La Guerra Civil: óleo de sangre sobre lienzo

La historia de la cultura está llena de grandes ambiciones que duran un día y de (supuestas) gestas cuya reverberación no se extiende más allá de una semana. Véase el caso de las vanguardias: movimientos artísticos de vida breve y generosa prosopopeya que proponían refundar el mundo desde cero y alcanzar el infinito de la creación por esa vía, tan desahogada, de hacer tábula rasa con el pasado para crear una tradición de nueva planta. Sin despreciar la originalidad que estos ismos tuvieron en su día —el caso de los furiosos surrealistas quizás sea el más meritorio—, la mayoría de sus manifestaciones, incluso las que estuvieron concebidas con talento y un indudable encanto irónico, solo pueden enjuiciarse ahora como un capítulo más, seductor pero pasajero, de la insigne arqueología de las artes.

Hijas de un futuro que hace ya más de un siglo que es pretérito (sus manifiestos cantaban a la velocidad, elogiaban el poder de las máquinas y establecían las leyes de un porvenir glorioso), todas las vanguardias son hermosos objetos de museo. La tradición literaria, una y mil veces criticada e impugnada, sin embargo, permanece estable, sólida e indestructible. Podríamos ilustrar esta asimetría entre lo que parecía nuevo y se volvió viejo demasiado pronto y aquello que, siendo ancestral, explica nuestro presente mejor que nosotros mismos, comparando el porte de una estatua de piedra con el perfil tambaleante de un humilde espantapájaros. Ambas son representaciones de figuras humanas, pero de desigual, incluso antitética, factura. Con pretensiones y duración muy distintas.

Con la historia de nuestra guerra civil sucede algo similar. Cada cierto tiempo se anuncia una revisión definitiva —en forma de libro— de este trascendente episodio histórico. La expectación acaso sirva para que las editoriales vendan ejemplares, pero no siempre se termina de desvelar, o no por completo, las sombras que acompañan al duelo entre las tres Españas: la azul, la roja y la que no se sometió a ninguna de las enseñas anteriores.

Galaxia Gutenberg, el sello que dirige Joan Tarrida, acaba de publicar, al calor del nonagésimo aniversario del 18 de julio de 1936, una historia coral sobre este sangriento conflicto ibérico, preludio de la Segunda Guerra Mundial y primer campo de batalla entre los dos grandes totalitarismos de la pasada centuria. Se trata de un estudio ambicioso —640 páginas y 50 capítulos escritos por otros tantos autores— que ha sido coordinado por los historiadores David Alegre, Javier Rodrigo y Miguel Alonso, y que evita la narración lineal en favor de un fértil correlato entre lo que sucedía en España y lo que ocurría en Europa.

La guerra civil española. Una historia global es un ejercicio argumental de condensación hecho con métodos académicos —mediante una interesante suma de voces y aportaciones— y que se nos presenta, más que como un cofre con descubrimientos, como un nuevo intento de interpretación de aquella España bifronte que nace en 1936 por parte de una generación de historiadores relativamente jóvenes, bastante alejados en el tiempo de los hechos que tratan y de los testimonios directos de generaciones anteriores.

No una guerra, sino muchas

Además de revisar y compendiar las investigaciones más recientes, este libro muestra la visión de la Guerra Civil que parece haberse instalado entre una generación de historiadores nacidos hace menos de medio siglo, que han conocido el origen y las dimensiones del conflicto gracias a la labor de sus antecesores e, inevitablemente, también están influidos por un revisionismo memorialístico que tiene más de político que de objetivo.

Este rasgo, que de partida supone la mayor originalidad de este trabajo, es también el criterio con el que debe ser valorada su aportación al abundante corpus de libros y estudios sobre la Guerra Civil. Los responsables de este compendio señalan que en España no se libró una única contienda, sino que hubo una confluencia y sucesión de litigios de distinto orden, desde económicos a políticos, religiosos o sociales. No fue pues, a su juicio, una guerra, sino muchas guerras. De esta idea se infiere que cada una de las causas dio lugar a una batalla diferente, en lugar de a un único, gigantesco y asombroso suicidio colectivo.

La Guerra Civil, por supuesto, admite muchas lecturas, pero todas deberían apoyarse en hechos documentales, al margen de las interpretaciones que defienda cada historiador. El libro de Alegre, Rodrigo y Alonso respeta este principio, pero elige diferenciar entre la violencia y la documentada operación de exterminio del bando franquista —que perdió el golpe del 36, pero ganaría la guerra— y las matanzas sucedidas en el bando republicano, que se justifican desde la lógica (válida, pero insuficiente) de las batallas entre los diferentes grupos revolucionarios. En el bando del Frente Popular no hubo reformistas y existió una indiscutible voluntad de exterminar al adversario. De lo contrario, no podría calificarse a nuestra guerra de civil.

Alegre, Rodrigo y Alonso no niegan los excesos y la violencia roja —los asesinatos arbitrarios, eufemísticamente llamados «paseos»—, pero los presentan como una consecuencia —se entiende que indeseada— de las dinámicas propias del poder tras el hundimiento del régimen republicano y la entrega de las armas a las milicias populares. Esta valoración dual —el fascismo español como autor material de un exterminio sistemático; el comunismo y sus satélites como responsables involuntarios de muertes y ajusticiamientos políticos— peca de una inaudita simpleza o, quizás, sea resultado del éxito popular de un relato oficial de la Guerra Civil que, en lugar de cuestionar el pasado, acepta intereses del presente.

Laboratorio europeo

«Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre», dejó dicho Sebastián Castellio, teólogo y humanista enfrentado a Calvino. Asesinar a hombres y mujeres por tener una ideología distinta es un crimen, sin que quepa distinguir entre quienes —según el libro— lo hacían con consciencia plena y aquellos que lo hicieron debido a una situación que les superó. Los autores insisten en que es necesario analizar la contienda española no tanto como un conflicto español —desmienten así el lugar común de la sangrienta singularidad española— cuanto como un laboratorio de las tensiones políticas europeas, lo que les lleva a analizar el papel de las cancillerías extranjeras y sus ejércitos en el conflicto, que tuvo repercusiones en su forma de ejercer el poder en sus respectivos territorios. Una perspectiva que, entre otros autores, explica Chaves Nogales.

Sin duda, la historiografía es más fecunda cuando recurre a elementos de contexto, pero esta senda de investigación no es estrictamente novedosa. Viene siendo explorada desde hace tiempo por muchos historiadores, sin que pueda considerarse —como reivindican los coordinadores del libro— un hallazgo metodológico. Más interesantes resultan los capítulos donde se explica el impacto social del conflicto bélico, que no se circunscribe a la duración oficial de la guerra, sino que se extiende hasta la década de los años cincuenta. La lucha, en efecto, terminó en 1939, pero desde entonces se instauró una paz tiránica y represiva, un hecho que no puede compararse con los conatos de insurgencia —los hubo, pero sin éxito— o con los intentos de la clandestinidad comunista, que nunca tumbaron a la dictadura.

Los autores proclaman no asumir la teoría de la equidistancia —el hecho de que los dos bandos fueran responsables del conflicto, aunque de forma diferente—, pero acaban validando una lectura asimétrica sobre las causas y las consecuencias de la violencia política y social, lo cual lleva a aceptar —sin llegar a cuestionar— parte de la interpretación de las leyes de la memoria. Más que describir la complejidad de los hechos históricos, se insiste en una idea: el exterminio, en el caso de los golpistas, respondió a un plan deliberado, mientras que —dicen algunos historiadores de este compendium— en el bando republicano fue un hecho inevitable.

Esta afirmación queda desmentida por las circunstancias —que ni fueron involuntarias ni cabe entender como casuales— del asesinato (político) de Calvo Sotelo, un episodio capital que terminó por convencer a Franco de la necesidad de sumarse a la asonada militar y precipitó el conflicto. Tanto en las checas como en el proceder de las milicias revolucionarias influyeron elementos tan sectarios —la confesión religiosa, la procedencia de clase o el origen familiar— como los que operaron en el bando franquista.

Ajustes de cuentas

Los golpistas tenían la voluntad de aterrorizar a la población para que el golpe triunfara rápido —cosa que no lograron—, pero el Frente Popular, en cuyo seno competían proyectos revolucionarios distintos, en buena medida divergentes, tampoco solía tomar prisioneros y practicó una depuración análoga a la de sus adversarios y hasta en contra de sus propios camaradas.

Si el franquismo pudo, como se recuerda en este libro, institucionalizar la represión y ejercer la violencia, fue porque ganó la contienda y gobernó la España de la posguerra. En el lado frentepopulista, las purgas tampoco cesaron tras el conflicto. La historia del PCE en la clandestinidad está llena de ajustes de cuentas y sicarios, lo que evidencia que determinados usos y costumbres militares, propias de un contexto de confrontación, se habían consolidado como formas habituales de comportamiento político.

Los académicos que han participado en esta obra —nacidos a partir de los años ochenta, doctorados hace menos de una década— hacen un meritorio esfuerzo de síntesis y explicación en sus trabajos, pero su visión panorámica de la Guerra Civil, debido a su distancia con respecto a los hechos y a los protagonistas, basada esencialmente en fuentes académicas, no practica con la intensidad deseable —salvo notables excepciones, como el artículo firmado por el historiador Julius Ruiz— el sanísimo escepticismo que debe acompañar siempre al historiador en la tarea de limpiar el pasado de tergiversaciones mucho más verosímiles que indiscutibles o ciertas.

Esta tarea de dudar de todo —y de todos— no implica asumir ninguna equidistancia, igual que aceptar el maniqueísmo de las aproximaciones más simplistas sobre la contienda española, planteadas en términos binarios y sometidas a un discurso de orden moral, es faltar a la verdad cruda y desnuda del óleo sangriento sobre lienzo que fue nuestra guerra civil.

 La historia de la cultura está llena de grandes ambiciones que duran un día y de (supuestas) gestas cuya reverberación no se extiende más allá de  

La historia de la cultura está llena de grandes ambiciones que duran un día y de (supuestas) gestas cuya reverberación no se extiende más allá de una semana. Véase el caso de las vanguardias: movimientos artísticos de vida breve y generosa prosopopeya que proponían refundar el mundo desde cero y alcanzar el infinito de la creación por esa vía, tan desahogada, de hacer tábula rasa con el pasado para crear una tradición de nueva planta. Sin despreciar la originalidad que estos ismos tuvieron en su día —el caso de los furiosos surrealistas quizás sea el más meritorio—, la mayoría de sus manifestaciones, incluso las que estuvieron concebidas con talento y un indudable encanto irónico, solo pueden enjuiciarse ahora como un capítulo más, seductor pero pasajero, de la insigne arqueología de las artes.

Hijas de un futuro que hace ya más de un siglo que es pretérito (sus manifiestos cantaban a la velocidad, elogiaban el poder de las máquinas y establecían las leyes de un porvenir glorioso), todas las vanguardias son hermosos objetos de museo. La tradición literaria, una y mil veces criticada e impugnada, sin embargo, permanece estable, sólida e indestructible. Podríamos ilustrar esta asimetría entre lo que parecía nuevo y se volvió viejo demasiado pronto y aquello que, siendo ancestral, explica nuestro presente mejor que nosotros mismos, comparando el porte de una estatua de piedra con el perfil tambaleante de un humilde espantapájaros. Ambas son representaciones de figuras humanas, pero de desigual, incluso antitética, factura. Con pretensiones y duración muy distintas.

Con la historia de nuestra guerra civil sucede algo similar. Cada cierto tiempo se anuncia una revisión definitiva —en forma de libro— de este trascendente episodio histórico. La expectación acaso sirva para que las editoriales vendan ejemplares, pero no siempre se termina de desvelar, o no por completo, las sombras que acompañan al duelo entre las tres Españas: la azul, la roja y la que no se sometió a ninguna de las enseñas anteriores.

Galaxia Gutenberg, el sello que dirige Joan Tarrida, acaba de publicar, al calor del nonagésimo aniversario del 18 de julio de 1936, una historia coral sobre este sangriento conflicto ibérico, preludio de la Segunda Guerra Mundial y primer campo de batalla entre los dos grandes totalitarismos de la pasada centuria. Se trata de un estudio ambicioso —640 páginas y 50 capítulos escritos por otros tantos autores— que ha sido coordinado por los historiadores David Alegre, Javier Rodrigo y Miguel Alonso, y que evita la narración lineal en favor de un fértil correlato entre lo que sucedía en España y lo que ocurría en Europa.

La guerra civil española. Una historia global es un ejercicio argumental de condensación hecho con métodos académicos —mediante una interesante suma de voces y aportaciones— y que se nos presenta, más que como un cofre con descubrimientos, como un nuevo intento de interpretación de aquella España bifronte que nace en 1936 por parte de una generación de historiadores relativamente jóvenes, bastante alejados en el tiempo de los hechos que tratan y de los testimonios directos de generaciones anteriores.

Además de revisar y compendiar las investigaciones más recientes, este libro muestra la visión de la Guerra Civil que parece haberse instalado entre una generación de historiadores nacidos hace menos de medio siglo, que han conocido el origen y las dimensiones del conflicto gracias a la labor de sus antecesores e, inevitablemente, también están influidos por un revisionismo memorialístico que tiene más de político que de objetivo.

Este rasgo, que de partida supone la mayor originalidad de este trabajo, es también el criterio con el que debe ser valorada su aportación al abundante corpus de libros y estudios sobre la Guerra Civil. Los responsables de este compendio señalan que en España no se libró una única contienda, sino que hubo una confluencia y sucesión de litigios de distinto orden, desde económicos a políticos, religiosos o sociales. No fue pues, a su juicio, una guerra, sino muchas guerras. De esta idea se infiere que cada una de las causas dio lugar a una batalla diferente, en lugar de a un único, gigantesco y asombroso suicidio colectivo.

La Guerra Civil, por supuesto, admite muchas lecturas, pero todas deberían apoyarse en hechos documentales, al margen de las interpretaciones que defienda cada historiador. El libro de Alegre, Rodrigo y Alonso respeta este principio, pero elige diferenciar entre la violencia y la documentada operación de exterminio del bando franquista —que perdió el golpe del 36, pero ganaría la guerra— y las matanzas sucedidas en el bando republicano, que se justifican desde la lógica (válida, pero insuficiente) de las batallas entre los diferentes grupos revolucionarios. En el bando del Frente Popular no hubo reformistas y existió una indiscutible voluntad de exterminar al adversario. De lo contrario, no podría calificarse a nuestra guerra de civil.

Alegre, Rodrigo y Alonso no niegan los excesos y la violencia roja —los asesinatos arbitrarios, eufemísticamente llamados «paseos»—, pero los presentan como una consecuencia —se entiende que indeseada— de las dinámicas propias del poder tras el hundimiento del régimen republicano y la entrega de las armas a las milicias populares. Esta valoración dual —el fascismo español como autor material de un exterminio sistemático; el comunismo y sus satélites como responsables involuntarios de muertes y ajusticiamientos políticos— peca de una inaudita simpleza o, quizás, sea resultado del éxito popular de un relato oficial de la Guerra Civil que, en lugar de cuestionar el pasado, acepta intereses del presente.

«Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre», dejó dicho Sebastián Castellio, teólogo y humanista enfrentado a Calvino. Asesinar a hombres y mujeres por tener una ideología distinta es un crimen, sin que quepa distinguir entre quienes —según el libro— lo hacían con consciencia plena y aquellos que lo hicieron debido a una situación que les superó. Los autores insisten en que es necesario analizar la contienda española no tanto como un conflicto español —desmienten así el lugar común de la sangrienta singularidad española— cuanto como un laboratorio de las tensiones políticas europeas, lo que les lleva a analizar el papel de las cancillerías extranjeras y sus ejércitos en el conflicto, que tuvo repercusiones en su forma de ejercer el poder en sus respectivos territorios. Una perspectiva que, entre otros autores, explica Chaves Nogales.

Sin duda, la historiografía es más fecunda cuando recurre a elementos de contexto, pero esta senda de investigación no es estrictamente novedosa. Viene siendo explorada desde hace tiempo por muchos historiadores, sin que pueda considerarse —como reivindican los coordinadores del libro— un hallazgo metodológico. Más interesantes resultan los capítulos donde se explica el impacto social del conflicto bélico, que no se circunscribe a la duración oficial de la guerra, sino que se extiende hasta la década de los años cincuenta. La lucha, en efecto, terminó en 1939, pero desde entonces se instauró una paz tiránica y represiva, un hecho que no puede compararse con los conatos de insurgencia —los hubo, pero sin éxito— o con los intentos de la clandestinidad comunista, que nunca tumbaron a la dictadura.

Los autores proclaman no asumir la teoría de la equidistancia —el hecho de que los dos bandos fueran responsables del conflicto, aunque de forma diferente—, pero acaban validando una lectura asimétrica sobre las causas y las consecuencias de la violencia política y social, lo cual lleva a aceptar —sin llegar a cuestionar— parte de la interpretación de las leyes de la memoria. Más que describir la complejidad de los hechos históricos, se insiste en una idea: el exterminio, en el caso de los golpistas, respondió a un plan deliberado, mientras que —dicen algunos historiadores de este compendium— en el bando republicano fue un hecho inevitable.

Esta afirmación queda desmentida por las circunstancias —que ni fueron involuntarias ni cabe entender como casuales— del asesinato (político) de Calvo Sotelo, un episodio capital que terminó por convencer a Franco de la necesidad de sumarse a la asonada militar y precipitó el conflicto. Tanto en las checas como en el proceder de las milicias revolucionarias influyeron elementos tan sectarios —la confesión religiosa, la procedencia de clase o el origen familiar— como los que operaron en el bando franquista.

Los golpistas tenían la voluntad de aterrorizar a la población para que el golpe triunfara rápido —cosa que no lograron—, pero el Frente Popular, en cuyo seno competían proyectos revolucionarios distintos, en buena medida divergentes, tampoco solía tomar prisioneros y practicó una depuración análoga a la de sus adversarios y hasta en contra de sus propios camaradas.

Si el franquismo pudo, como se recuerda en este libro, institucionalizar la represión y ejercer la violencia, fue porque ganó la contienda y gobernó la España de la posguerra. En el lado frentepopulista, las purgas tampoco cesaron tras el conflicto. La historia del PCE en la clandestinidad está llena de ajustes de cuentas y sicarios, lo que evidencia que determinados usos y costumbres militares, propias de un contexto de confrontación, se habían consolidado como formas habituales de comportamiento político.

Los académicos que han participado en esta obra —nacidos a partir de los años ochenta, doctorados hace menos de una década— hacen un meritorio esfuerzo de síntesis y explicación en sus trabajos, pero su visión panorámica de la Guerra Civil, debido a su distancia con respecto a los hechos y a los protagonistas, basada esencialmente en fuentes académicas, no practica con la intensidad deseable —salvo notables excepciones, como el artículo firmado por el historiador Julius Ruiz— el sanísimo escepticismo que debe acompañar siempre al historiador en la tarea de limpiar el pasado de tergiversaciones mucho más verosímiles que indiscutibles o ciertas.

Esta tarea de dudar de todo —y de todos— no implica asumir ninguna equidistancia, igual que aceptar el maniqueísmo de las aproximaciones más simplistas sobre la contienda española, planteadas en términos binarios y sometidas a un discurso de orden moral, es faltar a la verdad cruda y desnuda del óleo sangriento sobre lienzo que fue nuestra guerra civil.

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