una casa en estado de ruina. En uno de sus muros, alguien ha escrito: «LO QUE DESEO ES LO MISMO QUE ME ASUSTA». Asociada a la casa, esa frase da que pensar. El deseo siempre es paradójico. No hay elección ni decisiones racionales sobre el deseo. Muchas veces las personas y las colectividades desean contra su interés y el deseo se convierte en una empresa de demolición. Podemos acabar como esa casa. Donde hubo vida, una familia, comidas, cenas, labor, sonrisas, sinsabores, conversaciones junto al hogar, hay ahora una techumbre hundida, cascotes, pintadas.
Los angloamericanos dicen: «Ten cuidado con lo que deseas, pues podría hacerse realidad». En el Sur de Europa diríamos más bien: «Ten cuidado con quedarte sin deseos». El deseo es el gran motor, en los individuos y en los grupos. Si se intenta controlar o sublimar, siempre surge por otra parte, transfigurado, como la cabeza de un monstruo, o se introyecta en dolores y rarezas. Apagar el deseo, querer vivir sin él, salir de la rueda, es una posible solución, pero no está claro que sea realizable, ni siquiera deseable. Quien desea no desear es como si se propusiera vaciar su vida.
Cuando bajaba la marea, en el Japón de la época Edo las familias paseaban por las playas para recoger almejas, mejillones, crustáceos y algas, como muestran unas preciosas estampas de Utamaro. El mar estaba lleno de tesoros que se ofrecían gratuitamente, como el sol nos da luz y calor a cambio de nada. Baja la marea en la ría de Mogro, varios siglos después, y la gente también sale a examinar el fondo de las aguas. Hay cangrejos que los niños capturan y martirizan. Hay conchas de almejas, ninguna viva. Hay restos de toallitas higiénicas y alguna compresa. Cuando sube la marea, la orilla se llena de bolas de espuma que viene del río. Aparte de eso, el agua es transparente y parece limpia. Ante la inmensidad del océano, somos hormigas, pero hormigas obstinadas y estúpidas, con un ínfimo grado de conciencia sobre nuestro lugar en el universo.
A veces se ven grandes bandadas de peces diminutos o peces grandes que se deslizan entre los bañistas. Entonces, un padre le dice a su hijo: «Mira cuántos peces». Las conversaciones entre padres e hijos se dirigen a mantener la solidez ilusoria, el encantamiento del mundo, el orden simbólico y normativo. El padre le está diciendo al niño: «Hay vida, hay vida, es un milagro». El hijo lo ve, comparte ese entusiasmo, rellena el vacío que recubren las formas, redes de energía, apariencia, instantes efímeros del ser.
Otras veces son los niños los que llaman a sus padres a la vida. No siempre lo consiguen. En un día gris, frío, una familia ha bajado a la playa esperando un rayo de sol que no llegará. Hay días así en el Norte. La madre está como sepultada en una silla plegable, el cuerpo lánguido, las gafas de sol pegadas al rostro, el móvil encajado en la mano, el dedo deslizándose furiosamente por la pantalla. El hijo se sumerge y sale triunfante. Le dice a su madre: «¡Pues el agua no está fría! ¡Está buenísima!». La madre enseña los dientes y enseguida vuelve a la misma languidez. El mensaje del niño, que el mundo está bien hecho, que se ofrece a nuestro disfrute también en los días nublados, sin pantallas que nos separen de él, no llega al destinatario. Muchos ya solo viven por pantalla interpuesta. Esa vida tampoco vive. La auténtica es arriesgada y resulta incómoda. Es lo que deseamos y tememos. A primera vista, el móvil no muerde. Cuando lo hace, ya no lo sentimos, estamos anestesiados. ¿Es eso el apocalipsis zombi?
Sobre el apocalipsis zombi he leído estos días en un libro de Nick Land, La ilustración oscura y otros ensayos sobre la Neorreacción (Materia Oscura editorial, 2022). No he aprendido mucho. Podría haber prescindido de esa lectura. Pero uno debe conocer bien a sus enemigos. Land habla de la sociedad a la que tendemos como una «trituradora de inteligencia». La respuesta del capitalista a esa situación sería «redoblar la apuesta del aceleracionismo antihumanista», para «convertir a la especie humana en capital robotizado auto-inteligente tan pronto como podamos, antes de que todo el proceso se vaya a la mierda». Un día tal vez escriba más detenidamente sobre la llamada «neorreacción». Por ahora me limito a señalar que ese movimiento presenta algunos aciertos de diagnóstico, varias falacias argumentales y remedios que son mucho peores que la enfermedad y acabarían con el paciente (la modernidad inacabada, problemática, en crisis, representada por los modelos occidentales de organización política, económica y social). Urge buscar alternativas viables y evitar esos callejones sin salida.
Eso importa poco en la playa de la Arnía, rodeada de muros de piedra que se formaron hace más de cien millones de años. Los conceptos de año, siglo o milenio no quieren decir nada para esas moles que nos miran con su piel de paquidermo. En lugar de admirar y sentirse pequeña y cómodamente pasajera, la gente se ajusta el bikini, manosea el móvil, saca fotos, habla con gravedad sobre la ropa que se va a poner esa noche, maldice a su prójimo, suelta ordinarieces sin parar.
¿La gente viaja para hacer fotos con el móvil y encargar álbumes, o hace álbumes y fotos para tener una excusa para viajar? Mucha gente, crecientemente, no sabe por qué ni para qué hace lo que hace. Muros de piedra de más de cien millones de años: tócalos, acarícialos, abrázalos. La piedra te dice: no importa, sumérgete, deslízate en el agua fría, vive plenamente este momento. Como los grandes muros de roca de la Arnía, las puestas de sol en Mogro me hablan de lo sublime y misterioso del mundo, de nuestra pequeñez e insignificancia. En la noche, el mar ruge como una pantera.
Hace unos meses, Yuko Mohri plantó una cámara y micrófonos en una playa de la Costa Quebrada. Lo que captó lo llevó al Centro Botín, en la bahía de Santander. Proyectó en una pantalla el vaivén de las olas. Al lado puso unos altavoces que reproducen los sonidos del mar. Delante de ellos colocó unos micrófonos con cables que van a un aparato que transforma los sonidos en impulsos que activan las teclas de un piano. En esa obra y en otras de Mohri, Alexander Calder dialoga con John Cage. De pronto, el piano se anima. Luego calla. Luego vuelve a sonar. La música que produce imita los sonidos de las olas. Es sutil, hermosa, aleatoria y a la vez necesaria. Más allá o más acá de la prosa del mundo, que tiene la manía de recubrir y obliterar su objeto, está la música del mundo, que funciona como él: bricolaje, sistema integrado que trabaja sin esfuerzo con los materiales que encuentra, que tiende a la entropía, pero alcanza nuevos equilibrios inestables. Para tocar el instrumento Tierra hace falta suavidad y rara destreza, si no queremos que desafine o se quiebre, y reconocer que somos parte del instrumento. Por lo general, se manosea y aporrea desde fuera, sin comprenderlo.
El glosario de la exposición de Mohri, que resume su método y su poética, es todo un programa político y antropológico, además de estético: bobina, bucle de retroalimentación, cinético, circuito, composición, contingencia, hazlo tú mismo, energía, entorno, entrelazamiento, error, experimental, fuga, imprevisibilidad, improvisación, infraestructura, instrumentos, objetos encontrados, ondas, revolución, ruido, terremoto. Mucho más prometedor que el aceleracionismo mutante de Nick Land.
Antes de pensar deberíamos comprender por qué y para qué pensamos. Igual no te interesa el pensamiento, pero el pensamiento se interesa por ti. Esas cosas las escribió Land, más o menos así, y tienen cierta utilidad. Uno de estos días, en nuestro viejo coche apareció este mensaje: «Líquido refrigerante nivel bajo: rellenar». Lo llevé a un taller cercano. El depósito de refrigerante estaba vacío. El manguito estaba roto y el líquido se había salido. «Si hubieras seguido circulando se te podía gripar el motor», dijo el mecánico. «¿Gripar?», pregunté. «Sí, el motor se sobrecalienta, las piezas se funden y ya no pueden moverse. Es la peor avería. Directo al desguace». El arreglo fue sencillo y barato. Solo había que cambiar unas arandelas de plástico, que estaban desgastadas y no cumplían su función.
Basta un pequeño fallo en una pieza diminuta para que un mecanismo relativamente sencillo deje de funcionar y esté a punto de arruinarse. Con engranajes más complejos, como los que regulan las sociedades humanas, puede ocurrir algo parecido: que una o varias pequeñas cosas se averíen y todo entre en crisis al mismo tiempo, se sobrecaliente y se gripe, más allá del punto de no retorno. Además, es improbable que la máquina nos dé una alerta tan precisa y que un experto encuentre la solución. El saber sobre las organizaciones humanas está dividido entre disciplinas que no siempre dialogan: sociología, psicología, economía, derecho, ciencia política, antropología, filosofía, historia… Cada una estudia su objeto según su enfoque y método particular. Falta un conocimiento unitario, integrado y útil de los procesos. Por eso resulta difícil concebir remedios para los problemas mucho más complejos que pueden surgir.
Hacia el final de las vacaciones he estado leyendo los relatos de William Faulkner. En uno de ellos, del libro Gambito de caballo, el personaje principal, Gavin Stevens, que es el fiscal del condado, vuelve a casa tras asistir a una reunión en la cual, contra su criterio, un crimen queda impune por razones políticas. El fiscal inicia su viaje de vuelta inmediatamente, «cabalgando a través de los vastos campos, con espejismos debidos al calor, entre el algodón y el maíz de esas tierras de Dios, siempre fecundas e implacables, que sobrevivirán a toda corrupción y a toda injusticia. Se alegraba por el calor, dijo; se alegraba de estar sudando, sudando para quitarse de encima el olor y el sabor del lugar en el que había estado». No sé si Faulkner habría escrito hoy eso de la supervivencia y el sudor.
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