La bola negra que se pasan unos y otros

Pese a la molesta lluvia política, siento ternura mamífera cuando veo en las imágenes a los chavales que estos días acampan en Sol, con sus mullets y su tabaco de liar. Palpas el sentimiento de auténtica comunidad que se genera en torno a ese combustible perecedero que, por desgracia, se agota muy pronto: la juventud.

 Convivimos con gobiernos narcisistas que emplean con sus víctimas la misma táctica para ejercer su poder, negando cualquier responsabilidad con insolencia infantil  

Pese a la molesta lluvia política, siento ternura mamífera cuando veo en las imágenes a los chavales que estos días acampan en Sol, con sus mullets y su tabaco de liar. Palpas el sentimiento de auténtica comunidad que se genera en torno a ese combustible perecedero que, por desgracia, se agota muy pronto: la juventud.

Conecto, de algún modo, la película de no ficción que estamos viviendo con la precaria situación de la vivienda y la gran epopeya queer de la temporada, La bola negra: jóvenes superpuestos en distintas líneas temporales, pero vulnerables a una estructura de poder única que siempre ha partido todo en dos. El drama es un reclamo para las almas ingobernables y, en este momento, ojalá también para los gobiernos sin alma.

Los oprimidos y los opresores.

La historia reciente nos obliga a apelar a la pluralidad gubernamental y autonómica porque, en díscola alternancia, se han encargado desde el inicio de la democracia de salvaguardar los intereses del capital, protegiendo la vivienda como si fuese un Rolex o un deportivo. Nos han conducido a un círculo especulativo completamente viciado, salvo que seas del lado, claro, de los opresores. Y ese siempre ha sido el mismo: la píldora roja o la azul. Da igual, porque cualquier opción te va a llevar directamente a Matrix.

Convivimos con gobiernos narcisistas que emplean con sus víctimas la misma táctica para ejercer su poder, negando cualquier responsabilidad con insolencia infantil y pasándole la bola negra, negrísima, al otro. Pero siempre es la misma. Negra como dos velas negras. Negra como la muerte más negra.

Recopilemos algunas: gobiernos que adoptan medidas y leyes trucadas que permiten, por ejemplo, ventas masivas de pisos por parte de entidades bancarias para después vendérselos a los buitres a precios de mercadillo. Exministros, exdiputados, hijos de fulanos, muchos conectados directamente con consejos de administración de algunos de los fondos que boicotean el mercado inmobiliario y lo inflan como un pez. La herida social se abre tanto como la familiar brecha de siempre, la de los oprimidos y los opresores.

¿Y cuál es la delgada línea entre la acampada flower power y la exigencia que requiere un derecho constitucional que no llega jamás y que el propio Estado se encarga de torpedear con decretos cosméticos de última hora? ¿Cuál es el límite permisible para calzarse unas botas con pinchos y tomar las calles, ya no con guitarricasdelafuente, sino con ladridos histéricos de perro rabioso?

Repitan conmigo: Los oprimidos y los opresores.

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