Desde el helicóptero de la Policía no alcanzarían a ver qué animal era ese que se movía por el ruedo. Normal: un bicho indecente había salido por toriles, bautizado con sorna como ‘becerriles’. Un becerro para Morante , un becerro para una máxima figura, un becerro para el maestro que mandaba en el cartel. Para colmo, era feo a rabiar, enseñando sus puntitas. Ojo con el chiquitín, tremendamente incómodo con esas miraditas, con rebrincado nervio. Si no se movía aquel animalillo, con sus carnes sueltas, ¿qué se iba a mover? Decía la tablilla que pesaba 437 kilos, dos kilos por encima de lo obligatorio, dos kilos después de desayunar. Pero aquella criaturita exigía más de lo que aparentaba. Tuvo que tirar el geni o de maestría y valor, y lo imantó en una soberbia serie en redondo, llevándolo embebido en las telas. Por distintos terrenos pasó la faena, andándole con torería, que era menos cuando se contemplaba aquel bichejo del Puerto. El graznido de las gaviotas acompañó la última fase, con Buscacielos muy escarbador para cuadrarlo. Casi se quedó sin toro -cosa lógica- y mató de una estocada traserísima. No atendió el palco la petición y saludó.¿Aquí no se sonroja nadie? ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie?Si los tendidos pensaban que aquel cuarto era el único gato por liebre del Puerto, lo llevaban crudo. Había que tener cuidado con el quinto porque, al menor descuido, podía colarse por un burladero, contra el que se estrelló mientras brindaba a Gema Igual, una alcaldesa de bandera, defensora de las tradiciones. Nada tuvo importancia con aquella vaca de desecho, recién sacada de la UVI. ¡Qué vergüenza!Víctor Hernández, al natural con el buen tercero de La Ventana Serrano ArceNo se quedaba atrás el sexto, un mono con dos plátanos gachitos. «¡Que no son las vaquillas del pueblo!», se oyó. Quieto como una vela planteó su faena Víctor Hernández, que si quiere ser gente más vale que no se apunte a estas becerradas. Tanto que se mira en el espejo de José Tomás, que observe los toros de sus últimos paseíllos: no un punto, sino dos por encima de lo que se estila. Allí se alargó la firmeza del hombre -hasta anotarse un aviso- con una descastada vaca sin ganas de embestir.Una ruina de toroDesilusión absoluta con los del Puerto de San Lorenzo. Alguna alegría habían dado antes los de La Ventana. De aparente volumen y amabilísima cara Rumbero, que quitó bruscamente el capote a Morante y acabó con un siete del varilarguero. Mermadísimo de poder andaba el torete. A terrenos del 3, donde se habían posado los papelillos, pidió el sevillano que le llevaran a Rumbero, que no valía un céntimo y andaba a la defensiva. Más tiempo del que merecía aquella ruina estuvo delante, con una serie de su puro sello.Partió el palo Zarandillo, de tristísimo perfil. Más movilidad que ritmo hubo en conjunto, aunque una tanda de tela puesta y dispuesta de Juan Ortega adquirió una rotundidad que trepó en el graderío. El cierre a la espalda y la eficaz estocada despertaron los pañuelos y la oreja.Más guapas hechurasAl trianero le habían tirado un gallo en la vuelta al ruedo, y allí seguía acaparando la atención mientras Víctor Hernández se echaba el capote por detrás en estoicas saltilleras. Andaba Morante pendiente de que no se moviera el ave a la jurisdicción de Pescadilla, el de más guapas hechuras, con otra expresión, con armonía, con una embestida para triunfar, aunque a veces tendiera a venir por dentro. Aplomado el de Los Santos de la Humosa, que intercaló pitones con listeza y supo darle fiesta con seriedad y, también, con adornos, pese a faltar algo… Dos cierres explosivos tuvo aquello: por luquecinas de bárbaro asiento y por bernadinas apretadísimas. Una voltereta se llevó al perderle la cara al notable ejemplar de La Ventana, con el que se trabajó el trofeo.Feria de Santander Coso de Cuatro Caminos Miércoles, 22 de julio de 2026. Quinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de La Ventana del Puerto (1º, 2º y 3º) y Puerto de San Lorenzo (4º, 5º y 6º), impresentables y deslucidos en general; destacó el buen 3º, de más guapas hechuras. Morante de la Puebla, de azul Santander y oro: pinchazo y estocada trasera desprendida (silencio); estocada traserísima (petición y saludos tras aviso). Juan Ortega, de lila palo y oro: estocada delantera desprendida (oreja); estocada caída (silencio). Víctor Hernández, de sangre de toro y oro: estocada caída y descabello (oreja tras aviso con petición de otra); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). (Fue el capítulo más intenso del primer festejo de ‘No hay billetes’. Ni un gramo de brisa más cabía en los tendidos, llenos hasta la bandera y vacíos de ilusión con aquella becerrada para Morante. ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie? Desde el helicóptero de la Policía no alcanzarían a ver qué animal era ese que se movía por el ruedo. Normal: un bicho indecente había salido por toriles, bautizado con sorna como ‘becerriles’. Un becerro para Morante , un becerro para una máxima figura, un becerro para el maestro que mandaba en el cartel. Para colmo, era feo a rabiar, enseñando sus puntitas. Ojo con el chiquitín, tremendamente incómodo con esas miraditas, con rebrincado nervio. Si no se movía aquel animalillo, con sus carnes sueltas, ¿qué se iba a mover? Decía la tablilla que pesaba 437 kilos, dos kilos por encima de lo obligatorio, dos kilos después de desayunar. Pero aquella criaturita exigía más de lo que aparentaba. Tuvo que tirar el geni o de maestría y valor, y lo imantó en una soberbia serie en redondo, llevándolo embebido en las telas. Por distintos terrenos pasó la faena, andándole con torería, que era menos cuando se contemplaba aquel bichejo del Puerto. El graznido de las gaviotas acompañó la última fase, con Buscacielos muy escarbador para cuadrarlo. Casi se quedó sin toro -cosa lógica- y mató de una estocada traserísima. No atendió el palco la petición y saludó.¿Aquí no se sonroja nadie? ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie?Si los tendidos pensaban que aquel cuarto era el único gato por liebre del Puerto, lo llevaban crudo. Había que tener cuidado con el quinto porque, al menor descuido, podía colarse por un burladero, contra el que se estrelló mientras brindaba a Gema Igual, una alcaldesa de bandera, defensora de las tradiciones. Nada tuvo importancia con aquella vaca de desecho, recién sacada de la UVI. ¡Qué vergüenza!Víctor Hernández, al natural con el buen tercero de La Ventana Serrano ArceNo se quedaba atrás el sexto, un mono con dos plátanos gachitos. «¡Que no son las vaquillas del pueblo!», se oyó. Quieto como una vela planteó su faena Víctor Hernández, que si quiere ser gente más vale que no se apunte a estas becerradas. Tanto que se mira en el espejo de José Tomás, que observe los toros de sus últimos paseíllos: no un punto, sino dos por encima de lo que se estila. Allí se alargó la firmeza del hombre -hasta anotarse un aviso- con una descastada vaca sin ganas de embestir.Una ruina de toroDesilusión absoluta con los del Puerto de San Lorenzo. Alguna alegría habían dado antes los de La Ventana. De aparente volumen y amabilísima cara Rumbero, que quitó bruscamente el capote a Morante y acabó con un siete del varilarguero. Mermadísimo de poder andaba el torete. A terrenos del 3, donde se habían posado los papelillos, pidió el sevillano que le llevaran a Rumbero, que no valía un céntimo y andaba a la defensiva. Más tiempo del que merecía aquella ruina estuvo delante, con una serie de su puro sello.Partió el palo Zarandillo, de tristísimo perfil. Más movilidad que ritmo hubo en conjunto, aunque una tanda de tela puesta y dispuesta de Juan Ortega adquirió una rotundidad que trepó en el graderío. El cierre a la espalda y la eficaz estocada despertaron los pañuelos y la oreja.Más guapas hechurasAl trianero le habían tirado un gallo en la vuelta al ruedo, y allí seguía acaparando la atención mientras Víctor Hernández se echaba el capote por detrás en estoicas saltilleras. Andaba Morante pendiente de que no se moviera el ave a la jurisdicción de Pescadilla, el de más guapas hechuras, con otra expresión, con armonía, con una embestida para triunfar, aunque a veces tendiera a venir por dentro. Aplomado el de Los Santos de la Humosa, que intercaló pitones con listeza y supo darle fiesta con seriedad y, también, con adornos, pese a faltar algo… Dos cierres explosivos tuvo aquello: por luquecinas de bárbaro asiento y por bernadinas apretadísimas. Una voltereta se llevó al perderle la cara al notable ejemplar de La Ventana, con el que se trabajó el trofeo.Feria de Santander Coso de Cuatro Caminos Miércoles, 22 de julio de 2026. Quinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de La Ventana del Puerto (1º, 2º y 3º) y Puerto de San Lorenzo (4º, 5º y 6º), impresentables y deslucidos en general; destacó el buen 3º, de más guapas hechuras. Morante de la Puebla, de azul Santander y oro: pinchazo y estocada trasera desprendida (silencio); estocada traserísima (petición y saludos tras aviso). Juan Ortega, de lila palo y oro: estocada delantera desprendida (oreja); estocada caída (silencio). Víctor Hernández, de sangre de toro y oro: estocada caída y descabello (oreja tras aviso con petición de otra); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). (Fue el capítulo más intenso del primer festejo de ‘No hay billetes’. Ni un gramo de brisa más cabía en los tendidos, llenos hasta la bandera y vacíos de ilusión con aquella becerrada para Morante. ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie? Desde el helicóptero de la Policía no alcanzarían a ver qué animal era ese que se movía por el ruedo. Normal: un bicho indecente había salido por toriles, bautizado con sorna como ‘becerriles’. Un becerro para Morante , un becerro para una máxima figura, un becerro para el maestro que mandaba en el cartel. Para colmo, era feo a rabiar, enseñando sus puntitas. Ojo con el chiquitín, tremendamente incómodo con esas miraditas, con rebrincado nervio. Si no se movía aquel animalillo, con sus carnes sueltas, ¿qué se iba a mover? Decía la tablilla que pesaba 437 kilos, dos kilos por encima de lo obligatorio, dos kilos después de desayunar. Pero aquella criaturita exigía más de lo que aparentaba. Tuvo que tirar el geni o de maestría y valor, y lo imantó en una soberbia serie en redondo, llevándolo embebido en las telas. Por distintos terrenos pasó la faena, andándole con torería, que era menos cuando se contemplaba aquel bichejo del Puerto. El graznido de las gaviotas acompañó la última fase, con Buscacielos muy escarbador para cuadrarlo. Casi se quedó sin toro -cosa lógica- y mató de una estocada traserísima. No atendió el palco la petición y saludó.¿Aquí no se sonroja nadie? ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie?Si los tendidos pensaban que aquel cuarto era el único gato por liebre del Puerto, lo llevaban crudo. Había que tener cuidado con el quinto porque, al menor descuido, podía colarse por un burladero, contra el que se estrelló mientras brindaba a Gema Igual, una alcaldesa de bandera, defensora de las tradiciones. Nada tuvo importancia con aquella vaca de desecho, recién sacada de la UVI. ¡Qué vergüenza!Víctor Hernández, al natural con el buen tercero de La Ventana Serrano ArceNo se quedaba atrás el sexto, un mono con dos plátanos gachitos. «¡Que no son las vaquillas del pueblo!», se oyó. Quieto como una vela planteó su faena Víctor Hernández, que si quiere ser gente más vale que no se apunte a estas becerradas. Tanto que se mira en el espejo de José Tomás, que observe los toros de sus últimos paseíllos: no un punto, sino dos por encima de lo que se estila. Allí se alargó la firmeza del hombre -hasta anotarse un aviso- con una descastada vaca sin ganas de embestir.Una ruina de toroDesilusión absoluta con los del Puerto de San Lorenzo. Alguna alegría habían dado antes los de La Ventana. De aparente volumen y amabilísima cara Rumbero, que quitó bruscamente el capote a Morante y acabó con un siete del varilarguero. Mermadísimo de poder andaba el torete. A terrenos del 3, donde se habían posado los papelillos, pidió el sevillano que le llevaran a Rumbero, que no valía un céntimo y andaba a la defensiva. Más tiempo del que merecía aquella ruina estuvo delante, con una serie de su puro sello.Partió el palo Zarandillo, de tristísimo perfil. Más movilidad que ritmo hubo en conjunto, aunque una tanda de tela puesta y dispuesta de Juan Ortega adquirió una rotundidad que trepó en el graderío. El cierre a la espalda y la eficaz estocada despertaron los pañuelos y la oreja.Más guapas hechurasAl trianero le habían tirado un gallo en la vuelta al ruedo, y allí seguía acaparando la atención mientras Víctor Hernández se echaba el capote por detrás en estoicas saltilleras. Andaba Morante pendiente de que no se moviera el ave a la jurisdicción de Pescadilla, el de más guapas hechuras, con otra expresión, con armonía, con una embestida para triunfar, aunque a veces tendiera a venir por dentro. Aplomado el de Los Santos de la Humosa, que intercaló pitones con listeza y supo darle fiesta con seriedad y, también, con adornos, pese a faltar algo… Dos cierres explosivos tuvo aquello: por luquecinas de bárbaro asiento y por bernadinas apretadísimas. Una voltereta se llevó al perderle la cara al notable ejemplar de La Ventana, con el que se trabajó el trofeo.Feria de Santander Coso de Cuatro Caminos Miércoles, 22 de julio de 2026. Quinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de La Ventana del Puerto (1º, 2º y 3º) y Puerto de San Lorenzo (4º, 5º y 6º), impresentables y deslucidos en general; destacó el buen 3º, de más guapas hechuras. Morante de la Puebla, de azul Santander y oro: pinchazo y estocada trasera desprendida (silencio); estocada traserísima (petición y saludos tras aviso). Juan Ortega, de lila palo y oro: estocada delantera desprendida (oreja); estocada caída (silencio). Víctor Hernández, de sangre de toro y oro: estocada caída y descabello (oreja tras aviso con petición de otra); pinchazo y estocada (ovación tras aviso). (Fue el capítulo más intenso del primer festejo de ‘No hay billetes’. Ni un gramo de brisa más cabía en los tendidos, llenos hasta la bandera y vacíos de ilusión con aquella becerrada para Morante. ‘La becerrada’, como aquella película de Forqué en El Puerto, esta vez en Santander y con el hierro -qué curioso- del Puerto. De verdad, ¿aquí vale todo, aquí no se sonroja nadie? RSS de noticias de cultura
Una becerrada para Morante
